Vuelta a la guerrilla
enero 27, 2017 8:54 am

Enciendo el televisor y, casi rayando en la autoflagelación, me siento a ver otra cadena de Nicolás. La tentación de cambiar el canal es mucha; pero, me sobrepongo al rechazo automático que me genera el personaje y sus camarillas, diciéndome “vamos Mingo, tu puedes; recuerda que eres periodista y tienes que mantenerte informado”. Así que, imitando los movimientos que hace un boxeador antes de entrar al ring, me siento a torturarme con las gansadas de Nicolás. No siempre lo logro, confieso. A veces sucumbo y, víctima de la desesperación, luego de dedicar algunos minutos a escuchar sus sandeces, arremeto contra la pantalla y oprimo con furia el botón off. Reconozco que no es fácil cumplir con la “penitencia” de ver las transmisiones oficiales conjuntas de la red nacional de radio y televisión. Han sido tantas las cadenas durante estos penosos años de chavismo/madurismo, que estoy convencido de que los personeros del gobierno deben pensar que están actuando en una de esas telenovelas mexicanas donde el malo, para nuestro alivio, algún día recibirá su merecido.

 

 

 

Pero, esta vez la cadena me retuvo. Fue la del pasado 23 de Enero, una fecha, definitivamente, emblemática tanto para el régimen como para la oposición. Y para que no quedaran dudas, ambos bandos enmarcaron sus actividades dentro del simbolismo que significa que ese día se derrocara la dictadura de Pérez Jiménez. Los de la oposición se llenaron de coraje y se atrevieron a convocar una nueva marcha que terminó como las anteriores: con un piquete de mujeres policías nacionales impidiendo el paso hacia en el centro de la ciudad y con un Luis Emilio Rondón que, llegando en moto desde el CNE, se encargó de recibir un documento con exigencias que el régimen ni se molestará en revisar. El otro acto, el del desgobierno, el que obligatoriamente se transmitió en cadena nacional, fue desde el Panteón Nacional. Y quizá porque era desde ese recinto, esta vez la transmisión conjunta de radio y televisión me atrapó.

 

 

 

Con toda la pompa –fúnebre- que el show que montó el régimen ameritaba, unos cadeticos, dando los pasos ceremoniales de rigor, trasladaban un pequeño sarcófago con los restos de Fabricio Ojeda, ahora ungido como héroe patrio y para quien, al igual que el Libertador Simón Bolívar, el Panteón Nacional pasó a ser su última morada. Mientras veía la ceremonia -presidida por un cada vez más regordete Nicolás, a quien la inflación y la escasez no le hacen mella- pensaba en los muchachos de esta generación y me preguntaba si sabrían quién era Fabricio Ojeda, aun cuando este desgobierno se ha encargado de bautizar núcleos endógenos con su nombre.

 

 

 

No me detendré en el hecho de si Fabricio Ojeda merece o no estar en el Panteón Nacional. Me detendré en la razón por la que este régimen le concede ese honor. Este régimen que, una vez más, se ancla y exalta ideologías decadentes, obsoletas y trasnochadas, para enaltecer unos atributos que no son tales y que sólo han traído retraso, muerte, pobreza, hambre y miseria en los países donde aún imperan. Porque cuando en la transmisión conjunta de radio y televisión vemos que un anciano, “camarada” de Ojeda, enfundado en una bandera del F.L.N como si fuera la capa de un super héroe y portando un fusil que deposita en las manos de un muchacho imberbe, estamos presenciando el declive de la democracia y el enaltecimiento de los ideales revolucionarios comunistas. Estamos viendo cómo, amparados por los cabecillas de este desgobierno, la lucha armada clandestina –donde incluso paramilitares y colectivos podrían sentirse identificados- se refrenda para convertirse en otro argumento antidemocrático, autocrático, tiránico y anticonstitucional con los que el régimen le demuestra al país que retrocedemos para terminar de hundir a Venezuela en uno de los peores sistemas de gobierno.

 

 

Porque, esta “Oda a la Guerrilla” que encabezó Nicolás y su también regordete séquito, no es más que la expresión de esa basura ideológica que lleva años oprimiendo a Cuba y que aquí, en nuestra nación, se afianza a “pasos agigantados”. Porque cuando, en cualquier acto oficial, niños o jóvenes que no tienen ni la más remota idea de quién era Fabricio Ojeda, el Che Guevara y hasta el mismo Fidel, lanzan proclamas y elogios a esta revolución, estamos en presencia de una nueva generación infectada por una doctrina que la historia ha demostrado es un completo fracaso.

 

 

Porque cuando en vez de coronas y flores, lo que se ofrenda en el Panteón Nacional son fúsiles y consignas facciosas, me siento de vuelta a la década de los 60, a sus inicios, cuando nacía la democracia, cuando Fidel tenía los ojos –y las ganas- puestos en Venezuela. Cuando cientos de jóvenes se iban a las montañas atraídos por la guerrilla…unos jóvenes que hoy pueden estar aproximándose a los 80 años y que, me atrevo asegurar, vieron cómo el comunismo, en los países en donde se instauró, sólo dejó pobreza, hambre y miseria…salvo para los parásitos que, en aras de ese comunismo, sometieron a la población y se volvieron, según Forbes, en dictadores, magnates y multimillonarios.

 

 

 

 José Domingo Bklanco

@mingo_1



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