Las casas muertas de la revolución
junio 16, 2018 10:08 am

 

 

“Yo no vi las casas, ni vi las ruinas. Yo solo vi las llagas de los hombres. Se están derrumbando como las casas, como el país en el que nacimos. No es posible soportar más. A este país se lo han cogido cuatro bárbaros, veinte bárbaros, a punta de lanza y látigo. Se necesita no ser hombre, estar castrado como los bueyes, para quedarse callado, resignado y conforme, como si uno estuviera de acuerdo, como si uno fuera cómplice”. Fragmento de la novela Casas muertas, escrita por Miguel Otero Silva en 1955, que describía el estado de destrucción de un pueblo golpeado por las epidemias y el éxodo de sus habitantes: Ortiz.

 

 

 

Hoy, como si retrocediéramos 60 años en el tiempo, pareciera que asistiéramos a un nuevo capítulo de aquella realidad descrita por Otero Silva, esta vez a escala nacional.

 

 

 

El paisaje se volvió cada vez más gris, como las fachadas de las casas y edificios que soportan los embates de los años. En las paredes se pueden hurgar en la memoria de tiempos no muy lejanos donde los pueblos y ciudades se vestían de color para recibir las épocas decembrinas, que no solo se caracterizaban por el olor a hallaca sino a pintura fresca que le devolvía el alma a cada calle de este país. Hoy, detrás de esas paredes pálidas y corroídas viven cada vez menos venezolanos. Se va el vecino, el amigo, el hermano, el niño que jugaba ya no se escucha, las fiestas de los fines de semana, reina la ruidosa soledad. Dentro de sus hogares el tiempo se detiene, queda todo intacto, afuera el tiempo pasa factura. Ya no es posible vender como hacían los emigrados años atrás, las puertas se cierran esperando que pronto se puedan abrir otra vez.

 

 

 

La destrucción se ve, se siente y se huele. En la calle la gente deambula, víctimas de la ausencia cada vez más marcada del transporte público y del peregrinar por comida. En sus caras, como las fachadas de las casas, se ve la crisis. Muchos han tenido que decidir entre medio comer y los productos de higiene; eso es fácil de percibirlo, sobre todo cuando toca volver a casa amontonados en una perrera, el nuevo método de desplazamiento de las principales ciudades venezolanas. Allí arriba sobran las miradas perdidas, los ojos hundidos y los huesos vestidos con ropa a la que también se le nota el paso del tiempo, entre huecos y remiendos. Aquel panorama es como si en un momento de nuestro transitar histórico el ascensor que marca el ascenso hacia el progreso se hubiese detenido para bajar de un solo golpe a lo más bajo de edificio, un descenso que pareciera no tener fondo.

 

 

 

Vuelven las llagas, las enfermedades erradicadas décadas atrás, los hospitales son infiernos que solo pueden ser comparados con las cárceles, la diferencia es que el único “delito” que cometieron quienes allí yacen condenados a muerte fue enfermarse. En todos lados hay alguien tratando de sobrevivir, el lujo y la riqueza de unos pocos es cada vez más visible en la pobreza y la ruina de la mayoría. La mendicidad es prácticamente parte del paisaje nacional, al punto que hay quienes comienzan a matarse por las sobras de la basura y los cadavéricos perros que cada vez menos quedan en las calles.

 

 

 

Que la ruina no nos arrastre a todos; cuánta  razón tenía este pasaje escrito por Otero Silva: “Los que mandan son cuatro, veinte, cien, diez mil. Pero los otros, los que soportamos los planazos y bajamos la cabeza, somos tres millones. Yo sí creo que se puede hacer algo. Yo no soy un iluso ni un poeta del pueblo, sino un llanero que se gana la vida con sus manos, que ha criado becerros, que ha domado caballos. Y sé que se puede hacer algo”. Sigo creyendo que podemos y debemos hacer algo por Venezuela.

 

 

 

Brian Fincheltub@BrianFincheltub

@Brianfincheltub



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