España: La “Desvestidura”

Posted on: noviembre 19th, 2023 by Super Confirmado No Comments

Lejos del mundanal ruido de la contienda, lejos aún de las pasiones y odios desatados en España como consecuencia de una ley orgánica de amnistía al independentismo extremo, usada como precondición para la investidura de Pedro Sánchez, el hecho concita enorme interés político y a la vez politológico y, si quien escribe estas líneas ya no estuviera alejado de la docencia, lo habría utilizado como tema de discusión en los seminarios sobre teoría política. Por cierto, no me habría detenido mucho tiempo en el punto que a muchos españoles parece, o ha llegado a ser, central: el de la constitucionalidad de la amnistía. Pero no porque carezca de interés, sino por la necesidad metodológica de separar el argumento jurídico del argumento político.

 

ENTRE LA LEGALIDAD Y LA NORMATIVIDAD

 

 

No obstante, es imposible pasar por alto que la sola sospecha de separación entre política y derecho delata una anomalía en cualquier país democrático. No sabría decir –debo aclarar- si es o no constitucional la ley de amnistía, pero me es posible percibir que cuando el tema de la constitucionalidad de un hecho es subido al tapete político, no significa necesariamente que estamos necesariamente ante una alteración a la legalidad, aunque sí, en cualquier caso, a la normatividad imperante. O como dijo un catedrático español en Derecho Internacional (Miguel Ángel Presno Linera, en El País) «la ley de amnistía no es anti-constitucional, es excepcional». Una excepcionalidad, agreguemos, que no confirma la regla, la transgrede.

 

 

Efectivamente, ni en España ni en ninguna parte es normal que una ley de amnistía aparezca enlazada como condición para investir a un mandatario. Pero así se han dado las cosas gracias a una jugada política –más de alguien pensará que es “maestra”- de Pedro Sánchez. Esta anomalía es la razón que obliga al observador a fijar su atención, no tanto en la letra constitucional, sino en la intención de la jugada.

 

 

Dicho sin ningún sarcasmo: todos sabemos que Pedro Sánchez no tenía ni tiene ninguna simpatía por los nacionalismos, ni por el catalán ni por el vasco, pero todos también sabemos que quiere seguir en el poder cueste lo que cueste. Pues bien, gracias a ese saber, deducimos que la recurrencia a la ley de la amnistía no persigue más objetivo para Sánchez que continuar siendo presidente del gobierno de España. Y nada más.

 

 

A primera vista parecería que Sánchez es consecuente con el dictamen de Max Weber: “la política es lucha por el poder”. Pero en esa definición de Weber se está hablando del poder político, no de cualquier poder, lo que supone la necesidad de mantenerse dentro del marco de lo político y, en un país democrático como España, dentro del marco de la legalidad y de la normatividad a la vez. En el sentido expuesto Sánchez estaría faltando no a la constitucionalidad sino a la normatividad que supone la dictación de una ley surgida de la necesidad política de un partido y de un gobierno que quiere continuar gobernando. O lo que es lo mismo: el pecado de Sánchez no reside en la aplicación de la ley sino en el uso que a esa ley le será dado: no amnistiar por justicia sino por simple conveniencia inmediata. En fin, una ley nacida del mercadeo contingente, una ley que nunca fue tema del proceso electoral, una ley a la que nunca Sánchez y el PSOE habrían recurrido si no hubiera mediado la posibilidad de perder el poder.

 

 

Naturalmente, nadie supone que las personas políticamente elegidas deben ajustarse punto por punto a las promesas pre-electorales. El escándalo aparece –este es un caso– cuando son levantadas políticas que nadie antes había exigido, ni siquiera los beneficiados, para cumplir un objetivo de poder. A Junts y ERC, de más está decirlo, la propuesta de amnistía les cayó sobre sus cabezas sin que hubieran movido un dedo para conseguirla.

 

 

A Sánchez le faltaban pocos votos para ser investido, pues “vamos a buscarlos donde los encontremos, aunque sea al precio de transformar la investidura en una desvestidura de nuestros principios”, pareció ser el lema sanchista. Y en el hecho, actuó guiado por ese lema. Los votos que faltaban los encontró Sánchez nada menos que en un grupo que en octubre de 2017 intentó desvertebrar a España con un plebiscito anti-nacional y anti-constitucional. Peor todavía: La redacción del proyecto de ley de amnistía ha surgido, no de acuerdo a condiciones fijadas por Sánchez sino por el propio Carles Puigdemont. En el fondo, guste no, estamos frente a una ley de auto-amnistía. A ello se agregan las “conquistas sociales” conseguidas por Puigdemont para Cataluña, la región más endeudada del país que ahora recibirá un alivio de la deuda del 20 por ciento, equivalente a 15 mil millones de euros, una deliberada injusticia para otras regiones que han ahorrado más en el pasado.

 

 

Opinión de la mayoría de los constitucionalistas es que la nueva ley no está concebida en conformidad al artículo 2 de la Constitución española, sino más bien en contra de “la indisoluble unidad y de la imprescindible solidaridad entre territorios y personas”. Tiene razón entonces, el director de El Mundo, Joaquín Mansó, cuando en pocas palabras definió el sentido de esa ley: “Los acuerdos que servirán para investir a Pedro Sánchez diseñan una reconfiguración unilateral de la organización territorial, la distribución del poder del Estado y los derechos de los ciudadanos -de la idea misma de España- que desborda los consensos constitucionales”.

 

LO QUE LA LEY NO DA, LA POLÍTICA LO PRESTA

 

 

Sabedores los impulsores de la ley en cuestión que el argumento constitucional es débil para defender el proyecto, han insistido sobre sus supuestos efectos prácticos, o sea, han intentado apelar a razones políticas químicamente puras. Así, uno de los defensores más enfáticos de la ley de amnistía, el ex presidente José Luis Rodríguez Zapatero, dijo: «la futura Ley de Amnistía representa como norma «la soberanía popular» y, en el plano político, «una decisión valiente de una democracia generosa». Agregando, “todos los países democráticos del mundo la han usado en algún momento de su historia reciente”.

 

 

¡Qué fácil es rebatir a Rodríguez Zapatero! Primero, la mentada amnistía no representa la soberanía popular porque el pueblo no ha sido consultado jamás sobre la ley de amnistía. Más aún: nadie la había exigido. Segundo, en la mayoría de los países democráticos, la amnistía no es una ley sino una potestad, atributo magnánimo concedido legalmente al mandatario para conceder amnistía a determinadas personas, según su discreción.

 

 

En los países en los que Rodríguez Zapatero piensa, el sujeto de la amnistía es el presidente. En España en cambio es la ciudadanía a través de una ley parlamentariamente discutida. La razón es que en España no existe la amnistía ni como potestad ni como prerrogativa y por lo tanto solo puede existir como ley específica frente a un tema específico. Es por eso que una gran parte de la ciudadanía se ha expresado en las calles, no en contra de la ley de amnistía, sino en contra de una ley cuyo primer objetivo no es la amnistía sino la conformación de una mayoría parlamentaria para investir a una candidatura que el 23-J fue incapaz de obtener la primera mayoría en las urnas.

 

EL PAÍS DE LOS TRES EXTREMOS

 

 

Quienes siguen la línea Sánchez-Zapatero dentro del PSOE, han argüido sobre los aspectos prácticos de la ley, apelando a la idea de “un encuentro con Cataluña”, es decir, a la posibilidad de incorporación legal del independentismo en la nomenclatura política oficial del país. Con esa intención los defensores de la ley no han hecho sino confirmar una de las tesis del independentismo, a saber, que ellos, los independentistas, representan a toda Cataluña, ignorando así a millones de catalanes que no están de acuerdo con el independentismo, y mucho menos con el que representan Puigdemont, Rufian y los suyos. En breve, el PSOE da por sentado que el independentismo catalán es el más radical.

 

 

Por lo demás, normalizar políticamente al independentismo no es igual que normalizar a cualquier partido extremista, como Podemos o VOX por ejemplo, los que mal que mal están sometidos al juego institucional. Cabe recordar en este punto que, a diferencia de la mayoría de los países europeos, España es un país de tres extremos dos de los cuales ya están vinculados el gobierno de Sánchez: Uno (Podemos-Sumar) el de extrema izquierda, directamente. El extremo  independentista, por su contribución a la existencia del gobierno. Sánchez, en su discurso del día de la investidura, se esforzó en presentar al nuevo bloque de poder como un muro en contra de la derecha extrema (o sea, la derecha) que está avanzado en todos los países de Europa (y de paso, hasta habló de Milei). Al hacerlo, introdujo un precedente muy grave: que el independentismo (o sea el ultra-nacionalismo de mini-nación) está detrás de ese muro, en un frente antiderechista común, junto con Podemos/Sumar y el PSOE.

 

 

Pero a diferencia de los otros extremos, no la política que representa, sino la sola existencia de ese independentismo es un desafío a la integridad del estado nacional. La razón es muy simple: Un independentista no puede sino ser un independentista. El independentismo es una corriente política monotemática. Sin una política en contra del estado nacional, no puede haber independentismo. Sin independentismo Junts y ERC desaparecen. Y, por supuesto, ningún partido quiere desaparecer. El próximo hito ya está programado, lo dijo el mismo Rufian: volveremos al referendo, pero en mejores condiciones legales e institucionales. Parte de esas condiciones ya las tiene. Se las otorgó Sánchez.

 

 

Naturalmente, el independentismo como toda corriente política no o anti-democrática, incluyendo a las fascistas o franquistas, tiene derecho a existir en una democracia, pero siempre y cuando se atenga en la práctica a la Constitución y a las leyes de la nación de todos, como no fue el caso de Junts desde 2012 hasta 2017. Pues una cosa es aceptar la existencia de una tendencia política anti-nacional en la estructura política de un país, y otra muy distinta es convertirla en forjadora de un gobierno nacional, como ocurrió el 16 de noviembre de 2023.

 

 

El daño ya está hecho. No hay vuelta atrás. La argucia legal se impuso por sobre la constitucionalidad, la politiquería por sobre la política, los extremos por sobre la centralidad, la perpetuación a todo precio por sobre el principio de la alternancia. Sánchez puede estar contento con su innegable capacidad de maniobra (algunos piensan que es genial) y, como tal, será admirado por su gente. Su gobierno será legal, sin duda, pero ha perdido parte de su legitimidad. La diferencia es sabida: la legalidad es un término jurídico, la legitimidad es un término político. Pronto veremos si Sánchez tendrá la habilidad necesaria para recuperarla, así como la tuvo para perderla.

 

 

Los pactos en la vida política son imprescindibles. Pero alguna vez, quizás, la vida demostrará a Sánchez que los pactos, como todas las cosas de este mundo, también tienen límites. Fausto lo supo muy tarde en la obra de Goethe: Mefistófeles cobra caro.

 

Fernando Mires

@FernandoMiresOI

 

Las guerras del infierno

Posted on: noviembre 12th, 2023 by Super Confirmado No Comments

Creo que hay un mal entendido: la defensa de la democracia, sin duda un imperativo de nuestro tiempo, nos ha sido presentada por la gran mayoría de los políticos y politólogos, como defensa de la llamada democracia liberal. El problema es que el término liberal es ideológico y la democracia, al serlo, no se deja regir por un determinante ideológico.

 

 

El orden político mundial y sus enemigos

 

Bajo el término democracia liberal entendemos un espacio en donde priman las libertades por sobre las restricciones. Pero estas libertades no servirían de nada si no estuvieran garantizadas por un orden constitucional e institucional a la vez. Referirse solamente a las libertades, conduce al libertarismo, es decir, a la libertad des institucionalizada. Para decirlo con ejemplos, Trump, Bolsonaro, Milei, son de verdad personajes libertarios (sobre todo desde el punto de vista económico) pero no son ni constitucionalistas ni institucionalistas.

 

 

Desde esa mirada, podríamos distinguir un libertarismo de izquierda y uno de derecha. Lo que ambos tienen en común es la aversión a las instituciones. Para los primeros -pienso en los octubristas chilenos– las instituciones y las constituciones son simples herramientas de la clase dominante. Para los segundos -pienso en el asalto al Capitolio perpetrado por las hordas trumpistas- las instituciones son obstáculos que se oponen a la relación política “pura” que se daría de modo ideal entre un pueblo y un líder, es decir, la llamada democracia directa.

 

 

Los libertarios entonces no deben ser criticados por su apego a la libertad sino por su relación negativa con las instituciones que las amparan, en otras palabras, con el Estado de derecho.

 

Hay instituciones internas que son las que reglan las relaciones entre los ciudadanos y los estados pero también las hay externas y ellas son las que reglan las relaciones entre diversos estados, independientemente del orden político interno que prevalece en cada uno de ellos. Esas relaciones, cuando cristalizan en leyes y reglamentos, constituyen el orden político internacional. Ahora bien, ese orden ha comenzado a ser cuestionado por una serie de gobiernos que buscan imponer un llamado “nuevo orden político mundial”.

 

 

Según los gobiernos antioccidentales (léase, antidemocráticos), el orden político mundial en vigor debe ser revisado, dado que allí prima un sobrepeso de EE.UU y de todas las naciones en donde prevalecen relaciones democráticas avaladas por un estado de derecho. De más está decir que quienes proclaman ese nuevo orden provienen de las «izquierdas huérfanas», las que perdieron a sus padres reales y adoptivos: el proletariado superado por la sociedad posindustrial y el socialismo, superado por la gran revolución anticomunista de 1989-90. Hoy esas izquierdas son islamistas, putinistas (adjetivo que comparten con las extremas derechas), antiglobalistas (adjetivo que comparten con los trumpistas) y partidarias de muchas dictaduras. La izquierda revolucionaria de ayer es la izquierda reaccionaria de hoy.

 

 

De acuerdo al máximo líder de los gobiernos propulsores del nuevo orden mundial, Xi Jinping, la democracia occidental es un producto de la historia de sus naciones, en cambio China y otras naciones provienen de otras historias y de otras tradiciones y por lo mismo, su concepto de democracia debe ser muy diferente al occidental. En las palabras de Xi Jinping: «Bajo la consigna de los derechos humanos universales, (los países occidentales) promueven por la fuerza los conceptos y sistemas democráticos universales, y utilizan estas cuestiones para interferir en los asuntos internos de otras naciones».

 

 

En otras palabras, el concepto de democracia proveniente de Occidente, es para Xi relativo y no universal y, además, expansionista e imperialista. Luego, los derechos humanos no deben regir para todos los humanos.

 

 

Habría entonces que preguntar a Xi, por qué rechaza a la democracia occidental y no rechaza (al contrario, venera) a la tecnología occidental la que, entre otras cosas, ha permitido a China elevarse a la categoría de potencia económica mundial.
En cierto sentido, para Xi Jinping hay una contradicción entre la juridicción que regla a las Naciones Unidas y otros organismos de representación internacional y el crecimiento económico de China, nación que aspira ejercer, montada en ese crecimiento, un liderazgo político mundial, lo que en su versión, supondría un cuestionamiento, no solo al orden internacional vigente, sino al de las democracias occidentales desde donde fue originado el actual orden, después de 1945.

 

 

En síntesis, el cuestionamiento de la democracia como forma de gobierno nacional pasa por cuestionar el orden jurídico internacional. Al revés también.

 

 

Así entendida, la amistad sin límites que repetidamente se han jurado Xi y Putin, no proviene de similitudes o de unidades de criterios políticos, sino de la animadversión profunda que ambos dictadores profesan a la cultura política occidental cuyo rol dominante en el mundo debe ser erradicado en nombre de un orden multipolar no y anti-democrático cuyos países hegemónicos deberían ser Rusia, Irán y China, e incluso, Corea del Norte («la alianza del infierno» la hemos denominado en otros textos). Fue esa la razón por la que, ya en los comienzos de su mandato, Joe Biden advirtió que la principal contradicción del siglo XXI es la que se da entre democracias y autocracias.

 

 

Guerra global

 

Para autores como John Mearsheimer, geoestratega norteamericano que no se ha cansado de culpar a su país de la invasión rusa a Ucrania –razón por la que es consultado como teórico por el putinista Viktor Orban de Hungría– la contradicción entre democracias y autocracias es una división maniquea. Naturalmente, lo sería si significara afirmar que esa es la única contradicción que cruza el globo. Hay, además, otras líneas divisorias entre las naciones. Sin embargo, si observamos la composición política de la mayoría de los países cooptados por Rusia, China e Irán, no vemos en el campo antioccidental ninguna democracia, hecho que habla a favor de la tesis de Joe Biden.

 

 

Si tomamos la tesis de Biden en serio, tendríamos que concluir que en estos momentos los diversos conflictos que asolan el planeta están sobredeterminados por la contradicción democracia-autocracia. Y como hemos señalado en otros textos, se trata de una contradicción que se da, en niveles paralelos pero también tangenciales. En efecto, no hay fuerza antidemocrática en Europa (principalmente de ultra derecha) que no reciba apoyo e incluso financiamiento de Putin.

 

 

Conocidos son también los vínculos entre el putinismo y el trumpismo (no solo norteamericano). Igualmente notorios son los lazos que unen a Putin con las dictaduras y autocracias de América Latina (Cuba, Nicaragua, Venezuela) y con gobiernos «de izquierda» (Bolivia, Brasil, Colombia) a los que el aliado sin límites de Rusia, China, otorga jugosos préstamos financieros o lucrativos negocios (como con el litio de Chile) para, cuando llegue el momento, cobrarlo en réditos políticos.

 

 

Como anotó la historiadora Anne Applebaum en un posteo: «¿Retiraron a sus embajadores y rompieron relaciones con Rusia los países sudamericanos cuando el ejército ruso destruyó la ciudad de Mariupol, matando y desplazando a decenas de miles de civiles? No recuerdo que eso haya ocurrido!»

 

 

Entonces, no queda más sino decirlo: Nunca la dependencia económica con los EE UU fue tan intensa como la que mantienen diversos gobiernos latinoamericanos con China. Nunca el servilismo ideológico de gobiernos antidemocráticos latinoamericanos ha sido tan evidente como el que profesan los dictadores y autócratas de la región, a Putin.
Hoy por ejemplo vemos a huestes de 2izquierda2 en las calles protestando en contra de la violencia de Israel en Palestina, pero siempre callando frente a las horrorosas matanzas que lleva a cabo la Rusia de Putin en las ciudades y campos de Ucrania.

 

 

Incluso el mismo Putin ya no habla de la invasión a Ucrania como una defensa frente a la OTAN, sino en contra de la «decadencia» de Occidente al que se oponen los gobiernos occidentales, sobre todo el de su aliado más estrecho, Irán. En las palabras de Joschka Fischer «La guerra de agresión no provocada del presidente ruso Vladimir Putin no fue más que la primera ficha de dominó. Ahora, Hamas ha lanzado un brutal ataque terrorista contra Israel desde Gaza, matando a 1.400 israelíes, la mayoría de ellos civiles, y secuestrando a más de 200. ¿Cómo se podría asestar un golpe tan mortal y de inteligencia más fuerte del Oriente Medio? ¿Puede una organización terrorista como Hamás haber logrado tal hazaña por sí sola?»

 

 

La respuesta es no.

 

 

Hay que dejar la hipocresía a un lado. Todos sabemos que detrás de Hamas está Irán y que detrás de Irán está Rusia y que detrás de Rusia, no pocas veces, está China. La invasión rusa a Ucrania y la invasión de Hamas a Israel, pertenecen al mismo contexto histórico: la guerra declarada por Putin al Occidente político, es decir, a las naciones democráticas, a sus libertades y a las instituciones que las resguardan.

 

Tuvieron razón los parlamentarios demócratas norteamericanos cuando rebatiendo la tesis de los republicanos relativa a que hay que apoyar más a Israel y menos a Ucrania, plantearon: «Al defender a Ucrania, también atacamos a Irán». No sabemos si los republicanos entendieron. La guerra de Putin a Ucrania y la guerra de Hamas a Israel –fue lo que intentaron decir los demócratas– no son dos guerras separadas. Ambas son dos frentes de batalla en una misma guerra. Hay, además, otros frentes en el Kosovo, en Armenia, en Yemen, en Taiwan.

 

 

La guerra que el mundo está experimentando, ya es global. Eso quiere decir: la globalidad de nuestro tiempo no solo es económica, política o cultural; es también militar. Así lo destacó el ministro de defensa alemán, Boris Pictorius, cuando declaró, ante la molestia de su propio gobierno, «Europa debe estar preparada para la guerra». Palabras disonantes para un público que todavía cree vivir en la era feliz del consumo, del turismo de masas, del buen pasar.

 

 

Vivimos tiempos de guerra, que nadie se engañe, es lo que intentó decirnos Pictorius. Llegará un momento, quizás ya ha llegado, en que todo estará sobredeterminado por esa guerra. La política, por ejemplo. Cada elección, parlamentaria o presidencial que tiene lugar en Europa, sea en Turquía, en Eslovaquia, en Polonia, ha sido seguida con una pasión que antes no existía. La principal preocupación de los observadores es si los resultados favorecerán o no a la estrategia expansiva que proviene de Rusia (o de Irán, o de China). Los políticos, quieran o no, se han convertido en destacamentos civiles de una guerra global.

 

 

Política de guerra

 

La guerra no suprime a la política, coexiste con, e influye sobre ella. Pero hay, además, una política de guerra. Así lo advirtió Joe Biden a su colega Benjamín Netanyahu en su visita a Israel (18 de octubre). Por más dolorosas que sean las pérdidas humanas, y por más criminales que sean las acciones de Hamas, y por más legítimo y legal que sea el derecho de Israel a defenderse, no hay que perder las perspectivas políticas guiadas por máximas como “no hacer nunca lo que el enemigo quiere que tú hagas”.

 

 

No basta tener una fuerza militar superior. Hay que impedir que el enemigo logre, con su bien aceitada propaganda de guerra, aislar a Israel, intentó Biden decir a su empecinado colega israelí. Y no por último –puede que lo haya dicho– hay que saber emplear otros instrumentos además de las balas, entre otros, la diplomacia, la asistencia humanitaria, las relaciones económicas.

 

Biden, por experiencia, sabe lo que dice. Después del 11-S el gobierno norteamericano de Bush Jr. también se dejó llevar por la furia. Los resultados no pudieron ser peores, tanto para los EE UU como para los países invadidos. Los EE UU invadieron Afganistan sin lograr nada, los talibanes están de nuevo en el poder, y hoy son más fuertes que antes. Los EE UU desmantelaron estados nacionales como los de Irak y Libia sin tener con qué sustituirlos para convertirlos finalmente en lo que hoy son: nidos de terroristas, donde campean a sus anchas Hamas, Hizbolah, Diyah islámica, IS.

 

 

De tal modo que cuando llegó el momento de actuar en Siria, apoyando a los contingentes antidictatoriales, Obama, dado el descrédito norteamericano en la región, no tuvo otra alternativa que permitir que la Rusia de Putin, en nombre de la «guerra contra el terrorismo internacional», llevara a cabo una masacre muy similar a la que hoy realiza en Ucrania, apoderándose del país sirio para convertirlo en lo que ahora es: una colonia militar de Rusia, aliada de Irán. Todo eso complementado con hechos indignos para un país democrático, como fueron los abusos cometidos en las cárceles de Abu Ghraib o en Guantánamo.

 

 

Gracias a Bush, no a Trump, el prestigio de los EE UU en la región islámica está por los suelos. Así y todo, Biden, gracias a su manejo diplomático, ha logrado recomponer relaciones con países adictos a la confesión suní (sobre todo Arabia Saudita) no dispuestos a aceptar el liderazgo de Irán en la región. Del mismo modo, el gobierno estadounidense ha logrado entender que si bien Rusia y China son aliados, no son lo mismo. Con China, a diferencias de lo que ocurre con Rusia, todavía funciona la diplomacia.

 

 

Xi Jinping no está interesado en un escalamiento total de la guerra como lo está Putin, y en ningún caso se muestra partidario de una confrontación nuclear que llevaría a la ruina de la propia economía china. En estos mismos momentos ha mostrado incluso su disposición a participar en un encuentro que tendrá lugar con Biden en San Francisco. De ese encuentro, si es que tiene lugar, no saldrá ningún acuerdo de paz mundial, pero al menos se espera que de ahí surjan limitaciones a la expansión de la guerra global.

 

 

Los seres humanos formamos parte de la única especie en condiciones de declarar guerras, poniendo en riesgo nuestra conservación como especie. Las guerras con todas sus infinitas crueldades son parte de la condición humana y, como señalaba Kant, a veces no hay más alternativa que buscar la paz desde el fondo de la guerra, utilizando cada armisticio, cada pausa, cada conversación, en un medio para instituir condiciones de no-guerra. Para instituir la no-guerra (no confundir con la paz) necesitamos de instituciones, y esas son las que quiere destruir Putin en su locura antioccidental. Sin embargo, Xi, de alguna manera, necesita conservar a algunas de esas instituciones, aunque no más sea para apoderarse de ellas.

 

 

De acuerdo a Michael Ignatieff, vivimos en «un mundo sin misericordia», y si la comunidad de naciones no está en condiciones de alcanzar la paz, todavía queda la posibilidad de limitar las guerras. Para reafirmar su posición Ignatieff nos habla de «las leyes del infierno». Así distingue Ignatieff entre el «jus ad bellum», o fundamentos jurídicos que justifican la guerra (es el caso de Ucrania e Israel) y el «jus in bello», que es la ley que rige las formas de combatir.

 

 

Seguramente será imposible que EE UU y China se pongan de acuerdo en el primer punto («jus ad bellum»), el de la legitimidad de las guerras. Pero al menos podrían ponerse de acuerdo en el segundo («jus in bello»), el relativo a las formas de las guerras.

 

 

En el caso de unas posibles conversaciones chino- norteamericanas, el acento deberá estar puesto en la aceptación o no de las resoluciones de Ginebra de 1949 sobre la reglamentación de las guerras. Precisamente son esas las resoluciones que Putin ha decidido violar.
Por cierto, sería mayúscula ingenuidad creer que las guerras se ajustarán alguna vez a un derecho establecido jurídicamente en un nivel mundial. Para Netanyahu los muertos civiles son un mal, pero un mal inevitable en una guerra que tiene lugar en zonas pobladas como Gaza. Para Putin, el ataque intencional a la población civil es su principal estrategia de guerra, y a ella ha apostado con minuciosa crueldad. Pero, y esto es lo importante, el solo hecho de que los representantes de las potencias mundiales hablen sobre el tema, es de por sí un acto político. Y mientras haya política, la guerra no será total.

 

 

O para decirlo otra vez con los términos de Ignatieff: «solo la política, no el Derecho, puede impedir que sigamos descendiendo a los infiernos».

 

 

Fernando Mires

X: @FernandoMiresOl

Varios frentes, una sola guerra

Posted on: octubre 15th, 2023 by Super Confirmado No Comments

 

¿Cuál es el objetivo de Hamas?

 

 

No es necesario divagar mucho sobre el tema. Hamas lo ha repetido sin cesar, casi en cada declaración pública: el objetivo es la erradicación del estado de Israel. Un objetivo delirante, sin duda. Pero no menos delirante que el de la Alemania nazi: fundar un Dritte Reich. Ni tampoco que el de la Rusia de Putin: crear un nuevo orden mundial comenzando por la absorción de Ucrania.

 

 

Los dictadores y quienes los siguen suelen trazar objetivos delirantes. No obstante, si los objetivos son delirantes, los medios utilizados para alcanzar esos objetivos no siempre lo son. Por el contrario, suelen ser realistas, bien pensados y con buen uso del cálculo geopolítico.

 

 

De tal modo que por muy brutal y genocida que haya sido el ataque del 7 de octubre de Hamas a Israel, hay en su ejecución una racionalidad que es importante captar. Es la siguiente: Hamas sabía que Israel no podía sino responder como ha respondido, es decir, usando el terror contra el terror. Eso significa: Hamas quiere embarcar a Israel en una cruenta guerra en la que Hamas supone que Israel puede perder, si no militar, al menos políticamente.

 

 

EL TERROR CONTRA EL TERROR

 

 

Obligados a responder al ataque terrorista, los ejércitos israelíes no tienen más alternativa que empaparse con sangre palestina. Pues al terrorismo, sobre todo al del Hamas, no se puede enfrentar de modo convencional. Más todavía si consideramos que los miembros del Hamas son un día furiosos soldados y otro día, piadosos padres de familia. No constituyen un ejército regular, eso es más que sabido. Responder al Hamas –e Israel no puede hacer otra cosa sino responder– significa hundirse en un charco de ignominias. La lucha contra el terror, frente a un Hamas mimetizado con la población palestina, solo puede ser terrorista. Es terrible, pero es así. Sin embargo, esto no puede hacer olvidar que el terrorismo lo impuso Hamas, no Israel.

 

 

Hoy, tanto o más que a Hamas, la opinión pública internacional comienza a condenar a Israel. El propósito de Hamas -para todo quien no sea putinista, yihadista o de extrema derecha o izquierda– está en este caso clarísimo. De tal modo que, si alguien protesta, no solo por las atrocidades de Hamas, sino también por las que a diario comete la Rusia de Putin en Ucrania, no va a faltar el moralista, el humanista, el ultraizquierdista, el fascista, que te va a decir: ¿Y por qué no condenas los crímenes que está cometiendo Israel en Gaza?

 

 

Cierto, la solidaridad con Israel es grande. Pero solo hasta que Israel comienza a defenderse.

 

 

Dándose cuenta de la trampa a que está siendo empujado Israel (y con ellos sus aliados) el presidente Biden sugirió a Israel atenerse a las leyes de la guerra. Por lo demás, solo una advertencia pro-forma. El mismo Biden sabe que en contra de enemigos terroristas, sea en Vietnam, en Afganistan, en Irak, los EE UU tampoco pudieron atenerse a ninguna legalidad. El terrorismo, por definición, impone la ilegalidad.

 

 

No hay duda, el proyecto de Hamas, y el de las naciones que la apoyan, Qatar, Irán, Rusia, es de una diabólica habilidad. Si Israel al responder se ve obligado a violar las reglas internacionales de la guerra (pensadas solo para guerras convencionales) legitimará, aunque no quiera, las violaciones que cometen las tropas de países gobernados por terroristas en otros lugares. Y precisamente eso es lo que buscan Putin y los ayatolas: Terminar con las reglas de la guerra. Como constató Anne Applebaum: en las guerras de nuestro tiempo, “ya no hay reglas”. Para ser más preciso, nunca las ha habido. La diferencia es que hoy la violación de las reglas es la norma. Corresponde con el propósito de las naciones antidemocráticas de terminar con la vigencia de los derechos humanos, pues desde su perspectiva, estos son vistos como productos occidentales. Ya lo estipuló el mismo Xi Jinping – a quien no gusta que le digan dictador-: los derechos humanos no pueden ser los mismos en Occidente que en China. Con eso quiso decir: “nosotros podemos violarlos cuando se nos dé la gana”. Sin duda, lo hacen.

 

 

Después de arrastrar a Israel a una guerra terrorista, lo más probable es que Hamas suponga que esa guerra no va a quedar ahí sino va a escalar, vale decir, esa guerra no será local sino, por lo menos, regional. Supuesto no infundado: si hay algo que une a la mayoría de los gobiernos y a la población de la región islámica, es el odio a Israel.

 

 

LA LUCHA POR LA HEGEMONÍA EN EL ESPACIO ISLÁMICO

 

 

Israel, pese a las tendencias autocráticas presentes en el gobierno de Netanyahu, es la única democracia de la región, o dicho en la versión culturalista, adoptada por el islamismo duro, Israel es un trozo de Occidente incrustado en el corazón del mundo islámico. Israel, para Irán y su brazo palestino, Hamas, es un invasor: no solo territorial sino religioso, cultural y, sobre todo, político. De ahí que no es errado pensar que, en el marco general determinado por una guerra a Occidente –decretada por Putin dos días antes del ataque de Hamas a Israel– el islamismo radical espera desatar una inmensa guerra islámica en contra de Israel, paralela y articulada con la guerra en contra de Occidente que busca impulsar Putin a partir de Ucrania. ¿Por qué ahora y no antes? La pregunta no deja de ser irrelevante para entender el sentido de la guerra que comienza a gestarse en el Oriente Medio. Creo advertir aquí dos razones.

 

 

La primera razón no debe haber escapado a Irán-Hamas. En estos momentos, Netanyahu y la ultraderecha israelí, en su propósito de convertir al poder judicial en un aparato de gobierno, ha desatado intensas movilizaciones populares y democráticas al interior de Israel. El avance de estas últimas puede llevar a Israel a un proceso de re-democratización y dar así lugar a sectores que buscan vías políticas de interlocución con la Autoridad Palestina, dejando a Hamas fuera del juego. Por lo contrario, una guerra terrorista fortalece la alianza ultraderechista que representa Netanyahu. Afortunadamente la propia oposición democrática israelí se dio cuenta a tiempo de la trampa tendida por Hamas y acordó, junto con el gobierno de Netanyahu, formar una comisión de todos los partidos para dirigir el curso de la guerra. El frente interno, al que Hamas consideraba dividido, se encuentra hoy unido, aunque solo sea contra Hamas.

 

 

La segunda razón es a nuestro juicio más decisiva. En gran parte, a iniciativa de los Estados Unidos, pero también a partir de intereses comunes, Israel y Arabia Saudí, más los Emiratos, venían realizando encuentros tendientes a buscar una mayor cooperación económica, los que sin duda traerían consigo un acercamiento diplomático entre esas naciones, encuentros que no solo liquidarían las pretensiones hegemónicas de Irán en el mundo islámico sino, además, podrían abrir el paso a soluciones políticas con referencia al caso de Palestina. Por cierto, eso atenta directamente en contra de las pretensiones de Irán, cuyo gobierno quedaría definitivamente descolocado en la región, algo que tampoco convendría geopolíticamente a los aliados más estrechos de Irán, la Rusia de Putin y esa colonia militar de Rusia llamada Siria.

 

 

La disputa hegemónica entre Irán y Arabia Saudí no es, ni con mucho, nueva. La guerra de Yemen, entre otros conflictos que asolan en el espacio islámico, fue y es una guerra de representación (o guerra subsidiaria) donde lo que definitivamente está en debate es la supremacía regional de una de ambas semi-potencias. Como es sabido, Arabia Saudí lidera en Yemen una coalición formada por Kuwait, Bahreim, Catar, Sudán, Egipto, Jordania y Marruecos, más el apoyo logístico de los EE UU en contra del sector shií (utíes) apoyado por Irán, con el siniestro concurso de al Quaeda y el Estado Islámico. En ese sentido, el ataque terrorista de Hamas debe ser captado también como una acción dirigida en contra de Arabia Saudí a cuyo gobernante, el príncipe Mohammad bin Salman, los iraníes y los terroristas de Hamas califican como traidor a la “causa islámica”. Ahora, desde su punto de vista común, Hamas e Irán tienen razón.

 

 

En el caso de que el acercamiento entre Israel y Arabia Saudí patrocinado por EE UU hubiera fructificado, habría tenido lugar la formación de un cordón islámico anti-Irán el que probablemente podría incluir a Egipto e incluso a Turquía. Desde la posición iraní, el ataque de Hamas a Israel puede ser visto entonces como una operación quirúrgica de extrema urgencia.

 

 

En fin, todos los indicios apuntan directamente a Irán como director de la operación ejecutada por Hamas en Israel, aunque el presidente Biden, muy interesado en que la guerra no escale, adujo que aún faltaba la prueba decisiva. No así para Anthony Blinken quien dio a conocer la versión no oficial cuando dijo: “Irán y Hamas tienen una larga tradición. Hamas no sería Hamas sin el apoyo que ha recibido durante años de Irán”

 

 

Lo mismo sucede con la implicación de Rusia en la guerra islamista a Israel representada por el Hamas, la que evidentemente no fue directa. Tampoco hay pruebas escritas de la participación de Rusia en la guerra de Hamas a Israel, pero estas parecen ser más que obvias.

 

 

No solo son conocidos los estrechos vínculos que mantiene Putin con Hamas, también lo es la estrategia antioccidental que ha construido Putin junto con la teocracia iraní. Entre ambas dictaduras existe una suerte de “comunidad de destino”. De tal modo que es absolutamente inimaginable que Putin no hubiera estado al tanto de las operaciones terroristas que iba a iniciar Hamas en Israel.

 

 

Ni el hecho de que Netanyahu no hubiera ayudado a Ucrania cuando así lo solicitara Zelenski, ni que las relaciones entre los gobiernos de Israel y Rusia puedan ser calificadas como óptimas, son argumentos suficientes para despejar la inocencia de Putin en la guerra declarada por Hamas a Israel. De hecho, dicho en primer lugar, esta nueva guerra calza perfectamente con el proyecto internacional de Putin dirigido a impulsar un nuevo orden mundial mediante una alianza de las potencias anti- occidentales entre las que cuenta, aún antes que con China, con Irán.

 

 

En un segundo lugar, la guerra de Irán-Hamas a Israel favorecería objetivamente a Putin en su guerra de invasión a Ucrania. Por de pronto, sacaría a Ucrania del centro noticioso, lo que le permitiría redoblar sus ataques terroristas al país vecino sin exponerse a las duras críticas que desde todos lados provienen. Pero, sobre todo, visto desde la perspectiva militar, obligaría a los EE UU y a Europa a desplazar por lo menos una parte de la ayuda militar que hoy presta a Ucrania, hacia el Oriente Medio. Y no por último, con una guerra escalada en Oriente Medio, aparecería otro frente de guerra en contra del mismo adversario, al que Putin llama Occidente, es decir, todas las naciones democráticas de Europa, del sur de Asia y Norteamérica.

 

 

¿Estamos frente a una tercera guerra mundial? No está muy claro todavía. Lo que sí percibimos es que tanto en Ucrania como en Israel hay dos frentes de guerra con connotaciones mundiales, además de otros frentes menores en el Cáucaso y en los Balcanes. Sin obviar por supuesto los frentes políticos que pueden ser tanto o aún más decisivos en Europa y en los EE UU frente al avance electoral de las derechas fascistoides y del trumpismo.

 

 

Una sola guerra con muchos frentes no es el destino que nos espera. Ya es una realidad.

 

 

Fernando Mires

Polis

Pensar el mundo

Posted on: junio 24th, 2023 by Lina Romero No Comments

 

 

Si me preguntaran si todavía pienso en si la historia está sujeta a leyes, respondería: sí. Estoy convencido de que la historia está sujeta a una ley fundamental. A esta ley la denomino, la ley de la contingencia. Esa ley dice: nunca los hechos, ni siquiera los procesos (que son articulaciones de hechos) van a resultar como tú lo imaginas. Quiero decir: el futuro imaginado es un imaginario que actúa sobre una base real (lo real según Lacan, es lo indeterminado, lo desconocido, lo que está más allá de la realidad chiquitica que habitamos) En esa mini realidad, pensamos y actuamos: es nuestro minimundo.

 

 

¿Y quiénes somos nosotros? Responderé con Sartre: seres que hemos sido arrojados al mundo sin saber por qué ni para qué. Pero ya que estamos aquí, tenemos que ser en lo más inmediato: vivir. Y como nos hicieron pensantes, tenemos que pensar, es decir, hacernos preguntas que intentamos responder desde dentro de la caverna, tan lejos de la luz platónica. Y como no se puede pensar sin hacer preguntas, seremos seres preguntones. Y como a las preguntas hay que responderlas, seremos también, seres respondones.

 

 

En breve, no solo vivimos en el mundo como las almejas, además, pensamos en el mundo. Hagas lo que hagas, no podemos sino pensar. Vivir es pensar (entre otras cosas). Ahora, pensar es pensar a través del tiempo, es ser en el tiempo y, por lo mismo, pensar es una actividad tridimensional. Pensamos en el presente, desde el pasado y hacia el futuro.

 

 

Un futuro sin pasado es un tiempo imposible. El futuro no es sino el pasado que avanza. Un río que va “a dar a la mar que es el morir” según la copla de Jorge Manrique. Por eso, si el río no avanza hacia el futuro, el presente se convierte en puro pasado. Los días están atados con un hilo, dijo con razón Hamlet, y el mismo entendió que para entender su locura, debía aceptar que el hilo que ataba a los días se había roto. Esa ruptura la denominamos en palabras poco amables, locura. Mantener el hilo, o la cuerda que ata a los tiempos, la llamamos en cambio, cordura. Ser cuerdo es vivir atado a la cuerda que ata a los tiempos del ser.

 

 

Pensemos por ejemplo en cualquier gran suceso que haya marcado la historia: la toma de la Bastilla, la batalla de Waterloo, la primera guerra mundial, la segunda guerra mundial, el derrumbe del muro de Berlín, el 11-9 norteamericano, la invasión rusa a Ucrania, y varios más. Para todos esos hechos tenemos explicaciones, algunas cuerdas, otras descabelladas. Pero las tenemos porque fueron hechos, y los hechos se hicieron. Podemos indagar acerca de por qué ocurrieron. Lo que no podemos hacer –si es que no somos negacionistas- es negar que existieron.

 

 

UCRANIA COMO CONTINGENCIA

 

 

Pensemos, para ejemplificar, en el último de los hechos nombrados, la invasión rusa a Ucrania. Puede que no sea sea el hecho histórico más importante (eso lo sabremos después) pero en el tiempo, es el más cercano. Un hecho que ahora, visto después que ocurrió, aparece ante nuestros ojos como algo muy fácil de haber sido previsto. Incluso documentalmente previsible. Putin -como Hitler, quien antes de ser electo escribió que “la raza judía” debía ser eliminada de la faz de la tierra- había escrito un ensayo asegurando que Ucrania por razones derivadas de una común consanguinidad (!¡), era parte de Rusia (2021). Putin había anexado por la fuerza a otras naciones (parte de Chechenia y Georgia en el 2008) y había invadido a Ucrania el 2014, robándose Crimea. Ya había anunciado incluso que había que modificar el orden político mundial (discurso de Münich 2007) y sin embargo, el 24 de febrero de 2022, a pesar de todos esos anuncios, la mayoría de los gobernantes occidentales fueron sorprendidos por la invasión rusa a Ucrania. ¿Cómo podemos explicarnos esa sorpresa frente a un hecho que hoy nos parece tan previsible?

 

 

Barajemos algunas hipótesis: la más divulgada es la que afirma que la mayoría de los gobernantes europeos fueron seducidos (comprados, dicen otros) por el gas y el petróleo ruso. No obstante, esta hipótesis no responde a la pregunta del por qué. Y para responderla nos vemos obligados a formular una segunda hipótesis: pues, porque sencillamente no creían que Putin iba a hacer una invasión a Ucrania. Así no más. Pero la respuesta no está dada. Ahora viene entonces la pregunta clave:¿por qué no lo creían capaz de hacerlo? La respuesta no puede ser otra que la siguiente: la mayoría de los gobernantes occidentales proyectaron su propia racionalidad hacia la cabeza de Putin.

 

 

Acostumbrados a pensar en términos de costos- beneficios, los mandatarios, sobre todo los europeos, supusieron que Putin no iba a arriesgar el futuro de Rusia sacrificando sus excelentes relaciones económicas y políticas con Occidente. Claro, puede ser que Putin también se haya equivocado y pensado en que, aparte de un endurecimiento temporal de las sanciones no era mucho lo que iba a pagar por su atrevimiento invasor. De acuerdo a su propia racionalidad, puede que no haya imaginado la decisión con que Occidente iba a enfrentar la ocupación de Ucrania. Así como Occidente cultivaba la noción de un Putin cruel, pero racional, Putin cultivaba la visión de un Occidente enriquecido, pero incapaz de arriesgar el bienestar de sus naciones por una “provincia” llamada Ucrania.

 

 

Suponiendo entonces que la invasión a Ucrania ocurrió como consecuencia de una doble equivocación, la de Occidente con Putin y la de Putin con Occidente, la conclusión es evidente: hay un error fundamental en la que los humanos solemos caer, y este error es pensar en los otros como si nosotros fuéramos los otros. Me refiero a esa impronta propia al pensamiento humano que lo lleva a no poder escapar de su propia subjetividad. Más todavía si pensamos en que ese pensamiento no es tan libre como nos imaginamos pues, de alguna manera, está determinado, aunque sea inconscientemente, por el deseo de que algunas cosas no sucedan. Solo una inteligencia artificial está libre del peso del deseo. Y como el deseo se expresa siempre en tiempo presente, imaginamos el futuro, aún el más lejano, como si fuese una simple extensión del presente.

 

 

“¿Por qué fue necesaria una guerra asesina en Ucrania para que Alemania se diera cuenta de la amenaza de Rusia?”, es el largo título de un interesante artículo escrito por la historiadora alemana Helene von Bizmark. Su respuesta, en cambio, es corta. Nadie pensó en Alemania (en Europa tampoco) que la Rusia de hoy no es solo una prolongación de la ex URSS, sino algo muy distinto. En otros términos, casi nadie pensó en lo peor. Como en los comienzos de Hitler, nadie pensó en el Holocausto, como en los comienzos de Stalin nadie pensó en el Gulag, como durante los primeros años del gobierno Putin, nadie pensó –aunque los indicios se acumulaban– en el genocidio que hoy es cometido en Ucrania. Volviendo a las primeras líneas, nadie pensó en la contingencia que nos depara el futuro porque la imaginación que surge de nuestros deseos bloqueaba ese pensamiento.

 

 

No estamos condicionados, quiero decir, para pensar en lo peor. No podemos aceptar que el futuro no es solo una simple prolongación del presente, sino algo distinto, determinado por hechos imposibles de prever. Y sin embargo, he aquí nuestra tarea de Sísifo: como seres pensantes estamos obligados a pensar en el futuro. El campo de lo imaginario es un futuro pensado con la simbología del campo del presente.

 

 

Pensamos el mundo pero pensamos en el mundo. ¿Cómo será el mundo después de la invasión de Putin a Ucrania? Todo depende en parte de la forma como se resuelva la guerra, eso lo sabemos. ¿Con una victoria de Rusia y la consiguiente anexión de Ucrania, o con una victoria de Ucrania la que aún perdiendo parte de su territorio podría llegar a emerger como una nación europea, libre, soberana y democrática? No obstante, también sabemos, o mejor dicho presentimos, que la confrontación en Ucrania puede llegar a ser un detalle de no mucha importancia comparado con el dilema mundial que aparecerá nítido después de Ucrania: la confrontación entre dos megapotencias, China y Estados Unidos, buscando cada una ocupar un lugar hegemónico en el mundo. ¿Cómo se resolverá este antagonismo? Esa respuesta ha sido intentada responder por el conocido internacionalista norteamericano, Ian Bremmer.

 

 

EL ORDEN DEL FUTURO

 

 

Ian Bremmer, un pensador muy original, ha escrito recientemente un artículo cuyo título es decidor: “La próxima potencia mundial no será la que se piensa”. Deconstruyendo los tenores dominantes en los pronósticos mundialistas, Bremmer nos sorprende con una afirmación: “Ya no vivimos en un mundo unipolar, bipolar o multipolar”. Por el contrario, aduce, el mundo que se avecina será interactivo. En cierto modo ya lo es. Lo que hoy tenemos, y al parecer, seguiremos teniendo –es su tesis- son múltiples órdenes mundiales “separados pero superpuestos”. En otras palabras, habrá un escenario de hegemonías compartidas.

Estados Unidos, según Bremmer, seguirá siendo un actor dominante en términos de seguridad (para bien o para mal, no lo dice) Pero el poderío militar norteamericano no es suficiente para establecer las reglas de la economía global y, en ese punto, deberá competir y compartir con China pues la economía norteamericana y la china han llegado a ser, en el espacio global, intensamente interdependientes.”No se puede tener una guerra fría económica si no hay nadie dispuesto a luchar contra ella”, dictamina Bremmer con mucha lógica.

 

 

En ese marco descrito por Bremmer, la Unión Europea actuará como un mercado insustituible para China y Estados Unidos, Japón seguirá siendo una potencia económica y si India mantiene sus actuales índices de crecimiento, se unirá a la multipolaridad dominante. Pero existe, además, otra posibilidad: y esta es que, debido a la aceleración de la revolución tecnológica de nuestro tiempo (por ahora digital y energética) las empresas tecnológicas, imbricadas entre sí en un tejido interminable de redes, lograrán una autonomía relativa con respecto a los estados nacionales, hasta el punto en que, emancipadas de amarras políticas, pueden llegar a a dictar condiciones a los estados, y no a la inversa. De acuerdo a esa posibilidad, Bremmer configura tres escenarios:

 

 

1. Si los estados nacionales siguen ejerciendo preeminencia sobre la tecnología, puede desatarse “una guerra fría tecnológica” (podría ser la que estamos viviendo).

 

 

2. Si las tecnologías se emancipan relativamente de los estados nacionales, puede tener lugar la conformación de un orden mundial digitalizado, reservándose para los estados nacionales los espacios económicos y de seguridad.

 

 

3. Si el espacio tecnológico supraestatal se convierte en dominante, puede llegar a conformar “un orden mundial por sí mismo” en condiciones de dictar reglas en la seguridad y en la economía internacional. Por ahora este escenario parece de ciencia ficción pero, para Bremer, es inevitable.

 

 

EL PODER DEL DESTINO

 

 

Imaginar el futuro es gratis. Cada uno puede hacerlo según sus ideas, creencias o, como Bremmer, cálculos. Sus escenarios pueden ser perfectamente posibles. No lo ponemos en duda. Pero también pueden no darse. Los hechos se dan solo cuando se dan, más allá de las condiciones que los hacen posibles.

 

 

Pienso por mi parte que este, y otros cuadros imaginativos, aun los que se basan en tendencias reales como las que configura Bremmer, dejan de lado algunos aspectos que pueden ser tan determinantes como los aquí expuestos.

 

 

El primer aspecto es que los seres humanos no solo compiten tecnológica, económica y militarmente entre sí. La mundialidad económica, tecnológica y militar, no suprime las diferencias de ser en el mundo, diferencias que pueden ser religiosas, culturales o de simples modos de vida. Para nadie es un misterio, por ejemplo, que para ordenes reglados por la religión o por la tradición, Occidente continuará siendo perverso, blasfemo y libertino. Peor todavía: Occidente, por el solo hecho de existir, es occidentalizador. Su fuerza no reside solo en los números ni en los aparatos, sino en su inevitable poder de atracción devenido de libertades que en otras partes no se dan. Estados Unidos y Europa son por muchos, odiados, pero masas de seres humanos quieren vivir en Estados Unidos y en Europa, o por lo menos, como en los Estados Unidos y en Europa. De ese poder de atracción carece China. En materias relativas a las libertades humanas, China no está en condiciones de competir.

 

 

En lo que entendemos por Occidente, la revolución digital corre de modo paralelo con una revolución en las relaciones de género y de sexo, revolución que, guste o no, existe. En el no-Occidente, la revolución tecnológica avanza, pero las relaciones culturales y sexuales continúan siendo rehenes del más lejano pasado. Sus gobiernos despóticos, también.

 

 

Las confrontaciones entre el pasado y el presente suelen ser tanto o más cruentas que las económicas o tecnológicas. Al sobrevalorar a las primeras en desmedro de las segundas, analistas como Bremmer no dejan ningún espacio para la competencia política, expresada hoy en la contradicción esencial que se da entre ordenes democráticos y ordenes autocráticos, sean estos últimos dictatoriales o totalitarios. Las teocracias islámicas así como el despotismo totalitario que crece en China, puede llevar a tensiones imposibles de ser resueltas mediante el concurso de la razón tecnológica y económica. La política, en fin, no es un subproducto de la economía, ni del desarrollo de las fuerzas productivas, según los marxistas, ni de las invisibles leyes reguladoras del mercado, según los liberales.

 

 

No por último hay que tener en cuenta que la historia está hecha por seres humanos y no por procesos objetivos, por más universales que ellos sean. Y bien, no hay nada más impredecible que un ser humano cuando, independientemente a constituciones y leyes, llega a controlar por sí solo los mecanismos del poder político. Lo estamos viendo hoy en los casos de Kim Jong-un y de Putin. Tampoco hay una póliza de seguros que convierta en  imposible un triunfo de Trump o de Le Pen o incluso de algo peor (pienso en el avance creciente de la ultraderecha alemana). Del mismo modo, no hay ninguna lógica objetiva que nos proteja de la irracionalidad de sectas religiosas como las que controlan el poder en Irán o Arabia Saudita, o de la de mandarines ideológicos como son lo que comandan el Partido Comunista Chino. Lo que hoy aparece como imposibilidad, mañana puede aparecer como posibilidad.

 

 

La guerra en Ucrania, para ejemplificar con una realidad actual, no era inevitable y por lo mismo no puede ser considerada el resultado de un proceso histórico objetivo. Por el contrario, todo parecía indicar, ya desde los tiempos de Gorbachov y Yelzin, que Rusia iba a unir su destino económico y tecnológico, incluso cultural, con Occidente. Tuvo que aparecer un monstruo contingente llamado Putin para que toda la promesa encerrada en un proceso histórico que parecía posible, fuera revertido y con ello, desatados todos los horrores que día a día estamos viendo en la pantalla.

 

 

Escribió Antonio Machado: “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”. Hoy podríamos decir: “Caminante, no hay destino, se hace destino al pensar”. Y como las realidades en las que pensamos, llegan y se van, no hay otra posibilidad que pensar el destino del mundo de modo constante. No sé si esa tarea es nuestra condena. Pero si no la cumplimos, dejamos de pensar.

 

 

 

Referencias:

 

Ian Bremmer – LA PRÓXIMA POTENCIA GLOBAL NO SERÁ LA QUE SE PIENSA (polisfmires.blogspot.com)

 

Helene von Bismarck – ¿Por qué fue necesaria una guerra asesina en Ucrania para que Alemania se diera cuenta de la amenaza de Rusia?

(polisfmires.blogspot.com)

 

Fernando Mires – EL NUEVO-VIEJO ORDEN POLÍTICO MUNDIAL (polisfmires.blogspot.com)

 

La cocinera de Lenin

Posted on: junio 13th, 2023 by Lina Romero No Comments

 

Nota: este texto es un fragmento de mi libro Introducción a la Política, Buenos Aires 2004

 

 

Fue Lenin, en uno de sus muy escasos arranques utópicos quien escribió que durante el comunismo una cocinera deberá estar en condiciones de administrar los problemas más complicados del Estado (Lenin, 1960, 2, p. 373). De acuerdo con esa utopía, destruía Lenin nada menos que el límite que da sentido y razón a la existencia política. No hay nada más privado ni más doméstico, en un hogar, que la cocina. Naturalmente, quizás llegará el día en que una cocinera estará en condiciones de administrar los asuntos más políticos del Estado. Pero –y eso es lo importante– no como cocinera sino como política, o si se prefiere, como alguien que a la digna profesión de cocinera ha agregado otra, la profesión política, pero sin confundir la una con la otra. Si hay médicos, abogados, sociólogos, obreros, actores, y hasta curas que se han convertido en brillantes políticos, no hay ningún argumento en contra de la posibilidad de que una cocinera (o una peluquera, o una modista) no pueda hacerlo. En algunos países democráticos, aun sin haber alcanzado el comunismo, eso es ya hoy perfectamente posible. Lo imposible es convertir la política en un estofado (aunque debo confesar que ha habido políticos que han estado a punto de hacerlo); o un sabroso postre en un producto político.

 

 

Fue el mismo Lenin quien en el menos utópico de todos sus trabajos, en su famoso ¿Qué hacer? (Lenin, [1903], 1, 1960), llegó a establecer el verdadero sentido autonómico de lo político como esfera de acción esencialmente diferente a la económica o doméstica. No deja de ser curioso, sin embargo, que ese texto, en donde se encuentran las opiniones más prácticas de Lenin, haya sido combatido no sólo por sus enemigos “de clase” sino, desde los tiempos de Rosa Luxemburgo, por gran parte de la izquierda europea denominada a sí misma democrática o no dogmática. En ese texto, y con extraordinaria sinceridad, afirmaba Lenin que la clase obrera, de por sí, es incapaz de generar una conciencia política revolucionaria; en el mejor de los casos sólo puede generar una conciencia “tradeunionista” (economicista) de tal modo que ésta, la conciencia revolucionaria, debe provenir, no desde el interior sino desde el exterior de “la clase”, por medio de revolucionarios profesionales, organizados, políticamente, en un Partido. Los enemigos de Lenin, en particular los socialdemócratas alemanes, vieron, y con razón, que el agudo Lenin quebraba con esa tesis el sacrosanto dogma relativo a la condición inmanentemente revolucionaria del proletariado; es decir, que Lenin, quizás sin proponérselo y, por supuesto, sin decirlo, se estaba despidiendo, y de un solo plumazo, del marxismo. Estaba, en buenas cuentas, diciendo “adiós al proletariado” muchos años antes de que lo hiciera André Gorz (1980).

 

 

Efectivamente, los representantes del marxismo, hasta Lenin por lo menos, en una disposición abiertamente antipolítica, habían suprimido el espacio de lo político, identificándolo con el espacio de las reivindicaciones sociales y económicas de la “clase”, ya fuera en el estilo “reformista” de Kautsky, ya fuera en el estilo “revolucionarista” de Luxemburgo. Lenin, por el contrario, reconocía que tales reivindicaciones, siendo muy importantes, no podían –en esa forma no política– tener representación y acceso al espacio político, sino que debían ser políticamente reformuladas, es decir sustituidas por la actividad de políticos revolucionarios profesionales. Por cierto, no se trataba de los políticos profesionales de Weber (que en primer lugar dependen del Estado) sino de políticos profesionales que dependían de una empresa privada y anónima, que eso era, en ese tiempo, el bolchevismo. Desde esos días comenzó a circular el término “sustituismo”, que en el marxismo occidental tuvo siempre una connotación altamente peyorativa. Lo que nunca entendieron los enemigos del “sustituismo” es que la política, para ser política, siempre tiene que ser sustitutiva. Sustitutiva en el sentido de que un interés económico, así como una pasión, o un sentimiento, o una emoción no pueden presentarse en esa forma “cruda” en el espacio político, sino que tiene que ser puesto en forma política, y por cierto, por personas –en este caso los bolcheviques de Lenin– que dominen el lenguaje antagonista y polémico de lo político.

 

 

Las posiciones “sustituistas” de Lenin han sido incluso presentadas por sus enemigos de izquierda como antecesoras de la dictadura del partido en la URSS. Probablemente, en muchos puntos, el leninismo es el antecesor directo y natural del estalinismo; y el autor de estas líneas no siente ningún deseo de seguir quebrando lanzas a favor de Lenin. Pero, en ese punto, al menos –hay que ser honestos– no lo fue. Porque en la práctica, Stalin no llevó a cabo ningún acto político de sustitución. Stalin no sustituyó ninguna clase por un partido o por un Estado. Para eso habría requerido de la existencia de un espacio político donde realizar el acto de sustitución. Por el contrario, Stalin destruyó definitivamente el espacio político donde podían tener lugar los actos sustitutivos que requiere siempre la representación política. Si de parte de Stalin hubo sustitución, fue exactamente en el sentido inverso al propuesto por Lenin. En lugar de sustituir lo económico por lo político, sustituyó lo político por lo económico en aras de “la revolución industrial en un solo país” (Mires, 1984). El estalinismo radicalizó los postulados liberales y socialdemócratas que neutralizaban lo político en aras del desarrollo técnico e industrial. Pero Stalin no sólo neutralizó (o sustituyó) la política, sino que la destruyó, y con tanta consecuencia y radicalidad que aún hoy, años después del fin del comunismo, no puede reaparecer sobre la pobre Rusia algo que se parezca un poco a lo que debe ser la política. En ese sentido, Stalin fue consecuentemente marxista, tanto o más que Lenin. Asumiendo la representación oficial de la violencia, aquella partera de la historia de Marx dio a luz al totalitarismo soviético, que junto con el fascismo, es la más antipolítica de las monstruosidades que ha producido la humanidad en su historia. No habiendo espacio político de sustitución, el Estado polí-tico –para usar la terminología de Schmitt– no podía sino convertirse en un Estado económico. Y como lo económico sustituyó a lo polí-tico, la economía del régimen debería ser, en primera instancia, poli-cial.

 

 

Alguien tan insospechadamente leninista como Hannah Arendt postuló también –por supuesto con otra terminología– que una de las razones que llevaron al marxismo a constituirse en una de las ideologías más antipolíticas de nuestro tiempo, reside en su herencia jacobina que le lleva a identificar la cuestión de las libertades políticas con la cuestión social en general.

 

 

La particularidad de la revolución norteamericana, a diferencia de la francesa y de la rusa después, reside en el carácter exclusivamente político de la primera, mientras que las dos últimas, obcecadas en resolver la cuestión política mediante el mecanismo de la cuestión social, es decir, mediante la redención económica de las clases oprimidas, lleva a una confusión que ha resultado fatal para el desarrollo político de la modernidad.

 

 

En el hecho, la “cuestión social” y la revolución política son dos procesos diferentes que pueden coincidir pero que no pueden ser asimilados el uno, automáticamente, en el otro (Arendt, 1974).

 

 

No obstante, si bien no hay revolución social que haya abierto espacios para las libertades políticas, las revoluciones políticas, vale decir, aquellas que se libran en nombre de la libertad en contra de despotías, tiranías o dictaduras, han abierto por lo menos la posibilidad de que la cuestión social pueda ser llevada a la superficie política y que ahí sea tematizada, problematizada y discutida. Porque, como bien decía Arendt, no se puede luchar por reivindicaciones sociales sin libertad de expresión (Arendt, 2000, p. 248). La libertad de expresión es resultado de las revoluciones políticas y es además condición de transformaciones sociales. Cito a continuación un párrafo de Arendt, en donde explica, con detalle, el sentido que ella confería a la libertad de expresión: “Bajo libertad de expresión yo entiendo no sólo el derecho de expresarme libremente de modo privado, sin ser espiado por un gobierno (que es, como ustedes saben, la regla en todos los países comunistas); ese derecho pertenece más bien a las libertades negativas de la protección normal frente al poder público. Libertad de expresión implica el derecho a hablar públicamente y ser escuchada, y en tanto la razón humana no sea infalible, será esa libertad el fundamento de la libertad de pensamiento. Libertad de pensamiento sin libertad de palabra es una ilusión. Libertad de asociación sin libertad de expresión es además el fundamento para la libertad de acción, que ningún ser humano, por sí solo, puede realizar” (ibíd., p. 248).

 

 

La libertad de la expresión, es decir, el derecho a hablar públicamente y ser escuchado, en forma oral o por escrito, es una de las condiciones que garantiza la lucha por otras libertades. Se incluye dentro de ese derecho, naturalmente, no sólo el de la palabra sino también el del silencio. Sólo allí, donde existe derecho a la palabra, tenemos también derecho a callar. El derecho a la palabra, sin su contrapartida, el del silencio, deja de ser derecho y se transforma en obligación. A la inversa también. Un sistema que te obliga siempre a pronunciarte, a hablar sin cesar, es tan infame como el que te obliga a callar. Pero para tener derecho al silencio hay que poseer, primero, el derecho a la palabra. El silencio es, si así se quiere, un resultado de la palabra. Para que las palabras callen, necesitamos que existan.

 

 

Nótese entonces cuáles son las razones por las que Hannah Arendt pone en primera línea a la palabra sobre el pensamiento y la acción. Porque un pensamiento que no puede ser hablado no tiene sentido. Porque lo que se habla o escribe es condición para la acción política. Porque esa libertad, esencialmente política, es la base sobre la cual pueden ser libradas otras múltiples luchas a las que pertenecen la cuestión social y hoy otras cuestiones, como la nacional, la de comunidad, la ecológica y, no por último, la de género. En breve, para Arendt, al igual que para Hobbes, la libertad de expresión –en lugar de producir anarquía, como siempre imaginan esos enemigos declarados de la palabra del otro que son los dictadores–, jerarquiza, organiza y politiza la realidad en la cual vivimos. Mediante la palabra política introducimos finitud allí donde sin ella sólo existiría una aterradora infinitud.

 

 

Gracias a la libertad de palabra accedemos a la limitación de una realidad que si no es hablada o escrita puede remultiplicarse indefinidamente al interior de la mente de cada uno en imágenes y asociaciones que no tienen más límites que la fantasía de cada cual. Por medio de la libertad de expresión es, en cambio, si no reprimida, por lo menos regulada la anarquía imaginativa de cada ser humano. Ese sin fin del desborde imaginativo adquiere así límites semánticos colectivamente regulados y el pensamiento, a su vez, adquiere contornos y por lo mismo, tiempo o historicidad. No se puede decir todo lo que se quiere a la vez, ni en privado ni en público. Por eso cada palabra busca su tiempo de expresión sobre el vacío de indecibilidad que la rodea. De este modo las palabras estructuran y jerarquizan el tiempo en que vivimos. Esa relación estrechísima entre expresión palábrica, temporalidad, y política, ya en su tiempo la había descubierto Hobbes, a quien Arendt sigue en muchos aspectos. Para Hobbes, la función principal del lenguaje era transmitir en palabras –“o en serie de palabras”– “secuencias de pensamientos” a fin de que se cumplan dos objetivos: el primero, inscribir los pensamientos, para volver a recordarlos, gracias a la ayuda de nuestra memoria. Ese es un objetivo histórico narrativo sin el cual nadie sabría de dónde viene ni hacia adónde va, y la propia actividad política, donde el presente se confunde con el pasado o, como ocurrió muchas veces durante el siglo XX, con un imaginado futuro, sería una imposibilidad total. El segundo objetivo, según Hobbes, es organizar el orden y los contextos entre diversas personas que hablan el mismo lenguaje, de modo que cada uno pueda representar ante el otro sus conceptos, pensamientos, deseos, preocupaciones. “En ese sentido –agrega Hobbes– las palabras serán denominadas signos” (Hobbes, 2000, p. 26). No sería pues mala idea que los semiólogos que hoy se imaginan que han inventado una ciencia nueva se tomaran la molestia de leer a Hobbes quien en 1651 ya decía cosas que hoy se dicen. Arendt, por lo menos, se tomó esa molestia (aunque no es molestia; en verdad, es un placer leer a Hobbes).

 

 

La lucha por las necesidades, en otros términos, no lleva a solucionar el problema de las libertades. Pero sí la lucha por la libertad, que es, en primer orden, libertad de expresión, de palabra y de silencio, es decir, libertad del discurso, es condición para politizar el tema de las necesidades. Pero, entiéndase bien, para politizar; no para solucionar automáticamente. Hay que escuchar, en ese punto, la voz inteligentemente pesimista de Hannah Arendt: “Es muy importante no pasar por alto que la miseria no puede ser derrotada por medios políticos, que todos los testimonios de revoluciones pretéritas –si hemos aprendido a leer bien de ellas– prueban más allá de toda duda que cada intento de solucionar la cuestión social mediante medios políticos, lleva al terror y que el terror es aquello que lleva a las revoluciones al colapso” (ibíd, p. 249).

 

 

Recuerdo en este momento una alocución del ex presidente argentino Alfonsín, quien restableció las libertades políticas en su país después de un largo tiempo de luctuosa opresión militar. Alfonsín dijo, en una ocasión, que él fue elegido presidente por la mayoría de los argentinos para restaurar la democracia, hecho que evidentemente cumplió. Pero que se le quería destituir porque no había solucionado los problemas sociales del país, hecho para el cual no fue elegido. Efectivamente, los argentinos de ese tiempo padecían la pavorosa confusión que prima desde los tiempos jacobinos, herederos al fin del fenómeno industrial europeo, a saber: que la libertad se deduce automáticamente del reino de la necesidad, mundo doméstico y productivo, y –por ser productivo– destructivo, que se rige por reglas completamente diferentes al de la vida política donde, por encima de la igualdad reina sólo el poder de la palabra sin cuya expresión la propia palabra necesidad no existiría.

 

 

Sin palabra no hay política. Sin palabra, las necesidades no pueden ser expresadas. La libertad de palabra es condición (para hablar y para callar) de la igualdad (y de la desigualdad). A la inversa, no ocurre lo mismo. Quiere decir: la cocinera de Lenin, mientras no pueda expresar libremente su opinión, ha de seguir, lamentablemente, en la cocina. Porque la mejor cocinera del mundo no podrá jamás regir los destinos de un Estado, si ese Estado no la deja hablar. Por ahí debería haber empezado Lenin. Pero, a la inversa, si la libertad de opinión existe, y esa es la más política de todas las libertades –diríase, la libertad política por excelencia– no sólo la cocinera de Lenin sino, además, todos los pobres del mundo podrán tener acceso a la política, aunque sea para destituir a quienes a veces tan mal nos representan.

 

 

Fernando Mires

POLIS: Política y Cultura

 

Las falsas narrativas de Lula

Posted on: junio 5th, 2023 by Lina Romero No Comments

Pensaba escribir este fin de semana un artículo sobre las muy importantes elecciones municipales que tuvieron lugar en España. Mi interés, sin embargo, fue desplazado rápidamente hacia los intercambios polémicos entre los presidentes de Chile y Uruguay por un lado, y el presidente de Brasil por otro, acerca de la inclusión de Venezuela, por nadie cuestionada, en las cumbres latinoamericanas.

 

 

El problema -si es que lo podemos llamar así- fue provocado por el mismo Lula, al declarar no válida la narrativa que predomina sobre Venezuela, a saber, la de un gobierno autoritario, incluso autocrático, aunque de origen electoral, pero a la vez irrespetuoso con los derechos humanos y con las normas democráticas. Esa narrativa -es lo que no dice Lula- está basada sobre hechos reales, como testimonia, entre otros muchos informes, el documento elaborado por la comisión Bachelet desde la ONU (2019). De más está decir que para un presidente chileno como Gabriel Boric, aceptar la narrativa de Lula habría significado, sin mas ni menos, declarar como falsa la “narrativa” auspiciada por una ex presidente de Chile en dos periodos consecutivos: Michelle Bachelet.

 

 

La verdad, ni Boric ni Lacalle Pou pensaban poner condiciones a Maduro ni mucho menos cuestionar una participación que corresponde a Venezuela por derecho -podríamos decir, natural- . Las condiciones para una eventual exclusión las puso el mismo Lula al proponer una revisión de las opiniones que priman sobre el gobierno de Maduro. No sabemos si fue una provocación consciente o una torpeza verbal del gobernante brasileño. Nos inclinamos por la primera opción. Maduro y Lula mantuvieron una secreta reunión –algo inusual según el presidente Lacalle- antes del inicio de la Conferencia. El hecho es que fue Lula –no Boric, tampoco Lacalle– quien puso a bailar a Maduro sobre la mesa de los invitados.

 

 

Lula, lo hemos visto continuamente, no oculta sus intenciones por aparecer como un líder continental, un estadista a cargo de una nación que, no sé por qué raras razones, es calificada como potencia emergente, más aún, de una nación cuyo gobierno ha pasado a formar parte de un macro-plan dirigido desde Beijing, elaborado en función de dos objetivos. Uno inmediato y otro a largo plazo. El inmediato es formar un frente de naciones “no alineadas”, bajo hegemonía china, cuyo propósito es crear una mediación en la guerra de Rusia a Ucrania. Ese frente o “club de la paz” (en las palabras de Lula) estaría formado por naciones como India, Sudáfrica, Irán, probablemente Arabia Saudita, y Brasil. De acuerdo al no oculto plan chino, se trataría de construir a largo plazo un bloque de decisión mundial alternativo al formado por las naciones occidentales, aliadas a Estados Unidos.

 

 

¿Y que tiene que ver Maduro con esto? preguntará con razón, el amable lector. Más que algo.

 

 

LAS RAZONES DEL PRESIDENTE LULA

 

 

Venezuela bajo Maduro puede ser considerada un aliado de la Rusia de Putin, quien es, al mismo tiempo, un aliado económico, político y probablemente militar de China. En breves palabras, Maduro puede ser una pieza importante en el tablero ruso-chino. No es casualidad que Sergei Lavrov, el brazo internacional de Putin, haya viajado a América Latina para entrevistarse con los gobernantes de Cuba, Nicaragua, Venezuela y Brasil  (abril 2023). Los motivos del viaje no eran turísticos. Son precisamente los países que el eje ruso-chino observa como aliados potenciales en América Latina. En ese contexto, la Venezuela de Maduro podría llegar a ser una pieza política en el nuevo orden mundial que sueñan Vladimir Putin, Xi Jinping y Lula, el presidente del país latinoamericano más dependiente de China. No exageramos: China es la principal fuente de inversión extranjera en Brasil, con una inversión acumulada de 66.100 millones de dólares entre 2007 y 2020, según un estudio del CBCE. También representa el 47% de toda la inversión china en los países de América Latina.

 

 

El problema para el proyecto chino-brasilero es que, junto a Ortega, Maduro goza de desprestigio universal. En las palabras que usan los periodistas, un “paria”. De ahí entendemos el interés de Lula por blanquear al gobierno de Maduro. Visto así, la narrativa que busca imponer Lula no habría sido resultado de un acto irreflexivo o un impulso provocado por la intemperancia, sino una jugada muy bien urdida con vista a la configuración de una estrategia internacional en el “Sur Global” (para decirlo con la neo-lengua del eje Moscú-Beijing). En fin, un putinista democratizado por acción y gracia de un líder continental llamado Lula. No sabemos si fue exactamente así. Pero las piezas encajan.

 

 

Encajan más si vinculamos lo sucedido en la cumbre de Brasilia con el reciente comportamiento internacional de Lula. Es sabido que desde que gobierna, Lula no ha manifestado el más mínimo asomo de simpatía por la lucha de liberación nacional del pueblo de Ucrania. Todo lo contrario. Ha llegado incluso a culpar a Ucrania de la invasión perpetrada por Putin. Si bien Lula tuvo que reconocer ante la presión internacional, que la guerra de Rusia surgió de una invasión, se ha negado a escuchar a las representaciones oficiales ucranianas, llegando al punto de esconderse de Zelenski, cuando el presidente ucraniano, en la cumbre del G7 en Hiroshima, solicitara entrevistarse con su colega brasileño. Uno de los acompañantes de Lula dijo a los periodistas: “nos pusieron una trampa”. Lula, advirtiendo la metida de pata, agregó que no habla con Zelenski por temas de agenda. Rara expresión la de un presidente que quiere presentarse como fundador de un “club de la paz” cuando se niega a intercambiar palabras con una de las partes involucradas en la guerra. Esa fue la razón por la que los gobiernos de países cuyos gobiernos se han hecho escuchar rara vez en la arena internacional, como son los de Chile y Uruguay, no quisieron aceptar la narrativa lulista que nos presenta a un Maduro democrático, remarcando que esto no significaba oponerse a la participación de Venezuela en el evento.

 

 

Decimos como Lula, “narrativa”. En efecto, si seguimos a Lyotard, la realidad está construida por diferentes narrativas. Pero las narrativas dependen de quien las narra y del cómo se hacen. Hay narrativas construidas sobre opiniones y hay otras construidas sobre hechos reales. Esa es la diferencia entre la narrativa de Lula, construida sobre sus opiniones personales, y la de Boric-Lacalle, construida sobre la base de hechos reales.

 

 

Probablemente los presidentes de Chile y Uruguay piensan que es más conveniente mantener a un gobierno como el de Maduro dentro del marco diplomático latinoamericano. Fuera de ahí, podría, junto con Cuba y Nicaragua, intentar generar de nuevo un mamarracho anti-democrático como fue la fenecida ALBA, fundada por Hugo Chávez.

 

 

Las asociaciones internacionales no deben ser regidas por determinaciones ideológicas. En ese punto hay coincidencia general. La Unión Europea es un ejemplo. Incluso, a un gobierno que se ha propuesto dinamitar todas las resoluciones de la UE, como es el del húngaro Viktor Orban, jamás le ha sido negado su derecho de pertenencia a la asociación. Lo mismo podría suceder con la Venezuela de Maduro. Sin embargo, así como en la UE nadie calla sobre la falta de libertad de opinión, de prensa, e incluso hostigamiento al parlamento en Hungría, también los presidentes Lacalle y Boric hicieron uso del derecho que les corresponde al oponerse al blanqueamiento de Maduro por parte de Lula. En el caso de Lacalle-Pou, perfectamente explicable. El presidente uruguayo pertenece a una derecha democrática y liberal opuesta radicalmente a todas las anti-democracias, y con mayor razón a las de izquierda. Algo más complejo es el caso de Boric.

 

 

LAS RAZONES DEL PRESIDENTE BORIC

 

 

El presidente chileno proviene de una izquierda irredenta en donde tienen cabida todas las posiciones habidas y por haber en el mundo izquierdista. Fracciones de esas izquierdas, sobre todo las que controla el partido comunista, mantienen relaciones e incluso ensalzan a los gobiernos antidemocráticos de América Latina. Boric, en cambio, es fiel a una posición mantenida desde sus tiempos estudiantiles. Repetidamente ha dicho: “no se puede estar en contra de una dictadura de derecha si al mismo tiempo no se está en contra de las dictaduras de izquierda. Los derechos humanos son universales o no son”.

 

 

De tal modo, cuando Boric lidia en contra de la narrativa anti-democrática de Lula, lo hace también en contra de las tendencias antidemocráticas que forman parte del Frente Amplio chileno, de las que hacen gala algunos representantes del partido comunista (Jadué, entre otros). Boric, evidentemente, sigue la ruta trazada por sus antecesores de izquierda. Tanto Lagos, directamente, tanto Bachelet, por medio del ministerio del exterior, se pronunciaron repetidamente en contra de la violación a los derechos humanos cometida en la Venezuela de Chávez y de Maduro. En ese sentido Boric se encuentra en continuidad y no en ruptura con sus antecesores de izquierda. Tanto o más necesaria si se toma en cuenta que en Chile han surgido posiciones que, conjuntamente con el auge del nacional-populismo de derecha encabezado por José Antonio Kast (tan similar al franquismo ideológico del Vox español), intentan reivindicar a la dictadura de Pinochet. De acuerdo a la encuesta CERC-MORI (mayo del 2023) un 36% de los chilenos justifica a la dictadura de Pinochet. La réplica de Boric desde Brasilia, fue muy clara: “Augusto Pinochet fue un dictador, esencialmente anti demócrata, cuyo gobierno mató, torturó, exilió e hizo desaparecer a quienes pensaban distinto. Fue también corrupto y ladrón. Cobarde hasta el final hizo todo lo que estuvo a su alcance para evadir la justicia”. Pero también Boric debe haber comprendido que el hecho de que Pinochet, pese a todos sus crímenes siga siendo popular en Chile, tiene también que ver con el apoyo de sectores de izquierda a regímenes como los de Cuba, Nicaragua, Venezuela, Rusia y China. Efectivamente, esa izquierda es responsable de haber convertido el concepto de dictadura en agua potable.

 

 

Con su rechazo a la narrativa de Lula, Boric intentó marcar una línea tanto hacia el interior como al exterior de su país. En ese intento fue unos pasos más allá que Lacalle. No solo desmintió la falsa narrativa de Lula, además se pronunció en contra de las sanciones impuestas desde EE UU a Venezuela. ¿Lo hizo para equilibrar sus palabras en contra de Maduro? Puede que sí. Pero también para distanciarse de una fracción antidemocrática de la oposición venezolana que, bajo la conducción extremista de Guaidó, López y también, Machado, han jugado a la carta de una insurrección, sin tener siquiera los medios para realizarla.
Evidentemente, Boric es un fenómeno nuevo en el contexto latinoamericano. Aunque nunca, por cierto, va a ser un líder continental. Proviene de un país alejado del mundo, sin peso internacional y, por si fuera poco, carece de un fuerte apoyo nacional.

 

 

EN POLÍTICA NO HAY HERMANDADES

 

 

En el Chile de Boric se repiten de modo asombroso las tendencias que se dieron en las elecciones municipales de España (sobre las que pensaba escribir): Una izquierda en retroceso, una avanzada fuerte de la derecha y de la extrema derecha populista y un muy peligroso vacío de centro. Pero al menos Boric ha entendido que la tarea primordial de nuestro tiempo es defender los espacios democráticos frente a una ola autocrática que crece y crece. Una narrativa autocrática de la que Lula, al igual que su antecesor Bolsonaro, se han hecho parte.

 

 

Lula tampoco puede aspirar al liderazgo continental. No es un autócrata, pero carece de una narrativa coherentemente democrática. Sus silencios frente a la guerra de Ucrania, su sometimiento político a los dictados que provienen de China, sus distanciamientos frente a las democracias occidentales, lo inhabilitan para ejercer cualquiera pretensión de liderazgo. Frente a esa ausencia de conducción, los gobiernos latinoamericanos se verán obligados a crear coaliciones puntuales entre sí, sean de carácter bi-lateral, como la que se dio de modo espontáneo entre Boric y Lacalle, sean de carácter multilateral. Esa es también la razón por la cual, reuniones como las de Brasilia, son tan necesarias. Allí los gobiernos pueden discutir desde sus respectivas posiciones, fijar acuerdos y desacuerdos, unirse y dividirse, en breve, hacer política..

 

 

Al fin y al cabo, todos los pensadores de la política, llámense Antonio Gramsci, Max Weber, Carl Schmitt, Ernesto Laclau, Hannah Arendt, y otros, están de acuerdo en un punto: no la unidad forzada sino la que surge de la división y del debate, es  condición de la política. Los quejidos nostálgicos de Lula con respecto a que hoy no existe en Latinoamérica la hermandad que había ayer, cuando volaban de lado a lado maletines llenos de plata, están fuera de lugar. Nunca ha habido -ni debe haber- hermandad en la política. Si la hubiera, la política y los políticos estarían de más.

 

 

Fernando Mires

POLIS: Política y Cultura

El poder de la tradición

Posted on: mayo 23rd, 2023 by Lina Romero No Comments

 

 

Las elecciones presidenciales turcas de mayo del 2023 fueron seguidas con pasión en Europa y otras zonas del mundo. Como afirmamos en un artículo anterior, toda elección local tiene hoy –sobre todo en tiempos de guerra– una connotación global. Más todavía si hablamos de un país como Turquía, miembro de la OTAN, puente cultural entre la Europa moderna y el mundo islámico. Con un gobierno autoritario, tendencialmente autocrático, cada vez más parecido al de la Rusia de Putin, pero que económica y culturalmente ha integrado a valores y formas políticas de la Europa posmoderna, originando así una contradicción que ha llegado a ser parte de la vida cotidiana del país. Tradición en contra de la modernidad, dirán los seguidores de Max Weber. Pero la tradición es mucho más que el otro polo de la modernidad. Sobre eso, discutiré en este texto.

 

 

LA TURQUÍA DE ERDOGAN

 

 

En Turquía colisionan todas las tendencias incubadas en la modernidad con la resistencia que ofrece su pasado histórico, contradicción no solo turca pero que se da con mayor claridad en Turquía que en otros países.

 

 

Las esperanzas de que esta vez Erdogan iba a ser desbancado no eran infundadas. Turquía padece una profunda crisis económica, una inflación desatada, un terremoto que no solo dejó ruinas sino, además, mostró ineficiencia administrativa para manejar la crisis. Por esas razones, las encuestas optimistas a favor de la Alianza Nacional representada por el político centrista Kemal Kilikdarouglu hacían suponer que el optimismo para-democrático estaba bien fundado.

 

 

Los resultados son conocidos. Pese a todas sus falencias, Erdogan logró imponerse en la primera vuelta bordeando la mayoría absoluta (49,5%). Todo hace suponer que en la segunda, Erdogan aumentará su porcentaje pues los votantes del ultranacionalista Sinan Ogan y su partido ATA (5%) están más cerca del erdoganismo que de la opción de Kilikdarouglu. Definitivamente tenemos que llegar a una conclusión: la mayoría de la ciudadanía turca está con Erdogan.

 

 

Fraude no hubo. La campaña, cierto, no fue limpia, como no lo es bajo ningún gobierno autocrático. Pero con eso había que contar. De modo que la conclusión se mantiene: los votantes turcos prefieren un gobierno autoritario, uno que tiene las cárceles llenas de opositores, uno que restringe la libertad de opinión, uno que mantiene amistad con dictaduras islámicas y autocracias europeas, uno que ni siquiera ostenta números exitosos en el manejo de la reciente crisis económica. Pero todo eso –y es mucho- no debería asombrarnos si partimos de una premisa históricamente comprobada: Ningún pueblo, el pueblo turco tampoco, es democrático por naturaleza.

 

 

La opción democrática no es más que eso: una opción, y quienes no la eligen tienen razones a las que, sin estar de acuerdo con ellas, deberíamos por lo menos tratar de entender. Sobre todo si consideramos que Erdogan está lejos de ser el primer autócrata que accede al poder para después mantener su apoyo popular. Los latinoamericanos sabemos algo de eso. Ni un Chávez, ni un Evo, ni un Bukele ni un Bolsonaro, y ni siquiera un Ortega o un Maduro, llegaron al poder por medios no democráticos. La autocratización viene después: es, si se quiere, posdemocrática.

 

 

La democracia es en ocasiones tan democrática que permite el acceso al poder de candidatos cuyo objetivo es restringirla. O como en los casos de Hitler ayer y Putin hoy, destruirla. Con mayor razón puede ocurrir en un país como Turquía, depositario de tradiciones a las que de ningún modo podemos designar como democráticas. En clave weberiana podríamos decir que entre el candidato de la tradición y el candidato de la modernidad, la ciudadanía turca se inclinó a favor de la tradición, pero de una tradición –y aquí abandonamos de inmediato a Weber– que no está en el pasado sino situada en un lugar del presente político.

 

 

Tradición es el pasado constituido, vivo en tiempo presente en instituciones que fueron creadas en el pasado. Un pasado-presente en donde el tradicionalismo, viniendo de ayer, vive en el presente con más fuerza que en el pasado de donde vino. Y es claro: la tradición del pasado nunca fue vista por quienes la vivieron, como tradición. La tradición es una invención del presente. Todo los tiempos han sido modernos para sus contemporáneos. De modo que un pasado-presente, es el fundamento de toda vida humana, sea individual o social. O dicho a la inversa: La clausura del pasado, llamada de modo clínico amnesia, destruye al presente y conduce a la locura, sea esta individual o colectiva. Así nos explicamos por qué los movimientos que han pretendido hacer de nuevo a la historia, destruyendo a los fundamentos del pasado, han llevado a grandes catástrofes.

 

 

Erdogan es tradicionalista, y a su modo, Kilikdarouglu también lo es. Pero bajo Erdogan, no hay que olvidarlo, Turquía accedió a la economía y a la tecnología moderna. En la visión de sus electores, Erdogan ha conducido a su país a la modernidad sin romper con la tradición. Recordemos también que entre 2003 y 2007 la economía turca creció a ritmos inusitados hasta llegar a ser una semipotencia económica moderna. Turquía es hoy la 19. economía del mundo, con un PIB anual de 819.04 Usd millones , es miembro de la OCDE y del G20, y durante la guerra en Ucrania, su peso político internacional continúa aumentando.

 

 

Por cierto, Erdogan es un hombre profundamente tradicionalista. Su concepto de sociedad es patriarcal al extremo, las diversas tendencias que contradicen su visión del mundo, sean políticas o sexuales, no solo están prohibidas, son además perseguidas desde el poder. Su estilo de gobierno es personalista, no oculta su aversión por el debate parlamentario, y sus ideales de orden, familia y patria son rígidos. En breve: Erdogan no es un dictador no porque no quiera, sino porque no puede. Así nos explicamos por qué la mayoría de la población de las grandes ciudades, sobre todo profesionales, intelectuales, más la juventud universitaria, son predominantemente occidentalistas y, por lo mismo, anti-Erdogan. El mundo agrario y suburbano, en cambio, es profundamente erdoganista. No extraña entonces que gran parte de la ciudadanía haya reelegido a Erdogan en contra de una occidentalidad política y cultural frente a la cual imaginan sentirse amenazados en sus propios reductos internos.

 

 

Erdogan pertenece a un término medio turco. Económicamente es liberal, políticamente es anti-liberal. De tal manera, quienes votaron por Erdogan votaron por la tradición, pero por una tradición modernizada bajo la tutela del mismo Erdogan. Además, es muy religioso. Y a la religión, no solo en el mundo islámico, pertenece la tradición. Verdad que aprovechó el ministro de justicia turco para plantear que la elección presidencial del 14 de mayo fue “entre creyentes e infieles”. Evidentemente, no era así, pero no pocos votantes lo entendieron así.

 

 

Kilikdarouglu también es religioso, y a pesar de sus ideas sociales más que socialistas, es un hombre de corte conservador. No obstante; el bloque que lo apoya, formado por diversos partidos, dista de representar el orden de una manera tan monolítica como lo hace el Partido Desarrollo y Justicia de Erdogan (AKP).

 

 

Si damos un vistazo a los principales partidos de la coalición anti-Erdogan (CHP), veremos que ahí conviven no solo posiciones diversas, sino antagónicas: Partido Republicano Liberal, Centro izquierda “kemalista” (al que pertenece Kilikdarouglu, es más bien social demócrata), Partido Bueno (conservador y nacionalista), Partido de la Felicidad (islamista y conservador), Partido Demócrata (centro derecha). A ese abanico se sumó el partido nacionalista kurdo HDP, que más bien asusta a los sectores medios del país en lugar de ganarlos. En fin, una bolsa de gatos. Así tenemos que mientras más grande es la coalición anti-Erdogan, mayor es la inviabilidad política que muestra. En cierto modo, lo único que une a todos esos partidos es el anti-erdoganismo, y eso no es suficiente para cuestionar el principio de autoridad encarnado en la persona de Erdogan. En suma: La coalición de Kilikdarouglu, prometía más libertad, pero no prometía más estabilidad. Y, aunque no nos guste, tenemos que aceptar que las grandes mayorías de cada nación anhelan orden, seguridad y estabilidad.

 

 

Además Erdogan no está solo y por lo mismo está lejos de ser un fenómeno singular. Por el contrario, puede ser visto como un miembro de una familia internacional formada por gobiernos como el de Hungría, Polonia, Serbia, y en los últimos tiempos, Israel. Todos abiertamente anti-liberales y, por si fuera poco, confesionales. El triunfo de Erdogan no ha hecho más que seguir un curso dominante en la política europea y occidental ¿por qué no podía darse en una nación semi-europea, como es Turquía?

 

 

Los autócratas de nuestro tiempo han redescubierto a la religión y a sus instituciones como factor de poder. En la práctica forman parte, junto a la Rusia de Putin -cuyo autoritarismo ha derivado en la reconstrucción de un poder totalitario – de una contrarrevolución anti-liberal, anti- parlamentaria, personalista y autoritaria de carácter planetario.

 

 

SEXUALIDAD POLÍTICA

 

 

Hemos escrito “contra-revolución antiliberal”. Ese “contra” es muy importante. De hecho, da por supuesto que en Occidente tiene lugar una revolución. Efectivamente, así es, aunque para los occidentales, los cambios experimentados en los últimos tiempos no sean vistos como revolucionarios, de acuerdo a cualquiera definición, estamos viviendo una revolución en la que desde el momento en que tuvo lugar el fin del comunismo, aumenta la cantidad de países que adoptan la democracia no solo como forma de gobierno sino también como modo de vida, afectando no solo al orden social, sino también al interfamiliar e incluso al individual. Nos referimos en este punto, a la revolución sexual del siglo XXl, una que ha hecho del cuerpo humano y no a la persona jurídica abstracta, un sujeto que, siguiendo la ruta trazada por Foucault, ha puesto en debate público esa parte más corporal de la corporeidad que es la sexualidad. Y aunque usted no lo crea, ese motivo, la irrupción de la corporeidad, tiene una importancia política que alguna vez deberá ser reconocida. Al menos los ayatolas de Irán ya han entendido que la lucha en contra de la obligatoriedad del velo, asumida por mujeres, pero también por algunos hombres, tiene un potencial político altamente explosivo, y ese no es otro que sustraer al cuerpo humano de los dictámenes del patriarcalismo familiar, en los países islámicos base del patriarcalismo estatal y dictatorial. En Turquía esa obligatoriedad no existe, pero la presencia ostentosa de la siempre muy velada primera dama de la nación, indica claramente cual es el modelo a seguir, según Erdogan.

 

 

Las luchas feministas y femeninas (no es lo mismo) han impulsado a la lucha por la corporeidad, confrontándose con instituciones, sean estas religiosas o gubernamentales. De una manera u otra, puede decirse que en territorio occidental las reivindicaciones político-sexuales han logrado imponerse. Incluso ya están establecidas, normativizadas e institucionalizadas en leyes como son las de la permisión del aborto bajo determinadas circunstancias, o el matrimonio igualitario, y no por último, en el derecho a cambiar de sexo. Naturalmente, si esta nueva realidad despierta aversiones culturales en los países occidentales (sin la que fenómenos como el trumpismo, y otros exabruptos de extrema derecha serían impensables) con mayor razón aparecen de modo multiplicado en regiones y países en donde la palabra de la religión (o del partido, como en China) prima sobre la palabra de la Constitución.

 

 

Imaginemos por ejemplo a un campesino turco de Anatolia quien, después de la faena diaria, llega a su casa y enciende el televisor y de pronto se ve confrontado con escenas donde no solo es predicada sino además practicada la bi, la trans y la intra sexualidad. Naturalmente, si no se siente ofendido, deberá sentirse al menos desorientado. No será extraño entonces que ese campesino comience a clamar por la reconstitución del orden perdido, por la restauración de la vida familiar de tipo patriarcal que el consideraba natural (y lo es, de acuerdo a la economía campesina). Y bien, a favor de la recuperación de ese orden perdido está Erdogan y sus colegas internacionales, tanto en el mundo islámico como en el europeo del este y, por supuesto, en ese lejano occidente llamado América Latina.

 

 

Junto a la ampliación de las libertades y por ende, de la democracia, estamos viviendo reacciones anti-liberales y antidemocráticas, a veces muy virulentas. Es lógico que así sea. Muchos de los que votaron por Erdogan, lo hicieron en defensa de sus identidades patriarcales y autoritarias, incluso en contra de sus propios intereses. Y si hacemos un esfuerzo e intentamos ponemos en el lugar de esos votantes, podría suceder que, desde el punto de vista de ellos, encontraremos razones a las que hay que prestar atención. Hay, en efecto, multitudes de seres que se sienten desautorizados por los cursos de una modernidad a la que no pueden tener acceso. Que reclamen por el restablecimiento de lo que ellos creen ver como la autoridad perdida, tanto en la vida familiar como en la nacional, no es algo difícil de entender.

 

 

¿QUÉ ES LA AUTORIDAD?

 

 

Pero para decirlo con Hannah Arendt, no todas las posiciones que llevan a exigir el restablecimiento de la autoridad, son necesariamente autoritaristas.

 

 

En su texto ¿Qué es autoridad? (1957) hacía Arendt una fina diferencia entre poder y autoridad. El poder ejercido mediante la coacción y la violencia, afirmaba, es todo lo contrario al principio de autoridad. De la conservación constitucional e institucional de ese principio, aducía, depende la existencia del espacio político. Sin autoridad institucional, no hay política, es su deducción. Eso no quiere decir, entiéndase bien, que la política debe ser autoritaria. Quiere decir simplemente que –por lo menos en formato democrático- solo puede tener lugar en el marco de un orden institucionalizado y constitucionalizado.

 

 

Autoridad, orden, constitución, son pilares sobre los cuales reposa todo orden jurídico y político. En un mundo anárquico, en pleno desgobierno, en la lucha de todos contra todos, no puede haber política. Por eso decía Arendt que las legítimas luchas en contra del hambre y la miseria no llevan de por sí a un orden donde primará automáticamente una mayor libertad. Todo lo contrario, un orden democrático, institucional y constitucionalmente establecido, es la condición para que las luchas sociales tengan lugar de modo político, a través del debate y los representantes que elegimos. En ese sentido Arendt invierte la posición weberiana: entre tradición y modernidad no hay contradicción, afirma. Solo a través del reconocimiento de la tradición pueden ser creadas las condiciones que hacen posible las innovaciones, e incluso las rupturas con respecto a la tradición.

 

 

La pensadora política recurre para ejemplificar, al dictamen romano que dice: “el poder reside en el pueblo, la autoridad reside en el senado”, distinguiendo claramente entre el origen (simbólico) del poder y la residencia (no simbólica) del poder. Pues bien, esa parte del discurso arendtiano nos invita a dejar de lado la arrogancia occidentalista y tratar de entender por qué, en determinadas ocasiones, el pueblo usa su poder para restablecer el principio de la autoridad perdida o simplemente amenazada.

 

 

Por supuesto, los pueblos también se equivocan. No son pocas las veces en las que en el deseo de restablecer el principio de autoridad, vale decir, de recomponer esa necesaria conexión que debe darse entre presente y pasado, los pueblos eligen a dictadores que usurpan el poder del pueblo y con ello al propio principio de autoridad que los convirtió en gobernantes (quizás el ejemplo de Putin es el más claro). Esa necesaria autoridad, aduce Arendt, es la que llevó a los antiguos griegos a instituir los consejos de ancianos, institución que hacía de nexo entre el pasado y el futuro. De acuerdo al espíritu genial de su tiempo, los griegos entendieron que sin pasado no hay futuro.

 

 

El ser no es un ser del presente, es un ser en el tiempo, pensaba Heidegger, en su intento compartido por Arendt de hacer revivir el espíritu griego. En la filosofía, según Heidegger. En la política, según Arendt.

 

 

La autoridad viene de la tradición, y sus sujetos principales no son las personas sino las instituciones a las que hay que preservar hasta que sea necesario removerlas y fundar en ese mismo espacio, otras. Esa es la razón por la que países económica y políticamente muy desarrollados de Europa mantienen vivo el principio simbólico de una monarquía cuyos reyes no mandan ni gobiernan, pero sí actúan como representantes de un pasado que ha hecho posible la existencia del presente. En algunos países –EE UU y Alemania entre otros – el Rey ha sido sustituido por el reinado de la Constitución. La idea es la misma: el presente no solo viene de la tradición: la tradición también forma parte del presente.

 

 

Puedo explicarme entonces por qué muchos jóvenes turcos residentes en Europa votaron por Erdogan. Puede que algunos hayan votado por “un padre” o incluso siguiendo a su propio padre. Decisión a la que no me atrevo a criticar. Para vivir en política, aún no estando de acuerdo con los diferentes, hay que tratar de entenderlos y también, si se da el caso, cuestionar no solo a ellos, sino a nosotros mismos. Los cambios culturales y políticos que tienen lugar en Occidente son al fin un legado de la tradición de la Ilustración, de las reformas religiosas, de las revoluciones democráticas en EE UU y en Francia y, no por último, de la revolución democrática que puso fin a las dictaduras comunistas en 1989-1990. No podemos exigir entonces el mismo comportamiento político a pueblos que han vivido otras historias. El camino que los llevará a la democracia (si es que alguna vez los lleva) no será el mismo que han recorrido los pueblos de occidente.

 

 

El camino que eligió Ucrania, para poner el ejemplo más quemante de nuestros días, lo decidieron los ucranianos el año 1991, cuando por aplastante votación (80%) optaron por ser parte del mundo occidental y no de una autocracia anti-occidental, como es la dictadura de Putin. Del mismo modo, el resultado de la primera vuelta de las elecciones presidenciales de mayo del 2023 que dieron el triunfo a Erdogan, fue una decisión política de los ciudadanos turcos cuyo mensaje puede leerse como un pronunciamiento en contra de lo que ellos ven como una pérdida del principio de autoridad. En los dos casos, la decisión fue política. Y la política, sobre todo la electoral -lo acepten o no los electores turcos- nació en Occidente.

 

Fernando Mires

POLIS: Política y Cultura

El Totalitarismo del siglo XXI

Posted on: mayo 6th, 2023 by Lina Romero No Comments

 

Aunque algún académico de tipo weberiano pueda no estar de acuerdo, ni la historia ni la política se dejan regir de acuerdo tipologías. Pues si pensamos que los procesos históricos asumen movimientos multideterminados, la razón tipológica debe contentarse solo con detectar situaciones y señalar características del mismo modo como cuando fotografiamos un paisaje sabiendo que al día siguiente después de una lluvia ya no será el mismo. Tampoco, por cierto, debemos renunciar a la confección de “tipos”. Por el contrario: los necesitamos para comparar estructuras y procesos. Al fin y al cabo, todo conocimiento es comparativo. Basta con manejar los “tipos” con prudencia, a sabiendas que no son “cosas” sino, para decirlo con Norbert Elías, simples “figuraciones”. O tal vez en lugar de “tipos” deberíamos hablar de formas o formaciones (la forma fascista, la forma dictatorial, la forma democrática, etc.) Y naturalmente, de la forma totalitaria, la más fácil de definir por una razón muy sencilla: Totalitarismo alude a todo el poder concentrado, ya sea en una persona, en un estado, en un partido. Totalitarismo es el poder total. Si esa totalidad del poder no existe, no hay totalitarismo.

 

 

EL TOTALITARISMO DE LA ERA POST-INDUSTRIAL

 

 

En textos anteriores nos hemos regido por una escala de formas de dominación no o anti-democráticas, las que pueden, bajo determinadas condiciones, culminar en esa fase llamada totalitarismo. Así hemos hablado de gobiernos autoritarios, autocráticos, dictatoriales y, finalmente, totalitarios, que son los que acumulan la totalidad del poder, de un poder que al politizarlo todo, deja de ser político. En ese punto hay cierto consenso: el totalitarismo fue un fenómeno del siglo veinte que cristalizó en tres países: la Alemania hitleriana, la Rusia estalinista y la China maoísta.

 

 

Después del derrumbe del comunismo, no pocos autores llegaron a pensar en que la posibilidad de un resurgimiento de nuevos regímenes totalitarios estaba descartada. No obstante, tras dos decenios transcurridos del siglo XXl, podemos decir que tal esperanza carecía de fundamentos. En el hecho, ya hay dos países a los que, sin titubeos, podemos caracterizar como totalitarios (o por lo menos, neo-totalitarios): la Rusia de Vladimir Putin y la China de Xi Jinping. El primero alude a un poder totalitario personal y el segundo, colectivo (el PCCH) aunque en los dos últimos años este ha derivado desde el colectivismo partidario hacia un personalismo excluyente representado en la figura de Xi Jinping.

 

 

Importante es mencionar que tanto en China como en Rusia, se trata de re-aparecimientos totalitarios lo que nos indica que, los por Hannah Arendt constatados elementos de la dominación totalitaria, permanecían latentes, sin desaparecer, en ambos países. En la China post-maoísta (que no estudio Hannah Arendt) fueron mantenidas todas las estructuras de la dominación totalitaria, pero el poder, sobre todo bajo Deng Xiao Ping (1979-1997), asumió formas deliberativas, las tendencias fueron permitidas y las discusiones circulaban bajo la luz pública. Bajo la era de Xi Jinping, de acuerdo a lo mostrado en el faraónico 20. congreso del PCCH, el partido volvió al centralismo antidemocrático y al oprobioso sistema de las “purgas”.

 

 

En Rusia, el proceso que ha llevado hacia la (re) totalización del poder ha transitado de modo más lento. Durante Gorbachov (y su entrada a la “casa europea”) y durante los primeros tiempos de Yelsin, Rusia pareció experimentar un proceso de occidentalización. Putin, desde su llegada el año 2000, hasta 2007, con su inesperada agresión verbal a Occidente en la Conferencia de Münich, había mantenido la apertura post-dictatorial, cumpliendo al menos con las formas electorales. La conversión del poder autoritario en una autocracia personalista comenzaría a cristalizar con las agresiones a Chechenia y Georgia el año 2008, cumpliéndose así una premisa de Arendt, en el sentido de que el totalitarimo es impulsado por el imperialismo (Origins of Totalitarianism).

 

 

Por el momento no es posible esclarecer con exactitud si fueron las guerras de Rusia las que llevaron a la dominación totalitaria, o fue el proyecto totalitario que acariciaba Putin, la razón que impulsó las guerras de expansión de Rusia. Los indicios -sobre todo a partir de la invasión a Crimea en el 2014- apuntan más bien hacia la segunda posibilidad. Lo importante es que el proceso que llevó del autocratismo al totalitarismo está articulado con la expansión territorial de Rusia. Lo que es explicable: durante una guerra rige el estado de excepción, y si esa excepción no es transitoria sino permanente, deja de ser excepción.

 

 

En el caso de China, no fueron guerras, pero sí desafíos geoestratégicos los que probablemente impulsaron al partido dominante a instituir un «estado de excepción en permanencia». El crecimiento económico de China convenció a su dirección política que debía reconocer el punto de inflexión donde la nación no solo debía ser una potencia económica sino, además, política. Para Xi y los suyos había llegado la hora en la que China debería reclamar derechos hegemónicos como conductor, no solo de la economía, sino de las relaciones políticas internacionales a nivel mundial.

 

 

La era de la globalización -ese es un evidente convencimiento de Xi- exigía una China global y no regional: Política, militar y no solo económica. Desde ese autoreconocimiento, Taiwan no solo interesa a China por razones económicas sino también simbólicas. Eso quiere decir que si China logra sentar soberanía política sobre Taiwan, mostrará al mundo que ya está en condiciones de doblegar la hegemonía política-militar, si no la occidental, por lo menos la norteamericana. Y para enfrentar esa escalada global, China necesita de sus perros de presa atómicos. Ya tiene por lo menos a tres: Kim Jong Un en Corea del norte, el Irán de los ayatolas, y naturalmente, la Rusia de Putin.

 

 

La Rusia de Putin ha seguido un camino diferente en la ruta que conduce hacia la totalización del poder. Para Putin, lo ha dicho el mismo, no se trata de alcanzar un futuro luminoso, sino de recuperar un pasado sagrado: el de la Santa Madre Rusia. De tal manera, mientras el totalitarismo chino puede ser definido como post-moderno, el de Rusia es evidentemente pre-moderno (un imperialismo de la era post-imperial según Timothy Garton Ash). En los dos casos, sin embargo, no nos encontramos solo con una simple reedición de los totalitarismos maoísta y estalinista, sino con nuevas formas totalitarias, concordes con su tiempo. Ambos totalitarismos, dicho en breve, son totalitarismos del siglo XXl. Y eso significa, mientras los totalitarismos del pasado reciente surgieron en el marco determinado por la era de la industrialización, los del presente pueden ser vistos como totalitarismos post-industriales.

 

 

Para poner un ejemplo, la base social que lleva a la emergencia del fenómeno totalitario provino, en el caso del nazismo y del comunismo, de la conversión de las clases en masa. Pero aquí debemos puntualizar: las masas que hoy emergen en China y Rusia son diferentes a las que nos describiera Arendt y otros autores (Gene Sharp, por ejemplo) que se han ocupado del tema del totalitarismo. Quiere decir, mientras las de los totalitarismos del siglo XX eran masas pauperizadas, utilizadas como carne de cañón para alcanzar objetivos meta-económicos por medio de la industrialización forzada, las masas del periodo post-industrial son masas consumistas, férreamente ligadas al mercado local. En ese sentido (solo en ese) las masas de Putin se parecen más a las de Hitler que a las de Stalin y Mao.

 

 

Hitler, recordemos, elevó los ingresos, el consumo y el bienestar de las masas de trabajadores (ocupación plena, vacaciones pagadas, seguro social, automóviles). El trabajo esclavizado impuesto por Stalin en las fábricas urbanas y en las granjas colectivas (koljoses), lo reservó Hitler para el infierno de los campos de concentración, los que también existían en cantidades en la Rusia y en la China comunista. Podríamos decir incluso que bajo los totalitarismos stalinista y maoísta, tuvo lugar, y en un muy corto plazo, ese proceso de acumulación originaria (Marx) que en el mundo capitalista se extendió a lo largo de siglos. Sobre y no durante esa fase de acumulación, fueron erigidos los totalitarismos del siglo XXl.

 

 

OCCIDENTALIZACIÓN ECONÓMICA, DES-OCCIDENTALIZACIÓN POLÍTICA

 

 

Si volvemos a recordar a Hannah Arendt, encontraremos dos elementos inherentes a la dominación totalitaria del siglo XX: el terror y el adoctrinamiento ideológico. Ambos existen sin duda bajo las dictaduras de Xi y de Putin, pero en un nivel más bajo y, a la vez, distinto. El terror continúa de modo más sutil. Ya no se trata tanto de la vigilancia policial, casa por casa, sino de una más bien digitalizada, menos estricta, más eficiente. Basta simplemente que los ciudadanos no participen en política, actividad reservada en China para la casta comunista, y en Rusia suprimida del todo.

 

 

Raramente, solo en contadas ocasiones, las masas de ambos países son movilizadas para vitorear a sus líderes. Más importante es que se queden en casa, informadas por la televisión estatal, y en los tiempos libres, que acudan a los mercados a consumir productos, aunque algunos sean inventados en el odiado occidente. Contradicción que no parece importar demasiado a los administradores del poder. Ellos no están en contra del mercado occidental, están solo en contra de las ideas y de los derechos humanos occidentales. O lo que es lo mismo: ni Xi ni Putin están en contra de la occidentalización del mercado pero sí en contra de la occidentalización de la política.

 

 

Que las masas de los respectivos países consuman toda la chatarra que quieran, sigan todas las modas, bailen y canten la música occidental, los tiene sin cuidado. Incluso, dichas inclinaciones son estimuladas desde el alto poder. Pero ay de las mujeres si asumen el feminismo occidental, ay de los ciudadanos si reclaman pluralismo político, ay de quien defienda los derechos fundamentales del ser humano.

 

 

LAS IDEOLOGÍAS DEL PODER NEO-TOTALITARIO

 

 

Desde un puto de vista doctrinario, hay también una gran diferencia entre los totalitarismos del siglo XX y los del XXl. Los detentores del poder del antiguo totalitarismo creían actuar en nombre de doctrinas, la fascista y la marxista leninista, a las que eran conferidas dos características: La uiversalidad y el futurismo. De acuerdo a esas doctrinas, los tres dictadores imaginaban que sus ideologías eran válidas para todo lugar y que el mundo terminaría, tarde o temprano, siendo fascista, para unos, comunista para otros. El Tercer Reich iba a ser mundial y el comunismo también. De una u otra manera, los dictadores totalitarios del siglo XX creían tener a la historia universal de su parte.

 

 

Xi y Putin también creen en doctrinas, pero sus características son radicalmente diferentes. Los dos dictadores nos hablan por cierto de un nuevo orden mundial, pero ese orden lo entiende cada uno a su manera. Lo único que para ellos está claro es que ese nuevo orden significará la derrota económica y política de los EE UU primero, y de occidente después. Pero desde un punto de vista teórico, ético, político e incluso utópico, ese nuevo orden está vacío. Eso explica por qué las ideologías a las que recurren los nuevos totalitarismos distan mucho de ser futuristas, como lo fueron las del comunismo y del fascismo. Al contrario, son más bien – si me permiten el término – “pasadistas”.

 

 

La dictadura de Putin, incapaz de ofrecer un futuro esplendoroso, ofrece un regreso a un pasado supuestamente glorioso y heroico: al de la antigua Rusia, sea la de los zares, sea la de Stalin. Para algunos rusos ese retorno -en un vocabulario psicoanalista: esa regresión- puede ser fascinante. Pero es difícil que la gran masa apolítica del país adhiera a las reaccionarias utopías de Putin. Mucho menos atractivo puede ser el culto “pasadista” para habitantes de naciones que ayer pertenecieron al imperio soviético. Imposible, por ejemplo, que las naciones de Asia Central, en su mayoría musulmanas, sientan demasiado entusiasmo por formar nuevamente parte de una Rusia, ya no soviética sino cristiana-ortodoxa.

 

 

La doctrina de Putin es nacionalista, pero no mundialista. Peor aún: es “rusista”. Como medio de dominación ideológica internacional, no sirve para nada. ¿Qué nos puede ofrecer Rusia aparte de represión, fanatismo religioso, y glorias zaristas? se preguntan con toda razón los ucranianos. Dicho con las palabras del escritor alemán Peter Schneider: “El único objetivo claramente establecido que Putin promete a sus rusos y a los pueblos que van a regresar al Imperio Ruso es la restauración del poder y la grandeza pasados ​​y una participación en el esplendor del imperio resucitado“.

 

 

La dictadura de Xi Jinping por su parte, parece haber comprendido que la doctrina marxista ha dejado de ser un producto de exportación ideológica. En el mejor de los casos es solo consumible para los cretinos que gobiernan en países como Nicaragua o Venezuela. Eso explicaría por qué, bajo Xi, los jerarcas chinos parecen estar cada vez más preocupados por promover la unidad espiritual de sus habitantes mediante la intensificación y propagación de la filosofía confuciana, hoy obligatoria en todos los establecimientos educacionales.

 

 

En cierto modo, el partido comunista chino ha adoptado una doctrina marxista confuciana (algo así como un vaso de leche mezclado con ají) cuyo propósito es reivindicar una tradición nacional y nacionalista y así mantener sujetos ideológicamente a las grandes masas de la inmensa nación. En otros términos, los totalitarismos chino y ruso ya no son internacionalistas sino tradicionalistas. La religión ortodoxa y la filosofía de Confucio, ambas magníficas creaciones del espíritu humano, han pasado, bajo la égida neo-totalitaria de nuestro tiempo, a convertirse en ideologías de estado. Su función no es nada espiritual: mantener, gracias al carisma (Weber) de la religión y de la tradición, la cohesión del frente interno a fin de avanzar económicamente hacia la construcción de un nuevo orden mundial donde las democracias sean la excepción y las dictaduras la regla.

 

 

El problema es que ese objetivo no es imposible. De hecho, los dos totalitarismos del siglo XXl cuentan con el apoyo directo o tácito de todos los antidemócratas del mundo, de casi todas las dictaduras y autocracias del mundo, de muchas mentes tecnocráticas del mundo.

 

Fernando Mires

 

 

 

REFERENCIAS:

Jan Claas Behrends – Rusia: TOTALITARISMO Y DICTADURA PERSONAL (polisfmires.blogspot.com)

Hans van Ess – CHINA: CAPITALISMO COMUNISTA CONFUCIANO (polisfmires.blogspot.com)

Peter Schneider – ¿QUÉ OFRECE PUTIN A UCRANIA? (polisfmires.blogspot.com)

Fernando Mires – RUSIA: EL RETORNO DEL TOTALITARISMO (polisfmires.blogspot.com)

La tercera OTAN

Posted on: abril 18th, 2023 by Lina Romero No Comments

 

La OTAN, la tan odiada OTAN, la cuatro letras que nunca deben faltar en el papagayismo ideológico de las izquierdas (dícense antimperialistas) ya tiene sus buenos años, más de setenta, y como tal ya tiene también una historia. Y como toda historia, la de la OTAN puede dividirse en fases (o en capítulos, o en etapas). Quiere decir que la OTAN de hoy no es la misma de antes, lo que es lógico.

 

 

La OTAN es una organización transcontinental y militar, el brazo armado de una gran parte del occidente político, cuyas ramificaciones se extienden más allá de Europa y de los Estados Unidos. Y en tanto es militar, ha debido ser configurada de acuerdo a la estructura de sus enemigos principales, los que evidentemente no han sido siempre los mismos. Por lo tanto, quien quiera escribir alguna vez la historia de la OTAN, se verá obligado a tomar en cuenta la identidad de sus enemigos. Si así lo entendemos, y quisiéramos hacer una periodización, deberíamos destacar entonces tres momentos de su historia.

 

 

Primero, la OTAN frente al comunismo internacional.

 

 

Segundo, la OTAN frente al terrorismo islamista internacional.

 

 

Tercero, y es el momento que estamos viviendo, la OTAN frente a un conglomerado autocrático liderado por tres potencias atómicas: Rusia, China e Irán, el que ha tomado formas visibles a partir de, y durante la, invasión de Putin a Ucrania.

 

 

No está de más agregar que al hacer una división en fases debe tenerse en cuenta que una fase no suprime necesariamente a la otra. Más bien la relega a un lugar secundario. Para decirlo a modo de ejemplo, la lucha de la OTAN en contra del terrorismo internacional no ha terminado, pero se encuentra subordinada a la guerra en contra de Rusia y a la amenaza que representa el bloque autocrático mundial conducido por la triple alianza: China, Rusia e Irán.

 

 

1.

La primera OTAN, la vamos a llamar así, surgió como respuesta a la expansión del imperio ruso en Europa del Este y Central. Como es muy sabido, su precursor indirecto fue Winston Churchill quien venía alertando insistentemente a los Estados Unidos sobre los propósitos anexionistas de Stalin, los que de hecho pasaban por alto los acuerdos de la Conferencia de Teherán (1943) y el Tratado de Yalta (1945) acerca de las limitaciones geopolíticas que debían ser establecidas después de la derrota de la Alemania nazi.

 

 

Los principales países europeos, no solo la Inglaterra de Churchill, ya habían tomado noticias del peligro. La fundación de la OTAN fue precedida por diversas alianzas de post-guerra como los acuerdos de Dunkerque entre Inglaterra y Francia (1947) y los de Bruselas (1948) La incorporación de los EE UU y Canadá fue decidida solo después de la anexión soviética de Checoeslovaquia y las amenazas que ya se cernían sobre Grecia y Turquía, países que fueron incorporados el año 1952. En otras palabras, la OTAN surgió como un cerco defensivo de Occidente en contra de las pretensiones imperiales de la Rusia de Stalin. La Guera Fría nació junto con la OTAN.

 

 

La OTAN y la Guerra Fría parecían ser las dos caras de la misma moneda, y lo fueron hasta el punto de que, después de 1990, cuando el peligro soviético hubo desaparecido, surgieron en distintos países europeos voces que postulaban la supresión de la OTAN. No pocos analistas pensaban -hoy sabemos, con cierta inocencia- que después de la caída del muro de Berlín iba a cristalizar la utopía de Kant relativa a la Paz Perpetua. La ola idealista comenzó recién a amainar cuando fue comprobado que las naciones liberadas después del derrumbe de la URSS no se sentían libres teniendo al lado un coloso que si bien no era la URSS, seguía siendo un imperio atómico. Dichos temores se vieron acrecentados con las guerras que asolaron a la ex Yugoeslavia, cuyo principal agresor, la Serbia de Milosevic, fue apoyada por el presidente Yelsin desde Rusia. Así, el siglo XX terminaría no con una disminución sino con un crecimiento de la OTAN, siendo incorporadas a la asociación países como Hungría, Polonia y la República Checa (1999) En cierto modo la OTAN seguía conectada a la lógica de la Guerra Fría, aunque más bien como una agencia destinada a vigilar la difícil transición de estructuras autocráticas en democráticas, sobre todo en el Este de Europa.

 

 

Cabe agregar que desde el derrumbe del imperio soviético, destacados académicos y políticos norteamericanos seguidores de una línea que apunta a la disolución de la OTAN, prefijada por el notable geoestratega George F. Kennan comenzaron a plantear la inconveniencia de que la OTAN siguiera ampliándose hacia el Este, a fin de no despertar aversiones nacionalistas en la Rusia de Yelzin. Ante este dilema, los historiadores deben precisar que no fue el interés de la OTAN, ni siquiera el de los EE UU continuar la ampliación, sino el de las naciones que hasta hace poco habían sido sometidas al imperio soviético. Al fin y al cabo, las alternativas históricas de las naciones no las escogen sus gobiernos “a la carta”.

 

 

Lo que no entendieron los especialistas que abogaban por la disminución cuantitativa de la OTAN, fue que el ingreso a la OTAN significaba para los gobiernos y ciudadanías de los países que habían sido sometidos al imperio soviético su plena acreditación como naciones soberanas, con los mismos deberes y derechos que corresponden a los demás países europeos. No calificar a esos países como miembros de la OTAN habría significado, desde una perspectiva europea del Este, una discriminación difícil de aceptar. En el hecho, ellos se habrían sentido, y con razón, como miembros de una Europa de segunda clase. El resentimiento que en esos países habría despertado su no incorporación a la OTAN habría sido aún más grande que, el por Kenan y sus seguidores, temido resentimiento que podría despertar en Rusia el ingreso de esos mismos países a la OTAN.

 

 

Europa occidental y Estados Unidos debían elegir entre dos opciones, cada una con sus pro y sus contra. Rusia a su vez tenía frente a sí a dos vías y todavía no estaba decidida sobre cual de ellas iba a transitar: la de la democratización que llevaría a fortalecer sus relaciones económicas con Europa, o la de la instauración de una potencia revanchista. Aparentemente Putin, por lo menos hasta 2008, año en que invadió a Chechenia, no sabía cual de esas opciones iba a tomar. Si tomaba la primera, la democratización total de Europa más Rusia, iba a convertir a la OTAN en una institución obsoleta. Por lo demás, todo indicaba que una OTAN post-comunista sin comunismo había perdido su derecho a existir.

 

 

Una nueva vida, o digamos mejor, una nueva razón de ser, había creído encontrarla el presidente George W. Bush años atrás, ese 11 de septiembre de 2001 cuando fue despertado con el estallido de las dos torres gemelas de New York. Tal vez en ese momento Bush creyó pasar a la historia como el profeta que había descubierto una nueva misión para los EE UU y por ende, para la OTAN. Una cruzada -lo dijo así – en contra del nuevo demonio: el terrorismo internacional. Que esa nueva misión iba a acercar a la OTAN al borde del abismo, no lo presentía ni siquiera Putin.

 

 

2.

El terrorismo islámico, esa fue la evaluación predominante en los Estados Unidos, tiene dos rostros: uno supranacional y otro estatal. Eso quiere decir: hay unidades multinacionales de terroristas, y hay otras que actúan directamente bajo las ordenes de determinados estados. Entre esos, el Afganistán de los talibanes fue clasificado como un estado terrorista y, por las mismas razones, los Estados Unidos con el respaldo explícito de la OTAN procedieron a llevar a cabo la invasión a ese país.

 

 

En Afganistán, la OTAN, principalmente representada por tropas norteamericanas, participó en tareas de defensa y contención, así como en la asesoría de proyectos de reconstrucción de Afganistán como estado nacional. A esas iniciativas la OTAN invitó a participar a Rusia. Fue tal vez ese el momento cuando Putin descubrió que colaborando con la OTAN en la lucha en contra del “terrorismo internacional” podía expandir sus propias zonas de influencia. Para eso necesitaba, por supuesto, que no desapareciera la OTAN. Efectivamente, fue así.

 

 

Los genocidios cometidos por Rusia en Chechenia (2003-2009) y en Siria a partir de 2015, fueron realizados en nombre de la lucha en contra del terrorismo internacional auspiciada por Estados Unidos y por la OTAN. De acuerdo a ese propósito, Putin manejó hábilmente sus relaciones con el gobierno de Obama e invadió Siria bajo el pretexto de combatir a los terroristas del IS. El resultado es conocido: Putin no liquidó al terrorismo islámico, más bien lo puso a su servicio, se apoderó prácticamente de Siria a la que convirtió en lo que hoy es: una colonia militar del imperio ruso en el Oriente Medio, liquidó los movimientos rebeldes surgidos durante la mal llamada primavera árabe del 2011 y finalmente provocó un movimiento demográfico de inmensas dimensiones en dirección a Europa.

 

 

La verdad es que Obama no podía hacer nada en contra. Después de la desgraciada invasión de Bush en Irak, mediante la cual el inepto presidente destruyó a ese país bajo la mentira de que Sadam Hussein poseía armas de destrucción masiva, el antinorteamericanismo subió a niveles nunca vistos en la región. De modo que cuando Estados Unidos debía de verdad actuar en contra del terrorismo en Siria, su gobierno tenía las manos atadas. Si bien la OTAN solo participó indirectamente en la guerra a Irak, su prestigio estaba por los suelos, al haber sido arrastrada en el fango creado por el peor presidente de la historia estadounidense: George W. Bush.

 

 

La OTAN no fue concebida para llevar a cabo guerras irregulares como son las que tienen lugar en contra del terrorismo islámico. La OTAN agrupa a ejércitos para luchar contra otros ejércitos (o guerra de posiciones) no para hacerlo en contra de partisanos que una vez aparecen como civiles y otro día como soldados (o guerra de movimientos). Esa fue seguramente la razón que impulsó a Bush a “estatizar” al terrorismo islámico, identificando a un estado terrorista, Irak, y así librar contra ese estado, una guerra convencional. El resultado lo conocemos. Irak, otrora un país tecnológica y urbanísticamente avanzado, fue convertido por la invasión norteamericana en un nido de terroristas de diferentes nacionalidades islámicas.

 

 

Hacia el segundo decenio del siglo XXl, el dilema ocidental ya no era el de si hacer crecer o no a la OTAN sino el de salvar la existencia de la OTAN. La solidaridad de los gobiernos europeos con Estados Unidos después de las aventuras de Bush en el mundo islámico, habían bajado a cero, y esa apatía se hacia presente en la propia alianza atlántica. No estaban los tiempos para predicar el otanismo.

 

 

En los tiempos finales del gobierno Bush y durante la administración Obama, la OTAN no era más que un elefante paralítico y, además, muy caro de mantener. De ahí que las iniciativas no confesas de Trump para disolver a la OTAN no solo fueron populares en los Estados Unidos sino también en diversos países europeos. El presidente Macron compartía evidentemente las opiniones de Trump. Sus frases de defunción han quedado grabadas En 2019, escandalizó incluso al propio Trump al declarar a The Economist que “la OTAN se encuentra en estado de muerte cerebral”. Y lo peor: todo parecía indicar que el presidente francés tenía razón.

 

 

Lo que ni Trump ni Macron imaginaban en esos días, fue que tres años después, a partir del 24 de febrero de 2022, la OTAN iba a renacer desde sus propias cenizas para convertirse en una nueva OTAN a la que aquí llamamos, una tercera OTAN. La invasión de Putin a Ucrania, haría renacer a la OTAN.

 

 

3.

Ha llegado entonces la hora de poner sobre sus pies el argumento que estuvo a punto de poner sobre su cabeza el geoestratega George Kenan, hecho suyo después de la invasión de la Rusia de Putin a Ucrania por personas tan conocidas como el sucesor intelectual de Kenan, el geoestratega John Mearsheimer, o el veterano lingüista y activista Noam Chomsky. De acuerdo a esas interpretaciones, la ampliación y presencia de la OTAN fue la causa que “obligó” a Putin a invadir a Ucrania, subterfugio que de paso confería a la salvaje agresión a un país vecino nada menos que el carácter de una guerra defensiva de liberación nacional (¡!)

 

 

Considerando los datos mencionados, estamos en condiciones de afirmar una tesis que podría ser importante a la hora de evaluar de modo historiográfico a los hechos que llevaron a la invasión a Ucrania. Esa tesis dice lo siguiente: no fueron las amenazas de la ampliación de la OTAN las razones que impulsaron a Putin a invadir a Ucrania sino exactamente al revés: fue el estado calamitoso de una OTAN aquejada de “parálisis cerebral” -detectada correctamente por Macron en 2019 – la razón que hizo pensar a Putin que ahora sí tenía un camino libre para avanzar a su gusto sobre Ucrania. Eso significa: no el peligro de la OTAN sino su ausencia de peligro incitó a la codicia del dictador ruso para apoderarse de Ucrania, propósito que el mismo, en un conocido libelo, había anunciado un año atrás. Que se equivocó totalmente, lo sabemos ahora. Si la oprobiosa invasión de los Estados Unidos a Irak llevaba a la ruina de la OTAN, la aún más oprobiosa invasión de Putin a Ucrania, llevaría nada menos que al renacimiento e incluso ampliación de la OTAN. Más aún, de una OTAN religitimada antes los ojos de los europeos, principalmente en el Este del continente

 

 

Putin ha conferido, sin quererlo, un sentido histórico a la existencia de la OTAN. La OTAN que ahora vemos ayudando a Ucrania, desafiada por un enemigo inmediato, la Rusia de Putin, esa tercera OTAN, está dispuesta a enfrentar no solo a Putin, sino también al nuevo orden que quieren imponernos tres dictaduras atómicas, hegemónicas en el espacio autocrático del planeta: la de China, la de Rusia y la de Irán.

 

 

Naturalmente, la OTAN al tener a diferentes enemigos en el curso de su existencia, deberá estar siempre sujeta a cambios. No por haberlo dicho en el falso momento y con falsas palabras Macron en su ominosa visita a China de abril del 2023, debe estar claro que la OTAN no puede ni debe estar al servicio de un solo país, aunque ese país sea Estados Unidos. Por lo demás eso no ha ocurrido. Ni en Vietnam ni en Irak, Estados Unidos actuó en nombre de la OTAN. Pero para que esa independencia con respecto a Estados Unidos ocurra al interior de la OTAN – eso es lo que calla Macron- los países europeos miembros de la organización deben estar dispuestos a asumir al menos la defensa de su propio continente, decisión que debería llevar a un aumento considerable de sus capacidades y presupuestos militares, aún en desmedro de sus propios proyectos de crecimiento económico.

 

 

El ex ministro del exterior alemán Joschka Fischer ha entendido la naturaleza de los peligros que se avecinan de un modo mucho más político que Macron. En un artículo publicado a comienzos de abril, escribió:

 

 

“Con la ilusión de paz destrozada, la tarea de Europa ahora es superar sus divisiones internas y su indefensión lo antes posible. Deberá convertirse en una potencia geopolítica capaz de autodefensa y disuasión, incluida la capacidad nuclear (…..) Esto no será fácil, y el camino por delante está lleno de peligros. Consideremos por ejemplo algunos de los peores escenarios. ¿Qué hará Europa si otro aislacionista tipo «América first» es elegido para la Casa Blanca el próximo año, seguido por el ascenso de la líder nacionalista de derecha francesa Marine Le Pen al Elíseo?” (Project Syndicate, 31.03. 2023)

 

 

Una OTAN absolutamente unida no es posible, tampoco es deseable. No solo hay diferencias entre Europa y los Estados Unidos, también las hay al interior de Europa. Los intereses de Lituania, Finlandia o Polonia, para nombrar solo a tres países, nunca podrán ser idénticos a los de Francia, Alemania o España. Por eso, nadie no expresamente autorizado puede erigirse como portador de las opiniones europeas, como intentó hacerlo recientemente Macron en China – el “presidente inoportuno” lo calificaría la destacada periodista francesa Michaela Wiegel – sin haber sido designado para cumplir ese cometido. Justamente por eso es necesaria que la tercera OTAN, nacida para enfrentar una nueva guerra -si no mundial, de connotaciones mundiales- debe cuidar ese soporte político del que carecen sus enemigos autocráticos. Ese soporte es la deliberación, tanto interna como externa. De esa deliberación permanente deberán surgir opciones militares, como ya ha ocurrido en un año de colaboración intensa con Ucrania. Una guerra que, definitivamente, va mucho más allá de Ucrania.

 

 

Europa ha comprendido lo que el poeta búlgaro Giorgi Gospodinov dijo en breves palabras: “la guerra a Ucrania es una guerra en contra de Europa”. Y con una Europa avasallada por Rusia y/o China, eso lo saben muy bien los políticos de los Estados Unidos, el occidente político y democrático de nuestro tiempo, dejaría de existir. Por eso Europa y Occidente necesitan de la OTAN. Pero no de una OTAN autónoma, tampoco de una al servicio de un par de países, sino de una OTAN política, emergida del poder deliberativo interoccidental, poder que yace tanto dentro como fuera de la OTAN.

 

 

Fernando Mires

Combatir Y- O negociar

Posted on: enero 13th, 2023 by Super Confirmado No Comments

No desde una biblioteca, sino desde su experiencia, Condolezza Rice, ex secretaria de estado norteamericana, ha puesto en un breve artículo los puntos en donde corresponde: en las razones, el curso y desenlace de la guerra desatada por Putin a través de la invasión a Ucrania. Parte de una premisa elemental: en una guerra la derrota no es una opción. El tema entonces es dilucidar que significa una derrota para cada una de las partes, y eso nos lleva a pensar en los objetivos de cada actor en una guerra.

 

LOS CUATRO JINETES DE LA GUERRA

 

En contra de los representantes de la escuela “realista” norteamericana, quienes han provisto de argumentos a Putin al hacer aparecer la invasión como una guerra defensiva (frente a la “expansión de la OTAN”), para Rice está claro que esa guerra no declarada por Putin no persigue otro propósito que restablecer los límites de la antigua Rusia imperial, sea en su forma zarista, sea en su forma stalinista. Frente a ese proyecto, la derrota no puede ser, ni para los Estados Unidos ni para el occidente político, una opción. ¿Por qué no puede serlo? Aquí no podemos responder sin atender a las razones de las cuatro fuerzas en contienda: Rusia, Ucrania, la UE y los EE UU.

 

 

Sobre Rusia ya está dicho: como observó el canciller alemán Scholz, la intención del dictador ruso es mover el reloj hacia antes de 1989, vale decir, restaurar el imperio, con algunas leves modificaciones. Intención que por lo demás ha dado a conocer el mismo Putin. “Sin Ucrania no hay imperio ruso”, dice Rice citando a Zbigniew Brzinnski. La Rusia que imagina Putin podría prescindir de las naciones caucásicas, de las bálticas, e incluso de Bielorrusia, pero de Ucrania, no. Cito: “Para Putin la derrota no es una opción. No puede ceder a Ucrania las cuatro provincias orientales que ha declarado parte de Rusia. Si no puede tener éxito militar este año, debe mantener el control de las posiciones en el este y sur de Ucrania que brindan futuros puntos de partida para ofensivas renovadas para tomar el resto de la costa del Mar Negro de Ucrania, controlar toda la región del Donbas y luego avanzar hacia el oeste. Ocho años separaron lo toma de Crimea por parte de Rusia y su invasión hace casi un año”. Putin, agrega Rice, es un imperialista con paciencia. Y cree -es su opinión central- que el tiempo está jugando a su favor.

 

 

Ucrania, por su parte, no puede sino hacer lo contrario: resistir hasta el final. Por eso los cálculos de Henry Kissinger acerca de que habría que ceder unos kilómetros cuadrados a Rusia fueron recibidos en Kiev como un agravio. Y con razón. Si alguien asalta tu casa y tú pides ayuda a tus amigos, y uno de ellos te contesta que debes cederle un par de habitaciones, corriendo el riesgo de que mañana te quite otra habitación, o simplemente la vida, es algo que nadie podría aceptar. Eso es justamente lo que no puede soportar la enfermiza fantasía de Putin: Ucrania es un país extranjero, y si no lo era del todo antes de la invasión, ahora sí lo es. Y cada vez lo será más.

 

 

Con la declaración de independencia de 1991 aprobada por el 90% de su ciudadanía, Ucrania decidió ser un país europeo, y si no miembro de la UE ni de la OTAN, la decisión de pertenecer a Europa fue aceptada por todo el mundo político, incluyendo Rusia. Por eso, y no por otras razones, Zelenzky está obligado a ser maximalista. Pero, aunque parezca paradoja, el suyo ha sido un maximalismo realista. Por un lado defiende la integridad territorial que prevalecía antes de que la invasión comenzara – no el 2022 sino el 2014, con la anexión rusa de Crimea y la zona del Donbas-. Por otro lado, nunca ha negado su predisposición a acudir a negociaciones, pero en ningún caso bajo las condiciones dictadas por Putin.

 

 

Los gobiernos europeos han comprendido lentamente que lo que está en juego es mucho más que Ucrania. Una Ucrania en manos de Putin sería una amenaza a la soberanía territorial de Europa. Más todavía, llevaría al desconocimiento de toda la legislación internacional, de todos los tratados, a la imposición de la ley de la selva y con ello, a la ruina moral y política de la UE. Es por eso que los tanques y aviones son en estos momentos más útiles en Ucrania que guardados en los hangares europeos.

 

 

Estados Unidos comparte las posiciones de sus socios, principalmente las de los países que limitan con Rusia, razón por la cual ha entregado incondicional apoyo militar a Ucrania. Lo seguirá haciendo, también en aras de sus propios intereses. En efecto, si en la guerra a Ucrania, Putin resultara vencedor, EE UU. quedaría a punto de perder su lugar hegemónico en el mundo, en beneficio, no de Rusia -que como vencedor o ganador siempre será un imperio regional– sino de su rival estratégico mundial: China. Eso quiere decir que para mantener su lugar geopolítico estratégico frente a China, los EE UU no pueden dejarse derrotar por una potencia de segundo orden como Rusia. Biden lo ha entendido así.

 

 

Por supuesto, si miramos la escena desde una perspectiva global, nos encontramos frente a un escenario terrorífico. Ni Rusia, ni Ucrania, ni la UE ni los EE UU quieren ni deben perder. Pero sí, pueden. Allí está el nudo del embrollo. Por eso, lo más probable es que, más allá de acuerdos ocasionales, armisticios, interrupciones y negociaciones, es que nos encontremos frente a una larga guerra y, como ya lo estamos viendo, muy cruenta.

 

 

ENTRE EL QUERER Y EL PODER

 

 

La guerra solo será ganada cuando el enemigo, en este caso Putin, no pueda ganarla. Esa es la premisa euroamericana. El problema es que Putin piensa lo mismo, pero desde su perspectiva. Putin cree que no solo debe sino, además, puede ganar la guerra. ¿Cuáles son sus cálculos? Una respuesta nos las da Condolezza Rice. Putin está convencido –y tiene buenas razones para estarlo- de que el tiempo está jugando a su favor.

 

 

Cierto es que Putin esperaba hacerse en un corto plazo de Ucrania, pero los hechos demuestran que también tenía un plan B. Para ejecutarlo dispone de un cuantioso armamento ofensivo y de un ejército ilimitado, al que puede renovar constantemente extrayendo fuerza de trabajo militar desde todas las regiones de Rusia.

 

 

Como ha erigido una dictadura personal, tampoco necesita consultar sus decisiones. Así puede Putin cambiar de tácticas de un día a otro sin que nadie lo contravenga. Hasta el vocabulario militar es impuesto desde el estado. Como escribí en otro texto, el desarrollo de la guerra ha acelerado un proceso en formación, el de la construcción de un nuevo totalitarismo: militar y teocrático a la vez. De ahí se explica en parte la sintonía que ha encontrado Putin con los ayatolas de Irán.

 

 

Putin cuenta, además, con el hecho de que en los países democráticos, justamente porque lo son, hay divisiones políticas. Ha tomado nota por ejemplo de que la alianza franco-alemana no está siempre en condiciones de transformar su potencia económica en potencia militar. No se le escapa que Macron está situado entre dos fuerzas pro-putinistas, la derecha populista de Le Pen y el socialismo populista de Melenchon. Ha advertido que Scholz cuando más es un buen administrador y no un líder político, mucho menos un estratega militar. Además quiere reanudar las relaciones económicas con Rusia después de la guerra, lo que explicaría sus deficiencias de compromiso militar durante la guerra.

 

 

Putin dispone, por si fuera poco, de dos caballos de Troya. La Hungría de Orban en la UE y la Turquía de Erdogan en la OTAN, ambos países regidos por presidentes con pretensiones teocráticas muy similares a las que caracterizan al gobierno ruso.

 

 

Y no por último, en Occidente tiene lugar una contrarrevolución antidemocrática abiertamente dirigida en contra de la UE y los EE-UU. Las insurgencias trumpistas en los EE UU. y bolsonaristas en Brasil, están evidentemente coordinadas entre sí y ambas forman parte del mismo contexto, nos advirtió recientemente la historiadora Anne Applebaum.

 

 

No obstante, si Occidente aparece relativamente debilitado frente a Rusia, Putin deberá comprender tarde o temprano que nunca lo estará lo suficiente como para cantar una victoria total sobre Ucrania. Por una parte, el ejército ucraniano compensa su inferioridad cuantitativa con su superioridad cualitativa. La diferencia es importante. Los soldados ucranianos saben por qué luchan. Los soldados rusos no lo saben. Por otra, Ucrania cuenta con un capital geopolítico que le será fiel hasta el último: son las naciones de Europa Central y del Este (dejemos a un lado la Hungría del renegado Orban)- .A ellas Putin deberá sumar las debilidades que ofrece en el flanco centro-asiático donde también existen pretensiones turcas y chinas, no compatibles con las ambiciones hegemónicas de Rusia (en Kazajstán y Kirguistán, por ejemplo)

 

 

También Putin deberá contar con que Inglaterra y los EE UU (a no mediar una reelección de Trump o algo parecido) seguirán apoyando a Ucrania sin compromisos. Hay pues un “núcleo duro” que se mantendrá firme, uno que puede impedir que Putin no gane la guerra por él mismo iniciada. Es por eso –volvemos aquí al problema planteado por Rice- que Putin busca hacer del “factor tiempo” un aliado. Y según Rice, lo está consiguiendo.

 

 

Una parte del (nuevo) plan militar de Putin consiste en evitar una confrontación directa entre tropas rusas y ucranianas, donde tiene todas las de perder. De ahí que haya elegido el camino de la guerra indirecta. En el papel puede ser vista como una opción técnica. En la práctica se trata de un genocidio sistemático. No exagero. Durante los dos últimos meses Putin ha dedicado todo su esfuerzo a destruir desde larga distancia la infraestructura ucraniana. La palabra infraestructura también nos suena como una opción técnica. En la práctica se trata de demoler psíquica, moral y físicamente a la población civil de Ucrania.

 

 

Putin ya ha pasado a la historia como el primer estratega que privilegia los ataques a la población civil por sobre la infraestructura militar. Los daños militares que sufre Ucrania son más bien colaterales. Putin quiere convertir a toda Ucrania en una inmensa Guernica. La verdad es que puede ser aún peor.

 

 

Los propios oficiales de Hitler reconocieron que el bombardeo a Guernica fue un error, algo posible de creer en una época en que no existía la precisión digital de nuestros días. Una excepción a la regla, si se quiere. En cambio los misiles digitalizados de Putin explotan de modo directo sobre establecimientos civiles, viviendas, jardines infantiles, incluso hospitales. Esos ataques no son una excepción, son la regla.

 

 

“Putin nos está torturando” –dijo frente a la pantalla una anciana surgida desde las ruinas-. Efectivamente, de eso se trata: de una tortura lenta a Ucrania, hasta que no quede nada ahí, hasta que no quede nadie ahí. La estrategia de la tabula rasa. Y en los días en que se perpetra esa masacre, Europa discute de modo bizantino si enviar armas ofensivas o no hacia Ucrania. Y mientras los gobernantes discuten, Putin cuenta con el tiempo, su aliado favorito.

 

 

Macron y Scholz esperan que alguna vez Putin accederá a sentarse en una mesa de negociaciones donde los enemigos rehusarán a poner condiciones. No los criticamos. Sabemos que las negociaciones son necesarias para finalizar toda guerra. Pero también sabemos que para hablar de negociaciones hay que conocer antes que nada el carácter de una guerra. Pues bien: esta es una guerra de invasión. Por lo tanto solo podrá terminar cuando termine la invasión. El punto entonces será encontrar una condición de tiempo y de lugar para que esta guerra llegue a su fin. La condición del tiempo responde a la pregunta cuándo. La de lugar, dónde. La respuesta de Putin a la primera pregunta es, “hasta cuando me dejen seguir”. La respuesta a la segunda, “hasta donde me dejen llegar”.

 

 

En otras palabras, Putin seguirá avanzando hasta cuándo y hasta dónde pueda avanzar. Cuando no pueda más, si no está más loco de lo que está, aceptará una negociación. En las palabras precisas del politólogo alemán Herbert Münkler, “el curso de la guerra determinará las negociaciones y no las negociaciones el curso de la guerra”. Pero en este punto habría tal vez que diferenciar entre dos palabras que a veces se confunden: conversaciones y negociaciones.

 

 

Conversaciones las hay siempre. Quizás hay muchas más de las que sabemos que hay. En toda guerra, y esta no tiene por qué ser una excepción, hay una diplomacia secreta y una diplomacia pública. El objetivo político es transformar las conversaciones en negociaciones, las que como tales, solo pueden ser públicas. Como no es difícil deducir, estas negociaciones solo tendrán lugar cuando una de las fuerzas enemigas entienda que ya no puede -aunque quiera y aunque deba- avanzar más. A ese objetivo tienen que llevar las conversaciones: A reconocer y a hacer reconocer al adversario, el punto crítico del no-poder.

 

 

El mismo Münkler explicita ese punto recordando una fina diferencia hecha por Clausewitz. Es la diferencia entre meta y propósito. La meta responde a la pregunta de qué queremos lograr con una guerra, y el propósito a la pregunta de qué queremos lograr en una guerra. Si la meta occidental es que Putin abandone Ucrania, el propósito está claro: hay que quitar el arma del tiempo a Putin. Y ese tiempo, agregamos, solo puede ser quitado con más armas y no con más palabras.

 

 

Quisiera, créanme, haber escrito justamente lo contrario (con más palabras y no con más armas). Pero no puedo. Estoy escribiendo sobre y durante una guerra genocida. Al fin y al cabo, si uno es honesto, no escribe sobre lo que quiere sino sobre lo que debe. Pero también, sobre lo que puede.

 

 

            Fernando Mires