Trump y AMLO no los detendrán

Posted on: junio 15th, 2019 by Laura Espinoza No Comments

Personas migrantes de Centroamérica recorren el camino entre Metapa y Tapachula, en México, en abril de 2019. CreditPep Companys/Agence France-Presse — Getty Images
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MIAMI — No importa lo que hagan los presidentes de México y Estados Unidos, los inmigrantes centroamericanos seguirán huyendo de sus países hacia el norte. Es muy poderoso lo que los empuja a emigrar de Honduras, El Salvador y Guatemala: violencia brutal, pobreza extrema y cambio climático. Y es muy atractivo lo que buscan: la posibilidad de vivir en el país más rico del mundo. El nuevo muro Donald Trump-Andrés Manuel López Obrador no los podrá detener.

 

 

“De morir en Honduras, mejor morir en otro país”, me dijo en Tapachula, México, un padre que empujaba en una carriola a una niña de 1 año. Él era parte de esa primera gran caravana de unos 7000 centroamericanos que cruzó México en octubre del año pasado. En ese mismo grupo había una niña hondureña de 11 años que se quedó en silencio cuando le pregunté sobre las Maras en su país. Ella, desde pequeña, aprendió a oler el peligro.

 

 

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“Los delitos violentos son un problema generalizado en Honduras. El país sigue presentando una de las tasas de homicidios más altas del mundo”, dice el Informe Mundial de Human Rights Watch 2019. No es difícil entender por qué emigran los hondureños. Si tú tuvieras un hijo adolescente que está siendo obligado a formar parte de una pandilla o a una hija que está amenazada de violación, ¿qué harías?

 

 

El Salvador sufre un problema parecido, pese a los recientes avances económicos y de contar con un nuevo presidente, Nayib Bukele. “El Salvador todavía tiene uno de los niveles de criminalidad más altos a nivel mundial […]. El crimen y la violencia aumentan el costo de crear negocios y afectan negativamente las inversiones y la creación de empleos”, advierte un informe del Banco Mundial.

 

 

Y Guatemala, además de sufrir la caída en los precios internacionales del café, tiene un particular problema de cambio climático: pocas lluvias y sequías más frecuentes. “Aquí ya no crece la comida; por eso mandaría a mi hijo al norte”, le dijo una guatemalteca a Nicholas Kristof en una de sus columnas más recientes de The New York Times. El subtítulo del artículo resume la historia: “Una alternativa difícil para los guatemaltecos: ver desaparecer sus cosechas y quizás morir con ellas o emigrar”. Miles de guatemaltecos ya han respondido con sus pies, dejando su casa y caminando al norte. Y muchos más seguirán el mismo camino.

 

 

La frontera entre México y Guatemala siempre ha estado abierta. El año pasado crucé en una balsa el Suchiate —el río que divide a ambos países— y nadie, en ninguna de las dos orillas, me pidió pasaporte. Pero eso podría empezar a cambiar.

 

 

La Guardia Nacional de México es todavía un experimento. Acaba de ser creada y no ha probado su efectividad. Sin embargo, 6000 de sus miembros sí les complicarán el paso a los centroamericanos por el sur de México, como acordaron recientemente en Washington los representantes de AMLO y Trump.

 

 

México aceptó públicamente convertirse en la sala de espera de Estados Unidos. A pesar de que, como informó recientemente The New York Times, esto ha sucedido durante un tiempo. Miles de inmigrantes centroamericanos tendrán que esperar meses o años en ciudades fronterizas del lado mexicano para solicitar asilo político en Estados Unidos. Aún no hay un acuerdo en cómo llamarán a esta nueva política, pero México va a hacer lo que el presidente de Estados Unidos quería: convertirse en la policía migratoria de Trump.

 

 

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Agentes migratorios de México piden documentos de identificación a personas que pasan por Tapachula, Chiapas, en junio de 2019. CreditMarco Ugarte/Associated Press
Tratará de lograr lo que la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos no pudo hacer. La Guardia Nacional debería dedicarse, principalmente, a reducir la criminalidad en México en lugar de detener a inmigrantes centroamericanos inocentes que quieren llegar a Estados Unidos. Más de 14.000 mexicanos han sido asesinados desde que AMLO tomó posesión, entre ellos el estudiante Norberto Ronquillo —quien fue secuestrado al salir de su universidad en Ciudad de México— y la comunicadora Norma Sarabia —asesinada en la puerta de su casa en el estado de Tabasco, la sexta periodista en morir este año—. Esta debería ser la prioridad de AMLO. Pero México está desviando recursos enormes para hacerle el trabajo sucio a Trump.

 

 

Celebro, con todos los mexicanos, que Estados Unidos no impuso aranceles a los productos de México y que no se haya descarrilado la aprobación del nuevo tratado de libre comercio, el T-MEC. Pero me duele enormemente que México haya cedido a los chantajes de Trump. Y vienen más.

 

 

El presidente López Obrador, en una de sus conferencias mañaneras, dijo que “vamos a continuar la política de no confrontación” con Trump. El problema es que Trump no sigue esa misma política. El presidente de Estados Unidos es un bully, un abusivo, y ya se dio cuenta de que México cedió rapidito ante sus presiones y va a seguir usando la misma estrategia para buscar su reelección hasta noviembre de 2020. México es el enemigo favorito de Trump. Y ahora ya sabe cómo ganar.

 

 

Los grandes perdedores de esta crisis son los centroamericanos, quienes tienen motivos legítimos para abandonar sus países. Y, además, hondureños, salvadoreños y guatemaltecos tienen toda la razón en sentirse engañados. Los primeros días de AMLO en el poder fueron recibidos en México con los brazos abiertos y con promesas de visas y trabajo. Luego, sin avisar, México empezó a deportar a miles de personas a sus países de origen. Y ahora, tras el acuerdo con Trump, la nueva orden es: no hay paso.

 

 

A pesar de las nuevas restricciones, nada puede detener a un padre o a una madre que quiere salvar a sus hijos. El acuerdo entre Trump y AMLO no podrá terminar totalmente con esta ola centroamericana. Sí, la pueden desacelerar. Pero no acabar con ella. Es demasiado poderosa.

 

 

En medio de un calor sofocante y un sol castigador, recuerdo el encuentro en Tapachula, Chiapas, con Óscar, un niño hondureño de 10 años. A pesar del cansancio, seguía caminando. “¿Qué piensas de Estados Unidos?”, le pregunté. “Que es bonito”, me contestó. Trump y AMLO tampoco podrán matar esa esperanza nunca.

 

 

 

New York Times

Jorge Ramos es periodista. Es conductor de los programas “Noticiero Univision” y “Al Punto” y autor del libro “Stranger: El desafío de un inmigrante latino en la era de Trump”.

“Para la libertad…… Sangro, lucho, pervivo…” ​

Posted on: mayo 8th, 2019 by Laura Espinoza No Comments

 

lo dice Miguel Hernández

 

Solo tengo palabras de aliento y admiración para los millones de venezolanos que están luchando para ser libres. No sé cómo va a terminar la crisis en Venezuela. Pero sí sé quiénes son los que tienen las armas y están matando. Y sé también quienes son los que llevan 20 años en rebeldía.

 

 

​Venezuela -lo viví hace poco- es un estado policíaco apuntalado por decenas de miles de agentes cubanos. En un país con una inflación anual superior al millón por ciento, con apagones, hospitales sin medicinas y un salario mensual equivalente a los cinco dólares, se necesita mucho valor para salir a las calles a protestar. La represión es, siempre, la reacción del que se siente amenazado.

 

 

​Por eso me sorprenden tanto esas imágenes en las redes y en la televisión de gente que no se deja. Hay veces -como esta semana- en que pienso: Maduro ya perdió. Y luego oigo los balazos, los gritos del joven reventado por una tanqueta y las motos de los colectivos, y la desesperanza se vuelve a posar. Estamos todos agotados de este juego de altas expectativas y reveses.

 

 

​Pero a la mañana siguiente leo Twitter y los venezolanos no se han rendido. El rescate y liberación del líder opositor Leopoldo López, tras cinco años de prisión, es una clara señal de que el régimen se está quebrando. Y mientras, el presidente interino Juan Guaidó sigue reinventando la manera de ser oposición. En una dictadura es vital imaginarse otro país.

 

 

​Es un grave error decir que la lucha de Guaidó para sacar a Nicolás Maduro es un intento de golpe de estado. No lo es. Se trata, sencillamente, de un levantamiento en contra de una dictadura. Tan legítimo como lo fue pelear en contra del dictador chileno, Augusto Pinochet. O contra el apartheid en Sudáfrica y la esclavitud en Estados Unidos.

 

 

​Todo demócrata debería denunciar cualquier dictadura, sea de derecha o de izquierda. No hay dictaduras buenas. Y Maduro es un brutal dictador.

 

 

​Fue impuesto por dedazo por el caudillo Hugo Chávez antes de su muerte. Es responsable de cientos de asesinatos de jóvenes durante las protestas, según denunció su ex-jefe de inteligencia, Hugo “El Pollo” Carvajal. Tenía, al menos, 989 prisioneros políticos, de acuerdo con Foro Penal. Human Rights Watch ha documentado más de 380 casos de violaciones a los derechos humanos, incluyendo tortura. Y organizó un mayúsculo fraude electoral en mayo del 2018 -prohibiendo la participación de opositores y de observadores internacionales- y dejando el conteo de votos a un organismo (el Consejo Nacional Electoral) que él controla. Estos son los datos. Maduro no es un presidente elegido democráticamente. Que levanten la mano los que estén de su lado.

 

 

​Y, perdón, pero ahora tengo que hablar de México.

 

 

​La neutralidad que mantiene el gobierno de Andrés Manuel López Obrador en el caso de Venezuela lo pone del lado equivocado de la historia. AMLO pudo convertirse en un líder regional en defensa de los derechos humanos. Pero no quiso.

 

 

​El presidente interino, Juan Guaidó -en una entrevista con el periodista Andrés Oppenheimer- dijo que “esperamos más” de México. ¡Claro que se espera más de México! Es muy confuso y frustrante que alguien como AMLO -quien por décadas y como opositor denunció los abusos del poder, las matanzas y las violaciones a los derechos humanos- ahora se niegue a ponerse del lado de las víctimas.

 

 

​Es una falla moral y un terrible error de cálculo de su gobierno. Los derechos humanos se defienden dentro y fuera de las fronteras de tu país. Siempre. Y denunciar los abusos de Maduro no significa, de ninguna manera, apoyar una invasión estadounidense.

 

 

​Aquí el Nobel, Elie Wiesel: “En cualquier lugar donde hombres y mujeres sean perseguidos por su raza, religión y visiones políticas, ese lugar debe convertirse -en ese momento- en el centro del universo.” Y hoy ese lugar es Venezuela.

 

 

​En el tercer viaje de Cristóbal Colón en 1498 llegó a lo que hoy es Venezuela, muy cerca de la isla Margarita. Y quedó tan impresionado de su belleza que luego le diría a los reyes de España en una carta que muy cerca de ahí “se halla el paraíso terrenal.”

 

 

​Estoy de acuerdo. Venezuela es hermosísima y única. Pero no hay paraíso sin libertad.

 

Jorge Ramos Avalos

 

El presidente no es el jefe de los periodistas

Posted on: abril 18th, 2019 by Laura Espinoza No Comments

 

El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador (a la derecha), contesta una pregunta del periodista Jorge Ramos durante la Mañanera del 12 de abril de 2019. CreditMarco Ugarte/Associated Press

 

 

 

Solo en México. No pasa en ningún otro país del mundo que un presidente dé una conferencia de prensa todos los días (con excepción de sábados y domingos). Ahí —a las siete de la mañana y en lo que los mexicanos llaman la Mañanera— Andrés Manuel López Obrador marca la agenda de su joven gobierno, responde a críticos y contesta las preguntas de los reporteros que asisten.

 

 

 

Es un extraordinario ejercicio democrático. Los periodistas preguntan lo que quieren, con micrófono en mano y un límite de dos preguntas, según consta en las trece reglas de la conferencia matutina establecidas por la oficina de comunicación de la presidencia. No hay ningún tipo de censura ni es preciso presentar las preguntas por adelantado. AMLO, como lo conoce la gente, apunta con su dedo al periodista que pregunta y el ejercicio se extiende por una hora o más. Todos los días.

 

 

 

Hace poco estuve ahí. ¿Cómo desaprovechar la oportunidad? Y tuve un intercambio de poco más de veinte minutos con el presidente López Obrador. Hablamos de la inseguridad en México —en los primeros tres meses de su gobierno fueron asesinados 8.524 mexicanos— y de su estrategia de silencio (y de no pelearse) con el gobierno del presidente estadounidense, Donald Trump. Pero es su tortuosa relación con la prensa la que ha generado un desbordado debate en las redes sociales. De eso también le pregunté.

 

 

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A pesar de la clara apertura periodística durante las Mañaneras, López Obrador ha utilizado sistemáticamente ese espacio para desacreditar a reporteros, columnistas y a medios de comunicación que lo critican. Les llama “prensa fifí”, entre otros calificativos (como conservadores y deshonestos). Él dice que solo está ejerciendo su “derecho de réplica”. Y lo tiene. Las Mañaneras gozan de una gigantesca distribución en las redes sociales y, muchas veces, dominan las noticias en los medios de comunicación tradicionales.

 

 

Pero las fuertes críticas desde Palacio Nacional a periodistas incómodos son preocupantes en uno de los países más peligrosos del mundo para ejercer el periodismo. Seis periodistas han sido asesinados desde la toma de posesión de AMLO el 1 de diciembre. Y desde el año 2000, según la organización Artículo 19, al menos 124 personas han muertopor su labor periodística. En México, los periodistas caen como si estuvieran una zona de guerra. Fundamentalmente por la narcoviolencia. Y el presidente puede y debe hacer mucho más para proteger a mis valientes compañeros.

 

 

La principal labor social de los periodistas es cuestionar a los que tienen el poder. A nosotros nos corresponde ser contrapoder y hacer preguntas difíciles. Pero eso no lo parece tener muy claro el presidente mexicano. Hace poco alabó a los periodistas “prudentes” y sentenció: “Si ustedes se pasan, pues ya saben lo que sucede. Pero no soy yo; es la gente”.

 

 

Sí, las críticas en la jungla de las redes son brutales cuando se toca a López Obrador. Es un presidente muy popular, muy poderoso —controla el congreso— y que ganó la presidencia con un gran respaldo social —más de 30 millones de personas votaron por él— en una nación sumida en la violencia y la corrupción. Tras el desastre del gobierno del priista Enrique Peña Nieto, es entendible que AMLO haya logrado acumular todas las esperanzas de cambio. Particularmente entre los mexicanos más vulnerables.

 

 

Pero eso no significa que AMLO sea intocable. Sería gravísimo que México resucitara algunas de las prácticas de la época —de 1929 a 2000— en que los presidentes dictaban qué publicar y qué no. Y la única manera de evitarlo es siendo imprudentes y desobedientes con el poder. Esa es la tolerancia que López Obrador debe extender. No es falta de respeto; es la manera en que se hace un periodismo vigoroso e independiente.

 

 

El presidente, para dejarlo claro, no es nuestro jefe. Los periodistas nos debemos a la gente que nos lee, nos ve y escucha y, sobre todo, a la verdad. Al final de cuentas, es una simple cuestión de credibilidad. Y eso nunca se logra estando cerca del poder o alabándolo.

 

 

Por eso estuvo tan fuera de lugar que López Obrador le pidiera al diario mexicano Reforma que revelara sus fuentes. Reforma publicó el texto de la carta privada que el presidente mexicano envió al rey de España solicitándole que se disculpara por los abusos y agravios cometidos durante la Conquista. Pedir que se revelen las fuentes periodísticas, le dije a AMLO en la Mañanera del 12 de abril, es un ataque a la libertad de prensa. “Ningún periodista, señor presidente, va a revelar sus fuentes. Ninguno”. Él no estuvo de acuerdo, pero ya no ha insistido en su solicitud al periódico.

 

 

Uno de los pocos puntos en común entre AMLO y Trump es su obvia molestia e impaciencia con la prensa que los cuestiona. Ambos tienen la piel muy delgada, reaccionan duro ante sus adversarios y demuestran una gran habilidad en el manejo de Twitter, Facebook e Instagram. Estos son otros tiempos, suele decir AMLO. “Benditas redes sociales”, ha dicho.

 

 

 

Tengo que reconocer una gran diferencia entre ambos: AMLO aguantó y respondió todas mis preguntas durante la conferencia de prensa en Ciudad de México, mientras que Trump, en 2015, me expulsó con un guardaespaldas de una de ellas en Dubuque, Iowa.

 

 

Los gobiernos de México y Estados Unidos —tengo que agradecerlo— actuaron en conjunto recientemente para sacarme de Venezuela, junto con un equipo de Univisión, después que el dictador Nicolás Maduro nos detuviera y confiscara nuestras cámaras y las tarjetas de video de la entrevista con él. Y todavía no nos han devuelto nada.

 

 

Está claro: México no es ni será Venezuela y AMLO no tiene nada que ver con Maduro. Ni con los desplantes racistas y xenófobos de Trump. Pero el presidente de México no tiene por qué descalificar a periodistas que cuestionan su labor; ese es precisamente nuestro trabajo. Los ataques personales sobran y, desafortunadamente, se multiplican e intensifican con mucha peligrosidad en las redes. Sobre todo si el presidente los origina. AMLO puede hacer mucho para proteger y dar a respetar el oficio periodístico.

 

 

Así como la mayoría de los periodistas no cuestionamos su bien ganada legitimidad —siempre le llamé “señor presidente” en la conferencia de prensa— él tampoco tiene por qué recurrir a descalificaciones innecesarias. Ni a pedirles a medios como Reforma que violen la ética periodística. López Obrador dice que quiere transparencia. Pero si él hubiera dado a conocer la carta que le envió al rey de España, Reforma no habría tenido que recurrir a sus fuentes para publicar el texto.

 

 

La relación poder-prensa siempre estará cargada de tensión. Pero en una democracia en construcción como la mexicana es fundamental discutir, diferir y dialogar; no descalificar. El reto está en seguir viviendo juntos, aunque a veces no estemos de acuerdo.

 

 

Sí, estos son otros tiempos en México. Los periodistas y el presidente estamos aprendiendo a coexistir. Pero habitamos espacios distintos. El nuestro, siempre, debe ser del otro lado del poder. Sea quien sea quien lo ejerza.

 

Jorge Ramos es periodista. Es conductor de los programas “Noticiero Univision” y “Al Punto” y autor del libro “Stranger: El desafío de un inmigrante latino en la era de Trump”.

 

New York Times

 

 

 

El Papa que no quiere ver…

Posted on: agosto 28th, 2018 by Laura Espinoza No Comments

Hay que decirlo con total claridad. El Papa Francisco está protegiendo a sus sacerdotes pederastas y no a las víctimas de abuso sexual.

 

 

 

Si de verdad quisiera terminar con escándalos, como el descubierto recientemente en Pennsylvania, debería dar toda la información que tiene a la policía e identificar y entregar a los criminales a las autoridades. Pero el Papa no quiere. Es la ley del silencio.

 

 

 

Los archivos del Vaticano están llenos de casos de abuso sexual. Pero son archivos secretos. Solo el Papa tiene la llave y no la quiere entregar. Ahí estaban, seguramente, muchos de los casos de abuso sexual cometidos por más de 300 sacerdotes en Pennsylvania y que dio a conocer hace unos días un gran jurado. Más de mil víctimas, sobre todo niños, fueron abusados. Aunque el reporte asegura que puede haber miles más.

 

 

 

Todo esto lo sabía el Vaticano hace décadas. Y no hizo nada. Si no fuera por la presión de los medios de comunicación -como el diario The Boston Globe en 2002- y las investigaciones del procurador general de Pennsylvania, esto seguiría enterrado. Las 887 páginas del reporte -impresionantemente bien investigado- son un compendio de horrores. (Por favor, lean el reporte aquí https://bit.ly/2nT78R6 )

 

 

 

Hoy sabemos que un sacerdote en la Diócesis de Erie violó anal y oralmente a más de 15 niños, algunos de siete años de edad. Un religioso de la Diócesis de Greensburg embarazó a una adolescente de 17 años, se casó con ella falsificando documentos, luego se divorció y nunca lo expulsaron de la iglesia. Los traumas quedan toda la vida. Un hombre de 75 años de edad llamó a la Diócesis de Scranton para denunciar que cuando él tenía 15 años y era monaguillo, un padre le tocó sus genitales por fuera de la ropa.

 

 

 

Pregunta ingenua. ¿Por qué esto no era información pública? ¿Por qué lo escondió el Vaticano? Respuesta: porque el Papa Francisco ha decidido que así sea.

 

 

 

La carta que envió el pontífice el pasado 20 de agosto dice que “hemos descuidado y abandonado a los pequeños”. Es cierto. Pero no dice absolutamente nada sobre todos los pederastas que sigue protegiendo su iglesia. Conclusión: a pesar de sus palabras llenas de “vergüenza y arrepentimiento”, el Papa sigue protegiendo a los criminales, no a las víctimas.

 

 

 

Esta es una estrategia de muchas décadas. Las formas de protección a la institución prevalecen por encima de los niños violados. Así me lo contó Jesús Romero Colín, quien fue abusado desde los 11 años de edad por un sacerdote mexicano: “En el 2013 le envié una carta al Papa Francisco y recibí una respuesta en que, básicamente, me pedía perdón y decía que iba a rezar por mí. No hubo ninguna orden al cardenal para que cooperara en el asunto.”

 

 

 

Alberto Athié, quien dejó el sacerdocio tras denunciar múltiples abusos, coincide en que el Vaticano tiene un sofisticado sistema de control de daños. Uno, me dijo, “ordena a todos los obispos a actuar de esa manera, como en Pennsylvania; dos, a tener toda la información de todos los casos que han existido y mantenerla de manera secreta: y tres, la que dictamina y sentencia los casos que hay que hacer públicos -que no hay remedio- más no así de los obispos que encubren”. (Aquí pueden ver mi entrevista con Alberto Athié y con Jesús Romero Colín)

 

 

 

¿Por qué sabemos de casos en Estados Unidos, Chile, Irlanda y Australia, por ejemplo, pero no en México? le pregunté a Alberto Athié. “México es un país de una complicidad tan brutal entre autoridades religiosas y civiles que la impunidad es gravísima”, me dijo. “Más que la corrupción, es la protección de las autoridades para que nada pueda emerger.” ¿Cuándo se atreverá el Papa a investigar lo que ha ocurrido en México?

 

 

 

Rezar por las víctimas no es suficiente. Hay que arrancarle la información a la iglesia. Es obvio que no están con los niños.

 

 

 

Entre las recomendaciones del gran jurado en Pennsylvania hay dos fundamentales para los gobiernos: que no prescriban nunca los casos de abuso sexual a menores y que sea un delito, penado por la ley, el no reportar casos de pederastia.

 

 

 

El Papa Francisco podría publicar mañana mismo la lista de sacerdotes pederastas que oculta la iglesia en todo el mundo. Pero no lo va a hacer. Es el Papa que no quiere ver.

 

 

 

Jorge Ramos Avalos.
Fuente: https://jorgeramos.com

Los enemigos de Pinocho

Posted on: agosto 6th, 2018 by Laura Espinoza No Comments

El problema de Trump con la prensa es muy sencillo: no le gusta que le digan la verdad

 

Jorge Ramos ante Donald Trump, en agosto de 2015. GETTY

 

 

Apenas se podía escuchar al reportero. Jim Acosta alzaba la voz, pero los gritos enojados de decenas de seguidores del presidente Donald Trump durante un reciente evento político en Tampa, Florida, hacían prácticamente imposible que se le entendiera al periodista. “CNN apesta”, vociferaban con furia. “CNN sucks”. Varios de ellos mostraban su largo dedo medio a la cámara de televisión. La batalla era desigual. Este es el efecto Trump. El presidente de Estados Unidos acababa de dar un incendiario discurso a votantes del partido Republicano y se quedaron con ganas de sangre. Luego de que Trump se fue, se voltearon y empezaron a insultar a los reporteros que cubren la Casa Blanca. Esto no es nuevo. En varias ocasiones Trump ha calificado públicamente a los periodistas como los “enemigos de la gente” (o “enemy of the people”, en inglés). A veces ataca específicamente a algún medio —como a la cadena CNN o al diario The New York Times— y otras generaliza y pone a casi todos los periodistas en el mismo costal, menos a los de FoxNews.

 

 

 

 

El problema que tiene Donald Trump con la prensa es muy sencillo: no le gusta que le digan la verdad. Y como no le gusta el mensaje, se ha lanzado contra el mensajero. Todo lo que le haga ruido o cuestione su verdad interior es desechado, atacado, denigrado. No importa si se trata de la intervención rusa en las pasadas elecciones o el rechazo de México a pagar por su muro en la frontera. Para Trump eso es fake news.

 

 

 

Esta cosmovisión —o trompovisión— tiene un grave problema: genera muchas mentiras. Trump ha mentido 4.229 veces en los primeros 558 días de su presidencia, según The Washington Post. Y cuando el presidente es Pinocho tu obligación como reportero es decirle que miente. El resultado, claro, es una guerra mediática. Trump olímpicamente se salta a la prensa tuiteándole a sus 53 millones de seguidores y ha dejado de dar entrevistas a periodistas que lo cuestionan. Esta dinámica no va a cambiar. Se los dije. Pero no me quisieron hacer caso.

 

 

 

Fui uno de los primeros periodistas a los que Trump atacó. En el verano del 2015 —tras lanzar su candidatura y decir falsamente que los inmigrantes mexicanos eran criminales y violadores— le envié una carta solicitándole una entrevista. En lugar de hacerlo, publicó mi carta en Instagram con mi número de móvil. (Recibí, se imaginarán, cientos de textos y llamadas, con insultos, burlas, poemas y hasta solicitudes de empleo).

 

 

 

Cambié el número, pero no la intención de hacerle muchas preguntas a Trump. Lo perseguí hasta una conferencia de prensa en Dubuque, Iowa, y cuando me levanté para hacerle una pregunta, llamó a su guardaespaldas y me sacó por la fuerza. (Solo Fidel Castro me había hecho antes algo parecido). Pero en esa conferencia de prensa ocurrió algo muy sintomático. Solo dos periodistas —Tom Llamas de ABC News y Kasie Hunt de MSNBC— se quejaron públicamente ante Trump del maltrato que recibí. El resto se quedó sentadito, levantando la mano para hacer su pregunta. Esa falta de solidaridad fue interpretada por Trump como una debilidad del gremio periodístico. Tarde o temprano, ese mismo trato —despectivo, arrogante, violento, amenazante, en clara violación a la primera enmienda de la Constitución estadounidense— se extendió a otros miembros de la prensa. Hoy es la norma. Siempre he dicho que si los reporteros tenemos que escoger entre ser amigos o enemigos de los poderosos, es preferible ser adversarios. Ese es nuestro lugar: del otro lado del poder. El periodismo —el verdadero periodismo— es contrapoder. Aunque los gritos a tu alrededor no permitan que se escuche con claridad lo que estás diciendo.

 

 

 

 

Jorge Ramos es periodista y presentador principal de la cadena hispana de televisión Univisión.

 

 

 

El día que el Papa se equivocó

Posted on: junio 14th, 2018 by Laura Espinoza No Comments

“Yo fui abusado cuando estaba en el colegio; yo y muchas otras personas”, me dijo el periodista chileno, Juan Carlos Cruz.

 

 

 

“Este cura (Fernando Karadima) viene abusando desde 1958. Un hombre queridísimo en esa época. Se proclamaba casi santo. Cuando se murió mi papá me dijeron ve dónde él, que te puede ayudar. Yo estaba destrozado. Ahí, al poco tiempo, comenzaron los abusos.”

 

 

 

Este es el testimonio que Juan Carlos Cruz le quería contar al Papa Francisco durante su visita a Chile en enero de este año. También le quería decir que el obispo chileno, Juan Barros, había sido testigo y cómplice de los abusos sexuales, según han declarado las víctimas. Pero el pontífice defendió al obispo y no quiso escuchar más. “El día que me traigan una prueba contra el obispo Barros, ahí voy a hablar”, dijo el Papa en la ciudad de Iquique. “No hay una sola prueba en contra, todo es calumnia.”

 

 

 

Ese fue el día en que el Papa se equivocó.

 

 

 

“Dijo que éramos calumniadores, para mí eso fue un dolor tremendo”, me contó Juan Carlos. “Mira, en la iglesia ha habido una cultura de abuso y una cultura del encubrimiento del abuso. Habiendo vivido las dos cosas, el abuso es tremendo – te quedan las secuelas – y uno trata de salir adelante. Pero después la gente que te debería ayudar, que te debería proteger, te da una cachetada en la cara. Te destrozan tu honra, porque protegen a su institución.”

 

 

 

El viaje a Chile no fue el éxito que esperaban los organizadores. Ni el Papa. Y eso, aparentemente, lo hizo recapacitar. Tras llegar a Roma envió a dos sacerdotes a investigar lo que estaba ocurriendo en Chile. Hablaron con Juan Carlos en Nueva York y con casi 70 personas más. El informe, de más de dos mil páginas y sumamente crítico a la jerarquía católica, obligó a los 34 obispos chilenos a presentar su renuncia al Papa.

 

 

 

Pero luego Jorge Mario Bergoglio hizo algo más, algo muy personal. Invitó durante casi una semana a su residencia de Santa Martha, en el Vaticano, a Juan Carlos, a James Hamilton y a José Andrés Murillo. Ellos son los que, a partir del 2010, rompieron su silencio y tomaron el liderazgo en las denuncias de abuso sexual y encubrimiento por parte de la iglesia católica chilena. Ahí, por fin, el Papa escuchó una versión muy distinta. “Yo se lo dije al Papa, cara a cara, como si lo hubiera conocido toda la vida”, recordó Juan Carlos. “Y yo le dije crudamente todo lo que quería decirle.”

 

 

 

Luego de varias conversaciones durante casi una semana, el Papa se disculpó. Así recordó Juan Carlos las palabras del pontífice en una conferencia de prensa en Roma en mayo: “Juan Carlos, quiero pedir perdón por lo que te sucedió, como el Papa y también a nombre de la iglesia universal. Yo era parte del problema y es por eso que te pido disculpas.”

 

 

 

El día de nuestra entrevista, Juan Carlos estaba particularmente conmovido. El Papa acababa de enviar una durísima carta a los líderes de la iglesia católica en Chile y donde, por fin, se ponía del lado de las víctimas. “Espero que esta cultura de abuso empiece a cambiar. Y que para los miles de sobrevivientes de abuso, esto sea un modelo”, reflexionó Juan Carlos.

 

 

 

El problema es que la carta del Papa y sus disculpas no han cambiado nada. Todavía. El sacerdote Fernando Karadima no está en la cárcel. El Vaticano le ordenó una “vida de oración y penitencia.” Tampoco están detenido los religiosos que encubrieron esos crímenes.

 

 

 

Ojalá el Papa nos vuelva a sorprender. Estamos esperando. Porque lo que ha hecho hasta ahora no se puede llamar justicia.

 

 

 

Mientras tanto, lo ocurrido en Chile debería repetirse en otros países de América Latina donde también se han denunciado numerosos abusos y ocultamientos. ¿Por qué este escándalo explota en Chile? le pregunté a Juan Carlos.

 

 

“No me considero un héroe. Mis amigos tampoco se consideran héroes. Nosotros, lo que hemos hecho bien, es ser persistentes. Cuando nos destrozaban la reputación, hemos seguido luchando.”

 

 

 

¿Sigues creyendo en dios? le pregunté antes de despedirnos. “Sigo siendo católico”, me dijo. “La relación que uno tiene con dios es lo más personal que uno puede tener en la vida. Nadie te puede quitar eso.”

 

 

Posdata. Aquí va mi entrevista de televisión con Juan Carlos Cruz

 

 

 

Fuente: https://jorgeramos.com

El pescado no puede caminar

Posted on: mayo 26th, 2016 by Laura Espinoza No Comments

Miércoles, 25/05/2016 – 17:14Bueno, así de difícil es también que el gobierno de Nicolás Maduro acepte un referendo revocatorio. No está en su naturaleza. Está acostumbrado a imponerse desde arriba. La democracia le es ajena.

 

 

 

“El reto que tenemos en Venezuela es derrotar democráticamente a un gobierno que no es democrático”, me dijo en una entrevista el gobernador Henrique Capriles, uno de los principales líderes de la oposición en Venezuela. “Maduro hará todo lo que pueda para evitar el revocatorio. Y los venezolanos haremos todo lo que esté a nuestro alcance para imponerlo. Creo más en la voz del pueblo que en la voz de Maduro.”

 

 

 

El problema es que el gobierno de Maduro, como el de Hugo Chávez antes de su muerte, lo controla casi todo en Venezuela, desde el ejército hasta el organismo que cuenta los votos. Por eso es difícil creer que el gobierno va a cooperar en un proceso en el que puede perder el poder. Esto explica el estado de excepción decretado hace poco en el país por Maduro. Tácticas dilatorias. Pero la oposición no se deja.

 

 

 

La ley venezolana exigía 195 mil firmas para echar a andar el proceso del referendo revocatorio que podría sacar, democráticamente, a Maduro de la presidencia a la mitad de su mandato. Y la respuesta de la gente fue abrumadora. Se consiguieron más de dos millones y medio de firmas, sólo en las capitales de los estados. Pero el Consejo Nacional Electoral ni siquiera se ha dignado a contar esas firmas. Le está dando largas al proceso a pesar de las recientes manifestaciones masivas.

 

 

 

El gobierno de Maduro está obstaculizando un proceso establecido en la constitución y al que, incluso, se sometió Chávez (con éxito) en el 2004. Pero Maduro no es Chávez y los chavistas ya son minoría en el país (según quedó demostrado en la última elección que dio a la oposición el control de la Asamblea).

 

 

 

¿Cuál es el plan de Maduro y los chavistas para aferrarse al poder? Ignorar la ley que ellos mismos escribieron, decir que hay una conspiración internacional para derrocarlos y hacer exigencias absurdas.

 

 

 

“Nosotros no vamos a dejarles pasar una”, dijo hace poco en una conferencia de prensa, Diosdado Cabello, líder del ala más intransigente del chavismo. “Nosotros vamos a revisar firma por firma; cada quien tiene que ir a ratificar que esa es su firma.”

 

 

 

¿Se imaginan la locura que está proponiendo Diosdado? Quiere que cada venezolano que firmó para realizar el referendo revocatorio vaya a alguna oficina del gobierno a, primero, localizar su firma y, luego, a probar que es de él o de ella. Es algo físicamente irrealizable. Además, siempre está el peligro latente de despido o represalia a los trabajadores del estado que firmen por el referendo.

 

 

Henrique Capriles, sin embargo, cree que sí hay una salida electoral a la actual crisis en Venezuela. “Yo sí he dicho que la solución en Venezuela tenemos que construirla pacíficamente”, me dijo. “Para que el cambio sea duradero no puede ser producto de la violencia.”

 

 

 

Pero la pregunta es si un régimen antidemocrático puede convertirse en democrático para, después, suicidarse políticamente. Es poco probable. Los dictadores no se van nunca por las buenas. Ya lo dijo el Secretario General de la Organización de Estados Americanos, Luis Almagro: si Maduro impide la realización del referendo será “un dictadorzuelo más, como los tantos que ha tenido el continente.”

 

 

 

Mientras tanto, Venezuela parece estar al borde del precipicio. Las filas para los alimentos son cada vez más largas, la escasez de medicinas está llevando a la muerte a muchos pacientes en los hospitales, la inflación y la criminalidad son de las más altas del mundo, el precio del petróleo cae en picada, la libertad de expresión ha prácticamente desaparecido y el gobierno parece congelado en ideologías inoperables

 

 

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“Las condiciones en Venezuela son peores que cuando hubo un estallido social en 1989, en el caracazo”, concluyó Capriles. “En Venezuela están dadas todas condiciones para que aquí haya una explosión social. Por eso hemos solicitado un revocatorio, para tener una solución política y no una explosión social.” (Aquí está el video de la entrevista con Capriles)

 

 

 

Pero el problema en Venezuela es que el pescado no puede caminar

 

 

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Jorge Ramos Avalos.

jorgeramos.com/articulos

Cuba es una dictadura

Posted on: enero 16th, 2016 by Laura Espinoza No Comments

Vie, 15/01/2016 – 15:33El deshielo de poco más de un año entre los gobiernos de Washington y de la Habana ha cambiado la conversación. En lugar de hablar de la falta de libertades, de las enormes carencias económicas y de violaciones a los derechos humanos, las noticias reportan la reapertura de embajadas, más turismo e, incluso, hasta el posible fin del embargo. Los más atrevidos imaginan, también, el regreso de Guantánamo a manos cubanas.

 

 

Pero, en el fondo, Cuba sigue siendo una dictadura. El dictador Fidel le heredó el puesto a su hermano Raúl y ahí solo sus chicharrones truenan. No hay elecciones multipartidistas, no hay prensa libre, existen decenas de presos políticos y el régimen se sostiene a base de miedo.

 

 

No lo digo yo. Lo dicen los pies de miles de cubanos que están huyendo. El día de navidad aparecieron a las cuatro de la mañana 15 balseros, aún mojados, en el estacionamiento de una farmacia en uno de los cayos de la Florida, según reporto El Nuevo Herald.

 

 

En Costa Rica hay alrededor de ocho mil refugiados cubanos varados. ¿Por qué? “Porque Nicaragua cerró la frontera e impidió un tránsito que se venía realizando con normalidad, aunque en manos de coyotes”, me dijo en una entrevista el presidente costarricense, Luis Guillermo Solís. (Aquí está la entrevista por televisión)

 

 

Traducción: los cubanos están huyendo como sea de su país. Miles lo hicieron recientemente a través de Ecuador y luego, por carretera, cruzando Centroamérica y México hasta llegar a la frontera con Estados Unidos.

 

 

En el año fiscal 2015 llegaron más de 40 mil cubanos a Estados Unidos, un cifra record de acuerdo con la Agencia de Aduanas y Protección Fronteriza. La culpa de este éxodo, dicen los cínicos de la Habana, es la política de “pies secos, pies mojados” –o la ley de Ajuste Cubano- que permite que un refugiado cubano se convierta en residente de Estados Unidos un año después de tocar territorio norteamericano. Pero se equivocan. La verdadera culpa es de la dictadura que los obliga a huir.

 

 

Hay mexicanos y centroamericanos que se quejan constantemente de que Estados Unidos trata a los refugiados cubanos de una manera privilegiada. Después de todo, si un inmigrante indocumentado de México o Centroamérica toca territorio estadounidense es detenido y deportado. A un cubano no le pasa lo mismo.

 

 

Pero yo creo que hay que seguir protegiendo a los refugiados que vienen de la isla hasta que desaparezca la dictadura cubana. Siempre hay que proteger a las víctimas de las dictaduras. La mitad de los cubanoamericanos cree lo mismo, según una encuesta de Bendixen y Amandi. (Un 34 por ciento se opone.) No se trata de quitarle a los cubanos las protecciones migratorias especiales. De lo que se trata es de darle protecciones similares a los que vienen de otros lugares.

 

 

Una dictadura es una dictadura. Entiendo a los cubanos que nunca le darían la mano a los Castro y que rechazan el nuevo acercamiento diplomático de Washington. Yo tampoco le quisiera dar la mano a alguien que me quitó la casa y el trabajo, que mató o encarceló a un familiar y que me obligó a huir de mi país. Pero sospecho que, detrás de este acercamiento diplomático, hay un objetivo secreto.

 

 

El presidente Barack Obama no es un ingenuo. Desde luego que no puede decir que el objetivo de su política de apertura y de mayores contactos es cambiar el régimen de los Castro. Si lo hubiera dicho, no habría acuerdo. Pero cuando la historia cambie en Cuba y regresen los vientos democráticos, estoy seguro que se darán a conocer los detalles de las reuniones a puerta cerrada en que se tramó un nuevo destino para la isla.

 

 

Solo los cubanos pueden cambiar a Cuba. Nadie más. Pero ahora deben saber, como nunca antes, que no están solos. Como agua que se cuela en las rendijas, la internet está penetrando los lugares más recónditos de la isla. Es carísima para el cubano común. Cierto. Y aun así se han enterado como Argentina y Guatemala cambiaron, como Venezuela está cambiando y cómo ellos son los siguientes en la lista. No hay nada que pueda detener una idea cuando su tiempo ha llegado.

 

 

No podemos olvidar que Cuba es una dictadura. Y ante las dictaduras no se puede ser neutral. De ellas se huye o se pelea desde dentro, con uñas y clicks, hasta que caen.
Jorge Ramos Avalos

 

 

Fuente: /jorgeramos.com/

Blog de Jorge Ramos Avalos

Las masacres y el silencio

Posted on: octubre 22nd, 2014 by Lina Romero No Comments

“No creo que las imágenes puedan mentir. He visto noticieros, fotografías…” (Octavio Paz en La Noche de Tlaltelolco)…

 

Los muertos en México ya no se pueden esconder. Las masacres de Tlatlaya e Iguala demuestran lo peor del país: el ejército matando civiles y la policía asesinando estudiantes. Es el México Bárbaro. Y gobierno del presidente Enrique Peña Nieto casi mudo, paralizado y rebasado, como si la culpa no fuera suya.

 

Tras la desaparición de los 43 estudiantes en Iguala, Peña Nieto llamó a una inusual conferencia de prensa en la que no permitió que ningún reportero le hiciera una sola pregunta. De hecho, no ha dado ni una sola conferencia de prensa –abierta, sin preguntas o temas pactados- desde que llegó al poder. Error y temor.

 

El silencio es la política oficial. El gobierno tiene como absurda estrategia de comunicación el no hablar públicamente de los crímenes ni de los narcos. Por eso ésta es una crisis creada desde la presidencia. Se pasaron casi dos años escondiendo cifras y diciendo que no pasaba nada. Y luego les explotan estas dos masacres y aparecen fosas con cadáveres por todos lados. Esconder la cabeza, como el avestruz, no borra la realidad.

 

Y la realidad es que, en materia de seguridad, las cosas están peor con Peña Nieto que con su predecesor, Felipe Calderón. Hay muertos y crímenes por todos lados.

 

Dos datos concretos: en el 2013 –el primer año de Peña Nieto en la presidencia- hubo más hogares que sufrieron delitos (33.9%) que en los dos últimos años de Calderón (32.4% en 2013 y 30.4% en el 2011). La última encuesta del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) es aterradora: en 10.7 millones de hogares hubo al menos una víctima de delito. Además, en 2013 se registraron 131,946 secuestros, 25 por ciento más que en el 2012. Eso no es salvar a México.

 

Peña Nieto ha querido venderse, dentro y fuera del país, como un presidente reformista. Pero la portada de la revista Time con el titular Salvando a México –Saving Mexico- fue tan prematura y gratuita como darle el premio Nobel de la Paz a Barack Obama antes de los bombardeos a Siria. Mientras sigan matando y secuestrando a mexicanos, no importa cuántas reformas proponga Peña Nieto.

Peña Nieto tiene ante millones de mexicanos un problema de legitimidad y, por lo tanto, está obligado a demostrar que el puesto no le queda grande, que no es débil y que no está perdido. Muchos mexicanos siguen creyendo que ganó la presidencia con trampas -con mucho más dinero y comerciales que sus oponentes- y que no se merece estar en Los Pinos. La única manera de contrarrestar esa falta de legitimidad de origen es con resultados y gobernando bien. Es obvio que todavía no lo ha logrado.

La marca México está muy golpeada. ¿Cómo vas a atraer a compañías extranjeras a invertir en petroleo y telecomunicaciones cuando tu ejército y policía, en lugar de cuidar a sus ciudadanos, los mata? El dinero busca seguridad, no matanzas.

 

La masacre de Tlaltelolco en 1968 y su total impunidad –nadie, nunca fue arrestado o condenado por esa matanza- fue posible por la complicidad de muchos “periodistas” que nunca se atrevieron a ser periodistas. Pero gracias a Elena Poniatowska y su libro, La Noche de Tlaltelolco, sabemos qué ocurrió. Hoy hay muchas Elenitas en Twitter, Facebook e Instagram -junto a valientes reporteros en los medios más tradicionales- que no van a dejar que vivan tranquilos los responsables de las matanzas de Tlatlaya e Iguala. El silencio funcionó en 1968; ya no funciona en el 2014.

 

México huele a podrido, huele al viejo PRI. Estudiantes en todo el país, con marchas y protestas, ya no se tragan el cuento oficial de que buscaremos y castigaremos. Las líneas están marcadas: el gobierno, su ejército y la policía no están con los estudiantes, con las víctimas de la violencia, ni con sus familias. México se rompió en Iguala.

 

Hay que decirlo tal cual: Peña Nieto no ha podido con la inseguridad. Ante las masacres, su gobierno se ha visto incompetente y negligente. Su silencio –más que estrategia de comunicación- es la señal más clara de impotencia y de que no sabe qué hacer. ¿Cuál es el plan para que éstas masacres no vuelvan a ocurrir? No oigo nada.

 

El silencio es, muchas veces, el peor crimen.

 

Fuente: http://jorgeramos.com/articulos

Brasil no está listo

Posted on: junio 6th, 2014 by lina No Comments

Brasil no está listo para la Copa Mundial de Fútbol. Ni lo estará. Hay demasiadas cosas pendientes. Pero no se preocupen. La pelota va a rodar a partir del 12 de junio, y por 90 minutos una y otra vez se nos olvidará todo lo que está mal.

 

Todavía hay estadios sin terminar, policías metiéndose en las favelas para evitar violencia -y una mala imagen al mundo- y protestas de quienes creen que los 11 mil millones gastados en fútbol hubieran estado mejor utilizados en escuelas y hospitales.

 

Ya es demasiado tarde para quejarse. La mayoría de los equipos ya están entrenando en Brasil (yo ya compré mis boletos para la final).

 

Me ha tocado cubrir cuatro mundiales como periodista: Estados Unidos, Corea del Sur/Japón, Alemania y Sudáfrica. Siempre ha habido reportes de que el país sede no está listo y, al final, siempre se realiza el torneo y los problemas se superan (o en el peor de los casos se improvisan soluciones). En Brasil está pasando lo mismo.

 

“Brasil empezó a trabajar demasiado tarde” dijo Sepp Blatter, presidente de la FIFA, el organismo internacional gobernante del fútbol, en una entrevista. “Es el país que más se ha atrasado desde que he estado en la FIFA a pesar de que es el único que tuvo tanto tiempo -siete años – para prepararse.” Brasil dejó todo para el final. Y se les acabó el tiempo.

 

“Es una vergüenza,” dijo el ex futbolista Ronaldo en una entrevista con Reuters, criticando los retrasos en la organización del evento. “Estoy avergonzado. Este es mi país y lo quiero mucho. No deberíamos difundir esta imagen en el exterior.”

 

Pero la presidenta Dilma Rousseff no se dejó meter un gol y le replicó al delantero. “Estoy segura de que nuestro país presentará la Copa de las Copas,” dijo. “Estoy orgullosa de nuestros logros. No tenemos ninguna razón para estar avergonzados, y no tenemos un complejo de inferioridad.” Al contrario. Si algo caracteriza a los brasileños, al igual que a los texanos, es que les gusta hacer las cosas en grande. De hecho, han tenido la audacia de ser anfitriones de la Copa Mundial y de los Juegos Olímpicos con solo dos años de intervalo. Genial.

 

Pero la burocracia brasileña es para arrancarse los pelos, y no ha estado a la altura de las circunstancias. El Mundial rápidamente los rebasó.

 

Tengo un ejemplo cerca de casa. El consulado de Brasil en Miami ha sido un verdadero desastre para atender a las miles de personas que quieren ir al Mundial y necesitan una visa. Hace varias semanas fui a solicitar una visa de turista para mi hijo, que me acompaña a Brasil. Llegué poco después de las 9 de la mañana y tuve que esperar más de tres horas para que me atendiera uno de los dos funcionarios disponibles. El consulado no estaba preparado para el Mundial.

 

La atención fue pésima y malhumorada, el sitio de Internet para solicitar la visa es tan confuso que genera más preguntas que respuestas, no aceptan tarjetas de crédito y nadie contesta el teléfono en el consulado para agilizar el proceso. Es tan frustrante que vi salir de ahí a dos adultos llorando.

 

Por supuesto, con un sistema tan malo, ineficaz y limitado, muchas personas tienen que regresar varias veces con documentos, pagos y absurdas solicitudes de dos fatigados burócratas que, con su pedacito de poder, le hacen la competencia a “El Castillo” de Franz Kafka. Fatal. El consulado de Brasil en Miami ha dado una muy injusta imagen de su país. Ojalá no sea un augurio. En lugar de darnos la bienvenida, su mensaje parecía ser: no queremos que vayan a Brasil.

 

Todo esto, espero, lo vamos a olvidar tan pronto veamos los primeros partidos de futbol. He estado en varias ocasiones en Brasil y es una nación extraordinaria. Nunca me he ido de ahí desilusionado. Pero ésta es la prueba de fuego.

 

¿Cómo medirán los brasileños el éxito de su Mundial? Estoy casi seguro que no será en reales sino en goles. Si la Selección del juego bonito gana el campeonato mundial por cuarta ocasión, todo habrá valido la pena para ellos.

 

Hasta los manifestantes, estoy seguro, dejarían sus protestas el día de la final.

 

No, Brasil no está listo para el Mundial pero, la verdad, no importa. Se nos olvida que lo único verdaderamente importante en un Mundial es el fútbol.

 

Nada más.

 

Jorge Ramos