José M. Rodríguez Silva: La otra cara del veto a las redes sociales para los menores

José M. Rodríguez Silva: La otra cara del veto a las redes sociales para los menores

 

Tres jóvenes muestran la pantalla de sus móvilesALBERTO DI LOLLI

Los padres siguen siendo la figura clave haya regulación o no y, de momento, tienen dificultades hasta para gestionar su propia privacidad

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EL VOLCÁNICO DEBATE que ha desatado la posible prohibición de las redes sociales entre los menores de 16 años, espectacular duelo de egos entre Sánchez y Musk mediante, ha pasado de puntillas por un asunto fundamental: los padres. Más allá de la discusión técnica y los efectos que puede tener la medida en el anonimato en internet, existe un discurso, reutilizado en muchos ámbitos, que defiende que será responsabilidad de los padres decidir en qué red social está o no su hijo.

Es irrefutable que los padres tienen que jugar un papel en la educación digital, casi tan indudable como que hasta ahora la mayoría está fracasando o no dándole la importancia suficiente. Quizá porque tampoco los adultos sabemos muy bien qué tenemos que hacer en Internet. O, yendo más lejos, sabemos perfectamente qué no tenemos que hacer y nos da bastante igual.

Pensando sobre ello me acordaba de una anécdota de un amigo, fundador de Bukitos, una web con IA para crear cuentos personalizados. Hace unos meses, tuvo que lidiar con una clienta enfadada que no entendía por qué no podía subir fotos de su hijo para que saliera en el cuento. Pese a los intentos de explicarle los riesgos de seguridad de subir esas imágenes a internet para que las procese una IA, mi amigo solo logró perder una venta.

La anécdota ejemplifica bien la dejación de funciones respecto a la privacidad digital que llevamos haciendo la inmensa mayoría en los últimos años. El uso de nuestros datos ha pasado de ser una preocupación central a algo parecido a comer canónigos. Sabemos que son buenos, pero nadie va a complicarse la vida en exceso para hacerse una ensalada, ni, desde luego, dudará en dejarla de lado frente a una opción más apetitosa, sea en el mundo digital al enviar unos análisis a un chat con IA o compartir en redes sociales una imagen creada a partir de todo lo que ChatGPT o Gemini saben de nosotros.

Bloquear el acceso a Instagram o TikTok a los adolescentes suena a una forma de cortar por lo sano y conseguir que estos se enfaden más con Pedro Sánchez que con sus padres por cerrar el grifo de Internet, peroes una solución con las patas cortas. Fortnite, Roblox o cualquier aplicación que permita mandar un mensaje esperan su oportunidad para absorber el tiempo de pantalla adolescente y no hay gobierno capaz de prohibir a ese ritmo. La pelota seguirá en el tejado de los padres.

Cambio de Chip

José M. Rodríguez Silva

El mundo.es

 

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