23 de enero: cuando el militarismo cedió el paso a la democracia

23 de enero: cuando el militarismo cedió el paso a la democracia

Los esfuerzos de diversos sectores sociales fue determinante para lograr el cambio político contra la dictadura militar

 

 

 

Cincuenta y nueve años han transcurrido del golpe de Estado que derrocó la dictadura militar del coronel -no me da la gana de reconocer su autoascenso- Marcos Pérez Jiménez. Ni fue una revolución ni un levantamiento popular. Todos los líderes significativos estaban en el exilio o en las cárceles. Sencillamente el gobierno había entrado por inercia en un proceso de implosión, agravado por las desavenencias con el alto mando militar que querían sacar, como lo lograron, a los pocos civiles del gobierno, como Pedro Estrada, llamado el Chacal de Güiria, y Laureano Vallenilla Planchart -Lanz era su padre– ministro de relaciones interiores.

 

 

 

El preludio de esta acción que cambió el destino del país por 40 años fue la carta pastoral, redactada por el obispo Feliciano González Ascanio, que monseñor Arias Blanco lee el 1 de mayo de 1957, y que fue difundida en todas las iglesias del país, en la cual señala con estadísticas de Naciones Unidas y observaciones propias, el proceso de empobrecimiento de los trabajadores venezolanos, condenando el latrocinio, los atropellos y el allanamiento de miles de hogares por parte de la Seguridad Nacional.

 

 

 

Esa actitud de la Iglesia elevó la moral de la resistencia, que se había mantenido activa durante todo el gobierno de Pérez Jiménez, que continuó con sus actividades conspirativas, a pesar de la dura persecución del régimen con la cual colaboraban con entusiasmo los patriotas cooperantes de entonces. Seres despreciables sin criterio.

 

 

 

La madrugada del 1 de enero de 1958 estalla una insurrección militar en Maracay y aviones de la Fuerza Aérea atacan Caracas infructuosamente. Los pilotos son detenidos. El día 4 de enero la Junta Patriótica, presidida por el maestro de escuela y periodista Fabricio Ojeda, publica un manifiesto titulado Pueblo y Ejército unidos contra la usurpación.  El dictador reacciona el día cinco arrestando a gran número de jóvenes oficiales de las Fuerzas Armadas. El 7 de enero son los estudiantes quienes retan al gobierno con una marcha. El nueve renuncian los miembros del gabinete y el gobernador del Distrito Federal. Luis Felipe Llovera Páez le dice al tirano: “Pérez vamonós que pescuezo no retoña”.

 

 

 

El día diez, mientras Pérez Jiménez juramenta al nuevo gabinete, arrecian las protestas en los barrios caraqueños. El 13 de enero, desesperado, asume el cargo de ministro de la Defensa, tratando de contener el descontento militar, que estaba siendo alentado por la Junta Patriótica a través de su Comité Cívico-Militar. El 15 circula la Declaración de los intelectuales, que reclama la libertad democrática y solicita que los poderes públicos sean la expresión genuina de la voluntad popular.

 
La actitud de la Iglesia elevó la moral de la resistencia, que se había mantenido activa durante todo el gobierno de Pérez Jiménez a pesar de la dura persecución del régimen con la cual colaboraban ‘los patriotas cooperantes’ de entonces”.

 

 

El 21 de enero comienza la huelga de la prensa seguida por la huelga general convocada por la Junta Patriótica días antes. El paro se cumplió a cabalidad y en muchos sitios deCaracasse produjeron enfrentamientos con las fuerzas del gobierno. El 22 se reúnen altos jefes militares en la Academia Militar para considerar la situación y concluyen formando una Junta militar de gobierno, que exige la renuncia de Pérez Jiménez, integrada por el comandante de la marina, contralmirante Wolfgang Larrazábal Ugueto; el comandante de las Fuerzas Armadas de Cooperación, coronel Carlos Luis Araque; el director de la Escuela Superior de Guerra, coronel Pedro José Quevedo; y por los coroneles Roberto Casanova y Abel Romero Villate.

 

 

 

En la noche del día 22, la Marina de Guerra y la Guarnición de Caracas se pronunciaron contra la dictadura, y esa noche bastó un acto de desobediencia del presidente de la junta, quien respondió la llamada del dictador con un seco “yo no recibo órdenes de usted”, para que la vaca sagrada, como llamaba el pueblo al avión presidencial, surcara de madrugada el cielo caraqueño con la familia presidencial a bordo y un cargamento de maletas repletas de dinero del erario, rumbo a República Dominicana, y tomara posesión la Junta de gobierno, cuya primera decisión fue ordenar la libertad de los treinta y cuatro presos políticos detenidos en los calabozos de la tétrica Seguridad Nacional -el Sebin de entonces- entre ellos, dos editores de medios de comunicación: Miguel Ángel Capriles, de Últimas Noticias; y Miguel Otero Silva, de El Nacional.

 

 

 

Pueblo no tumba gobierno

 

 

 

 

A Pérez Jiménez lo tumbaron los militares, que para suerte del país, estaban comandados por un ciudadano de talante democrático, que abrió las cárceles y las fronteras para que los líderes como Rómulo Betancourt, Jóvito Villalba y Rafael Caldera, regresaran a su patria a tomar las riendas del destino del país y convocó a elecciones. La junta decide pedir la renuncia a los coroneles Casanova y Romero Villafate, por su compromiso con el perezjimenismo, y son  sustituidos por los civiles Eugenio Mendoza y Blas Lamberti. Otro civil, Edgard Sanabria ocupa la secretaría y posteriormente sustituye a Larrazábal, quien renuncia el 13 de noviembre de 1958, para ofrecer su candidatura al pueblo. La acción más recordada de Sanabria fue la de imponer a las compañías petroleras extranjeras una participación del 60/40 a favor de la nación.

 

 

 

Y comienza el populismo

 

 

 

Este populismo ruinoso comenzó con Larrazábal  y su histórico Plan de emergencia o Plan de obras extraordinarias -preludio del Plan Bolívar 2000- para dar trabajo a los miles de desempleados que se desplazaron desde el interior del país hacia las grandes capitales, lo que ocasionó invasiones impunes de terrenos de propiedad privada y la edificación de miríadas de ranchos insalubres, que luego se tornó cultura urbana. Con el surgimiento del papá Estado, la democracia en Venezuela ha sido sinónimo de vivir sin trabajar, con los beneficios sociales convertidos en derechos constitucionales, pasando las promesas electorales de los demagogos, que eran para ganar elecciones, por su imposibilidad de cumplirlas, a obligaciones de fiel cumplimiento aunque la nación se destruya, como estamos experimentando en la actualidad.

 

 

Y vuelve el asno a la noria

 

 

Qué tristeza produce que la democracia que nació en aquella hora se haya disuelto en el militarismo que caracterizó aquellos diez años de crímenes y latrocinios. Como los 27 años de Juan Vicente Gómez. Para nombrar solo dos. He sostenido en distintos artículos que militarizar es imponer la estructura jerárquica del orden y la disciplina, inherentes e indispensables en el mundo militar, a la sociedad civil estructurada por la lucidez y la coherencia. Las experiencias que recoge la historia de la humanidad sobre los sistemas de gobierno militarizados han sido nefastas. Todas, sin una sola excepción, tanto de derecha como de izquierda, han producido despotismos sangrientos injustificables. Los dantescos casos, de Pinochet en Chile, donde los militares, en el colmo de la abyección, entrenaban perros para violar prisioneras, y la satrapía pretroriana, corrupta y criminal,  de Fidel en Cuba, son emblemáticos. Gobernantes, violadores de los derechos humanos  amparados en la fuerza de un ejército degradado en torturador y homicida, y la sumisión obsecuente del Poder Judicial.

 

 
A Pérez Jiménez lo tumbaron los militares, que para suerte del país, estaban comandados por un ciudadano de talante democrático, que abrió las cárceles y las fronteras para que los líderes como Rómulo Betancourt, Jóvito Villalba y Rafael Caldera, regresaran a su patria a tomar las riendas del destino del país y convocó a elecciones”.

 

 

 

No es posible argüir desarrollos económicos para justificar conductas criminales de esta naturaleza. Pero lo verdaderamente preocupante es que el militarismo es una deformación del sentido de autoridad que afecta más a los civiles que a los militares. Perversión que se evidencia en el elevado grado de autoritarismo y despotismo a que someten a sus familias los infectados por este virus de la barbarie. La democracia ha sido secularmente el antitodo contra esta enfermedad del cuerpo político de las naciones. Sin embargo, si la democracia no forma demócratas, como se obvió hacer en Venezuela durante los 40 años de su ejercicio, la virulencia de la enfermedad diezmará la vocación democrática de los pueblos, que culpan a la democracia de sus sufrimientos porque no están debidamente formados para situar la culpa en los gobiernos de la democracia que él mismo elige por sus emociones.

 

 
Lo verdaderamente preocupante es que el militarismo es una deformación del sentido de autoridad que afecta más a los civiles que a los militares”.

 

 

 

Muchos creen que es más fácil lograr objetivos por la fuerza que por el convencimiento, aunque esté demostrado que son menos duraderos sus efectos, como lo demostró España a la muerte de Franco, o Rusia a la del comunismo, cuya sociedad, como un resorte comprimido saltó por los aires destruyendo el mito del hombre nuevo creado por la negación de la realidad del individuo como potencia soberana.  Causa pesar la convicción del poco espíritu democrático de la mayoría del pueblo venezolano, incluyendo élite, que se aloja insensatamente en la antipolítica a la menor frustración o desencanto.

 

 

 

Bastó el salto al ruedo de un feroz liberticida con arreos pretorianos para que la baba formara ríos de esperanza. ¡Ese es el hombre! Un ignorante desaprensivo e inescrupuloso que lanzó a la nación por el precipicio de la inmoralidad. Venezuela jamás accederá al progreso por el desarrollo de sus individuos, mientras siga esperando soluciones a sus problemas sociales y políticos en los militares y el populismo. Mientras tanto seguiremos celebrando veintitrés de eneros como la fecha taumatúrgica que nos devolverá la felicidad perdida con el vientre materno.

 

 

 

El espíritu del 23 de enero tiene nombre, se llama ¡¡¡Política!!! El 23 de enero de 1958 se le puso fin a una larga línea de gobiernos dictatoriales, el último de los cuales sepultó por diez años tenebrosos la utopía del 14 de febrero de 1936. Ese 23 de Enero de 1958 abrió las esclusas a la política como vía civilizada para dirimir los conflictos internos de la república, y para que el pueblo pudiera darse los gobiernos que decidiera su soberanía. Uno de los mandatos del espíritu del 23 de enero es que los demócratas nos mantengamos irrestrictamente en el marco fundamental de la política, porque en ella reside la esencia de la vida democrática y la posibilidad cierta de la libertad. Y es el plano vertical y principista de la política, como vocación genética de servicio público, el escenario vital del estadista que llevará al pueblo por el camino del progreso y de la dignidad en el que cada ciudadano, investido de deberes y derechos, responsable de sus actos y decisiones, según sus méritos, tenga su modo de poseer con justicia lo que le corresponda.

 

 

 

Correo del Caroní

Rafael Marrón González

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