Pulka: La frontera de la Vergüenza
febrero 9, 2019 6:49 am

 

 

Sólo los lagartos y las ratas son libres de cruzar por donde quieran, así que atraviesan la frontera invisible entre ellos y nosotros en busca de comida. Para Salma, eso ya es imposible.

 

 

– ¿Dónde te secuestraron?

 

 

– Allí.

 

 

Salma, de unos 25 años, cubierta con una tela color dorado y tatuaje de jena en las manos, alarga su brazo al horizonte.

 

– Allí.

 

– ¿A unos kilómetros?

 

– No, no. Allí.

 

«Allí» es un campo reseco que una vez fue un huerto para plantar verduras a unos 800 metros de la que ahora es su casa. Por casa entendemos un plástico sujeto por unas ramas y una esterilla como suelo, de unos seis metros cuadrados, en la que viven ella y sus cuatro hijos. Ese «allí» indica un lugar muy cercano y a la vez, inalcanzable. Ese «allí» está fuera del círculo trazado por el Estado nigeriano como susceptible de ser protegido. Ese «allí» es el horizonte de Boko Haram.

 

 

Dos mujeres salen del hospital de Pulka al atardecer vestidas con sus habayas musulmanas.

 

 

Nuestro lenguaje nos define y define nuestro mundo. Palabras como «pobreza» o «miseria» las usamos para describir un poblado chabolista en el extrarradio de nuestras ciudades, «violencia machista» para hablar de violadores, «subdesarrollo» para denunciar la ausencia de un tren del siglo XXI para Extremadura… Pero cuando viajamos a un lugar como éste, las palabras resultan mutiladas e inservibles. Porque la palabra «miseria» define la Cañada Real de Madrid, pero la Cañada Real es Beverly Hills en comparación con el lugar en el que nos encontramos. La expresión «violencia machista» jamás se acercará a lo que sufren mujeres violadas cada día durante las semanas, meses o años que dura su secuestro, en el que además de humillarlas, les obligan a casarse con sus captores. La expresión «subdesarrollo» no se inventó para describir sus condiciones de vida, que harían sonrojar a una familia de la Edad Media. Esto es Pulka, el lugar en el que este reportero fracasa al usar el lenguaje.

 

 

Intentemos definir Pulka sin adjetivos. Es mitad aldea, mitad campo de desplazados. Está en medio del territorio que ocupa Boko Haram, un grupo yihadista que lucha por crear un estado basado en la sharia. Desde 2014 su población ha crecido de 26.000 a 69.000 habitantes y la mayoría de los recién llegados vienen huyendo de esta milicia integrista. Algunos viven aún en el llamado campo de tránsito, donde llevan ocho meses sin ducharse y sin cambiarse de ropa porque no hay suficiente agua. Allí, las enfermedades respiratorias, las infecciosas y las violaciones son comunes.

 

 

Residen en grandes tiendas de campaña donde caben 100 personas, pero en las que duermen 400. Tienen que ser alimentadas por la ONU porque la comida no alcanza. Y aun así, pasan hambre y tienen que arriesgarse a salir y cultivar fuera, al territorio donde nadie está a salvo. Todos los días secuestran a decenas de mujeres y hombres. A ellos los reclutan o los matan, a algunas de ellas les cortan las orejas y el clítoris o las venden para financiarse. La autoridad la ejercen los militares. No hay otra autoridad. No hay terreno neutral. O estás conmigo o estás contra mí. El perímetro defensivo está compuesto por posiciones defensivas cada pocos metros con una guarnición de 700 soldados. Cerca de Pulka comienza el bosque de Sambissa, donde se esconden muchos de los 6.000 miembros que componen las dos facciones de Boko Haram.

 

 

Sólo hay nueve organizaciones en Pulka porque la mayoría de ellas no sale de la protección de la capital del estado de Borno, Maidiguri, donde hay otras 89 haciendo un trabajo que no tiene demasiado impacto en el resto del estado, en aquellos lugares donde las necesidades son más acuciantes. Ninguna de ellas emplea aquí a trabajadores blancos para evitar secuestros. Y sólo MSF tiene presencia permanente de expatriados. Los pocos occidentales que trabajan para las demás organizaciones suelen irse horas después de llegar en el mismo helicóptero que les trajo.

 

 

Cuando aterrizas te enfrentas a la visión de una celda con barrotes al aire libre donde meten a los sospechosos de pertenecer al grupo yihadista, que son básicamente todos los hombres adultos y algunos niños también. ¿Cuántos de ellos son realmente miembros del grupo rebelde? Puede que todos o puede que ninguno. Los soldados del ejército nigeriano son en su mayoría del sur del país, así que no son los mejores identificando a los posibles insurgentes.

 

 

Esa labor, la de decidir quién es amigo o enemigo, recae en el tercer actor armado de esta guerra: los grupos denominados vigilantes, una milicia local de voluntarios armados con escopetas desvencijadas que colaboran manteniendo el orden y vigilando mercados y mezquitas, los lugares habituales para que los insurgentes envíen a niñas con chalecos explosivos.

 

 

Estos vigilantes están por todas partes y se muestran simpáticos con los periodistas. Sólo su arma intimida. ¿Cuantos infiltrados de Boko Haram hay en el interior de Pulka? Tanto las autoridades como los trabajadores humanitarios saben que tienen a colaboradores dentro del perímetro que les pasan información, comida o armas. Es un secreto a voces. ¿Cuánto tardarán en saber que tres blancos dormirán esa noche en la aldea? Horas o minutos, pero lo sabrán tarde o temprano.

 

 

Hay un colegio donde se hacinan 200 alumnos pertenecientes a la comunidad local por cada aula, sentados sobre piedras porque no hay bancos ni pupitres, ni profesores suficientes, ni clases para todos. Por no haber, no hay ni agua ni letrinas.

 

 

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El Mundo.es 
Alberto Rojas  (Texto y fotos) @rojas1977
Santiago Diéguez  (Vídeos)
Fernando G. Calero  (Producción) @Fernandogcalero
Enviados especiales a Pulka (Nigeria)



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