Notas sobre política y poder en la Venezuela del siglo XXI
enero 17, 2020 4:01 am

 

“Hay tres especies de gobiernos: el republicano, el monárquico y el despótico. Supongo tres definiciones, mejor dicho, tres hechos: uno, que el gobierno republicano es aquel en que todo el pueblo, o una parte de él, tiene el poder supremo; otro, que el gobierno monárquico es aquel en que uno solo gobierna, pero con sujeción a leyes fijas y preestablecidas; y por último, que en el gobierno despótico el poder también está en uno solo, pero sin leyes ni frenos pues arrastra a todo y a todos tras su voluntad y caprichos”. Montesquieu

 

 

Sócrates, Aristocles, más conocido como Platón, Aristóteles, Polibio, pero antes Pericles, Tucidides y especialmente Herodoto se refirieron al tema de las formas de gobierno, por solo mencionar a los griegos de la antigüedad, haciendo girar la rueda en torno al número de actores decisivos en la orientación y conducción del cosmos político societario. Pero, destacaron que, cada una de las formaciones institucionales emergentes, ab initio, estuvieron dotadas de un propósito noble.

 

 

También advirtieron, en el tránsito de sus cavilaciones, que la corrupción suele aparecer y privar de su esencia al sistema así basado, permitiendo la irrupción de desnaturalizaciones que afectan al régimen y lo trastocan a otras y perniciosas configuraciones de gobierno. Así la monarquía deviene en tiranía, la aristocracia en oligarquía y la democracia en demagogia y oclocracia. Pudiéramos tal vez y con mucho respeto agregar que las revoluciones, a menudo, también mutan y se trastocan deletéreas.

 

 

Pero lo que quiero esta vez asomar es una reflexión para la construcción del contraste, del antagonismo mismo, del némesis de esto a lo que nos llevó la degeneración de una revolución que, sin embargo nació impregnada de resentimientos y de mediocridad. El drama del chavismo como experiencia de gobierno no es otro que el balance indubitable y el compendio de todos los desastres. Es el producto de un proceso plagado de cínicos que ofrecieron cambiar el mundo y concluyen haciéndolo añicos. Las revoluciones han sido en su mayoría ejemplos dramáticos de esa perniciosa secuencia.

 

Quiero así evocar a Aníbal Romero quien, refiriéndose a Hannah Arendt, opinó: “Si bien la obra de teoría política más conocida e influyente de Hannah Arendt es Los orígenes del totalitarismo (1951), pienso que su contribución más original se manifestó en el libro de 1963, Sobre la revolución. Allí Arendt desarrolló tres planteamientos de gran relevancia. El primero es la distinción entre los conceptos de «libertad» y «liberación». El segundo, su aseveración de que los empeños dirigidos a resolver la cuestión social por medios políticos conducen a la tiranía y el terror. El tercero, su convicción de que el proceso de independencia de Estados Unidos ha sido la única verdadera revolución, pues instauró un efectivo y perdurable espacio para el ejercicio de la libertad. En cambio, la Revolución francesa, que inauguró la incesante búsqueda de «liberación», inventó también el despotismo justificado a través de la utopía“. (Romero, 2006)

 

 

No escribiré sobre lo que padecemos y tampoco de cómo expiamos nuestros errores como sociedad, manipulada y enajenada por el discurso mesiánico de un grupete de militares felones, asociado a los aventureros extraviados del puntofijismo; sino de cómo vamos a salir de eso y especialmente, qué erigiremos en sustitución del estado chavista dispendioso, frívolo, irresponsable, perdedor en todos los tableros de las políticas públicas y artífice, del mayor latrocinio tal vez de la historia del mundo.

 

 

¿Salir del infierno chavista, madurista, militarista, castrista? Es la empresa que en nuestra historia pareciera de mayor significación e importancia en realidad. ¿Cómo hacerlo? Convencidos y convenciendo de la necesidad impostergable y urgente de lograrlo. Con la convicción y la certeza moral, ética, espiritual que aclara la mente y concentra los esfuerzos y, la decisión de emprender sin detenernos ante nada, saldremos del averno porque somos muchísimos más y tenemos evidente razón de romper las cadenas, el miedo, la postración, la desesperanza con sabor a resignación y aquellas que nos sujetan pero que no nos persuaden, podemos levantar este hórrido peñasco y superar a una suerte de Sísifo, pragmático, inmoral, medroso, titubeante en que hemos devenido. ¡No solo podemos, debemos hacerlo!

 

 

El instrumento a disposición en ese plan de salvamento de nuestra nación es la política y no observo ningún otro aparejo que nos sirva a tal efecto y que obre en nuestras manos. Me explicaré de seguidas, aunque advierto y lo hago notar que el vocablo política como aquel de político tiene para muchos una connotación negativa, pero insisto en examinar el asunto con su verdadera denominación a todo evento.

 

¿Qué es la política? ¿Qué es el político? En efecto, no pretendo teorizar sobre una materia ya masajeada por muchos, pero bastará comenzar evocando la multiplicidad como elemento característico de la sociedad. En esa mención cabe todo el mundo, unos y otros y así apuntamos a asumir dentro de la conducta sociocorporativa su impronta pluralista y desde luego, componiendo una compilación de elementos concomitantes.

 

 

La política es acción social y lo es, potencialmente y por vocación, del conjunto comunitaria, siendo que son llamados todos ante necesidades comunes y más aún, intereses contrapuestos. Nadie puede resultar libre de esa influencia, de ese emplazado. Algunos entenderán que la conflictividad, las tensiones entre los opuestos intereses, la evaluación de la interdependencia engendra el motivo de la política que piensa la realidad que encara. Es del grupo o de los grupos que se interrelacionan en procura de confirmar intuiciones, percepciones y convicciones de un lado y la legitimidad de acciones para abordar y manejar racionalmente el fenómeno de la realidad que los concita de distintas y variadas maneras. Una realidad que es menester domeñar, transformar, modificar. La política es vida, existencia en comunidad.

 

 

¿Con qué propósito se hacen consorcios, agrupaciones, reuniones, asociaciones, colectividades? Para atender con fuerza asuntos de interés común y lo que distingue a esas sociedades que pueden ser civiles, mercantiles, académicas, morales, de las otras que adelantan una gestión de naturaleza política es el interés. En las primeras el lucro suele prevalecer o algún aprovechamiento, no así en la política y es ello lo más importante a asumir; si no es así hay un falseamiento, una adulteración, una simulación dolosa. Lo que lo diferenciará será el desdoblamiento del actor o los actores que dejarán de posesionarse como él o ellos, para ser nosotros, una comunidad de espíritus con espíritu de comunidad, como una vez definió José Rodríguez Iturbe la naturaleza de un partido político de inspiración cristiana, que atiende y labora para ofrecer unas resultas válidas ética y moralmente, no para sí sino para los otros, los demás, el prójimo.

 

 

El político entonces es y solo puede ser un servidor y nunca, jamás, servirse del mandato recibido para beneficiarse, enriquecerse o favorecerse en suma y menos en detrimento de ese colectivo que lo escogió o aceptó delegándole su capacidad para decidir y guiarlos, y lo erigió como su gerente, gestor, operador, su líder conductor, su jefe, por el honor y la trascendencia que ello constituye.

 

En la Venezuela de las últimas décadas dejó de hacerse política y disminuyó patéticamente el número y la significación de los actores. Una auténtica oligarquía, una camarilla, una organización criminal se levantó y controla el país para medrarlo, secarlo, privarlo de todo aquello que tiene valor y las ejecutorias se cumplen a cambio de un discurso falaz y de una reacción penosa, medrosa, gravosa de los destinatarios del poder que los han dejado y dejan hacer a placer sus fechorías y felonías.

 

 

En el camino quedó el poder arendtdiano, supuesto en su definición como una articulación concertada entre los ciudadanos para acometer los fines propios del devenir social, con reglas, procedimientos y controles susceptibles de corregir la estructura y revocar eventualmente la delegación de confianza que subyace. No es el poder de las armas sino de las razones, de las convicciones. No es el poder de los que por armados se tienen por valientes sino el de los desarmados que cada día defienden sus pareceres y mantienen su familia honradamente, que se saben y viven como justos, para sí y para la justicia social, equitativa y solidaria.

 

 

Ese es el poder republicano que se estructura con valores y principios ciudadanos. Ese es el poder del Bolívar de Angostura, y en alguna manera el de Betancourt, Luis Beltrán Prieto Figueroa, Gonzalo Barrios, Raúl Leoni, Carlos Andrés Pérez, pero también de Alberto Adriani, Mario Briceño Iragorri, Jacinto Convit, Arturo Uslar Pietri, de Arístides Calvani, Andrés Eloy Blanco, Enrique Pérez Olivares, Rafael Caldera, Luis Herrera Campins y mujeres como Mercedes Pulido de Briceño, Haydée Castillo de López Acosta, Eglé Iturbe de Blanco, Ruth de Krivoy, entre muchos más que no nombro pero que caben en este párrafo de este modestísimo ensayo.

 

 

Hay que rescatar la política de todos y para todos, con el poder de las ideas y la valoración de las mejores voluntades dispuestas a colaborar para hacer y construir patria. Pudieron y se equivocaron en ocasiones, pero el balance es y será en pureza de análisis, largamente positivo, edificante, loable, válido además para mostrar el rumbo a los que se perdieron entre las nieblas de los credos mesiánicos y, peor aún, frente a la complacencia cómplice de villanos ataviados, disfrazados de utilería revolucionaria.

 

Estos 20 años derrotaron nuestras instituciones, nuestros jueces, nuestros soldados, nuestros sindicalistas y nuestros dirigentes y empresarios. Hay que cauterizar la herida histórica y recuperar nuestro estado moral.

 

 

Hay que volver a la política para encontrar el camino de redención de esta nación que urge recuperar, regenerar, revitalizar. Hay que proceder a un exorcismo que nos despoje del demonio de la demagogia que, nos poseyó como pueblo y aun, enajena a muchos de nuestros conciudadanos más humildes. Hay que volver a la utopía de la libertad que por ella sola permite el mejor desarrollo de la persona humana y faculta a todos para procurar su construcción responsable porque la conciencia social se dota de esa dinámica que discierne y propone el bien personal sin comprometer el bien común.

 

 

Nuestro pueblo esta infeliz, famélico, descompuesto, agresivo, rencoroso, desarraigado y desesperanzado. La tarea política consistirá en restablecer con esos sectores una autentica comunidad ciudadana. El discurso de las clases sociales nos dividió y engaño. Hay que organizar y tejer nuevas redes porque todos hoy somos espiritualmente míseros y sabemos que lo necesitamos hacer para recuperarnos los unos y los otros del extravío, la diáspora y las falsas enemistades a que nos ha conducido un discurso segregacionista y vindicativo. El venezolano se ha envilecido, pero no se ha condenado y puede comprender luego de esta temporada en el infierno que urge retomar la senda de la convivencia pacífica y de la solidaridad.

 

 

La verdad y la responsabilidad serán nuestra yunta de bueyes, con las cuales araremos el hoy yermo terreno y lo haremos florecer. No más mentiras que nos irrespetan a todos y un sistema de responsabilidad y responsabilización como  mecanismo contralor. La justicia se alimenta de esas referencias y sin justicia no habría paz.

 

 

No será pues suficiente poner fin a la pesadilla que nos rebajó y alienó a nombre del pueblo victimándolo. Claro que recuperar el poder para el país de manos de la mafia es fundamental, pero el país debe entender que el tiempo que viene no repetirá el camino de un insolente populismo y tampoco evadirá sus obligaciones con los más alcanzados por la tragedia que nos convirtió en dependientes.

 

 

Sabemos, todos sin excepción, que tenemos que trabajar para ganarnos lo nuestro, la casa, la comida, el carro, la moto, la escuela y el gustico que nos provoca, pero como todos los demás deberemos esforzarnos para ello. No será un salto desde la sima, del socialismo al capitalismo, lo que nos ayudará, sino el aprendizaje de la experiencia que con muchísimas falencias nos llevó al naufragio. La propiedad que proviene del sudor de la frente y de la planificación y el acierto sin menoscabar ni abusar es la que debemos perseguir y lograr. Primero, hay que comprender con Ghandi que no es la paz el final del camino sino el camino mismo. Juntos lo haremos y cuando digo juntos me refiero incluso a los que estén dispuestos a rectificar y ayudar aunque no lo hayan hecho antes.

 

 

Esa es la estrategia a seguir, en vasto y lato sentido. Luego amoblaremos nuestro acontecer existencial considerando los hallazgos y asunciones que como pueblo nos debemos. Un gran esfuerzo educativo que nos haga ciudadanos, una universidad innovadora que nos adiestre para superar el impresionante atraso en que vivimos, una economía competitiva y muchos ademanes que nos demanden una auténtica revolución con la que nos comprometamos, pero partamos de una política distinta para izar un poder axiomático.

 

 

Hay que volver a soñar, a desear, a idear, a emprender, a levantarnos luego de la caída.  Recuperaremos nuestra vida si somos capaces de sumar esfuerzos en esa dirección.

 

 

Dios, proporciónanos un año de 20 puntos a los venezolanos. Danos la fuerza y el coraje para prevalecer. Asístenos en las batallas que deberemos librar y déjanos verte cuando nos asedie la angustia. Concédenos, Espíritu Santo el saber hacer y fortalece nuestra fe.

 

 

Nelson Chitty La Roche

@nchittylaroche



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