El fenómeno «Therian» sigue ocupando el análisis de los psicólogos: crisis existencial o trastornos patológicos?

El fenómeno «Therian» sigue ocupando el análisis de los psicólogos: crisis existencial o trastornos patológicos?

La reciente viralización de jóvenes que se identifican con animales enciende un debate sin precedentes entre la libertad de expresión, la salud mental y el orden social. Mientras especialistas clínicos defienden la práctica como una subcultura de búsqueda de identidad similar a los otakus o emos, funcionarios del mundo público, advierten sobre una posible desviación que amenaza la dignidad humana.

¿Qué es ser un Therian?

En las plazas públicas y sobre todo, en los escondites más profundos de las redes sociales de TikTok, Youtube, resalta una figura que desafía la lógica convencional de la identidad humana: Se mueven en cuatro patas, maúllan o gruñen, utilizan máscaras de felinos y perros, colas de lobo, y aseguran que, en su interior late el corazón de una especie no humana.

Aunque para muchos espectadores, sea una moda pasajera o un juego de disfraces, el fenómeno se remonta en sus raíces, como una mezcla de espiritualidad, psicología y la necesidad de pertenencia en un mundo digital desequilibrado. Para que podamos entender esta realidad, es importante despojarse de prejuicios y escuchar las voces de quienes analizan este tipo de comportamiento humano y de quienes velan por la estructura legal del Estado.

La visión clínica: Una comunidad de identidad, no de enfermedad

Para la Psicóloga Jackeline Barich, el primer paso es desmitificar la idea de que estamos ante una “epidemia” de locura, según explica. La conexión con lo animal, en sus palabras, no es un invento de la generación Z sino como una corriente que lleva décadas desarrollándose en las redes sociales.

Los “therians” son personas que sienten una profunda conexión espiritual, psicológica o identitaria por una especie animal no humana. Incluso, existe evidencia que esta comunidad no es nueva. A partir de los años noventa, se empezaron a ver foros, chats, páginas web, en los que esta comunidad tenía comunicación, intercambiaba palabras experiencias y sensaciones, afirma Barich.

La especialista sostiene que la alarma social actual se debe a una distorsión digital. Considera que no es ningún problema para la sociedad. De hecho, muchos de los videos que se han hecho virales han sido editados con la IA. Son personas que comparten una creencia y que de alguna forma, se relacionan como, en otras ocasiones hemos conocido a los emos, otakus, rastas, cosplayers. Son comunidades que comparten gustos e intereses.

Desde la perspectiva de Barich, el límite entre lo «normal» y lo patológico está claramente definido por la lucidez del individuo. Mientras el joven sepa que sigue siendo biológicamente humano, no hay motivo para la intervención médica forzada.

«No implica un trastorno mental. Mientras no haya ningún delirio asociado con alteración de su percepción física, con el hecho de querer convertirse en un animal, no estamos hablando de un problema mental. No tiene ningún riesgo en absoluto, a menos que existan algunos factores conmovidos, factores que estén asociados a sus relaciones interpersonales, familiares».

La profesional advierte que el verdadero peligro no reside en el joven sino en la reacción del entorno. “Lo que sí podría generar un impacto o un problema de salud mental es el hecho de que sean excluidos, maltratados, agredidos por el entorno social. Hay que respetar un poco las cosas que nos hacen diferente. Lo han llevado de forma muy alarmante en las redes sociales, no es tan así, no es tan real.

 

El análisis de la estructura del «Yo»: ¿Qué falta en el hogar?

Por otra parte, la Psicóloga Luisanna Jaimes, profundiza más allá de las interrogantes existenciales que empujan a un adolescente a tener estos rasgos de una bestia para sentirse completo. Para la licenciada, los “therians” son un síntoma de búsqueda, de empoderamiento que el mundo real parece no estar ofreciendo.

“Los therians conforman una subcultura de individuos que sienten esa conexión profunda o identificación personal con rasgos animales, manteniendo la conciencia de su realidad biológica humana. Su viralización reciente, responde al auge de plataformas donde la búsqueda de identidad y el sentido de pertenencia retumba de forma colectiva en las nuevas generaciones”, explica Luisanna.

Al ser consultada sobre si esto representa un conflicto para la colectividad, la experta es cautelosa pero firme en la distinción clínica: «Es fundamental diferenciar entre una identificación simbólica y un delirio clínico. Mientras el individuo no pierda el contacto con la realidad ni abandone sus responsabilidades, no representa un conflicto. Por lo tanto, el riesgo solo aparecería si la conducta se desprende de la realidad objetiva, para transformarse en una alienación funcional”.

Jaimes invita a la sociedad y a los padres a mirar más allá: ¿Qué está pasando en la identidad de estas personas, que necesitan algo externo para poder sentirse bien consigo mismo? Es además una invitación a preguntarnos: ¿Qué rasgos busca reforzar el individuo?, ¿De qué carece en su entorno cotidiano que encuentra en esta identidad?

La experta enfatiza, que no se puede curar lo que no es una patología. “No se puede hablar de cura donde no existe una enfermedad o trastorno de base. El enfoque debe ser el acompañamiento psicológico para entender el origen de esa necesidad, y no la supresión de la conducta por la fuerza”. Algunas recomendaciones para los padres es la introspección: “Investigar qué vacíos están llenando estas identidades, revisar el clima emocional en el hogar y ofrecer una presencia al joven”.

 

«Una desviación contra la humanidad»

Donde la psicología ve una búsqueda de identidad, el sistema judicial venezolano lo ve como una señal de alarma. El exFiscal General de la República Bolivariana de Venezuela, Tarek William Saab, ha sido una de las voces más críticas y contundentes de acuerdo a este fenómeno, catalogándolo, como un ataque a la esencia misma de la especie humana.

Para Saab, hoy defensor del Pueblo encargado, permitir que un niño se identifique como un animal es cruzar una frontera peligrosa hacia la degradación social.

“El denominado fenómeno de los “therians”, no forma parte de un derecho de los niños, sino una desviación mental que busca normalizar esta situación, imposible de formalizar. Configuran un comportamiento impropio que tiene vinculación con la especie humana, además de algo que no guarda relación con un derecho, sino con un trastorno”, sentenció.

Para el el exFiscal General, la estética y las acciones de este grupo representan una inversión de valores que debe ser combatida desde la raíz. En sus declaraciones, cuestionó la lógica detrás de estas prácticas:

«Yo pienso que es algo impropio, que no tiene nada que ver con la raza humana, que no tiene que ver con un derecho, sino como un trastorno. ¿Por qué entonces tú en vez de caminar con tus extremidades, con tus dos piernas, no te pones en cuatro patas en una plaza y llegas a un lugar disfrazado de ¿qué?, de mono, ¿de gato?».

Saab vincula este fenómeno con una agenda más amplia que, según su visión, busca erosionar los pilares de la civilización: «Fíjate los enemigos de la humanidad, así como te quieren convertir lo malo en lo bueno, y lo bueno en lo malo, lo quieren convertir en un derecho inherente a la dignidad humana de ese joven o niño. De ser así, ¿qué va a ocurrir allí al final? Cuando tú ves las marchas que ellos hacen, lo que hacen es ladrar y maúllan, no hablan.

Este reportaje sobre los therians nos deja en una encrucijada. Por un lado, la ciencia del comportamiento nos pide empatía, observación y comunicación para poder entender una etapa de “experimentación juvenil que aseguran, no tiene por qué ser destructiva. Por el otro lado, la autoridad del Estado advierte sobre la deshumanización y la pérdida de los valores que nos definen.

¿Son los therians jóvenes incomprendidos buscando refugio en la nobleza animal, o son víctimas de una alienación digital que la aleja de su propia naturaleza? La realidad es que estos jóvenes siguen allí, entre nosotros, recordándonos con sus máscaras y sus silencios, que la pregunta por el “quien soy” sigue siendo la más difícil de responder.

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