Jimena Estíbaliz
Michael Reid es el antiguo editor para el continente americano de The Economist y autor de libros como El continente olvidado: Una historia de la nueva América Latina.
La ruptura lleva tiempo gestándose. Durante años, el caos del colapso de Venezuela y el éxodo resultante de casi ocho millones de personas han rondado como un espectro sobre la izquierda latinoamericana. La política de la región se ha ido desplazando hacia la derecha, en parte como consecuencia de ello. Para millones de votantes en toda América Latina, el temor a una dictadura de izquierda fracasada en el país vecino se ha convertido en una fuerza electoral más poderosa que el miedo a una derecha autoritaria —o, para el caso, que el recuerdo de los golpes de Estado del siglo XX.
El giro comenzó en 2023 con las victorias de figuras como Milei, un libertario confeso que empuña una motosierra, y el presidente Daniel Noboa de Ecuador, heredero de una fortuna bananera nacido en Miami. Desde entonces, la derecha ha triunfado en cerca de dos tercios de las contiendas electorales de América Latina. Candidatos de derecha parecen bien posicionados para ganar las elecciones de este año en Perú y Colombia, mientras que en Brasil, Lula se enfrenta a una reñida contienda contra rivales conservadores en su intento de conseguir un cuarto mandato. Los votantes ya no buscan utopías sociales; les preocupa la delincuencia y llegar a fin de mes.
Para entender este giro, hay que mirar primero a lo que este vino a reemplazar. A comienzos de siglo surgió una oleada de populistas de izquierda que capitalizó el deseo de cambio tras las reformas económicas de libre mercado de las décadas de 1980 y 1990, cuyos resultados a menudo decepcionaron. La llamada marea rosa original se vio impulsada en parte por el auge de las materias primas puesto en marcha por la industrialización de China; las economías latinoamericanas crecieron a una tasa media anual de alrededor del 3,5 por ciento entre 2000 y 2014. Los gobiernos tenían dinero para gastar, y lo gastaron; líderes como Lula, Evo Morales en Bolivia y Hugo Chávez en Venezuela destinaron sumas cuantiosas a programas sociales y nóminas públicas.
Cuando el auge se desvaneció, centristas y conservadores volvieron a alzarse en lugares como Argentina, Chile y Brasil. Pero los ingresos estancados y el débil crecimiento económico volvieron rápidamente impopulares a esos gobiernos. A finales de la década de 2010 llegó una ola de explosiones sociales: protestas callejeras impulsadas por generaciones de jóvenes más educados que sus padres pero con pocas oportunidades para salir adelante. La desigualdad y la justicia social se convirtieron en los temas del momento. Entre 2018 y 2023, los votantes se tomaron revancha: desalojaron al gobierno de turno en 20 de 23 elecciones libres y llevaron al poder a figuras políticas de izquierda como el presidente Gabriel Boric de Chile y el presidente Gustavo Petro de Colombia. Pero esa segunda marea rosa, más débil, duró poco.
Los temas que más preocupan a los latinoamericanos han evolucionado de forma que favorecen a la derecha. Desde la pandemia de COVID-19, la cual golpeó duramente a la región, el foco del electorado se desplazó a lo básico: conseguir un empleo estable, poner comida en la mesa y, quizá por encima todo, mantenerse a salvo. Antes del año 2000, el negocio de la droga se limitaba principalmente a Colombia, México y zonas aisladas de Bolivia y Perú. Ahora, las bandas criminales libran mortales guerras territoriales por el control del mercado minorista de drogas en todo el hemisferio. Se han diversificado hacia la extorsión, la trata de personas y la minería ilegal, especialmente de oro. Han penetrado en la política y ejercen un control cruel sobre las vidas de muchos ciudadanos pobres; personas que, a medida que se reduce su poder adquisitivo, a menudo anhelan más capitalismo en lugar de una mayor regulación estatal.
Las dos figuras que más encarnan esta nueva derecha, Milei y el presidente de El Salvador, Nayib Bukele, ofrecen soluciones a estos problemas que quizá sean más seductoras que exportables. Por un lado, al encarcelar a más del 1,5 por ciento de la población adulta de su país, Bukele redujo drásticamente la tasa de homicidios y se ganó el respaldo de millones de salvadoreños. Pero El Salvador es un país pequeño que padeció, en particular, un problema de pandillas juveniles armadas. En las megaciudades en expansión y los territorios bajo dominio de bandas en Sudamérica o México, la lucha contra la delincuencia requiere herramientas más sofisticadas, desde una mejor inteligencia hasta una mejor coordinación entre la policía, los tribunales y las cárceles.
La nueva derecha latinoamericana puede ir en crecimiento, pero sigue siendo poco heterogénea. Milei es un libertario malhablado; Bukele es un autoritario milénial; Kast es un archiconservador católico. Lo que más los une, más allá de su atractivo populista y de su deseo de cerrar acuerdos para complacer a Trump, es una ideología anti-“woke” compartida: hostilidad hacia el aborto, a los derechos de las mujeres y de las personas homosexuales, y a lo que consideran la industria internacional de los derechos humanos. Difícilmente una base para un movimiento coherente.
Venezuela seguirá proyectando una larga sombra sobre la política del hemisferio. Si la reacción inicial a los esfuerzos de cambio de régimen de Trump en Caracas fue apagada, es muy probable que se deba a que la mayoría de los latinoamericanos vería con alivio el fin de la podrida dictadura venezolana. Si una intervención estadounidense conduce a una Venezuela estable y próspera, podría acercar aún más a los líderes derechistas a la Casa Blanca de Trump y consolidar su dominio regional. Pero la consolidación del madurismo sin Maduro, con el aparente respaldo de Trump, podría obligar a estos líderes a elegir entre su patrocinador en Washington y su deseo de extirpar lo que queda de la autocracia de izquierda del continente.
Al final, la durabilidad de este reciente cambio de rumbo en América Latina dependerá de cuán exitosos sean estos líderes a la hora de mejorar la vida de los ciudadanos comunes, brindándoles mayor seguridad, reduciendo la pobreza y al ofrecerles mejores servicios como salud, educación y transporte público. Puede que hayan dominado el arte del escenario político, pero ahora se alza el telón en el teatro mucho menos glamuroso del buen gobierno.












