Momento constituyente en Venezuela

Posted on: julio 22nd, 2024 by Super Confirmado No Comments

 

Nadie duda de que, a partir de 1989 y en coincidencia con el «quiebre epocal» en Occidente, por efecto reflejo se advierte en Venezuela el agotamiento del modelo político de democracia civil de partidos instaurado en 1959. Treinta años, casualmente, fue el mismo tiempo que le toma a la gloriosa generación de 1928 empujar el tren de la historia hasta la caída de Marcos Pérez Jiménez. Se trató entonces de un momento fundacional o constitucional en el que se adopta la decisión colectiva de conjurar la fatalidad del gendarme necesario, emergida tras la caída de la Primera República en 1812.

 

El Congreso electo en diciembre de 1958 se transforma, así, en sede constituyente, de la que nace la Constitución de 1961 suscrita por la totalidad de las fuerzas políticas representadas en el mismo y encontrándose, dentro de estas, parlamentarios que luego la demonizan para imponernos otra, sesgada, unilateral, carente de legitimidad popular, a saber, la Bolivariana de 1999. Y no exagero al afirmarlo. El nombre de José Vicente Rangel es paradigmático.

 

Salvo los afectos a la dictadura militar reinante el país entero entendió el momento constituyente, alimentado por el espíritu del 23 de enero. No por azar, en democracia, bajo su pugnacidad política inherente, sin mediar un espíritu autoritario al haber quedado atrás el sino fatal del cesarismo bolivariano, duro cuatro décadas la Constitución como expresión de la conciencia nacional. Y es que bien lo dice András Sajó, profesor en Budapest, que “uno de los inconvenientes de una Constitución que surge sin el beneplácito de un momento constitucional es que no contribuye a un sentido de unión, o a la formación de identidad, entre los miembros de la sociedad a la que se aplica”.

 

De modo que, la formal y vigente pero hoy desmaterializada allí permanece sólo como papel y aporía, testimonio de un régimen que a diario legaliza la ilegalidad y hace de la mentira la fisiología de su poder despótico. Pues si bien es cierto que a partir de 1989 emerge entre los venezolanos otro momento fundacional, que así le llaman como fenómeno excepcional Richard Albert, Menaka Guruswamy y otros de sus colegas al teorizar desde la perspectiva constitucional, Hugo Chávez y sus compañeros del 4F lo secuestran en 1999, para que su minoría pudiese imponérsele a la mayoría de los venezolanos. Al pueblo lo meten a la fuerza dentro del corsé de un orden constitucional que otra vez –desbordando incluso los parámetros históricos conocidos a lo largo de los siglos XIX y XX– reinstala a la dictadura constitucional y su degeneración despótica.

 

Al decir lo anterior remito a las páginas de mi Revisión Crítica de la Constitución Bolivariana editada el año 2000 al apenas publicarse con las enmiendas que se le hicieran fuera de la Asamblea Constituyente y de manos del propio Chávez antes de insertarla en la Gaceta Oficial. La vota en referéndum sólo 44% de los electores, confirmándose así el trastocamiento del momento constituyente como expresión de la integralidad de la nación.

 

Pues bien, pulverizada la república durante los últimos 25 años, invadido el territorio nacional por fuerzas extranjeras y grupos criminales que coexisten dentro de este y usan de la franquicia del Estado y a sus escribanos para asegurarse la impunidad, y al haberse fracturado a la misma nación tras la emigración forzada de casi 8,8 millones de venezolanos, a contravía de esa deconstrucción trágica emerge con fuerza telúrica e inédita un nuevo momento constituyente en Venezuela.

 

La mayoría más que determinante, léase una mayoría aplastante de los venezolanos, esquilmados, maltratados, vejados, humillados, abandonados, huérfanos y burlados, sea por un régimen despótico atrincherado tras el Tren de Aragua –que es su mascarón de proa internacional–, sea por la excrecencia de la desviación política representada en los «alacranes», a partir del dolor compartido aquella resucita como nación y ha recuperado su conciencia como tal.

 

Han perdido los venezolanos el miedo al desafuero poniéndole rostro visible, el de Nicolás Maduro Moros. Sin haber llegado al 28 de julio, han cambiado el rumbo de Venezuela y lo están asumiendo, ahora sí, de forma protagónica. María Corina Machado y Edmundo González son los intérpretes de ese nuevo estado de cosas, en avance y resiliente, y habrán de gobernar desde dentro o desde fuera de los palacios oficiales obedeciendo a ese claro momento fundacional.

 

Querer el régimen secuestrarlo como ocurriera a partir de 1999 ante la abulia de un sistema de partidos que, al término, concluyo vuelto franquicias disponibles y al detal, sería una estupidez suicida. El fenómeno de insurgencia pacífica y popular sin precedentes y en marcha, en modo algo es conjugable con las categorías políticas y de poder conocidas ni sujetable –se está demostrando– con la fuerza policial o militar. Si cabe el paralelo, viene ocurriendo en esta posmodernidad de lo venezolano la ruptura que se da durante la génesis de la división de poderes en el mundo occidental, cuando el cristianismo le tuerce la mano a la política imperial hecha teología.

 

Lo único cierto es que la entelequia del Poder Popular que, a contrapelo de su propio engendro constitucional de 1999, quiso imponer Chávez Frías una vez como se aproxima de manera definitiva a La Habana y al perder toda confianza en la Fuerza Armada, es un cascarón vacío; es otra aporía más, es decir, es un poder comunal y popular sin pueblo, imposible ya de llenarlo artificialmente y mediante el uso de la represión.

 

Pérez Jiménez arreció con su violencia en 1957 al verse cercado y perdido, luego de haber impuesto el fraude de su plebiscito. Desatendió el pedido de corrección que le hiciese el Estado Mayor General y su cabeza, el general Rómulo Fernández, a la sazón su compadre.  Lo frenaron en seco el pueblo y sus propios compañeros de armas, convencidos de que era otro momento constitucional. Tuvo tiempo de huir por La Carlota, antes de que sus miles de víctimas se lo impidiesen.

 

Asdrúbal Aguiar 

correoaustral@gmail.com

La conspiración del marqués de Casa León

Posted on: julio 15th, 2024 by Super Confirmado No Comments

 

A la historia venezolana, en tiempos de dictaduras o dictablandas que son las más, y bajo el actual e inédito despotismo criminal que se engulle al Estado exprimiéndole sus ubres mientras la nación sufre y se desparrama, no la abandona el síndrome de Casa León. La proximidad del 28 de julio ha vuelto a acelerar su circunstancia suicida.

 

El país, en su despertar, realizando una suerte de milagro que se resume en la procesión que avanza tras María Corina y a la manera de una Pastora barquisimetana, levantando el polvo de nuestra geografía nada pide a cambio, sólo que le dejen respirar y reencontrarse con los afectos distanciados. Entretanto, los causahabientes del marqués de Casa León, ese zorruno truhán que tiene a su mejor réplica en la figura de Tancredi Falconeri recreada por El Gatopardo, mientras celebran al tsunami popular en curso se dicen para sus adentros y entre ellos que «si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie». Se proponen sobrevivir. Les urge seguir atados al tráfico del poder, en una hora de inflexión dictatorial inevitable.

 

Ese antihéroe que fuese Antonio Fernández de León, al que le dedica páginas memorables don Mario Briceño Iragorry a fin de que la Venezuela sin memoria esté prevenida, era un «empresario exitoso» desde las vísperas de nuestra emancipación hasta consumada la verdadera independencia que nos hace libres en 1830; un lleva y trae que se mueve entre los patriotas y los realistas, tal como lo hacen sus causahabientes desde hace cinco lustros, trillando entre las franquicias opositoras que dominan, sus pulperías endomingadas de bodegones y el invasor de Miraflores.

 

La cuestión es que, esta vez, el fenómeno telúrico que envuelve a la casi totalidad de los venezolanos, los de afuera, los de adentro, los de las ciudades, los de los pueblos más remotos y abandonados de ese cuero seco que es nuestra geografía, ahora sí, es el protagónico. El levantamiento popular se le atraviesa a la tradición del gendarme necesario. Le perdió el miedo y media una fuerza en génesis que sólo llega, excepcionalmente, en naciones maltratadas con sevicia, que han sufrido de un severo daño antropológico. Sin ella y sin quien la interprete con legitimidad, por ende, se hará cuesta arriba la gobernabilidad del país.

 

Cuando ocurre el primer amago de insurgencia libertaria venezolana contra Napoleón Bonaparte, una vez como este invade a España e impone como monarca a su hermano José, en 1808 los criollos, hijos de españoles, demandan el establecimiento de una Junta autónoma tras la “conjura de los mantuanos” para autogobernarse. Mas descubiertos y perseguidos por el capitán general, el marqués de Casa León, justamente el primer viandante de la conspiración y redactor de su proclama dice, entonces, no tener nada que ver con ella ni con sus promotores, a quienes desconoce y son perseguidos. Sucesivamente, a la caída de la Primera República es el mismo Casa León quien, como jefe de rentas de la Confederación y enviado para que negocie la transición con el canario Domingo de Monteverde, al término traiciona a Francisco de Miranda. Se pasa al bando del líder realista. Lleva luego la cizaña hasta su amigo, el Padre Libertador y a los suyos, volviéndoles conspiradores contra la libertad en ese instante agonal. Es quien, al paso, tras los intentos del Precursor para liberar a Venezuela antes de 1810, aporta dineros para pagar el precio por la cabeza de este eminente venezolano cuyo nombre figura en el Arco de Triunfo.

 

Hecho preso en La Guaira, el hijo de la panadera como le llama Inés Quintero, una vez entregado a los realistas por esa logia seminal de los «boliburgueses» de ahora Monteverde la compensa. Le da pasaporte para que huya. Bolívar, con el suyo, se dirige hasta Cartagena de Indias, desde donde lapida con su Carta célebre a la Ilustración civil que nos dio nuestra primera carta de derechos, el acta de la Independencia, y la primera Constitución Federal, en 1811.

 

Tras colaborar con Monteverde, Casa León funge después como director de rentas de Bolívar cuando este llega a Caracas en 1813. Y en 1814, al tomar la ciudad José Tomás Boves, el Urogallo, le acepta el cargo de gobernador político. Es el felón a quien la monarquía española, una vez restablecida y tras la acusación que formula Pablo Morillo, le abre expediente por deslealtad; más al término, este Reineke, El Zorro, tramposo y timador, logra que el mariscal español Miguel de la Torre le designe jefe político de Venezuela hasta las postrimerías de la guerra por la Independencia. Consumada la batalla de Carabobo viaja a Curazao y de allí a Puerto Rico. María Antonia Bolívar, por instrucciones del Libertador, le ayuda económicamente.

 

El marqués de Casa León, en suma, es la síntesis del tránsfuga o alacrán mayor, cercano a Tío Tigre, sea quien fuese, al que sirve creyendo amansarle para después argüir ante sus críticos, como lo hace aquel según su defensor, Juan Uslar Pietri, que se le “iba la vida en su decisión”. O bien, que “se valió luego de aquel cargo para ayudar a sus amigos perseguidos” o para preservar su hacienda.

 

La historia magistra vitae est. Así como las hormigas enseñan a los humanos cómo buscar y guardar las cosas necesarias para la vida, igualmente Tío Conejo “es un animal como el erizo, que sabe habitar en cavernas y huecos de piedra”, sabiéndose asegurar hasta el instante oportuno (Tratado de las langostas, Madrid, 1610). Y cabe recordar que, mientras las armas y el perezjimenismo unido a sus comisionistas veían con ojeriza al presidente Rómulo Betancourt, lo que sostuvo al nacimiento de nuestra república democrática evitando su derrumbe a partir de 1959 fue la presencia diaria y desbordante del pueblo llano en la plaza O’Leary. La llave de esa gobernabilidad, enhorabuena, está en buenas manos, las de María Corina y su unión con “Edmundo para todo el mundo”.

 

 Asdrúbal Aguiar

correoaustral@gmail.com

El espíritu del 5 de julio de 1811: Tiempo civil y de civilidad en Venezuela 

Posted on: julio 6th, 2024 by Super Confirmado No Comments

 

 

*  Palabras conmemorativas, leídas ante los miembros de las organizaciones de venezolanos en diáspora, VeneAmérica, y VAPA, Venezuelan American Petroleum Association

 

“Interesante espectáculo presenta el primer Congreso de Venezuela: hijo de la revolución, fruto de elecciones libres y tranquilas, en vez de una asamblea tumultuosa, agitada de populares pasiones… se concitó la estimación y el respeto públicos, sin excitar la admiración; pero tampoco resistencias y ataques en el seno de los republicanos. Nada precipitó los pasos de aquellos varones ilustres, prudentes y circunspectos en medio de sus interiores recelos o de las impaciencias en sus esperanzas… Todos anhelaban por la tierra prometida sin pasa por el Mar Rojo”. Juan Vicente González, en Revista Literaria, apud. Acta de Independencia de los Estados Unidos de Venezuela, Caracas, Imprenta Nacional, 1899

 

Es un honor inmerecido poder hablarles en este día de tanta significación para la Venezuela civil; esa sobre la cual desplegamos el “amor intenso que se conoce con el nombre de patriotismo”. Ya que al referirme a la patria lo hago en el mismo sentido que le da don Miguel José Sanz, secretario de Estado de la Primera República, uno de nuestros padres fundadores olvidado: “Sólo el pueblo que es libre como debe serlo puede tener patriotismo”, escribe el eximio jurista, parte de los actores fundamentales de la Venezuela de 1808, 1810 y 1811, quien egresa de nuestra Pontificia Universidad de Santa Rosa de Lima y del Beato Tomás de Aquino, la universidad que fuese de Caracas, nuestra actual Universidad Central de Venezuela.

 

Es ese, en efecto, el entendimiento que tienen él y los suyos acerca del desafío que asume su generación – de la que es causahabiente, sin duda, la generación venezolana de 1928 – a lo largo del primer quiebre agonal sobre el puente que enlaza a nuestros siglos XVIII y XIX. Ser independientes, pero ser, sobre todo, ser libres, es el desiderátum. De donde ajusta Sanz a lo antes dicho sobre el patriotismo, algo que mejor entendemos quienes hoy vivimos en diáspora o sufrimos del ostracismo:

 

“No es el suelo en que por la primera vez se vio la luz del día lo que constituye la patria. Son las leyes sabias, el orden que nace de ellas y el cúmulo de circunstancias que se unen para elevar al hombre a la cumbre de la felicidad… Pero ella no es el fruto de un momento – lo que hemos de aprender y es lección –; es indispensable formarla gradualmente y acostumbrar al hombre a amar la ley porque es buena y porque es el fundamento de su felicidad”.

 

Celebramos el 5 de julio sin tener patria en Venezuela. Hemos de ser conscientes de esta realidad. La república se ha pulverizado tanto como la Constitución de 1999 – el pecado original de lo corriente – se ha desmaterializado. Mas lo grave es que a la nación, soporte de nuestra sociedad y no solo de la llamada sociedad política, se le hizo añicos a lo largo del siglo corriente. Errabunda, se le ha irrogado un severo daño antropológico que no podemos pasar por alto sus víctimas, menos en la hora de transición que se nos anuncia. Es el desafío de atender con celo y mucha serenidad; pues si acaso, tal como lo lograron las espadas de Carabobo durante la segunda batalla en el sitio que nos da la independencia real en 1821, de repetirse tal hazaña en el ahora mediante los votos, no bastará ello para alcanzar el bien supremo de la libertad que hemos perdido. No nos la dio la ruptura con la Madre Patria. Independizarnos de Cuba o de Rusia, o de Irán, o de China, no es lo determinante para que seamos, vuelvo a repetirlo con las palabras de Sanz, libres como debemos serlo.

 

He aquí, pues, la significación de reencontrarnos alrededor de esta fecha liminar y patria, para hacer memoria y fortalecer al optimismo de la voluntad. Y uso la expresión del padre Jorge Bergoglio, que titula el folleto que me obsequiase en 2005, para decirles que la acuñada frase «hasta el final» implica la idea de “La nación por construir”. Que de eso se trata, si es que esperamos restablecer los lazos del afecto roto y procurar un nuevo acuerdo – reconstituir nuestra conciencia de nación – desde los corazones: “limpiar primero el corazón de la levadura vieja”, diría Agustín de Hipona.

 

Se le desgajó al cuerpo de la nación que a diario construíamos y a lo largo del azaroso siglo XX, un número que frisa las 8.000.000 de almas. Al resto, sito en el suelo que nos viera nacer y sobreviviente, lo humilla y veja el despotismo imperante. Es la tragedia que sólo se la entiende si nos inclinamos ante las imágenes del Darién o las lágrimas de viejos y de jóvenes – los nuestros, los de nuestras familias – vertidas al apenas acercárseles María Corina Machado; esa mujer icónica, de coraje y férreos principios que nos interpreta a cabalidad y hace renacer desde sus cenizas a la Pequeña Venecia con la medicina del afecto y la esperanza. Es lo inédito, sólo conjugable desde el dolor de patria, ajeno a nuestros inveterados arrestos mesiánicos.

 

El 5 de julio y la Declaración de nuestra independencia – que fue la formalización del ejercicio de nuestra libertad púber al decidir separarnos de la España peninsular – ha de seguir siendo, en su ejemplaridad, expresión de nuestro proceso seminal de humanización como venezolanos, a partir de la idea de la fraternidad y la lógica de la razón.

 

Un párrafo, muy ilustrativo, que consta en las Observaciones Preliminares escritas por don Andrés Bello, ajustadas a cuatro manos con el eminente Sanz para explicarle a los ingleses los alcances de la ruptura consumada durante el génesis de nuestra nacionalidad y para hacerles conocer los documentos de nuestra Independencia, es decidor:

 

“Mientras el suspiro de la libertad se hacía oír en las más distantes regiones, ¿era de esperar que la América Española, cuyos habitantes habían sido tanto tiempo esclavizados, y en donde más que en otra parte alguna era indispensable una reforma, fuese la única que permaneciese tranquila, la única que resignada con su triste destino viese indolentemente, que cuando los gobiernos de la península se ocupaban en mejorar la condición del Español europeo, a ella sola se cerraba toda perspectiva de mejor suerte, que sus clamores eran desechados,  y que aún se le imponía una degradación todavía mayor, que la que había sufrido bajo el régimen corrompido de los ministros de Carlos IV? .

 

A ese tránsito o transición de entonces se le fijaba también, junto a su sentido de humanización un objeto humanitario, a saber, poder recibir en tierra libre a nuestros hermanos del otro lado del Atlántico oprimidos por la invasión francesa; mismo que trágicamente se frustra con la violencia fratricida e imprevista, cuando a raíz de la caída de nuestra Primera República cede la contención y emerge telúrica la guerra a muerte. “La revolución más útil al género humano, será la de América, cuando constituida y gobernada por sí misma, abra los brazos para recibir a los pueblos de Europa, hollados por la política, ahuyentados por la guerra, y acosados por el furor de todas las pasiones”, reza el Manifiesto ante el mundo de la Confederación de Venezuela que suscriben Juan Antonio Rodríguez Domínguez y Francisco Isnardi, presidente y secretario de nuestra primera constituyente, el 30 de julio de 1811; el primero, directivo de nuestro Ilustre Colegio de Abogados fundado en 1791, el segundo, médico y periodista de origen gaditano.

 

He allí el dilema que aún nos atrapa, debo decirlo sin ambages, representado en la generosidad de los odios y traiciones que se engulle a parte de nuestras élites, las de ese remoto e inmediato pasado – cuando aparece en la escena un Marqués de Casa León en vísperas, durante y a lo largo de la transición emancipatoria nuestra – y secuestra a las del presente; sean las que aún miran el tiempo de nuestra modernidad civil como antediluviano o inexistente, sean las que en procura de venganza por el supuesto traspié de 1989 y 1992 – e ignorantes del «quiebre epocal» en Occidente – frenan nuestra sana reconducción a finales del siglo XX por vía de las reformas. Se dejan iluminar por la prédica del final de la política y de las ideologías y por la visión pragmática ofrecida por el Consenso de Washington; tanto como a las que siguen, que mirándose como víctimas de una u otra tendencia prefirieron la revancha escarnecida y le dieron asiento a la ruptura y la disolución a manos del tráfico de las ilusiones. Es, además, o ha venido a significar ello, al término, la fatal recreación del drama que ha sido el objeto preferido de nuestra literatura vernácula y que adorna con el mismo sino a otras regiones de la América Española, desde el instante en el que se vitupera al 5 de julio y a su forja reformista para atizar el argumento de las espadas.

 

Es el Facundo o la civilización y barbarie de Sarmiento, en Argentina, como lo son las novelas de nuestro gran Rómulo Gallegos; aun cuando en la obra de aquél se privilegie al choque dramático entre la ciudad y el campo como el modelador de los comportamientos, mientras que en este, desde su inaugural novela La Trepadora a la que sigue Doña Bárbara, priva la idea del enfrentamiento entre la cultura y la incivilidad o, ajustando el tiro, entre “las potencias del bien y del mal” como lo sostiene Orlando Araujo.

 

Cada 5 de julio, en efecto, nos damos por servidos los venezolanos con la lectura del Acta de Independencia en sesión solemne, luego de ser abierta la caja que la contiene. Le prosigue un desfile militar que profana y desvirtúa su hondo significado intelectual, hasta que se cierra el arca con la muy célebre llave que pende del cordón presidencial desde el tiempo de Cipriano Castro. Me correspondió endosarla en dos ocasiones, supliendo al presidente y en presencia de las espadas dominantes en el Salón Elíptico, como debo reconocerlo.

 

Ese rito, que se ha hecho costumbre canónica sin eco, no pudo encontrar momento más desdoroso y reciente que el recreado por el vicepresidente de la república – encarcelado, acusado de latrocinio, tras los mismos odios que también bullen dentro del despotismo reinante, y ausente el presidente de la república – quien, al hacerse presente en el Salón Elíptico el 5 de julio de 2017, presentes los miembros de la Fuerza Armada, a voz en cuello demanda el asalto de la sede parlamentaria por el pueblo, residencia de la representación civil. Acusaba de oligarcas a sus diputados electos. Nadie le escuchó.

 

Pero otra vez la barbarie hace de las suyas, de modo similar a como lo hizo Domingo de Monteverde y sus soldados al quemar los documentos de la Primera República, una vez como encarcela, vendido por sus subalternos, al Precursor Francisco de Miranda.

 

Debo decir, con la gravedad que nos impone este momento sensible y en vísperas de un evento electoral en dictadura, que, si Monteverde creyó que su acto borraba nuestra memoria de 1811 para siempre, lo mismo buscó hacer nuestro Padre Libertador, Simón Bolívar, desde Cartagena de Indias, en 1812.

 

Su respetado nombre no disminuye por la crítica que formulo. Al cabo, invade al alma de Bolívar el mismo dilema genético que no alcanzamos a superar los venezolanos de ahora. Pues sea Monteverde, sea aquél, la realidad es que cuando las espadas y la crónica de lo bélico imperan, huye despavorida la razón, la pura y la práctica; y en el caso se trataba, entonces, de acabar de raíz con la ilustración pionera de Venezuela, para que privase la idea de la independencia por sobre la de la libertad de los venezolanos:

 

“Los códigos que consultaban nuestros magistrados no eran los que podían enseñarles la ciencia práctica del Gobierno, sino los que han formado ciertos buenos visionarios que, imaginándose repúblicas aéreas, han procurado alcanzar la perfección política, presuponiendo la perfectibilidad del linaje humano. Por manera que tuvimos filósofos por jefes, filantropía por legislación, dialéctica por táctica, y sofistas por soldados… Generalmente hablando – agrega el Padre Libertador – todavía nuestros conciudadanos no se hallan en aptitud de ejercer por sí mismos y ampliamente sus derechos; porque carecen de las virtudes políticas que caracterizan al verdadero republicano”.

 

Era y se trataba de una réplica, la de Bolívar, al discurso que asumen para sí Bello y Sanz, compiladores y editores de la obra política emancipadora e independentista de 1811, quienes sostienen ante el mundo e Inglaterra y para memoria – agrego yo – de los desmemoriados del siglo XXI el pensamiento de nuestra Ilustración emancipadora en su conjunto: “Aunque es inmensa la transición de su anterior abatimiento al estado de dignidad en que hoy comparecen, se verá al mismo tiempo que los naturales de la América Española están generalmente tan bien preparados para gozar de los bienes a que aspiran, como los de la nación que desea prolongar su tiranía sobre ellos”, escriben.

 

¿Acaso ha de sorprendernos, entonces, lo que nos ha acontecido? ¿No nos hemos leído, en sus líneas y entrelíneas, el texto de la Constitución de 1999?

 

Este, téngaselo presente en el limen que nos embarga, sancionado por una parte minoritaria de la nación en detrimento de la otra – sólo un 44% – niega la perfectibilidad de la persona humana; de donde se le entrega al Estado y a quien detente su poder la tarea de desarrollar nuestras personalidades como venezolanos. Eso sí, a la luz de y guiados por la doctrina bolivariana, por una nación de espadas – la del amigo/enemigo que predicase un siglo más tarde el apologeta del totalitarismo, Karl Schmidt – con exclusión total del sentido vertebrador de la razón humana.

 

¿O es que asimismo olvidamos que en este texto constitucional su orden se articula a una matriz militar-civil y al sostenimiento de la tesis pretoriana de la seguridad nacional?

 

Así las cosas, en el marco de nuestra naturaleza – hijos del presente y de un ser que, transido de adanismo, busca hacerse desde el principio y cada día sin llegar a ser, y viéndonos como inacabados, atrapados por el mito de Sísifo – aún nos preguntamos, insólitamente, sobre ¿por qué regresa por sus fueros el gendarme necesario?

 

Quien trascienda al narcisismo político y su inmediatez dominante, podrá darse cuenta del perjuicio de nuestro olvido, de la frivolidad con la que celebramos nuestras fechas de patria sin reparar sobre sus significados. Entenderá que, por banalizado cada año el 5 de julio, mal pudimos entender la verdadera reflexión escrita, la única que hizo y les hacía a sus pares el lapidado mandatario Rafael Caldera a raíz de los sucesos del 4 de febrero de 1992. Y vuelvo atrás las páginas del tiempo recorrido y tomo su voz, en esta reunión conmemorativa, para que se le escuche pausadamente:

 

“No es que la descabellada intentona pueda justificarse (siempre y sin género de dudas hemos sostenido que la llamada solución de fuerza no es solución para los problemas colectivos), sino que sería imperdonable ceguedad no darse cuenta de que el estado de ánimo colectivo es propicio para que se intenten nuevas aventuras, por absurdas e inconvenientes que sean”.

 

Contra tal tendencia nefasta y cíclica que recoge Laureano Vallenilla Lanz con su tesis del Cesarismo democrático, que se mira en Bolívar para beneficiar a la larga dictadura de Juan Vicente Gómez y es réplica de una obra de Jordeuil escrita en Versalles, en 1871, se levanta la generación venezolana de 1928. Es la cuestión vertebral para tener presente, pues es la basa sobre la que anclan sus columnas el Pacto de Puntofijo suscrito por el mismo Caldera, Rómulo Betancourt y Jóvito Villalba, en 1958.

 

Releer al conjunto de los documentos históricos previos y posteriores al 5 de julio de 1811, que no limitándonos a la célebre Acta de la Independencia que redactan Juan Germán Roscio – profesor de instituciones en la Universidad de Caracas – e Isnardi en fecha posterior al 5 de julio, luego adoptada en la sesión de 7 de julio y trasladada al Libro de Actas el 17 de agosto completándose las firmas al siguiente día, implica volver a las fuentes de lo que somos. Es lo que nos permitirá encontrar el astrolabio de la nación que se nos ha extraviado. Allí, en esos papeles, consta y se resume el pensamiento constante de nuestros Padres Fundadores y el de sus causahabientes, nuestros líderes civiles contemporáneos, los auténticos demócratas.

 

Manuel Bustos, director de la Real Academia Hispanoamericana, en el preliminar de mi libro sobre la Génesis del Pensamiento Constitucional de Venezuela, refiere algo que importa recrear como garantía del porvenir y de su gobernabilidad y a fin de que superemos nuestra recurrente victimización, tan explotada por los déspotas de ocasión:

 

“En primer lugar, [tras la obra de los repúblicos de 1810 y 1811 queda] la demostración de la existencia de una Ilustración de calidad en Venezuela (en lo que luego devendrá este país), a finales del siglo XVIII y principios del XIX, constituida por nombres de relieve en la historia patria, intelectualmente formados, entre otros centros de estudios superiores, en la Real y Pontificia Universidad de Santa Rosa. A la vista de este hecho, convendrá advertir el profundo desconocimiento que de ellos (tal vez con la excepción de Miranda) se tiene en Europa, donde viene imperando la idea de que no hubo otra Ilustración que la forjada por los nombres clásicos franceses (Diderot, Montesquieu, Voltaire, Rousseau, etc.) y los británicos (Locke como preludio o Adam Smith). El propio complejo de inferioridad que padecemos de forma crónica los hispanoamericanos, y que nuestro mismo autor recuerda en alguna ocasión, nos ha llevado culpablemente a este olvido”.

 

Cabe extraer otras enseñanzas, además, revisitando a nuestra primera constitución, de corte federal, adoptada al finalizar el año de 1811 de manera sucesiva a la declaración y antecediéndole a ambas una Declaración de Derechos aprobada por la legislatura de Caracas; pues igualmente se ha exagerado su realidad y distorsionado así la autoridad intelectual de los padres civiles de nuestra libertad. Se dice que su arquitectura es americana y francesa, y es verdad. O que, en otras palabras, sería una vulgar copia dado el influjo que ejercieran sobre sus redactores las grandes revoluciones de nuestra modernidad. Lo cierto es que, para beneficio del gendarme necesario, se omite que la ingeniería constitucional fue de neta factura liberal e hispano-venezolana.

 

Los conceptos sobre el pacto constituyente y la representación popular, el Uti possidetis iuris que alegamos en defensa actual de nuestro Esequibo, la imparcialidad de los jueces, la transparencia y rendición de cuentas, la unidad democrática federal, la democracia y la garantía de los derechos del hombre como la proscripción de la tortura o la derogación de la infamia trascendente, en materia de indultos, sobre la independencia de poderes y el control de constitucionalidad y legalidad y sobre el control democrático de la opinión pública, son todos de hechura nuestra. Lo revelan los artículos divulgados en la prensa de la época y sus debates durante los días previos a la sanción del texto constitucional, obras aquéllos de nuestra ilustración, de los progenitores de nuestro espíritu civil amagado con las guerras por la Independencia; en las que vencemos, cabe también tenerlo presente en signo de gratitud, con un ejército de colombianos. Es ese el espíritu humanista que busca renacer, parcialmente, superada la conflagración, en 1830, paradójicamente de manos de un militar, el general José Antonio Páez, ajusticiado en su memoria por el patrioterismo de las espadas.

 

A las armas las regresa Páez a las haciendas, las logradas por nuestros soldados tras las confiscaciones que se imponen durante el período bélico, mientras decide a llamar a las luces, a los preteridos doctores, los que sobrevivieron a la guerra fratricida y otros nóveles, para que dibujasen el futuro desde la Sociedad Económica de Amigos del País.

 

Hasta 1999, así las cosas, le rendíamos honores a Bolívar y a los padres fundadores de 1811: al mismo Precursor, traicionado por este, a Cristóbal Mendoza, Juan Escalona, Baltazar Padrón, López Méndez, Juan Germán Roscio, Francisco Javier Yanes, Martin Tovar, Fernando Peñalver, Luis Ignacio Mendoza, Lino de Clemente, José de Sata, Ramón Ignacio Méndez, entre otros tantos. Cultivábamos a los olvidados de 1830: el rector José María Vargas, Santos Michelena, Domingo Briceño, Tomás Lander, Antonio Leocadio Guzmán, el mismo Francisco Javier Yanes, por cierto, de origen cubano y secretario de nuestros primeros congresos, Fermín Toro, Juan Bautista Calcaño, Diego Bautista Urbaneja, Valentín Espinal, y otros más.

 

¿Alguno de nosotros recuerda a estos nombres, el de los parteros civiles de nuestra nacionalidad, albaceas de nuestro espíritu libertario, con sentimientos de gratitud?

***

Les he hablado de la fuente liberal hispanoamericana que nos alimenta en lo sustantivo a inicios de nuestra vida republicana, pues es la que nutre la obra emancipadora e institucional hasta 1812. No fue un accidente.  Sí lo fue la guerra y sus odios, seguidamente transformados en hábito.

 

El pensamiento ilustrado civil se cuece entre nosotros desde finales del siglo XVII. El propio Bello, al publicar el primer libro que conoce Venezuela en 1810, el Calendario Manual y Guía Universal de Forasteros, impreso por Gallager y Lamb en Caracas, dice, para mostrarnos ante los visitantes extranjeros, lo siguiente:

 

“En los fines del siglo XVII debe empezar la época de la regeneración civil de Venezuela, cuando acabada su conquista y pacificados sus habitantes, entre la religión y la política a perfeccionar la grande obra que había empezado el heroísmo… Entre las circunstancias favorables que contribuyeron a dar al sistema político de Venezuela una consistencia durable debe contarse el malogramiento de las minas que se descubrieron a los principios de la conquista”.

 

Habíamos enterrado, justamente y enhorabuena, al mito de El Dorado, que equivale tanto como a decir que nos levantaremos y formaremos otra vez una conciencia de nación sobre la declinación de nuestra riqueza petrolera contemporánea.

 

El 5 de julio no fue un salto al vacío. Recibió los insumos de la revolución de Gual y España, macerados con las enseñanzas de Juan Bautista Picornell, parte del movimiento prerrevolucionario liberal español. Allí están, como testimonios elocuentes, las Ordenanzas, constantes de 44 artículos, con sus instrucciones prácticas para la acción revolucionaria imaginada; el alegato emocional que soporta a la insurrección y a la vez evoca, entre muchas líneas, el alzamiento reivindicatorio de Juan Francisco de León de 1749 en protesta contra la Compañía Guipuzcoana, titulado Habitantes libres de la América Española; las canciones – la Canción Americana y la Carmañola Americana– propuestas para animar y exaltar al pueblo no educado con vistas a la jornada insurreccional que se le propone; el texto de los Derechos del Hombre y del Ciudadano – ciertamente que una traducción del texto francés de 1793, constante de 35 artículos – y las Máximas Republicanas, como enunciado de principios y virtudes ciudadanas. Se trata, como lo refiere nuestro gran filólogo de origen catalán, don Pedro Grases de un “código de moral y política por el que debe guiarse un buen republicano”; suerte de decálogo de deberes, contrapartida de los derechos de libertad que se esgrimen.

 

El autor del Discurso preliminar dirigido a los americanos es Picornell, tanto como lo fue Bello el introductor de toda la obra previa y posterior al 5 de julio ante los ingleses. Llega a La Guaira en 1797, junto a Manuel Cortés Campomanes, Sebastián Andrés y José Lax, todos reos de Estado, condenados por la frustrada Conspiración de San Blas en España que estallaría el 3 de febrero de 1796.

 

Así adquiere relevancia, en cuanto a la falaz servidumbre nuestra a lo extraño y a lo norteamericano, ese detalle que anuda sin solución de continuidad a los distintos hitos mencionados de nuestra Independencia – 1808, 1810, 1811 – y que observa el propio Grases luego de leer las Actas del Congreso Constituyente de Venezuela de 1811: “En el Salón de Sesiones del Supremo Congreso de Caracas entró con previo permiso D. Juan Picornell, a ofrecer sus servicios en favor de la patria, al restituirse a Venezuela de la persecución sufrida por el Gobierno anterior”, cita el registro de aquellas.

 

¡Oh cosas del destino! Ayer fue este ilustrado español, Picornell, quien se allega con sus aportes al Congreso que declarará nuestra Independencia el 5 de julio y que nos da nuestra primera Constitución civil, federal, democrática, de gobiernos limitados y alternativos, atada a una declaración de derechos.  En 1999, otros españoles, esta vez venidos desde Valencia, los que se aproximan contratados por la Asamblea Nacional Constituyente para deconstruirnos, para ofrecernos un orden constitucional militar, centralizado, dictatorial, bajo cuyo arbitrio los derechos de cada venezolano mutan en dádivas graciosas, contraprestaciones al detal.

 

Qué propugnaba este señor Picornell: simplemente la libertad, el Estado limitado y la democracia; esos bienes que se pierden con el cesarismo, mediante la recreación repetitiva del padre fuerte o gendarme necesario de corte bolivariano.

 

“Conferir a un hombre solo todo el poder, es precipitarse en la esclavitud, con intención de evitarla, y obrar contra el objeto de las asociaciones políticas, que exigen una distribución igual de justicia entre todos los miembros del cuerpo civil”, señala aquél. Y agrega: “No puede jamás existir, ni se pueden evitar los males del despotismo, si la autoridad no es colectiva; en efecto, cuanto más se la divide, tanto más se la contiene… ninguno puede tomar resolución sin el consentimiento de los otros; cuando en fin la publicidad de las deliberaciones, contiene a los ambiciosos o descubre la perfidia, se halla en esta disposición una fuerza, que se opone constantemente, a la propensión que tiene todo gobierno de una sola, o de pocas personas, de atentar contra la libertad de los pueblos, por poco que se le permita extender su poder”. Y concluye de esta manera:

 

“La verdadera esencia de la autoridad, la sola que la puede contener es sus justos límites, es aquella que la hace colectiva, electiva, alternativa y momentánea”.

 

Tales líneas intelectuales, abordadas y tamizadas a través de ejercicios casi socráticos por nuestros Padres Fundadores, quedarán inscritas, transversalmente, en los documentos de 1811; los que, por cierto, no pudo quemar Monteverde. Algún diputado se había llevado oculto hasta la Valencia venezolana el Libro de Actas. Desaparecido (dos volúmenes, uno original y el otro de copia), previo dictamen de la Academia Nacional de la Historia de 1891 – en la que se declara coincidente con la publicada en El Publicista Venezolano al Acta de Independencia – en 1909 se declararán auténticos los documentos contenidos en ese libro bilingüe, que ve luz en Londres en 1812 y edita Bello, apenas caída la Primera República. Su título, Documents relating to Caracas, lo reedita en facsimilar, en 2012, el profesor Allan R. Brewer Carías.

 

Uno de los libros de actas de 1811, feliz y efectivamente, aparece en 1907. Se lo usaba como asiento del piano en la casa de la viuda del doctor Carlos Navas Spinola. Un amigo de esta, Roberto Smith, al verlo se lo participa al historiador Francisco González Guinan, quien a su vez le escribe al presidente Castro dándole la noticia. Fue exhibido el 5 de julio de 1908. Desde entonces reposa en el Salón Elíptico del Palacio Federal.

 

En suma, lo que importa destacar a propósito de nuestra celebración del 5 de julio es su espíritu, la revalorización del contexto histórico y pedagógico dentro del que se sucede nuestra Independencia; en un marco, cabe reiterarlo, en el que  predominan como símbolos patrios los principios y fundamentos invariables de la nación políticamente organizada que decidimos ser durante esa aurora: la subordinación del poder a los derechos del hombre y como mecanismo de garantía.

 

La libertad está allí y se hace presente, antes que todo y en fase liminar o de limen, sea que fuésemos o no dependientes o independientes como Estado, y más allá de que avanzásemos como lo hicimos hacia un molde republicano o que, como pudo haber ocurrido, hubiésemos compartido el modelo de monarquía constitucional dispuesto por la Constitución doceañista española, La Pepa. La conciencia de la libertad nos es germinal. Es parte del alma nuestra, jamás sujetable siquiera bajo el oprobio al que se nos sometiera ayer como ahora.

 

Cabe tener presente, además, para mejor entender lo genético nuestro como venezolanos, que el tiempo durante el que logra su textura propia e identidad la que más tarde habrá de ser y constituirse como república de Venezuela, coincide con el advenimiento de los Borbones en España y la afirmación del llamado despotismo ilustrado. Su primer signo centralizador lo representa la eliminación del foralismo; doctrina política, la foral, que significaba la reivindicación por los distintos territorios españoles de sus autonomías administrativas y que, en el caso del citado reino, la ascensión de Felipe V y el dictado de los Decretos de Nueva Planta, le implican la pérdida o el cierre de sus Cortes representativas en 1707.

 

El absolutismo borbónico, por ende, fija un parteaguas constitucional de significación, que ejercerá su influencia en la posteridad y en las distintas vertientes del pensamiento constitucional de Hispanoamérica y de Venezuela. Y es contra tal absolutismo o despotismo, en el tiempo durante el que se afirma, que son direccionados los distintos movimientos conspiradores y de emancipación tanto en España – léase la referida revolución gaditana de 1812 a cuyas Cortes constituyentes acuden varios diputados venezolanos – como en la América hispana.

 

No por azar somos los venezolanos, además de libertarios, lugareños. Somos la hechura de la vida primaria local y municipal defendida y sostenida por los repúblicos de 1811; por apegados en sustancia al espíritu de la llamada «constitución originaria» que pugna, desde entonces y es lo que subrayar, contra quienes argüían desde España el derecho divino de los reyes y los que se miraban en sus códigos, como los Bolívar. Y no especulo.

 

Las prédicas del Padre Libertador – desde Cartagena (1812), Angostura (1819), y al crear Bolivia (1826) – son concluyentes. Explican el parteaguas que refiero en mis palabras precedentes, y son las que hipotecan aún en la actualidad, junto a la fatal resurrección del mito de El Dorado desde el primer tercio del siglo XX, la posibilidad de que seamos nación, así no lo seamos de modo acabado.

 

De modo que, al celebrar junto a Ustedes el espíritu del 5 de julio, en una hora en que la nación misma intenta renacer desde sus cenizas, con fuerza resiliente, con el arma del afecto que se nos muestra inédita y extraña a lo inveterado, hemos de saber y entender los venezolanos que es algo que trasvasa a la política de trincheras y al autismo electoral.

 

Ernesto Mayz Vallenilla – lo recuerdo en anterior ensayo – habla de nuestra “conciencia cultural” para otear sobre esas raíces integradoras que hemos de rescatar, tal como recientemente nos lo propone la Conferencia Episcopal Venezolana; reivindicar lo que alcanzamos en el tránsito de lo venezolano, apuntando a lo subjetivo de lo nuestro y en génesis, incluso buscándolo a tientas, más que atendiendo al simple factor social como objeto observable.

 

“El examen de conciencia … se trueca así en nuestro propio examen de conciencia”, dice el filósofo y Rector Fundador de la Universidad Simón Bolívar. Nos ofrece de tal modo una interpretación plausible que calza para nuestra mejor inteligencia de lo pasado y actual, en el ahora y en el aquí.

 

José Gil Fortoul, al abonar sobre este asunto opta por poner su énfasis en “el sentimiento nacionalista” como factor de movilización; ese que se caracterizaría por “la comunidad de historia y la armonía de tendencias intelectuales y morales”, sin desdecir de la propensión a que nuestra conciencia se siga afirmando en lo presente, en lo adánico; pero en un presente entre memorioso y utópico para que pueda poner su norte en el porvenir.

 

A todo evento, que las naciones necesitan “conciencia de sí mismas” para poder construir “algo digno y durable” es lo que piensa el trujillano don Mario Briceño Iragorry; conciencia de unidad, precisa Caldera. Es decir, que, mediando una unidad de origen, lengua y religión y gradaciones varias en el mestizaje común de lo venezolano, la diversidad libre y nómade es un hecho irrevocable y también de realidad en el arraigo local y sedentario como en nuestro más lejano amanecer; mientras que la unidad es un producto de la conciencia, que adquiere su concreción en la idea de la “voluntad de nación”, según destaca el expresidente.

 

Es esta, como cabe machacarlo, la dualidad conductual que siempre aflora entre nosotros como un diálogo sin fin entre razón y naturaleza; el mismo que se da y ocurre sobre el puente de la batalla de Carabobo y que, por lo visto, nos tocará resolver otra vez con el sino del retardo, tal como nos ocurrió en 1830 y en 1935. Es el drama civilización vs. barbarie que igualmente grafica Antonio Arráiz, en Tío Tigre y Tío Conejo.

 

“Se trata de ese estado jadeante y anhelante, para designarlo con las formas angustiadas de la vida animal y humana”, propio del ser hispanoamericano y que cabe discernir hasta que alcancemos a ser, de nuevo, nación y mostrarnos en la autenticidad de lo venezolano, no de lo fatal sino de lo libertario e innovador, si atendemos a la opinión de Luis Barahona Jiménez.

 

“No es éste el camino; derrocaremos, por la violencia, un gobierno que se sostiene por la violencia; y por la violencia necesitaremos continuar sosteniéndonos, y la violencia seguirá entronizada en medio de la vida plácida de los animales… No será llegado el reino de Tío Conejo – escribe Arráiz – el día en que el espíritu agresivo de Tío Tigre entre en su espíritu y apoderándose brutalmente de él, lo incite a sus propios comportamientos…”.

 

Al renovarles mi gratitud por la escucha paciente de esta disertación, concluyo con la oración que consta en el Acta de nuestra Independencia: Conocemos “la influencia poderosa de las formas y habitudes a que hemos estado, a nuestro pesar, acostumbrados [por mor de los cinco lustros transcurridos hasta este día onomástico, agregaríamos]”; pero “también conocemos que la vergonzosa sumisión a ellas, cuando podemos sacudirlas, sería más ignominioso para nosotros y más funesto para nuestra posteridad, que nuestra [ya] larga y penosa servidumbre” a la revolución bolivariana.

 

Condado de Broward, 5 de julio de 2024

 

Asdrúbal Aguiar A.

Una lección del ayer para la Venezuela de ahora

Posted on: julio 2nd, 2024 by Super Confirmado No Comments

En una suerte de matrimonio morganático entre el Antiguo Régimen y las enseñanzas de la Revolución francesa; en una ilusión de porvenir anclada en una vuelta al pasado cuando priva sin contenciones la razón de la fuerza, pero, paradójicamente, cabe repetirlo, apuntalada por la fuerza de la pasión hecha voluntad colectiva, surge en Venezuela la Constitución de 1999, aprobada por una minoría nacional: 44% de los electores inscritos. Ha sido el soporte de lo que el expresidente ecuatoriano Osvaldo Hurtado bien describe como fenómeno y lo titula “dictadura del siglo XXI”.

Tal Constitución –negación contumaz de los breves intersticios de libertad y afirmación del Estado de Derecho que significan nuestras Constituciones liberales y mixtas de 1811, 1830, 1947 y 1961– es precisa en sus postulados de neta factura autoritaria y bolivariana, diluidos tras engañosos procedimientos democráticos.

 

A partir de 1999, en efecto, le corresponde al Estado dibujar y realizar la personalidad de los ciudadanos, según el artículo 3 de la desmaterializada Constitución Bolivariana, y a ellos ha de educarlos el mismo Estado para que amolden sus comportamientos a los valores constitucionalmente prestablecidos, como lo indica el artículo 102; valores que no son otros que los inscritos en el pensamiento único y monolítico, de poder centralizado y dictatorial, de Simón Bolívar, tal como reza el artículo 1.

 

De suyo el presidente de Venezuela es hoy como en el pasado remoto cabeza del Estado, pero asimismo gobernante y legislador supremo, tal como lo mandan los artículos 203 y 226; y a la Fuerza Armada, bajo su comando efectivo como cuerpo ahora políticamente deliberante y participante del sufragio, le cabe sostener la seguridad de Nación y su modelo totalitario así concebido, tal como lo prevé el Título VII constitucional. El largo menú de los derechos humanos es una simple trampa cazabobos.

 

Lo cierto es que, en la historia oficial de la República de Venezuela, desde 1810 sólo se habla de héroes militares y sus hazañas, hechas revueltas o revoluciones, que predominan sobre los héroes civiles, muertos civiles para nuestra historia, desde cuando los vitupera El Libertador desde Cartagena de Indias en 1812; si acaso, nuestros padres fundadores verdaderos e ilustrados, los de 1810 y 1811, han sido útiles hasta finales de la Cuarta República para el bautizo de alguna plaza pública secundaria o escuela de provincia. Y nada más. No nos quejemos, entonces.

 

El jurista suizo Ernesto Wolf, autor de un olvidado Tratado de Derecho Constitucional Venezolano ‒monumento a la claridad pedagógica y de análisis sosegado‒ que publica en el momento en que ocurre la polémica Revolución democrática de Octubre, en 1945, escribe ampliamente sobre la Venezuela del siglo XIX ‒ cuando se hace más crítico y arraiga el ejercicio personal del poder y su asalto a través de lances por los más audaces ‒ destacando su fama “por el número elevado de sus revoluciones”.

 

Se arguyen en todo momento razones reivindicatorias, legalistas o soberanistas, y dado el hábito de la patada cotidiana a la mesa de la institucionalidad, no hay siquiera acuerdo respecto de la cantidad de movimientos armados ocurridos en nuestro país: una parte de la doctrina cita 52 revoluciones importantes durante la época, otra enumera 104 en 70 años “sin hablar de simples sublevaciones”. Pero al paso se cita que sobre estas o como su consecuencia, Venezuela tiene “el récord de haber cambiado, hasta 1945, “más de veinte veces” la Constitución; sin incluir, obviamente los textos sucesivos –algunos mencionados– de 1947, 1952, 1961 y el de 1999, en vigor. En la de 1819 pide Bolívar un Senado vitalicio y hereditario para los militares, como instaura la presidencia vitalicia, que hereda el vicepresidente de su elección, con la Boliviana de 1826.

 

Hemos vivido, pues, hasta el nacimiento de la República de partidos o república civil y democrática que emerge en 1961 y concluye en 1999, como presas del mando de los cuarteles, de los “chopos de piedra” o de los hijos de la “casa de los sueños azules”, como llaman sus cadetes a la Academia Militar de Venezuela.

 

Hoy gobiernan Padrino y su logia, no Maduro ni los Rodríguez; pues los civiles hemos sido la excepción, salvo los aparentes, civiles militarizados, a saber, los ocho civiles representantes de caudillos militares quienes ejercen el poder entre 1835 y 1931 (como Manuel Felipe de Tovar, Pedro Gual, Juan Pablo Rojas Paúl, Raimundo Andueza Palacio, Ignacio Andrade, José Gil Fortoul, Victorino Márquez Bustillos, Juan Bautista Pérez), o los cuatro civiles que buscan afirmar el poder civil a partir de 1945, respaldados por un golpe militar o mediando un magnicidio, y hasta 1958 (Rómulo Betancourt, Rómulo Gallegos, primer gobernante electo mediante el voto universal y directo, Germán Suárez Flamerich y Edgard Sanabria). José María Vargas confirma la regla y Rómulo enmienda en 1959.

 

Durante 183 años de historia independiente los venezolanos hemos sido, en 130 años, ciudadanos de repúblicas militares o colonizadas por los mitos revolucionarios. Y no se trata sólo de la actual revolución bolivariana que cínicamente muta en socialismo del siglo XXI y es una suerte renovada del viejo marxismo que le sirve de trastienda y ancla en la hermana República de Cuba.

 

Lo veraz, ¡he aquí el verdadero asunto que no debe distraernos!, es el dilema recurrente, civilización vs barbarie, objeto de la literatura de Gallegos, con La Trepadora o Doña Bárbara. Tras cada acto de fuerza o mediando la demanda del caudillo militar o rural de ocasión, sigue siempre la explicación intelectual y detrás el texto fundamental de circunstancia, obra de escribanos cultos y refinados, que le otorgan ribetes democráticos y hasta constitucionales a lo así ocurrido. ¿Una suerte de transacción entre la fuerza y la razón, o mejor, estamos en presencia de la transformación utilitaria de la razón, haciéndola sirviente de la fuerza en Venezuela?

 

Es algo para meditar y resolver, por quienes otean la proximidad de otra transición histórica.

 

 Asdrúbal Aguiar

correoaustral@gmail.com

Los límites de la burla electoral

Posted on: junio 3rd, 2024 by Super Confirmado No Comments

El poder electoral venezolano –servil a la dictadura y de suyo en pánico– luego de recibir la noticia de que se le habrían suspendido las sanciones que pesaban sobre algunos de sus miembros e impuestas por Europa, ahora arremete y declara que no aceptará la misión de observación electoral de esta para el venidero 28 de julio.

Otra vez se carga el régimen de Nicolás Maduro a los Acuerdos de Barbados –que la dictadura nunca ha respetado, tanto que inhabilita a María Corina Machado– al igual que se burló el mismo Maduro de los Acuerdos de Mayo de 18 de febrero y 23 de mayo de 2003, construidos para revocarle el mandato a su causante, a Hugo Chávez Frías.

La verdad histórica es que la oposición democrática –cuando era verdadera oposición– derrotó electoralmente al chavismo, así no hubiese cobrado o dilapidado la fuerza electoral que más tarde se le confiase. Capítulo aparte es el de la derrota de Chávez y su reforma constitucional, logro de la generación de 2007 y de la Fuerza Armada, comandada por Raúl Isaías Baduel, que muere en las mazmorras.

Que a la propia OEA, la más indicada por ser la más experta y con experiencia en la región para la observación de elecciones, se le hubiesen cerrado las puertas contándose con el ucase opositor en Barbados, apenas hace reiterar lo que no ha dejado de ser la constante, a saber, la disposición a la burla de la voluntad popular por parte del régimen desde cuando secuestró a Venezuela a partir de 1999.

¡Y es que lo primero que cabe recordar es que el mito de las mayorías del chavismo es sólo eso, un mito, una mentira, una FakeNews! Fue construido por Chávez Frías desde su indiscutible victoria electoral en 1998. Se trató de un mito que no desafía siquiera el congreso de la república electo ese mismo año y encabezado, entre otros, por Henrique Capriles. Como tampoco le puso coto la añeja Corte Suprema, hasta que advirtió que sería descabezada y lo denuncia su presidenta ante el país y sus pares.

¿O se olvida que, a pesar del huracán de Chávez, suerte de Júpiter tonante sacado de su foso electoral por quienes luego serían sus primeras víctimas, el chavismo (MVR, MAS, PPT) sólo obtiene 70 diputados y 17 senadores frente a los 167 diputados y 33 senadores del llamado polo democrático (AD, Copei, Proyecto Venezuela, Convergencia) en esas elecciones de finales del siglo XX?

Aun así, la presidencia del Congreso se le entregó sumisamente al presidente entonces electo, hasta que este lo descabeza con la Constituyente, su primer experimento de burla, de engaño al país, de subversión de la voluntad electoral democrática.

¿O se olvida que la Constituyente que parteara el pecado original que ha sido la Constitución dictatorial hoy desmaterializada: la bicha, la bolivariana, fue electa con los votos válidos de un magro 40,70% del padrón electoral? El voto chavista, que alcanza 65% de ese 40%, al término se asigna a sí 121 escaños dejándole al polo democrático sólo 4 constituyentes. Fue su primera tropelía electoral.

Pues bien, la cuestión es que la burla siempre tiene límites o estos les llegan con el paso del tiempo y final del jolgorio. Dicen bien los entendidos en cuestiones de filosofía y los que saben pensar, que el parámetro de todo está en el concepto o en la regla, con la que no pocos –como el madurismo de actualidad– creen poder jugar y eludir, como si se pudiese eludir lo ineludible. Sin voluntad popular detrás, así se simulen los votos, ni hay nación, ni hay república, menos se da la experiencia de la democracia. Y, tal como nos ocurriese a los venezolanos desde hace 25 años, son las golondrinas que llegan desde afuera y siempre prestas a succionar de nuestro suelo sus riquezas, dicen y repiten ad nauseam que el chavismo es una arrolladora mayoría electoral.

Es verdad que la renovación y la resiliencia muchas veces exige que se desafíen parámetros y hasta se juegue con ellos con el cinismo de la burla alegre y despreocupada, para provocar, a la manera de Sócrates, correcciones y superaciones tras un ejercicio de verdadera sabiduría. Quien esto escribe –he de confesarlo– de tanto en tanto se pregunta sobre ¿cómo adecuar el principio democrático de la separación de poderes, que es tiempo institucional para las decisiones y garantía del derecho de quienes carecen de poder –ante una emergente revolución digital que provoca cambios en las realidades a cada segundo, de forma instantánea? Y allí vale, entonces, como lo dice Manfred Kerkhoff, burlar positivamente el cerco de la tradición al objeto de provocar un nuevo horizonte, lo que estaría por venir.

Pero la democracia, que es experiencia humana y de libertad, que implica autonomía para conocer, para saber, para decidir libremente, más allá del ejercicio de burla que uno haga de sus formas para intentar mejorarlas, por sí sola le pone límites tanto a la crítica seria como a la burla frívola y chata como traicionera.

No se puede realizar el teatro de la democracia –diálogo entre actos y públicos– vaciándola de su contenido sustantivo, que es la libertad y son todos los derechos para todas las personas. Y es que la propia libertad es el horizonte, y como lo indica la misma raíz griega del horizonte (horizo) este significa “yo delimito”, y esto es lo que la voluntad popular encarnada en María Corina Machado le dice al chavismo y al régimen: Es hasta el final, hasta que la voluntad popular sea respetada. Y ese es el límite infranqueable, incluso para la torpe imaginación de los alabarderos de la dictadura y su cohorte de alacranes.

 

 

 Asdrúbal Aguiar 

correoaustral@gmail.com

 

Una transición continua, y a la venezolana

Posted on: mayo 20th, 2024 by Super Confirmado No Comments

Que la idea de una transición tome cuerpo en el ánimo de los venezolanos es una excelente noticia. Coincide la presencia entre las gentes de una inédita simbología, María Corina Machado y su empeño para asegurar la victoria electoral de Edmundo González Urrutia.

Puede decirse que se trata de la misma transición esperada, pero en distinto contexto, sucesivamente frustrada y que con verdadero sentido histórico debió anclar como tarea genuina en Venezuela a raíz del «quiebre epocal» ocurrido, no sólo entre nosotros sino en el conjunto de Occidente, en 1989. Entonces emergió una dinámica deconstructiva totalizante y deshumanizadora, que la miopía política mal comprendió. La confirman las tres décadas que finalizan con la pandemia del COVID-19, y que ha tocado a la experiencia vital en sus distintas latitudes y vertientes, la política, la económica, la social y la religiosa, sobre todo la cultural como piso compartido y en crisis epistemológica.

Así, mientras unos creían poder resolver la cuestión de conjunto con unas pocas fórmulas inequívocas, constantes en los Consensos de Washington, otros, causahabientes de marxismo, se ocupaban de predicar el desencanto democrático para reafirmar el poder del Estado como repartidor de derechos, como si se explicasen estos dentro de su realidad declinante y no como expresión de la dignidad de cada persona.

El diagnóstico de las causas y circunstancias que anegaron la vida del país volviéndole un espacio de liquidez ética y culto al relativismo, de poco o nada servirá como insumo para la reconstrucción. Y la razón huelga, pues somos una nación pulverizada y una república desmaterializada e inexistente, sin respeto siquiera por las reglas elementales de la decencia y para una sana convivencia. Y de la nada o el vacío, nada surge.

El poder recrear y afirmar raíces sobre lo lugareño perdido y para que nos restablezcamos como nación o entidad común sobre un espacio común, acaso implicará tanto como mirarnos en el espejo de nuestro más lejano amanecer. Regresar al tiempo remoto del mestizaje progresivo que alcanzáramos sobre lo originario –que no es tal por ser nuestros aborígenes de estirpe asiática– tras las oleadas humanas que nos dieran talante, incluso inacabado como afirman los que mejor conocen las bases de nuestra sociología y nacionalidad, es un buen ejercicio.

A la otrora nación venezolana se le han desgajado unas 8.000.000 de almas que viven en diáspora y, las que hacia adentro restan hoy migran como víctimas, son lazos de pertenencia, son nómades desplegados por sobre una geografía cuyas fronteras las ocupan extraños: cubanos, iraníes, chinos, rusos, guerrilleros y exguerrilleros vecinos, piratas de toda laya practicantes de una criminalidad anómica y sin cabezas visibles. Es esta una primera escala por resolver, mientras vuelven como escala segunda los que se han sumado, por lo pronto, a la ola migratoria global; de donde pueden verse y hasta sentirse extrañas ambas vertientes, al resentir, desde la intimidad, el síndrome del abandono.

Nuestra nación no pasará de la dictadura a la democracia, pues la nación es un imaginario y su despotismo es expresión de lo más primitivo. Se la ha desmembrado y sufre de un severo daño antropológico, imposible de reducir a frías estadísticas. Y es esta sólo una pincelada, para alertar a quienes de buena voluntad trazan esquemas sobre nuestra transición, para que seamos libres y se le ponga final al marasmo de nuestro bienestar perdido. Las miradas han precavidas ante los modelos o recetas prét-a-porter, válidas para modistos y cocineros, tanto como cuidadosas ante las transiciones hacia democracia sabidas y acontecidas, pero implementados dentro de marcos de opresión institucionales y de identidades no disueltas.

Algunos dirán que si cae el PIB todo se revertirá en un esquema de libertades, lo que, probablemente, es válido en la Argentina de Milei. Tanto como podrá argumentarse que fue bajo el Estado interventor y de bienestar, entre 1959 y 1989, incluida la década de la deconstrucción hasta 1999, cuando Venezuela se moderniza. Si en 1955 las universidades eran 5 (3 oficiales y 2 privadas), en 1998, cuenta el país con más de 200 centros de educación superior, sin agregar los núcleos de las universidades; siendo éstas 33 a lo largo del país. Y la expectativa de vida, que en 1943 fue de 46,4 años, en 1955 pasó a 51,4 años y, en 1998, a 72,8 años; nivel que se estanca para 2020 y sitúa en 71,1 años. Y si los estadios deportivos eran 5 para 1945, y 52 para 1955, en 1998 sumaron 4.919 las instalaciones deportivas del país. Y si tuvimos en 1955 19.927 km. de carreteras que nos integraban humanamente, la red vial nacional, para 1998, alcanzó a 95.529 km. Pero eso es historia y la de ahora es la nada, donde sobreviven el dolor y la orfandad de patria.

Cada venezolano, lo vemos en quienes sobreviven y en quienes han emigrado, enhorabuena se ha demostrado resiliente, de natural ingenio y espíritu innovador, reconocido en todo rincón a donde llega; pero el esfuerzo colectivo que hace a un país y forja a una nación falta y está siendo demeritado por los autoritarismos electivos en boga. Estos prometen redenciones en lo económico, sin mayores miramientos a la democracia y al Estado de Derecho. Y se olvida que se trata de constructos esencialmente humanos y que exigen, a la vez, bajar el tono de los enconos acumulados – lo decía Felipe González.

Somos un amasijo de voluntades dispersas, esperanzadas, apegadas a nuestras arepas que se expanden por el planeta, con instituciones de WhatsApp, construidas al detal mediando empatías o para conjugar enconos, contabilizar odios, y bloquear a quienes vemos como distintos, siendo venezolanos. Sin nación, lo reitero por enésima vez, la república seguirá siendo el casino de los agiotistas de la política, y una ubre para las golondrinas de la globalización. Tendremos éxito, sí, pero con una transición constante, que conjure al césar democrático y el mito de El Dorado.

 

Asdrúbal Aguiar

correoaustral@gmail.com

 

La democracia

Posted on: mayo 13th, 2024 by Super Confirmado No Comments

 

En cuaderno, cuya edición preparo para los alumnos del Miami Dade College, reuniré ensayos y disertaciones varias sobre la cuestión democrática, insertos en revistas científicas o usados para mis charlas, en los que abordo la deconstrucción política, la proscripción del ejercicio del poder sin término, la dimensión social de la democracia y los fundamentos democráticos de la libertad de prensa, la transparencia y calidad de la democracia, su control interno e internacional, la lucha contra la corrupción y la gobernabilidad democrática. E incluiré un proyecto de declaración de principios.

Se trata de textos anteriores y posteriores a mi libro El derecho a la democracia (2008), presentado por dos ilustres juristas amigos, los profesores Allan R. Brewer Carías y Alberto Dalla Vía, escrito en Buenos Aires y en un ambiente de pregonado desencanto democrático en la región. Auscultaba dos perspectivas que debía resolver a fin de conjurar los riesgos de aporía, a saber: la que ofrece el Derecho internacional como régimen y para regimentar a las instituciones de la democracia a partir del siglo XX; otra, mi respuesta necesaria, desde la ética, frente la manipulación de narrativas en la circunstancia; entendiendo que la predicada crisis democrática no era tal sino un momento de «quiebre epocal» y cambios inevitables, pero acaso auspiciosos. Antes que compartir el fin de la democracia o aceptar su paso hacia otro tiempo posdemocrático, la he estimado como un período de decantación posible hacia una democracia como experiencia de vida, no más como forma o sacramento instrumental de un Estado moderno declinante y para la configuración de sus poderes. Ha sido mi creencia, quizás no la realidad.

Nutrido de doctrina y abundantes citas de la Corte Interamericana, con esa obra buscaba sostener la validez y vigencia vinculante de los elementos esenciales y los componentes fundamentales de la democracia –en tarea a la que se han negado los órganos políticos colegiados de la OEA– siguiéndole luego una relectura obligada. Tras mis diálogos con el fallecido expresidente peruano Valentín Paniagua, con quien compartía intereses intelectuales alrededor del movimiento constitucional gaditano de 1812, publiqué en México (2011) y en Caracas (2015) otro libro, La democracia del siglo XXI y el final de los Estados.

Mientras este me invitaba a testear tales categorías democráticas –las incluidas en la Carta Democrática Interamericana de 2001– a la luz del terremoto cultural sobrevenido en Occidente en 1989 y que aún no cesa, seguí empeñado en salvar las enseñanzas de la Corte, ante la adversidad dominante del clima político regional. Y al efecto di a conocer mi Digesto de la democracia en 2015.

La obra seminal e inagotable de Luigi Ferrajoli (sucesivamente reunida en sus Principia iuris, 2011), sin embargo, me acicateaba. Sin decirlo el eminente filósofo del Derecho y discípulo de Norberto Bobbio, al comentar sobre la insuficiencia del Estado para asumir por sí solo los monumentales desafíos planteados por las grandes revoluciones de la posmodernidad, me llevó a considerar y entender en sus alcances de amplio calado a algunas premisas pétreas e incontrovertibles, propias a lo antes dicho.

Las democracias, atadas a los Estados, de suyo y desde la más remota antigüedad fueron lugareñas e hijas del tiempo. Lo inesperado y lo que causa la ruptura epistemológica que hoy afecta a las bases de nuestra civilización, es que la realidad digital como la de la Inteligencia Artificial disuelven los espacios, a la vez que cultivan la instantaneidad desvalorizando el sentido vertebrador e intergeneracional de los tiempos. Tanto como reemplazan la condición humana racional con un constructo que únicamente atiende a los sentidos, reduce su autonomía y le condiciona toda elección.

Así que, para zafarme del ritual descriptivo de la democracia a la luz de las categorías normativas heredadas, elaboré mi libro siguiente, prologado por la expresidenta Laura Chinchilla: Calidad de la democracia y expansión de los derechos humanos (2018). En sus páginas oteo respuestas, especulo conclusiones, alrededor de las dos paradojas del siglo en curso: En la misma medida en que se incrementan las elecciones en Hispanoamérica se han deteriorado las fuerzas garantistas de la democracia y se la ha vaciado de contenido; y mientras crecen inflacionariamente los catálogos de derechos humanos, transformándoselos en exigencias al detal y en el marco de la deconstrucción social y geopolítica en boga, nunca antes como ahora, salvo durante las grandes guerras del siglo XX, se han vuelto tan sistemáticas y generalizadas sus graves violaciones.

Lo que es peor, se irrogan tales atentados a los derechos humanos contándose con la indiferencia de los gobiernos democráticos que sobreviven a duras penas y sin que les escandalicen las omisiones y denegaciones de Justicia de los órganos universales y regionales de tutela. Se reclama de las víctimas, por lo demás, aliviar la pena a sus victimarios mediante fórmulas de Justicia transicional y como precio-chantaje para que logren asegurarse, según se argumenta, algún oxígeno en sus menguadas libertades y para el cese de la represión: ¿mal menor o bien posible?

En suma, asomar en breves páginas y en ese libro de pedacerías que anuncio ciertas consideraciones ortodoxas o disquisiciones heterodoxas y más recientes sobre la democracia como derecho o como régimen jurídico, acaso representen un acto de ingenuidad sin destino, o redundante. Pero las traslado invocando a la razón, mientras el ecosistema del no-tiempo nos los permite. En Venezuela, sensiblemente, está todo por rehacerse, como en Cuba y en Nicaragua.

Que los chinos y los rusos, en la antesala de la guerra de agresión emprendida por “ambos” contra la nación ucraniana, hayan afirmado que la democracia ha de quedar reducida al plano de lo doméstico si aspiramos a tener paz en este lado del planeta, es motivo más que suficiente para que reavivemos, en una línea de mínimos, el método socrático; para que hagamos privar la intuición intelectual sobre el porvenir de la democracia. Luego se verá si le llega su ocasión al método platónico, analítico y de razonamiento científico.

 

 Asdrúbal Aguiar

Correoaustral@gmail.com

Las claves políticas del siglo XXI

Posted on: mayo 6th, 2024 by Super Confirmado No Comments

 

El fenómeno de la deconstrucción que invade en Occidente a los ámbitos de la experiencia humana, sea la cultural como la religiosa y la política, es la consecuencia de un «quiebre epocal» actuante. Antes que al cese de la bipolaridad y del socialismo real a partir de 1989 – cuando se abre la Puerta de Brandemburgo y comunican como extraños quienes antes fuesen hermanos – me refiero a las revoluciones digital y de la IA o inteligencia artificial, pasadas por alto al enjuiciarse los hechos de nuestro tiempo.

Estados Unidos creyó vencer en la justa y miope redujo su prédica al Consenso de Washington como dogma de fe. Le bastaba asegurar la disciplina fiscal, eliminar subsidios, aumentar el ingreso, liberar las tasas de interés y los cambios, acelerar los flujos de inversión extranjera, privatizar las empresas del Estado y promover la competencia desregulando y asegurando la propiedad privada para que todo funcionase, exitosamente, en el Hemisferio. No fue así. Lo prueban los 30 años transcurridos hasta 2019, cuando nos invade el COVID y arrasa con vidas y sistemas de salud a escala universal.

Observadas las cosas desde Venezuela se insiste con miopía igual que fuimos víctimas de un traspié y la conjura de fantasmas del pasado contra los tecnócratas de nuevo cuño. Es cierto que Cuba monta el andamiaje necesario – el Foro de São Paulo – para sostener a su casino de narcoprostitución política tras el derrumbe de la URSS; tanto como que algunos de sus seguidores, piezas de un museo antropológico, ahora intentan deslindarse en busca de nichos mejor sincronizados con las agendas globales. Lo veraz es que todos a uno se apalancan sobre verdades a medias, engañosas, y con espíritu narcisista usan del “dataismo” para sólo atizar las polaridades desde sus trincheras. Entre tanto la IA se los engulle y cosifica, les vuelve insumos para sus algoritmos y avanza en una gobernanza global en la que no cuentan sus agotadas perspectivas.

Los actores y las élites del siglo XX, incluidos los sobrevivientes y causahabientes de ese mal llamado neoliberalismo – acuñado por los sobrevivientes del comunismo como un mantra del que no pueden desligarse  – aún creen que llegará el momento de revertir el curso fatal de la historia que mal protagonizan; al paso borran de sus memorias, en el caso de Venezuela, los síntomas de la disolución social y deconstrucción ya presentes a raíz del Caracazo y luego, en 1992, cuando unos militares felones forjan una «logia bolivariana»: adanes a quienes les avergonzaba representar a la institución de las Fuerzas Armadas, como era lo propio del militarismo.

El dato de la realidad es que se han neutralizado recíprocamente, unos a otros, y se revelan incapaces de dar un golpe de timón que les saque del marasmo y al Occidente de sus tormentas. Entienden a la sociedad de la información desde sus andamiajes, para el control electoral y propalar Fake News. Ni Chávez ni Maduro abandonaron el poder formal de la utilería republicana en la que quedó transformado el Estado venezolano, una vez desmaterializado. Y quienes, desde las franquicias partidarias, dicen oponérseles tampoco desaparecen, mientras algunos se dejan ablandar por el agiotismo político.

Mal han entendido, unos y otros, el hondo calado de la ruptura epistemológica que aparejaran las grandes revoluciones tecnológicas y sus incidencias en la configuración de una nueva realidad humana, formada por ciudadanos huérfanos de Estado-nación y vueltos dígitos de un gobierno virtual que les penetra en sus sentidos e impide razonar para escoger libremente, en lo individual y en lo político. La cuestión de parcelar identidades al objeto de destruir los fundamentos culturales judeocristianos, tal como se lo enseña Antonio Gramsci a los herederos del marxismo, no pasa de ser un recurso táctico sin aliento. Ha alimentado, sí, al fenómeno de la deconstrucción.

La historia de los pueblos y del poder – he aquí lo central como vertebral – ancla, desde la antigüedad más remota, sobre dos referencias invariables, constantes e inseparables, el lugar y el tiempo. Conjugados han fijado el ritmo de nuestras vidas y sus velocidades, más allá de que Francisco observe que el tiempo importa más que el lugar. Éste aloja afectos y civilizaciones, mientras que aquél macera hábitos y costumbres intergeneracionales para el desarrollo de la personalidad por cada uno y se hacen leyes, patrones de comportamiento universales o bien particulares. En lo adelante, desde hace tres décadas, al lugar se le opone lo imaginario e inmaterial, inducido, y al tiempo se le opone el no-tiempo, la instantaneidad y su fugacidad. Todo fluye como en un mar de leva que destruye y deconstruye a su paso, sin dejar nada en pie al tratarse de un deconstructivismo sin columnas. Y es este el ecosistema en el que nos encontramos los venezolanos, sin Estado ni partidos, y la nación hecha hilachas.

Los náufragos del siglo XXI intentan salvarse a sí mismos y a través de las redes vierten sus angustias tanto como sus delirios, a la manera de irrealidades que chocan con la verdad objetiva; y atienden y responden de conjunto sólo al grito de quien les ofrece comprensión y acompañamiento genuinos, entrega desprendida. Acaso esperan que sus tragedias de huérfanos y desheredados derive en drama con alternativas. No se embarazan con las profundidades, pero buscan afectos sobre la superficie de las aguas encrespadas que les arrastran sin destino cierto.

Quienes vienen de los finales del siglo XX y son testigos del siglo XXI se dirán estoicos, realistas sin apriorismos morales para mejor entender al mundo de lo sensible, de suyo se creerán mejor preparados para trillar con lo novedoso en el metaverso; pero, tal como lo dirían los antiguos si nos mirasen desde sus espejos, las generaciones globales son adictas al placer como los epicúreos. Ven a los espacios vacíos y a sus átomos en movimiento indetenible, chocando al azar e innovando en el marco de libertades negativas, en búsqueda de liberarse de todo hado estoico.

 

Asdrúbal Aguiar

correoaustral@gmail.com  

 

Las claves de la posible transición en Venezuela 

Posted on: mayo 2nd, 2024 by Super Confirmado No Comments

Venezuela apenas construye, con no pocas dificultades y zancadillas, una ruta electoral que permita realizar el mantra de unas “elecciones libres”, para elegir, no sólo para votar. Y en cuanto a los actores políticos, de cara a ese desafío y como lo indica la experiencia, unos la aprovecharán para beneficio propio y el de sus franquicias políticas – que eso son, en la actualidad, los partidos históricos del pasado siglo y sus filiales del siglo XXI – para ganar cuotas de poder, mientras que otros interpretarán las expectativas legítimas de una nación hecha jirones como la venezolana.

Vivimos tiempos no-convencionales y mal pueden conjugarse con las categorías y andamiajes propias de la modernidad occidental; a pesar de la inevitable tentación de volver la mirada sobre las experiencias conocidas y sus «rito de paso».

Algunos escritores dedicados al estudio del mundo medieval, de cara al renacimiento hablaban del otoño en la edad media, como si el tiempo nuevo implicase la muerte del mundo que le precedió: Hugo Chávez decía en su momento que el pasado no terminaba de morir – se refería a la IV República – y el futuro aún no nacía; al cabo, se destruyó la memoria del país y quedan, tras casi tres décadas y algo más de desestabilización existencial, si situamos el primer hito en 1989, únicamente los escombros. La república está hecha añicos, el orden constitucional se desmaterializó – se va a la cárcel o se excluyen derechos sin juicio ni expedientes – y, lo que es más delicado, la nación, vuelvo al concepto raizal, ha sido pulverizada. Somos diáspora hacia afuera y hacia adentro. Hemos sufrido un severo daño antropológico los hijos del 19 de abril de 1810.

Si algunas técnicas de las experiencias de transición europeas o latinoamericanas, llegado el caso, podrían ser útiles – como las comisiones de verdad y reconciliación – no bastan para rehacer a la nación. Ella es el soporte primero y necesario de una plaza pública o res publica – la conocida son piezas de utilería teatral – que se muestre adecuada a los valores restantes, las expectativas de la mayoría de los venezolanos y para el ejercicio ciudadano. La transición nuestra, por ende, será inédita o no será.

El binomio que a la manera de milagro representan a la legitimidad social – María Corina Machado y Edmundo González Urrutia – y cuyo tránsito ha de cuidarse con severidad, no encuentra paralelo con las transiciones polìticas conocidas: 1935, 1945,1950, 1958, 1998, 2019.

Eleazar López Contreras, ministro de defensa de Juan Vicente Gómez, a la muerte de este es quien le abre juego al país civil con su consigna “calma y cordura”, rechazando a los comunistas; pero le sucede su ministro de defensa, Isaías Medina Angarita, quien acelera la relación con la nación – hasta entonces situada en los cuarteles – haciéndose acompañar de los comunistas: ya jugaba en la cancha Luis Miquilena, el hacedor Chávez Frías. La posibilidad de un candidato de consenso que permitiese el paso sobre el puente hacia nuestra modernidad democrática se frustró. El diplomático Diógenes Escalante enfermó y lo que vino fue la ruptura revolucionaria del 18 de octubre de 1945, que purga al pasado y a sus actores sin conmiseración, derivando en el golpe contra el primer presidente nacido del voto popular, Rómulo Gallegos.

El asesinato del presidente de facto que le sucede, el militar Carlos Delgado Chalbaud, plantea otra vez la prioridad de pavimentar el camino de reconducción ante esa tragedia inesperada. Y surge la transición de una Junta que conduce un hombre de la generación de 1928 – la de Rómulo Betancourt – y a la sazón diplomático, Germán Suárez Flamerich, pero como antesala de la dictadura militar modernizante que se cocinaba, la del general Marcos Pérez Jiménez.

La transición de 1958, facilitada por los militares, con Wolfgang Larrazabal a la cabeza y, sobre todo, facilitada por quien la finaliza, el catedrático y diplomático Edgar Sanabria, es la más ejemplarizante y la exitosa. Arma y armonizar a las partes en pugna – militares vs. civiles – tanto como cuida de que los partidos y sus dirigentes, a la vuelta del exilio, se reencontrasen con los venezolanos. El efecto demoledor que les supuso el 18 de octubre y, luego, el desconocimiento de la Constituyente de 1952 en la que vence Jóvito Villalba y a quien se le exila, fueron para los líderes del Pacto de Puntofijo el aprendizaje.

Acompañados por la Junta de Sanabria, Rafael Caldera, Betancourt y Villalba se ocupan de darnos un estatuto electoral y un programa mínimo común para la transición en génesis. Pero ese pasado, que rememora al mítico espíritu del 23 de enero, fue propio dentro de una república que, si bien tuvo repetidos gobiernos de facto, todos a uno era “constitucionales”, a nuestra manera.

La república no era fuegos artificiales y la nación, en proceso constante de ser y de tener un ser inacabado, avanzaba en su mestizaje cósmico – copio a Vasconcelos – alimentado por las migraciones de canarios, españoles de tierra firme, italianos, portugueses, y párese de contar.

Los regímenes comunistas de Europa oriental vivieron sus transiciones hacia la democracia, al igual que ocurriese con las dictaduras del Cono sur latinoamericano; éstas, aderezadas, sí, con el señalado rescate de la memoria nacional para reivindicar a las víctimas junto al dictado de leyes de amnistía o perdón para los victimarios. Se forjaron puentes entre el pasado y el porvenir.

Venezuela, hoy, permítase el giro escatológico, es un camposanto. Los sobrevivientes migran, vuelvo a repetirlo, hacia afuera y hacia adentro, carenciados, más que en lo económico, de afectos y esperando el final de los enconos. Es este, en suma, el eje mítico y real que junto al valor de la Justicia servirá para vertebrar cualquier esfuerzo de reconstrucción. La venezolanidad está en el corazón de los venezolanos, no más en sus minas o concursos de belleza. He aquí, entonces, una de las claves para el rito de paso, para la transición a imaginar y que ha de ser de propia cosecha.

Asdrúbal Aguiar

correoaustral@gmail.com

 

La derrota de Maduro y el «efecto Machado»

Posted on: abril 22nd, 2024 by Super Confirmado No Comments

 

Si aún se acepta en el siglo XXI que la democracia es soberanía del pueblo, que elige y no solo vota, puede afirmarse que María Corina Machado ha derrotado democráticamente al despotismo de Nicolás Maduro Moros. Cuenta hoy con suficiente legitimidad de origen, luego de su abrumadora victoria en las primarias y tal como palmariamente lo demuestran las encuestas no hipotecadas a éste y a la cohorte política de franquicias que le ha sido funcional para su estabilidad. La inhabilitación inconstitucional de Machado, sólo posible bajo el señalado despotismo que desmaterializó a la república como a su orden constitucional y ha pulverizado a la nación venezolana, es prueba cabal de esa derrota, por “walkover”.

 

El desbordante apoyo popular con el que cuenta Machado, tal como lo veo, es la causa del pánico de Maduro Moros, quien a la sazón se niega a medirse electoralmente con ella; pero todavía más desesperó al eje central de ese artificio de «franquicias partidarias» opositoras que no frisa siquiera el 7% del apoyo popular: “Nombremos a Manuel Rosales y luego vemos cómo atajar a la señora”, decía el anfitrión de estas, en reunión convocada, para mi tristeza, en el alma mater a la que me he entregado durante casi medio siglo. Y ese conciliábulo de marras, entre rostros que clonaban a los gamonales de nuestro siglo XIX y a sus pulperos endomingados, ante mi vista no hizo sino recrear el trágico desenlace venezolano de 1998. Pero Machado les quebró la ecuación. De allí la subsiguiente elección unitaria de Edmundo González Urrutia, para que llegue «hasta el final».

 

No se olvide que, desestructurado el país dado el «quiebre epocal» de 1989, cuando “las gentes dejan sus casas para irse a las calles sin querer regresar” (Ramón J. Velásquez dixit) y negándose esos mismos franquiciados a la reinstitucionalización por opuestos a la reforma constitucional y a las reformas económicas, optaron –lo recordaba el fallecido Jorge Olavarría– por validar nuestro regreso al pasado con su “gendarme necesario” a cuestas. Creyeron que asegurarían, así, sus privilegios a cambio de facilitarle a Hugo Chávez la ruta hacia la presidencia y el desmontaje de la Constitución civil de 1961, cuando este ocupaba el último lugar en las encuestas de enero de 1998.

 

Con el apoyo de Estados Unidos, al igual que ahora, dejaron en la estacada a Henrique Salas Römer, al que la opinión verificada situaba como opción victoriosa. Sacaron del foso, con dineros y medios, a un habilidoso traficante de ilusiones. ¡Y es que Salas no era complaciente con los cogollos de los partidos declinantes y tenía visión propia, y el pueblo le acompañaba! Era una amenaza para las logias políticas que se formaban en Venezuela a raíz de El Caracazo. Un militar que llegaba por los votos y no más con los tanques podía ser influenciable, les daría espacios para medrar y subsistir en zonas cómodas, y a la luz de la tradición, sería un modernizador. La miopía y la avaricia se los engulló.

 

La cuestión es que «el efecto Machado» y la designación de González Urrutia –hombre de consensos, de escuela diplomática y que cuenta con una sólida visión de Estado– ahora habrá de significar el cierre de ese ciclo o proceso que, otra vez y como experiencia (1830, 1935) retrasó el ingreso de la nación al siglo subsiguiente, el actual; siendo que debimos concluir el nuestro, el siglo XX, como excepción posible y con serena madurez, a partir de 1989, coincidiendo con el final de la república civil de partidos y el ingreso de Occidente a las tercera y cuarta revoluciones industriales: la digital y la de Inteligencia Artificial.

 

Al haberse modernizado Venezuela durante los treinta años precedentes a 1989, de los que ninguna memoria conservan las generaciones adánicas contemporáneas y en modo alguno defienden las franquicias partidarias en cuestión, menos los exdirigentes empresariales y bonistas que las usan y presionan en un país sin empresas como el nuestro, bien pudimos adelantar los tiempos rompiendo todos con la fatalidad del mito de Sísifo. No lo hicimos. Es lo pasado.

 

Lo cierto, también, es que sin que otra aporía ni el rubor les inhibiese, los franquiciados de finales de la IV República, falsificaciones de nuestros partidos históricos, como las élites que se beneficiaban de aquéllos –los mismos de ahora y sus causahabientes en la V República– optaron por tener como candidato a un compañero de Chávez en su hornada golpista, al comandante Francisco Arias Cárdenas. Nada les arredró el que llegaban a la política con el único cometido de borrarle al país sus recuerdos, como si nuestra modernidad hubiese sido el diluvio universal. Sólo les importaba revalidar las tarjetas de sus franquicias, de tanto en tanto. Tanto como luego aparecerá en la escena Manuel Rosales, en 2006, para servir sin serlo en propiedad como candidato presidencial “tapa”. Lo necesitaba Chávez y hubo lugar al reseñado entendimiento de este a través del mismo personaje –José Vicente Rangel– que le permitiese regresar luego a Venezuela, en 2015, tras su enjuiciamiento por enriquecimiento ilícito.

 

Los venezolanos, generosos, aceptando el símbolo de la Unidad y empeñados en ponerle fin al despotismo iletrado que nos ha maltratado con vesania y maldad absoluta, le dimos –como símbolo– su oportunidad, en 2015, sin endosar a quienes se ocultaban bajo sus banderas y que la destruyeron con el deslucido final del Interinato; pero, ahora, la Unidad, con rostro distinto y esperanzador, ha de hacerse por sí misma su otra oportunidad. Y se la ganará en buena lid si logra regresar al corazón de los venezolanos. Maria Corina se lo ganó y no lo puede transferir si no se lo acepta el propio pueblo. De no lograrlo la Unidad, sería sumada –es la lógica fatal de la historia, siempre caprichosa– al bloque de quienes serán recordados como responsables de la aniquilación de nuestra modernidad a partir de 1999.

 

 

Asdrúbal Aguiar

correoaustral@gmail.com