David Brooks: Transitamos por la era del gran desapego

David Brooks: Transitamos por la era del gran desapego

Credit…Filip Kwiatkowski for The New York Times

Cuando tenía 17 años, me enamoré perdidamente. Habíamos sido amigos ocasionales durante unos años, pero el 5 de mayo de 1979, mientras estábamos alrededor de una hoguera con otros estudiantes de último curso de secundaria, ella me tomó de la mano, y ese fue mi primer contacto con la dicha pura. Me encantaba ser monitor de campamento, pero aquel verano me quedé en casa y trabajé de conserje en un cine para poder ir todos los días a la cafetería del Howard Johnson’s y charlar con ella mientras trabajaba.

Estuvimos separados durante un año en diferentes universidades, pero luego ella se trasladó para estudiar conmigo en la Universidad de Chicago, donde, a los pocos meses, me dejó. Mi agonía posterior estaba mezclada con la vanidad de un hombre joven. Sufría, pero también me sentía orgulloso de mí mismo por ser capaz de sufrir tanto. Recuerdo que fui al centro comercial de Water Tower Place y compré unos cigarros franceses para poder sufrir como Albert Camus.

El tiempo que pasé en las aulas de la universidad me transformó, pero es posible que aquella aventura amorosa haya sido la experiencia educativa más importante de mi juventud. Me enseñó que hay emociones más alegres y más dolorosas de las que nunca imaginé. Me enseñó lo que se siente cuando el ser se sale de su centro y las cosas más preciadas para ti están en la otra persona. Incluso aprendí algunas cosas sobre el complejo arte de estar cerca de otro.

Y lo que es más importante, esa relación me enseñó poco a poco que una de las preguntas más importantes que puedes hacerle a alguien es: “¿Qué estás amando ahora mismo?”. Todos necesitamos fuentes de energía que nos impulsen en la vida, y el amor es la fuente de energía más poderosa que conoce el ser humano.

El amor es un estado de motivación. Puede ser amor por una persona, un lugar, un oficio, una idea o lo divino, pero algo exterior a uno ha tocado algo profundo en nuestro ser y ha desencadenado una reacción nuclear. Quieres aprender todo lo que puedas sobre lo que amas. (Dicen que el amor es ciego, pero el amor es lo contrario de la ceguera). Quieres cuidar y servir a lo que amas. Tu amor te impulsa en un sentido u otro. Quieres estar en comunión con lo que amas.

“La necesidad más profunda del hombre, pues”, escribió una vez el psicólogo Erich Fromm, “es la necesidad de superar su aislamiento, de abandonar la prisión de su soledad”. Imagina a una pareja besándose, a un carpintero embelesado mientras trabaja en su oficio, a un astrofísico en plena atención contemplando el cosmos, a una monja rezando. Son personas que trascienden los límites del ser.

Vivir sin amor es estar en piloto automático y desconectado de la vida. El amor, en cambio, alimenta el compromiso pleno. “La vida de una persona puede tener sentido”, escribió una vez la filósofa Susan Wolf, “solo si le importan profundamente algunas cosas, solo si está atrapada, emocionada, interesada, comprometida o, como he dicho antes, si ama algo”. Presta atención a esas palabras: “se preocupa”, “se apasiona”, “se emociona”, “se compromete”, “ama”. Una forma estupenda de vivir es ir por ahí con una postura tan abierta de corazón que encuentres cosas por las que entregarte por completo.

Si quieres saber algo de mí, conoce las cosas que me gustan: mis hijos, mi mujer, Estados Unidos, Dios, los amigos, Nueva York, los Mets, escribir, la bahía de Chesapeake, leer historia intelectual, practicar deportes con gran entusiasmo y talento mediocre, Montana, enseñar. Mi lista continúa, y apuesto a que tú tienes la tuya.

He llegado a apreciar a las personas que se apasionan por la vida. Parafraseando al gran filósofo del amor, San Agustín: dame un hombre o una mujer enamorados. Dame a alguien que quizá esté lejos, en el desierto, pero que anhele y tenga sed de los manantiales de la pasión. Dame a alguien así. Sabe lo que quiero decir. Pero si hablo con una persona fría, desconfiada, recelosa o calculadora, simplemente no sabe de qué estoy hablando.

He compuesto este pequeño homenaje al amor porque los estadounidenses parecen tener menos de él. Piensa en las cosas que la gente suele amar más: su cónyuge, sus hijos, sus amigos, Dios, su nación y su comunidad. Ahora observa las tendencias sociales. Las tasas de matrimonio se acercan a mínimos históricos, y la proporción de personas de 40 años que nunca se han casado está en máximos históricos (las tasas de cohabitación han aumentado, pero eso no compensa ni de lejos el declive del matrimonio).

Los estadounidenses tienen menos hijos. Tienen menos amigos que antes y pasan menos tiempo con los que ya tienen. Durante décadas, han disminuido los índices de asistencia a la iglesia y a la sinagoga. La proporción de estadounidenses que dijeron sentir patriotismo por su país ha descendido, sobre todo entre los jóvenes. De 1985 a 1994, la participación activa en organizaciones comunitarias se redujo aproximadamente a la mitad, y no hay signos de recuperación.

En 2023, una encuesta del Wall Street Journal/NORC preguntó a la gente qué valores eran “muy importantes” para ellos. Desde 1998, los porcentajes de estadounidenses que afirmaban valorar mucho el patriotismo, la religión, tener hijos y la participación en la comunidad han caído en picada. Según la encuesta, el único valor que más importaba a los estadounidenses era ganar dinero.

Podríamos llamarlo el Gran Desapego. Fíjate en lo que está ocurriendo, por ejemplo, con las citas entre los estudiantes de secundaria. Las pruebas demuestran claramente que cada vez menos jóvenes reciben el tipo de educación profunda que yo recibí al final del bachillerato. La proporción de alumnos del tercer año de preparatoria que dijeron haber tenido citas descendió de alrededor 85 por ciento en la década de 1980 a menos del 50 por ciento a principios de la década de 2020.

Mi propia experiencia sugiere que la mayoría de los jóvenes desean una conexión amorosa, pero están ansiosos sobre cómo conseguirla, en parte porque nunca han tenido práctica. Pero parte del declive del romance se debe a la mera falta de interés. En 1993, según un análisis del estudio Monitoring the Future, el 83 por ciento de las alumnas de tercero de preparatoria dijeron que probablemente optarían por casarse. En 2023, solo el 61 por ciento de las chicas de ese grado dijeron eso, un descenso de 22 puntos porcentuales.

Y algunas de las causas de la recesión romántica son sociales y económicas. En las últimas cuatro décadas, el porcentaje de personas que mantienen una relación ha disminuido más del doble entre quienes no tienen un título universitario que entre quienes sí lo tienen. Aproximadamente la mitad de los hombres menores de 40 años que nunca fueron a la universidad no tienen pareja. Las personas sin título universitario tienen menos potencial de ingresos que los titulados universitarios y tienen 2,4 veces más probabilidades de decir que no tienen amigos.

Pero las fuerzas económicas no pueden explicarlo todo. Estas tendencias no se refieren solo de con quién quiere salir y casarse la gente; estamos asistiendo a un debilitamiento sistemático de los lazos afectivos que mantienen unida a la sociedad: por la comunidad, por la nación, por los amigos y así sucesivamente. ¿Qué está ocurriendo?

Mi respuesta breve sería que se puede construir una cultura en torno a los compromisos amorosos, o se puede construir una cultura en torno a la autonomía individual, pero no se pueden hacer ambas cosas. En las últimas seis décadas, más o menos, hemos elegido la autonomía y, como resultado, hemos emprendido un viaje colectivo de la autonomía al logro y a la ansiedad.

En las décadas de 1960 y 1970, los estadounidenses se rebelaron contra el conformismo de los años cincuenta. Pusieron un tremendo énfasis en la libertad personal, pero también en el amor. Piensa en John Lennon y Yoko Ono y en todas esas canciones cursis: “All You Need Is Love”.

Luego, en los años ochenta y noventa, los estadounidenses tomaron ese deseo de libertad individual y lo centraron en el ámbito de la vida donde es más fácil sentirse autónomo: tu carrera profesional. En 1990, Seuss publicó un libro que todavía se suele regalar como obsequio de graduación. Se titula “¡Oh, cuán lejos llegarás!”, y trata de la ascensión incesante de un chico por la escalera del éxito. En el camino, te das cuenta de que no tiene familia, ni amigos, ni apego a un lugar. En 1990, esto les parecía a muchos una forma normal de imaginarse una buena vida. Solía preguntar a mis alumnos universitarios por qué no tenían relaciones románticas, y su respuesta número uno era que no tenían tiempo; trabajaban demasiado.

En este siglo ha habido una gran pérdida de fe. Una pérdida de fe en la rutina laboral. Una pérdida de fe en los demás, que se manifiesta en una caída en picado de los niveles de confianza social. Esto ha producido el bien documentado aumento de la ansiedad, la soledad y el miedo a la intimidad emocional, especialmente en los adultos jóvenes. Como escribió recientemente Faith Hill en The Atlantic: “Los investigadores generacionales han descrito a la Generación Z como un grupo especialmente preocupado por la seguridad, reacio al riesgo y lento a la hora de confiar, por lo que tiene sentido que muchos adolescentes de hoy en día puedan mostrarse reticentes a lanzarse a una relación, o incluso a admitir que les importa si su romance continuará la semana que viene.”.

“La esencia misma del romance es la incertidumbre”, observó Oscar Wilde. Las personas ansiosas son naturalmente lentas a la hora de aceptar una mayor vulnerabilidad en sus vidas. La cruzada por la máxima libertad individual parecía liberadora allá por Woodstock, pero en el último medio siglo la hemos llevado a su conclusión lógica, y ha producido lo que el periodista Derek Thompson llama el “siglo antisocial”.

Si observamos estas tendencias desde un punto de vista político, el poder del ethos de la autonomía resulta más claro. En general, los conservadores creen en la libertad económica (impuestos bajos, menos regulaciones), pero también en las obligaciones sociales (fe, familia, bandera). Los progresistas tienden a favorecer las obligaciones económicas para reducir la desigualdad, pero una mayor autonomía social para vivir el estilo de vida que elijas.

Como era de esperar, los liberales son más propensos a valorar la libertad moral y vivir sus auténticos valores de la forma que consideren oportuna, mientras que los conservadores son más propensos a adherirse a las fuentes tradicionales de la comunidad moral. Los conservadores son más propensos a unirse a congregaciones religiosas, más propensos a considerarse muy patriotas, más propensos a ser voluntarios en sus comunidades y más propensos a hacer donaciones benéficas.

Estas diferentes actitudes hacia la autonomía se manifiestan especialmente en el ámbito del matrimonio y la maternidad. En los años ochenta, había muy poca diferencia entre la proporción de mujeres liberales y conservadoras de 25 a 35 años que tenían hijos, según la Encuesta Social General. Pero en la década de 2020, el 71 por ciento de las mujeres conservadoras de ese grupo de edad tenían hijos, frente a solo el 40 por ciento de las mujeres liberales. Es una asombrosa diferencia de 31 puntos porcentuales.

Una encuesta de NBC News pidió a los jóvenes que nombraran los objetivos vitales que eran importantes para su definición personal del éxito. Desafiando viejos estereotipos, los hombres jóvenes eran más propensos a dar prioridad a objetivos familiares como casarse y tener hijos que las mujeres jóvenes. El contraste entre los jóvenes que votaron por Donald Trump y las jóvenes que votaron por Kamala Harris fue especialmente marcado. Para los hombres de 18 a 29 años que votaron por Trump, el objetivo vital más importante era tener hijos. El cuarto objetivo vital más importante para estos hombres votantes de Trump era casarse. En cambio, para las mujeres de ese grupo de edad que votaron a Harris, estar casadas ocupaba el 11º lugar en su lista de objetivos vitales importantes, el antepenúltimo sitio. Tener hijos era el 12º, el penúltimo lugar (ser famoso era el objetivo vital menos importante para ambos grupos).

Según una encuesta de Pew Research, el 52 por ciento de los conservadores dijeron que el declive del matrimonio era un hecho negativo para Estados Unidos. Solo el 23 por ciento de los liberales compartían esa opinión.

No, no estoy diciendo que todo el mundo tenga que casarse. El matrimonio no es para todo el mundo. La vida es complicada, y muchas personas que buscan el matrimonio no encuentran a la persona adecuada. Todos conocemos a muchos adultos solteros que llevan vidas densamente conectadas y maravillosamente realizadas.

Pero, en promedio, las personas casadas son más felices que las solteras. El sociólogo de la Universidad de Virginia W. Bradford Wilcox, la psicóloga del Estado de San Diego Jean Twenge y sus colegas escribieron un informe para el Instituto de Estudios sobre la Familia, según el cual las mujeres casadas de 25 a 55 años tenían muchas más probabilidades de decir que la vida era agradable la mayor parte del tiempo. Las mujeres casadas con hijos tenían solo la mitad de probabilidades que las solteras de decir que se sentían solas a menudo.

Según la Encuesta Social General, el 93 por ciento de las mujeres liberales casadas y con hijos dijeron que eran felices. Solo el 63 por ciento de las mujeres liberales solteras y sin hijos dijeron ser felices. Como me escribió Wilcox en un correo electrónico: “Ahora vemos una asombrosa diferencia de 30 puntos porcentuales en la felicidad entre las mujeres liberales casadas y con hijos y las solteras y sin hijos”.

Las mismas pautas básicas se aplican también a los hombres.

Quiero reiterar algo. Se trata de promedios. Ten cuidado al aplicar los datos de las ciencias sociales a tu vida, porque ella está llena de cosas que las ciencias sociales no pueden ver: tus circunstancias únicas, tus gustos, tu espíritu.

Lo que digo es que la sabiduría antigua y la investigación moderna no se equivocan. Si quieres llevar una vida plena, llénala de vínculos amorosos. George Vaillant estudió el desarrollo humano durante una larga carrera mientras dirigía el Estudio Grant en Harvard. La conclusión central de su vida fue bastante básica: “La felicidad es igual al amor, y punto”. No tienes que comprometerte con ninguno de los vínculos, ni siquiera con el matrimonio, pero si quieres prosperar, tienes que dar prioridad a los vínculos amorosos sobre la autonomía individual, y en las últimas generaciones, nuestra cultura ha olvidado esa verdad fundamental.

Si llevas una vida diseñada para maximizar la independencia y la autonomía personales, conseguirás vivir una vida relativamente sin restricciones. Pero es más probable que vivas una vida con poca energía, más lenta para albergar esos grandes amores por las personas, los lugares, Dios, la vocación y la nación que despiertan pasiones fervientes y dan lugar a vidas llenas de pasión.

Si, por el contrario, te resistes al ethos de la autonomía y pones la pasión amorosa en el centro de tu filosofía de la vida, te encontrarás atado a todo tipo de obligaciones: a cosas como el cónyuge, los hijos, la comunidad, Dios y la vocación. Pero tu amor por estas cosas constituirá fuegos en el corazón, produciendo una gran vitalidad, un compromiso pleno, un aumento de la fuerza personal. Una de las extrañas paradojas de la vida es que las limitaciones que eliges son las que te liberan.

 

The New York Times

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