La Academia de Ciencias Físicas, Matemáticas y Naturales de Venezuela (ACFIMAN) celebró la noticia sobre la canonización de José Gregorio Hernández y recordó los «dotes terrenales» del «médico de los pobres».
A través de una nota en su página web, Acfiman expresó que los ruegos de millones de venezolanos finalmente fueron escuchados:
El papa Francisco autorizó la canonización del beato trujillano nacido en Isnotú en una fecha aún por definir. El Vaticano hizo el anuncio este 25 de febrero tras la audiencia concedida al cardenal Pietro Parolin −secretario de Estado de la Santa Sede− y al monseñor Edgar Peña Parra −sustituto para los Asuntos Generales de la Secretaría de Estado− en el Hospital Policlínico Gemelli, donde el pontífice se encuentra recluido desde el 14 de febrero por neumonía bilateral.
Pionero en bacteriología
José Gregorio Hernández Cisneros se graduó de doctor en Ciencias Médicas en la Universidad Central de Venezuela (UCV) en 1888. Al año siguiente, fue becado para estudiar microscopía, histología, bacteriología y fisiología experimental en París (Francia) con los mejores investigadores de la época. Luego, viajó a Berlín (Alemania) para continuar especializándose en histología, anatomía patológica y bacteriología. En 1891, regresó a su tierra y fundó −entre otras− la Cátedra de Bacteriología de la UCV, la primera de esta disciplina en toda América.
José Gregorio fue uno de los precursores del uso de microscopios con fines científicos y académicos. También fue uno de los 35 fundadores de la Academia Nacional de Medicina en 1904, ocupando el Sillón XXVIII.
En su tiempo libre, ejercía la medicina privada desde su casa. La consulta era gratuita para los pacientes que no podían pagarla.
Para él, su vocación profesional era tan importante como la religiosa. Primero, ingresó a la Tercera Orden Seglar de San Francisco de Venezuela. Después, se inscribió en el monasterio de Cartuja de Farneta en Lucca (Toscana, Italia), pero tuvo que abandonarlo por problemas de salud. Cuando dio el paso decisivo para ser sacerdote en el Pontificio Colegio Pio Latino Americano de Roma, enfermó de pleuresía y principio de tuberculosis, viéndose obligado a volver a Caracas, donde se dedicó a la medicina a tiempo completo.
Uno de los pocos automóviles que circulaban en la capital venezolana lo atropelló el 29 de junio de 1919 al salir de una farmacia. Murió a la edad de 54 años.
Desde 1975, sus restos mortales reposan en la iglesia Nuestra Señora de la Candelaria en Caracas.