López Obrador contra Hernán Cortés
noviembre 25, 2019 3:25 am


 
 
 Hace pocos días el presidente de México, señor Andrés Manuel López Obrador, volvió a desconcertarnos con otro de sus comentarios sobre la historia de su país. En su opinión, la corrupción llegó a México con Hernán Cortés, y para comprender la tenaz permanencia de este flagelo a lo largo de 500 años, así como sus nefastas consecuencias en nuestros días, es necesario remontarse al arribo de los españoles a América.

 

 

Semejantes disquisiciones no son inofensivas. Al contrario, en el contexto en que son hilvanadas y utilizadas, refuerzan persistentes dificultades de nuestros pueblos, desfiguran su concepción del pasado, paralizan su presente y obstaculizan su avance futuro.

 

 

De entrada, no se entiende por qué el presidente mexicano no declara de una vez por todas que el mal como tal, no solo la corrupción como manifestación del mismo, es un producto importado por España a América, y sembrado con tanto encono que persiste sin atenuantes hasta el día de hoy. Desde luego, las palabras de López Obrador traslucen una visión utópica de la situación existente antes de que los españoles pisasen América. Ni la civilización azteca era perfecta ni sus habitantes eran pacíficos soñadores apegados a la corrección política ahora imperante. La maldad no es monopolio de unos u otros, y tampoco la bondad.

 

 

Ciertamente, las notables civilizaciones indígenas que vivían en el continente americano sufrieron un severo y devastador impacto, como ha ocurrido tantas veces a través de la historia y en muchos lugares, al entrar en contacto con otra civilización que les superaba en voluntad y capacidad de dominio. Estas heridas duelen, pero es imperativo que sanen, a menos que se pretenda retroceder al pasado como en una película de ciencia ficción, para recomponerlo de acuerdo con nuestras fantasías.

 

 
 

La verdad inescapable es que la América Latina es resultado del mestizaje, y que nuestra identidad no puede limitarse a un apego utópico y exclusivo al pasado indígena, sino que debe también asumir el legado de España y del importante aporte africano, en la conformación conjunta de un nuevo mundo.

 

 

El problema se deriva del uso político de un resentimiento ancestral, que ha sido alimentado por la demagogia de muchos de nuestros dirigentes, así como de relevantes figuras en el plano del arte, la literatura y la cultura en general, la mayoría de las veces con propósitos de manipulación y poder. El resentimiento es de por sí, y sin estímulos adicionales, una realidad por desgracia bastante común, intensa y dañina para individuos y pueblos enteros; pero cuando esa fuerza destructiva es de paso alentada deliberadamente, las cosas se complican, con resultados demoledores tanto psicológicos como políticos y sociales.

 

 

Ejemplos de ello observamos con frecuencia en nuestro continente, donde está asomando de nuevo su cabeza el cultivo intencional y premeditado de la llamada leyenda negra contra España y el legado español. Esta confabulación no solo nos arranca del pasado, abandonándonos en medio de una estéril orfandad, sino que envenena nuestro presente, al convertir el gran logro del mestizaje en una fuente de odios. En lugar de procurar que nuestros pueblos asuman lo positivo del legado español, que es un vínculo que nos comunica desde la Patagonia hasta el norte de América, y constituye un ámbito de masivas oportunidades de desarrollo, los demagogos nos detienen, nos encogen y nos amargan, reduciéndonos a mezquinos recintos mentales.

 

 

Lo más lamentable de las reiteradas y distorsionadas intervenciones del presidente de México acerca del tema acá comentado es que pareciera creer genuinamente en sus despropósitos, exhibiendo sus dislates como si se tratase de un anuncio de liberación. ¿Está acaso nutriendo un resentimiento insuperable? De ser así, no queda más que compadecerse, de él y de quienes todavía responden a ese  tipo de mensaje, tan desgastado como tóxico.

 

Editorial de El Nacional

 



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