NYT Por Louise Perry: La generación de ‘Harry Potter’ necesita madurar

NYT Por Louise Perry: La generación de ‘Harry Potter’ necesita madurar

Credit…Juan Bautista Climént Palmer

Éramos los niños que hacían fila en las librerías y los cines a medianoche. Nos hicimos tatuajes de Harry Potter, celebramos bodas temáticas de Harry Potter y les pusimos a nuestros hijos nombres de personajes de las novelas, como Hermione, Luna y Draco.

Interpretábamos nuestras posturas políticas a través de la lente del mundo de los magos, comparando a aquellos con los que no estábamos de acuerdo con el villano principal de los libros, Lord Voldemort, y llevando pancartas con lemas como “Ejército de Dumbledore” y “¡Hermione no toleraría esto!” en las marchas de mujeres. Y algunos de nosotros incluso tomamos referencias morales más profundas de los libros, leyéndolos como una nueva Biblia, tratando las obras como textos sagrados con enseñanzas religiosas que transmitir. Algunos fans vivieron los polémicos comentarios de J. K. Rowling sobre los derechos de las personas transgénero como una traición, precisamente porque la habían considerado una de las guías morales más influyentes de nuestra generación.

Han pasado casi 20 años desde que se publicó el último libro de Harry Potter. El mundo de los magos sigue generando interés: las ventas de libros siguen siendo elevadas, y el videojuego de 2023 Hogwarts Legacy superó los 40 millones de ventas. HBO está trabajando en una adaptación televisiva de los libros, que se estrenará el año que viene.

Sin embargo, la relevancia de la franquicia está menguando. “Hemos visto envejecer a nuestro público”, admitió un ejecutivo de Warner Bros. sobre las recientes películas derivadas. Cuando la primera de ellas, Animales fantásticos y dónde encontrarlos, se estrenó en 2016, solo el 18 por ciento de los espectadores eran niños. La mayoría tenía más de 25 años, una tendencia que no les pasó desapercibida a los zoomers, a quienes les gusta burlarse de mi generación por aferrarse a nuestra pasión infantil. “No estás en Slytherin, Katherine. Tienes 36 años”, bromea la cómica de la generación Z Brittany Broski, dirigiéndose a un “adulto fan de Harry Potter” imaginario en un TikTok con millones de “me gusta”.

Esto no ocurre con obras de ficción como El señor de los anillos o Las crónicas de Narnia. Las ventas de esos libros pueden subir y bajar en respuesta a las nuevas adaptaciones cinematográficas o televisivas, pero esas franquicias no están ligadas a una generación concreta del modo en que Harry Potter está ligado a los milénials. Quizá esto se deba en parte al hecho de que, cuando eran niños, los milénials vivieron el lanzamiento de los libros de Harry Potter y de las películas de Warner Bros. como una serie de acontecimientos multimedia hábilmente publicitados.

Pero también entran en juego las posturas políticas. En sus libros, Rowling pone a la ideología en primer plano, y eso significa que sus novelas se sienten obsoletas de un modo que otras no. Concebidos hace más de 30 años, los libros de Harry Potter son en gran medida un producto del liberalismo de la década de 1990: un momento en el que la Segunda Guerra Mundial aún ocupaba un espacio central en el imaginario cultural, y en el que aún era posible creer que lo mejor del viejo orden político podía conservarse junto con una incorporación gradual de lo nuevo.

Por eso a los milénials les gusta Harry Potter mucho más que a las generaciones más jóvenes. La historia capta una visión del mundo que ya no resulta atractiva para los jóvenes hastiados por las experiencias del declive económico, la polarización política y la espiral de las políticas de identidad. Se han desenamorado deHarry Potter porque se han desenamorado de la visión del mundo que la serie representa. Es decir, los jóvenes se han desenamorado del liberalismo.

El primer libro de Harry Potter se terminó en 1995, cuando Rowling era madre soltera y vivía con su hija pequeña en Edimburgo tras haber huido de un matrimonio abusivo. Ella y su bebé eran, según dijo más tarde, “tan pobres como es posible serlo en el Reino Unido moderno sin ser indigentes”, una experiencia que le dejó un compromiso de por vida con los programas estatales de asistencia social. Aunque Rowling ahora es multimillonaria, perdió esa condición en 2012 por haber donado gran parte de su dinero, principalmente a organizaciones benéficas infantiles, pero también a causas políticas, incluido 1 millón de libras al Partido Laborista británico, de izquierda, en 2008. A pesar del furor suscitado por sus opiniones sobre el género, Rowling sigue describiéndose como una “liberal de tendencia izquierda”; de hecho, insiste en que estas opiniones son totalmente coherentes con el resto de su visión política y sus libros.

En el mundo de los magos, la gente buena es fácil de reconocer porque está comprometida con virtudes liberales como la tolerancia, la libertad de expresión y la no violencia. El reducido número de personajes de minorías étnicas se integra en una sociedad que alegremente no distingue colores. Pero una gran metáfora del racismo —la preocupación por ser un mago de “sangre pura” cuyos antepasados eran exclusivamente mágicos, no “muggles”— da a la historia su impulso moral, ya que los magos buenos luchan contra los magos malos —sobre todo Voldemort, el aspirante a tirano—, que desean instaurar un régimen violento y supremacista de sangre pura.

La Segunda Guerra Mundial tiene una gran presencia. Aunque no es explícito en los libros, Rowling insinúa una conexión entre la maldad de su mundo imaginado y la maldad de la Alemania nazi, haciendo referencia a un tirano malvado anterior llamado Gellert Grindelwald, derrotado en 1945, cuyo cuartel general estaba en Austria. Cuando Voldemort se hace con el poder en la última entrega de la serie, introduce una “Comisión de Registro de Hijos de Muggles” que pretende recordar las Leyes Raciales de Nuremberg. La iteración más reciente de la franquicia cinematográfica del mundo mágico hace explícito el vínculo nazi situando el drama en el Berlín de la década de 1930 y añadiendo un vocabulario político que resulta anacrónico en el siglo XXI. “El mundo, tal como lo conocemos, se está desmoronando”, nos dice un personaje. “Gellert lo está destruyendo con odio, con intolerancia”.

Harry Potter reflejaba y reforzaba la postura política de los lectores que alcanzaron la mayoría de edad durante la era liberal de posguerra. Un estudio de 2014, citado por Hillary Clinton durante un discurso sobre la importancia de las bibliotecas, sugería que la lectura de Harry Potter aumentaba la empatía hacia las personas migrantes, homosexuales y refugiadas. En otra investigaciónpublicada en 2013, Anthony Gierzynski, profesor de ciencias políticas de la Universidad de Vermont, y la artista Kathryn Eddy, comprobaron la hipótesis de que los milénials que leían Harry Potter acababan imitando los ideales políticos de los libros más que quienes no lo hacían:

Descubrimos que los fans de Harry Potter tienden a aceptar mejor a quienes son diferentes, a ser más tolerantes políticamente, a apoyar más la igualdad, a ser menos autoritarios, a oponerse más al uso de la violencia y la tortura, a ser menos cínicos y a mostrar un mayor nivel de eficacia política.
La política milénial, al menos la de izquierda, armonizaba tan bien con la moral del mundo de los magos que, tras la primera toma de posesión del presidente Donald Trump, los medios de comunicación liberales estaban repletos de titulares como “Cómo Harry Potter ayuda a dar sentido al mundo de Trump“ y “Quién lo dijo”: ¿Steve Bannon o Lord Voldemort?”. En 2017, un grupo de estudiantes de posgrado de Harvard crearon un grupo anti-Trump que fue comparado con el “Ejército de Dumbledore”, una coalición de estudiantes que, en las novelas, se unen para resistir a Voldemort. La propia Rowling ha opinado sobre las comparaciones con Trump: “Voldemort —escribió en 2015— no era ni de lejos tan malo”.

Pero aunque Trump haya vuelto a la presidencia, es mucho menos probable que encuentres a un zoomer haciendo este tipo de comparaciones. Los valores liberales enumerados por Gierzynski —tolerancia política, oposición al autoritarismo y la violencia, y fe en el sistema democrático— escasean cada vez más entre los jóvenes estadounidenses, que manifiestan menos apoyo a la libertad de expresión, más cinismo respecto a la democracia y más tolerancia hacia la violencia política.

Los zoomers se forjaron en un mundo diferente. La suya es una generación que alcanzó la mayoría de edad tras la crisis financiera mundial de 2008 y que, desde entonces, ha sido testigo de largos periodos de estancamiento salarial y deterioro de la estabilidad del Estado, no solo en Estados Unidos sino en gran parte del mundo occidental. Son una generación que apenas ha conocido un periodo optimista de la política (un zoomer podría haber tenido solo 12 años al final del segundo mandato del presidente Barack Obama), una generación más propensa que las anteriores a considerar que sus vidas están controladas por fuerzas externas, en lugar de por sus propias elecciones y voluntad.

Eso puede ayudar a explicar por qué el optimismo del universo de Harry Potter ya no cala en el clima actual. Los protagonistas de Harry Potter no son personas especialmente notables: tienen talento en algunos aspectos y a menudo son valientes, pero Rowling subraya mucho su condición de ordinarios. Nos pide que creamos que la gente común y corriente —niños, además— es capaz de derrotar a las fuerzas del mal. “Es un libro sobre vencedores”, como me señaló un amigo más joven, y los zoomers realmente no se ven a sí mismos de ese modo.

Los jóvenes, tanto de derecha como de izquierda, también están menos apegados a las instituciones políticas. Los que nacimos en el siglo XX nos habíamos acostumbrado a la idea de que la derecha defiende la tradición y la izquierda la reforma. En la era liberal, se esperaba que todo el mundo se atuviera bastante al statu quo.

Pero lo que vemos ahora es que ambas facciones defienden la revolución. El escritor conservador Rod Dreher pidió recientemente a un joven de Washington que expusiera las exigencias de los radicales de derecha de su generación. “No tienen ninguna”, respondió, “solo quieren destrozarlo todo”.

La izquierda de la generación Z no es menos radical. En Harry Potter, los buenos no matan deliberadamente, sino que aturden o desarman a sus oponentes. Aquí Rowling respalda un compromiso liberal con la no violencia que parece estar cayendo en desgracia, sobre todo en la izquierda. En una encuesta reciente de YouGov, los encuestados más propensos a apoyar la afirmación “la violencia política a veces puede estar justificada” eran jóvenes y de izquierda. Vimos un atisbo de este cambio de normas tras el asesinato de Charlie Kirk, cuando algunos jóvenes políticos de izquierda respondieron con una indiferencia que rayaba en el regocijo.

Tampoco el latido moral de los libros —esa lucha contra el fanatismo inspirada en la Segunda Guerra Mundial— resuena hoy de la misma manera. No es solo que el antisemitismo esté resurgiendo tanto entre los activistas antisionistas de la izquierda como entre los llamados “Groypers” de la derecha (aunque lo está). También es que los jóvenes tienen menos probabilidades de haber conocido a alguien que vivió la guerra como adulto.

Las encuestas indican que el conocimiento de los hechos básicos del Holocausto está disminuyendo entre las generaciones más jóvenes. Quizá por eso las alusiones a la Segunda Guerra Mundial son mucho más explícitas en las entregas más recientes de la franquicia de Harry Potter: hace unas décadas, se podía confiar en que los consumidores entendieran las referencias sutiles al Holocausto, pero eso ya no es así.

En la derecha —y especialmente entre los varones jóvenes y niños— se ha producido un desencanto con las ideas liberales de todo tipo. Incluso los que no son de derecha están resentidos por la forma en que las palabras “fascista” y “nazi” se han utilizado durante años contra las figuras más moderadas, y la exposición al progresismo institucional en escuelas y universidades ha provocado una reacción poderosa. Para la derecha en internet, el hecho de que Rowling caiga ahora tan mal a sus antiguos aliados políticos se interpreta a menudo como algo merecido. El destacado influente de YouTube de extrema derecha Paul Joseph Watson, por ejemplo, respondió a las tribulaciones de la autora con regocijo, diciendo que había sido “cancelada por la misma turba de indignación woke que ella ayudó a crear”.

Incluso antes de que Rowling interviniera en el debate sobre los derechos de las personas transgénero, parte de la izquierda joven ya la había tachado de problemática en múltiples frentes: por el supuesto uso de personajes de minorías étnicas como símbolos, por su representación de la esclavitud y por clichés que algunos interpretan como antisemitas. Desde la perspectiva de muchos de sus críticos de la izquierda, las declaraciones de Rowling sobre el género consumaron definitivamente su rechazo.

Los lectores de espíritu más generoso se dan cuenta de que la política de Harry Potter es fundamentalmente progresista. Un reciente artículo de Vox admitía, junto con muchas críticas a la política de Rowling, que “el principal mensaje moral de los libros es este: no deberíamos vivir en una sociedad supremacista”. Una joven de 26 años que se identifica firmemente como progresista me dijo que sus compañeros consideran “decepcionante” la postura de J. K. Rowling sobre los derechos de las personas trans, precisamente porque reconocen que, por lo demás, está de su parte.

El primer libro de Harry Potter se publicó en 1997, el mismo año en que el Partido Laborista de Tony Blair adoptó la canción de D:Ream “Things Can Only Get Better” como himno de su campaña (que terminó siendo exitosa). A menudo me pregunto si siento nostalgia de la década de 1990 solo porque fue la década de mi infancia. Pero me parece, aunque sea a través de un abismo de tiempo, que mucha gente realmente sentía entonces que las cosas solo podían mejorar. A pesar de su oscuridad ocasional, los libros de Harry Potter reflejan la visión esperanzada característica de la época y el lugar de su creación. Y la generación de Harry Potterabsorbió exactamente el mensaje que se suponía que debía absorber: que las posturas liberales siempre triunfarán sobre las fuerzas del mal. Los jóvenes ya no piensan así.

Sinceramente, no los culpo. Soy una milénial canosa que amó Harry Potter con todo su corazón, y estoy tan alarmada como cualquiera por el creciente antiliberalismo de los jóvenes estadounidenses. Pero también reconozco que están reaccionando contra una política que ahora parece bastante ingenua.

El liberalismo no es la posición por defecto de los humanos. Es un estilo de hacer política que solo puede sostenerse en una sociedad que es a la vez pacífica, próspera y de gran confianza, una combinación poco frecuente en la historia de nuestra especie. En tales condiciones, bien podríamos ver una tolerancia generalizada de la libertad de expresión, un rechazo de la violencia política y una fe popular en los procesos democráticos. Pero cuando una sociedad se fractura y se ve más amenazada, esos ideales pueden abandonarse rápidamente, y las élites envejecidas que supervisaron el proceso de decadencia no serán vistas con buenos ojos. Incluso —o especialmente— si sus errores fueron fruto de la complacencia.

Una de las creaciones mágicas que Rowling nos ofrece —tomada de las historias de Narciso, Blancanieves, Alicia en el País de las Maravillas y otras— es el Espejo de Oesed, un objeto que nos permite ver el “el más profundo y desesperado deseo de nuestro corazón”. Cuando el huérfano Harry se mira por primera vez en el espejo, se ve rodeado de la familia que nunca ha conocido. Otros se ven ricos y con éxito. Dumbledore advierte sobre los peligros del espejo: “Hay hombres que se han consumido ante esto, fascinados por lo que han visto. O han enloquecido, al no saber si lo que muestra es real o siquiera posible”.

Ahora me pregunto si los propios libros de Harry Potterfuncionaron como algo parecido a un Espejo de Oesed para mi generación. Reflejaban una imagen del mundo que deseábamos mucho que fuera real: un mundo antiguo y mágico, en el que incluso los niños tenían la capacidad de identificar y vencer el mal. Era hermoso en su sencillez moral. También era demasiado bueno para ser verdad.

 

 

Por New YorkTimes en español

Por Louise Perry

Perry es una periodista que radica en el Reino Unido.

 

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