Al vicepresidente no le gustan los cachitos
marzo 14, 2017 9:45 am

Si algo molesta a los venezolanos es que un gobierno no sea capaz de enfrentar los problemas prácticos que le corresponden como ente administrativo y que, además, para justificar su ineptitud siempre apelen a la mentira, al engaño y a culpar a los demás. Gracias a Dios no estamos en guerra con nadie porque a la primera derrota, los genios que están en Miraflores y sus alrededores acusarían a todos los partidos de oposición y a los presidentes de los países suramericanos del fiasco.

 

 

 

No decimos Estados Unidos porque al imperio ya lo tienen convertido en un coleto de tanto barrer el suelo. Ese temor a la verdad por parte del oficialismo produce irritación y espanto entre los ciudadanos porque se nota a leguas que estamos siendo gobernados por gente que no está bien de la cabeza o, al menos, sufre de un miedo irracional a enfrentar la realidad. Y nadie puede gobernar si no le funciona bien la azotea.

 

 

 

El señor Maduro y su camarilla antigolpe no ha sido capaz de dar una respuesta concreta sobre el atroz comportamiento de la economía que pulveriza el salario y que nos lleva cada día con mayor velocidad hacia la hiperinflación. El ciudadano se asoma a la televisión y a las redes sociales y se encuentra con dos mundos: en el primero de ellos la gente come basura, se muere de enfermedades curables o los asesinan para robarle un simple teléfono nada lujoso.

 

 

 

En el otro mundo, en el planeta rojo, aparece un señor bailando salsa, se le nota gordo y bien alimentado, se le ve feliz a pesar de que se acaba de anunciar que en una penitenciaría remodelada por el oficialismo han descubierto un cementerio privado, seguramente construido por un pran apadrinado por la ministra en su afán de crear “zonas de paz”. Y desde luego ¿qué otro lugar para tener paz que aquella que reina en los sepulcros?

 

 

 

El domingo 12 de marzo el engominado vicepresidente de la república anunció, como quien está lanzando el último asalto contra Mosul para derrotar a los fanáticos islamistas, que el gobierno decretaba la guerra a muerte contra las panaderías que no vendieran canilla y pan francés.

 

 

 

A quienes nos gusta saborear el pan de pita pues nos sentimos discriminados, y los que prefieran el de sandwich o perro caliente, el de piquito y el gallego, el “pan sobado”, el andino y el pan dulce para mojar en café con leche. No se acordó del pan criollo. Se nota que el vicepresidente de origen sirio vivió en París o quiere algún día vivir allá.

 

 

 

Lo cierto es que lo anunciado por el vicepresidente es otro de los tantos embustes de este gobierno. Invierta la carga de la prueba: los panaderos están obligados a “demostrar que son inocentes”, cuando en verdad los sinvergüenzas del oficialismo son quienes manejan los cupos de entrega de harina a las panaderías y cobran por ser rojitos y seguidores de Nicolás.

 

 

 

Se necesita ser bien idiota para no darse cuenta de que el panadero no gana expendiendo tortas, que cuestan mucho y tardan en venderse. Su ganancia y su flujo de caja es más rápido si venden el pan caliente. Y los cachitos de jamón, por otra parte vicepresidente, son fundamentales para que el pueblo desayune a un precio prudente una miserable cuota de proteínas. La gente quiere comer y usted propone vender hambre.

 

 

 

 

Si algo molesta a los venezolanos es que un gobierno no sea capaz de enfrentar los problemas prácticos que le corresponden como ente administrativo y que, además, para justificar su ineptitud siempre apelen a la mentira, al engaño y a culpar a los demás. Gracias a Dios no estamos en guerra con nadie porque a la primera derrota, los genios que están en Miraflores y sus alrededores acusarían a todos los partidos de oposición y a los presidentes de los países suramericanos del fiasco.

 

 

 

No decimos Estados Unidos porque al imperio ya lo tienen convertido en un coleto de tanto barrer el suelo. Ese temor a la verdad por parte del oficialismo produce irritación y espanto entre los ciudadanos porque se nota a leguas que estamos siendo gobernados por gente que no está bien de la cabeza o, al menos, sufre de un miedo irracional a enfrentar la realidad. Y nadie puede gobernar si no le funciona bien la azotea.

 

 

 

El señor Maduro y su camarilla antigolpe no ha sido capaz de dar una respuesta concreta sobre el atroz comportamiento de la economía que pulveriza el salario y que nos lleva cada día con mayor velocidad hacia la hiperinflación. El ciudadano se asoma a la televisión y a las redes sociales y se encuentra con dos mundos: en el primero de ellos la gente come basura, se muere de enfermedades curables o los asesinan para robarle un simple teléfono nada lujoso.

 

 

 

En el otro mundo, en el planeta rojo, aparece un señor bailando salsa, se le nota gordo y bien alimentado, se le ve feliz a pesar de que se acaba de anunciar que en una penitenciaría remodelada por el oficialismo han descubierto un cementerio privado, seguramente construido por un pran apadrinado por la ministra en su afán de crear “zonas de paz”. Y desde luego ¿qué otro lugar para tener paz que aquella que reina en los sepulcros?

 

 

 

El domingo 12 de marzo el engominado vicepresidente de la república anunció, como quien está lanzando el último asalto contra Mosul para derrotar a los fanáticos islamistas, que el gobierno decretaba la guerra a muerte contra las panaderías que no vendieran canilla y pan francés.

 

 

 

A quienes nos gusta saborear el pan de pita pues nos sentimos discriminados, y los que prefieran el de sandwich o perro caliente, el de piquito y el gallego, el “pan sobado”, el andino y el pan dulce para mojar en café con leche. No se acordó del pan criollo. Se nota que el vicepresidente de origen sirio vivió en París o quiere algún día vivir allá.

 

 

 

Lo cierto es que lo anunciado por el vicepresidente es otro de los tantos embustes de este gobierno. Invierta la carga de la prueba: los panaderos están obligados a “demostrar que son inocentes”, cuando en verdad los sinvergüenzas del oficialismo son quienes manejan los cupos de entrega de harina a las panaderías y cobran por ser rojitos y seguidores de Nicolás.

 

 

 

Se necesita ser bien idiota para no darse cuenta de que el panadero no gana expendiendo tortas, que cuestan mucho y tardan en venderse. Su ganancia y su flujo de caja es más rápido si venden el pan caliente. Y los cachitos de jamón, por otra parte vicepresidente, son fundamentales para que el pueblo desayune a un precio prudente una miserable cuota de proteínas. La gente quiere comer y usted propone vender hambre.

 

 

 

El Nacional

 

Por Confirmado: Francys Garcìa



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