Toda guerra concluye
marzo 6, 2020 4:25 am


 
 
La pasada semana representantes del gobierno de Estados Unidos firmaron un acuerdo de paz con los talibanes, los rudos y perseverantes guerreros que han sostenido una guerra de casi dos décadas en su país, Afganistán. En principio, se trata de un compromiso que debería conducir en unos meses al retiro definitivo de las tropas estadounidenses, después de casi dos décadas de esfuerzos militares y políticos realizados en esa tierra agreste, que han resultado infructuosos y decepcionantes.

 

 

Esta ha sido la guerra más larga emprendida por el coloso del norte; en la misma se invirtieron, según algunos cálculos, 2 trillones de dólares, y perdieron la vida, lo que es más lamentable, alrededor de 2.500 oficiales, soldados y civiles estadounidenses, además de muchos miles de heridos, mutilados, lesionados e incapacitados de diversas maneras por acciones bélicas o accidentes diversos. Seguramente son muchos más los afganos, involucrados o no en la lucha, que murieron o fueron heridos, perdiendo de paso sus hogares y existencia tradicional.

 

 

¿Y todo ello para qué? ¿Qué buscó Washington allí, cuáles fueron los orígenes y objetivos de esa guerra?

 

 

Como ocurre con no poca frecuencia, las guerras llegan a su terminación, en particular si son prolongadas, luego de que se han olvidado, o han cambiado, o simplemente se han perdido por el camino las motivaciones iniciales que las detonaron y proporcionaron su legítima, o pasajera, o dudosa justificación. La invasión a Afganistán fue concebida y llevada a cabo como una respuesta a los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos. El propósito fue en parte castigar a los talibanes por su apoyo a la organización terrorista Al Qaeda, que tenía refugios en Afganistán y recibía protección talibán. Y de hecho Al Qaeda recibió un severo castigo de las fuerzas norteamericanas, y podría afirmarse que ese componente de la meta se cumplió.

 

 

Ahora bien, como ha sido apuntado por algunos analistas, si Washington se hubiese conformado con una acción punitiva, con un plazo limitado y objetivos comprobables, las cosas habrían marchado de otro modo. El problema fue que la llamada lucha contra el terror se mezcló, en los casos de Afganistán e Irak, con un objetivo de transformación social y política a gran escala, de “nation buliding” o reconstrucción social y cultural que desde siempre pecó de ingenuo, con relación a sociedades que jamás han practicado la democracia y cuyas tradiciones, costumbres, creencias y aspiraciones se encuentran a mucha distancia de nuestros ideales occidentales.

 

 

Esa parte de la intervención de Estados Unidos en Afganistán y en general en todo el Medio Oriente, lo referente al “nation building”, ha estado caracterizada por reiterados desencantos y fracasos, y nos parece sabio y admirable que el gobierno en Washington haya admitido, así sea en sus conciencias, que la guerra en Afganistán (y en Irak) se perdió, y que en ocasiones es digno de respeto aceptar una derrota y retirarse. Sin duda, el acuerdo firmado contiene cláusulas que en teoría comprometen a los talibanes a esto y lo otro, pero francamente dudamos de que tales buenos deseos se concreten.

 

 

Ojalá que los líderes estadounidenses, los que han decidido que se hagan maletas en Afganistán y retornen a sus casas las tropas estadounidenses, no permitan que los belicistas de siempre, que viven de ello y para ello y se mueven con tanta destreza en los corredores de Washington, les convenzan de volver sobre sus pasos para seguir subiendo como Sísifo la montaña, solo para caer por la pendiente y hacia el abismo una y otra vez.

 

Editorial de El Nacional

 


 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 
 
 
 
 

 



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