La constitución íntima de Venezuela

Posted on: febrero 6th, 2023 by Super Confirmado No Comments

El ser que somos los venezolanos, el mirarnos cada uno en el espejo de lo que nos es común, es el ancla para rehacer o reconstruir a nuestra nación. El daño antropológico sufrido entre 1989 y 2019 ha sido muy profundo, ha roto nuestra “constitución íntima”y no solo ha desmaterializado a la constitución formal y política que se nos impuso, en una hora de ceguedad colectiva, en 1999.

 

 

Ahora transitamos el camino de lo antinatural, el de la diáspora y la búsqueda de refugio en naciones ajenas. Afirmar lo que es solo cierto como desafío o consuelo de instante, es decir, que Venezuela estará allí donde se encuentren sus hijos, no basta para recomponer la ruptura emocional y de lazos que ya sufrimos casi 8 millones de compatriotas, más los familiares y afectos que dejamos atrás, los sobrevivientes en un territorio invadido.

 

 

El arraigo en el lugar y el paso del tiempo son los que construyen esencias intergeneracionales, pisos para el sostenimiento de la identidad; todavía más en este tiempo de virtualidad e instantaneidad digital, que acelera la disolución cultural, destruye el sentido exacto de la patria –“ser libres como debe ser”, decía Miguel J. Sanz– como su situación en la región que le da marco, y en el mismo Occidente que nos dona las raíces judeocristianas compartidas.

 

 

¡Y no es que el daño sufrido sea inédito! La guerra fratricida por la Independencia (1811-1823) y su réplica como huracán destructivo, durante la guerra federal (1859-1863), en sus efectos diluyentes sobre el ser nacional que decantara y se hace mestizaje “cósmico” durante las primeras tres centurias de nuestra existencia, encuentran acabada síntesis en la pluma ilustrada de Fermín Toro: Bajo la dictadura de José Tadeo Monagas, “el poder vigilaba cauteloso, sin cesar corrompía, y sin tregua procuraba la división de la sociedad, …, sin pararse en consideraciones morales”.

 

 

De modo que, repito como en otras oportunidades: sin una Torá que nos acompañe y alrededor de la que podamos reencontrarnos los venezolanos, otro país medrará en la localidad que nos ha visto nacer. Y volver a las raíces, lo señalo con las palabras de Jorge Mario Bergoglio –hoy papa Francisco– es “tener memoria”, no para regresar al pasado sino para poseer “identidad como pueblo” y para salir del nicho de la supervivencia; para que captemos mejor al presente sin que sus vientos nos arrastren de uno a otro lado; y para curarnos, al construir otra utopía posible, de las tendencias que homogenizan o las que nos pulverizan al punto de hacernos extraños ante nosotros mismos y ante los otros, los que nos reciben en comarcas distantes.

 

Sobre el descampado que somos, veamos la data dura de esa realidad que decidimos maldecir desde cuando, tras el tráfico de las ilusiones, la mayoría nuestra optó por beber el veneno del adanismo, gritando ¡que se vayan todos!

 

 

En 1945 existen en Venezuela 2 universidades oficiales y en 1955 las universidades son 5 (3 oficiales y 2 privadas). En 1998, concluida la democracia que emerge en 1958, suman 200 los centros de educación superior, sin contar los núcleos de las universidades, siendo estas 33 en todo el país. Éramos una nación formada o al menos instruida.

 

 

En 1945 cruzan nuestra geografía 5.016 km de carreteras. En 1955 estas alcanzan a 19.927 km; cifra que sube a 5.500 km en 1958 y llega a 11.000 km en 1963, durante el primer gobierno de la república civil. La red vial nacional, para 1998 es de 95.529 km. Somos un país integrado.

 

 

En 1945 existen 80 km de acueductos y 70 km de cloacas. En 1955 llegan a 1.971 km los acueductos y a 2.030 km. las cloacas, sirviéndose 60 poblaciones. Las letrinas, que construye la dictadura militar más allá de Caracas suman 149.654 para la última fecha. Llegada la democracia la cifra de acueductos crece en 65% entre 1958 y 1964. El INOS lleva su producción de agua desde 32 millones de m3 en 1958 hasta 400 millones de m3 en 1963. El agua facturada para 1997 es de 1.223.267.000 de m3. Y el agua producida llega a 3.033.899.000 m3. Para 1998 los acueductos llegan a 19.142.910 personas y las cloacas a 15.220.686 personas.

 

 

No por azar, la expectativa de vida, que en 1943 es de 46,4 años, en 1955 pasa a 51,4 años y, en 1998, a 72,8 años. Junto al agua limpia –¡agua, agua, agua! era lo pedido por el pueblo en 1958– llega la salud para todos.

 

 

El número de camas hospitalarias oficiales es de 20.100 para 1955. De los 228 hospitales 89 son privados. Los centros de salud, en poblaciones entre 5.000 y 15.000 habitantes,llegan a 11 para 1955 y a 396 las medicaturas rurales. Para 1998 Venezuela cuenta con 39,6 profesionales de la salud (23,7 médicos) por cada 10.000 hab. y tiene 50.815 camas hospitalarias. Los hospitales generales se elevan a 927 (344 del sector privado) y cuenta el país con 4.027 ambulatorios, de los que 3.365 son rurales.

 

 

La producción de petróleo, que soporta a esa demencial y extraordinaria experiencia de modernización humana, que ya es de 1.000.000 de barriles diarios promedio para 1945, en 1955 sube a 2.155.000 b/d con 60 campos en producción. Y para 1998 los pozos de producción crecen a 695, para una producción estimada de 3.804.000 b/d.

 

 

Desde el despido de 18.000 empleados petroleros que hace Hugo Chávez, la industria ha sido destruida y canibalizada. Es el pozo séptico del peculado nacional, cuya producción, en 2022, apenas llega a 685.583 b/d.

 

 

Ese patrimonio moral y material fue enterrado bajo el oprobio de una revolución que borró del mapa a nuestro siglo XX, creyendo poder reescribir nuestra historia a partir de la gesta bolivariana concluida en 1823. Venezuela es patio de bodegones y circo en el que se ventilan enconos, odios, latrocinios, que desfiguran nuestro talante de nación abierta, generosa,alegre y trabajadora.

 

 

Asdrúbal Aguiar

correoaustral@gmail.com

La hemiplejia de los repúblicos

Posted on: enero 30th, 2023 by Super Confirmado No Comments

 

De forma críptica, desviación que de tanto en tanto traiciona a mi escritura, me he referido en mi anterior columna a dos miradas, dos cabezas que, observando a lo venezolano y latinoamericano, mal representan al dios Jano: a pesar de también ofrecer dos caras, una, la de los comienzos; otra, la de los finales.

 

 

El año 2019 cierra el ciclo de 30 años que se inaugura con la caída del Muro de Berlín, en 1989. Luego de aquel surge el aldabonazo de la guerra, prolongación del COVID-19. Por lo que bien podría argüirse que estamos en otros comienzos, luego de unos finales. Y si la imagen la trasladamos a lo nuestro, podría afirmarse que la trágica finalización del interinato de Juan Guaidó –que desnuda los enconos y miserias propios de la política vernácula, cuando se ejerce en los albañales– marca un cierre epocal. Se abrirá otra etapa y, acaso, comenzará al ritmo que esta vez ya marca el mundo de la gobernanza global y sus temas preferentes, que no incluyen a la democracia ni al Estado de Derecho o les banalizan.

 

 

De allí que quepan dos miradas solo si reparamos en la dualidad entre dictaduras y democracias, o entre la vida de la república, la que se dispensa dentro de los palacios de gobierno o en las mesas diplomáticas donde se transan los activos patrimoniales del pueblo, y el mismo pueblo, que sobrevive y se alimenta de la basura.

 

 

Jano, en efecto, era el dios de las naturalezas opuestas y se dice que abría su templo durante la guerra y lo cerraba en la paz. Mas el caso es que el tiempo que nos acompaña, cuando menos a Occidente y a raíz de las grandes revoluciones tecnológicas que emergen en plenitud desde hace 30 años –la digital y la de la inteligencia artificial– llegan con una carga desestructuradora de lo social y lo humano a cuestas. Su objeto es relativizar la experiencia del hombre, varón y mujer.

 

 

Por consiguiente, dándose a Dios por muerto –es el giro de Nietzsche– cede la diferencia entre el bien y el mal, y la moral personal y ciudadana se vuelve colcha de retazos. Y quienes dicen abogar por la libertad y el bien común la buscan y negocian, sí, en una cueva de bandidos; que así califica Ratzinger, el Papa Emérito recién fallecido, al Estado que decidió sobre la vida y la muerte durante la Alemania nazi en el siglo XX.

 

La naturaleza dual de lo humano y del mundo objetivo, con sus contrastes y oposiciones, como los universales y los particulares, ahora es condenada, junto al binarismo. ¡Y es que la gobernanza digital –inevitable e imperativa– se construye con usuarios y con datos para la formación de sus algoritmos y para el ejercicio del control hacia el que avanza, marchando hacia la escala de la inteligencia artificial! En ella cuentan los sentidos, no la razón o el discernimiento humano, que significa libertad y, en lo ciudadano, convivencia democrática. De allí el casual maridaje entre los patrones de la globalización y los causahabientes del comunismo.

 

 

Ha sido oportuna y pertinente, así, la metáfora descriptiva disparada por Lacalle Pou, presidente de Uruguay, en la Cumbre de la Celac. Se refiere a la hemiplejia moral de los gobiernos. Con una mano firman documentos en los que rinden culto a la democracia, y con la otra encarcelan y torturan a sus enemigos. E insisto, ya que me niego al relativismo ético como fundamento de los valores morales, que hemipléjicos no son solo los gobernantes de Cuba, de Nicaragua o de Venezuela. Es hemipléjico, igualmente, el de El Salvador, con un dictador millennial a la cabeza.

 

 

Vuelvo entonces a las esencias de mi artículo anterior. Me refería al «monagato», una de las dictaduras que padeciese la Venezuela de mediados del siglo XIX, para extraer enseñanzas útiles o para describir lo actual a la luz de esas enseñanzas del pasado. Las explica con dramatismo Fermín Toro, emblema de nuestros ilustrados civiles, escritor y fino polímata que deja huellas en el diario caraqueño El Liberal.

 

 

Decía este, justamente, que en ese período se debilitó, se fracturó “la constitución íntima de la sociedad” venezolana, como ahora. Fue la obra de un poder vicioso con cuyas “prevaricaciones buscó la impunidad en la depravación general”, como ahora. No por azar, agrega, fue posible que “advenedizos de extrañas tierras cayesen sobre la riqueza patria como aves de rapiña”, tal como ahora ocurre. Sin remilgos, es esta la Venezuela de 2023, otro “bodegón” del Caribe que se suma al cubano.

 

 

Insisto, pues, en que, si la tarea reivindicatoria latinoamericana demanda salvarnos de la hemiplejia moral actuante, el desafío para Venezuela no es menor. Es más exigente. La razón no huelga. Nuestros líderes han de seguir bregando sin pausa y con ritmo inteligente por los valores éticos de la libertad, que si bien se expresan en la experiencia de la democracia y el Estado de Derecho, han de complementar y tamizar al ecosistema global deshumanizado que domina y sus temas novedosos.

 

 

En nuestro caso desapareció la república y sus restos, como aves de rapiña, son repartidos en una “cueva de bandidos”. Pero ello es así pues las raíces de la nación fueron paulatinamente destruidas bajo el predominio de una amoral lucha por el poder durante las últimas décadas. Hoy somos una diáspora de refugiados, hacia adentro y hacia afuera. El daño antropológico ha sido profundo. Tanto que, de no ser reparadas y reconstruidas las raíces del ser que somos los venezolanos, mal podrá existir una república como la prolongación ciudadana de nuestro ethos social. Quedará la política como juego de piratas y narcisos digitales.

 

 

La reconstitución de Venezuela pasa por el renacer de la nación, a contrapelo de la virtualidad y la instantaneidad de lo digital. Y nación es «lugarización» y temporalidad, es una vuelta a la ciudad, a su cultura de arraigo e intergeneracional.

 

 

 Asdrúbal Aguiar

correoaustral@gmail.com

 

Dos miradas, dos cabezas, ningún Jano

Posted on: enero 23rd, 2023 by Super Confirmado No Comments

 

Miro hacia adentro, hacia el inframundo nuestro, el venezolano, el del poniente occidental que se traga al sol y urge de otra puerta de salida –la del oriente, donde el sol nace– que acaso le podrán abrir, con signo distinto a la vez que arcano, los causahabientes de la generación de 2007. ¿Les guiará la imagen de un dios anciano que pueda darle unidad a nuestras gentes, o restará la del usurpador, o la del uno y la del otro quedarán encarceladas por el pasado que nos muestra uno de los rostros de Jano?

 

 

La generación que nos deja ya ha sido eclipsada, molida por los rezagos de una logia insepulta –los liderazgos del siglo XX y de su puente hacia el XXI– y al caso sólo veo lo que queda y revelan los textos de nuestra historia patria.

 

 

Ausculto atrás, en efecto, pues lo de ahora esuna réplica al calco de la desviación originaria que ahogara nuestra emancipación e independencia civiles, preocupadas de preservar a nuestra sociedad de arrestos épicos; los que han marcado con fuego y sangre a las entrañas de la nación desde la guerra a muerte, para falsificarla.

 

 

Buscando desarmar las pasiones con los dictados de la justicia, bajo un gobierno fundado en el Derecho –lo reseña la crónica que Fermín Toro escribe para Julián Castro– a fin de que mediante “la sanción de la voluntad nacional se realicen las condiciones políticas y morales de la libertad y la igualdad por medio de las garantías constitucionales”, se desmonta el culto del héroe en 1830. Lo era Simón Bolívar. Pero importaba más, entonces, que civiles rehiciesen al ser que somos desde nuestro lejano amanecer.

 

La corrupción y putrefacción inéditas que había propiciado el “monagato” (1848-1858) introduciendo otra desviación en el alma nacional, en un tiempo en el que se juntan las banderías políticas todas, hacen que “se debilitara lo que en propiedad se llama constitución íntima de la sociedad”.Fue la obra de un poder de origen vicioso e irresponsable en sus actos, con cuyas “prevaricaciones buscó la impunidad en la depravación general” para traer “a la sobrehaz de la sociedad lo que todos por justicia y por pudor [condenaban] a la oscuridad, al silencio y al oprobio”. Así fue posible que “advenedizos de extrañas tierras [cayesen] sobre la riqueza patria como aves de rapiña sobre el cadáver de un reo”; pero el despotismo, en su más cruda esencia y para distraer, se amoldaba “a las formas republicanas”.

 

 

De allí que Toro, quien esto escribe para que Castro lo presente como mensaje suyo ante la Convención Nacional de Valencia de 1858, refiere de inexplicable que el pueblo hubiese resignado sus garantías constitucionales “a manos de la más bárbara usurpación”. “El poder vigilaba cauteloso, sin cesar corrompía, y sin tregua procuraba la división de la sociedad, apelando sin remordimiento a cuanto puede sugerir la propia conservación, sin pararse en consideraciones morales…”, dice.

 

 

Media una circunstancia que bien conocemos los de ahora, a saber, que “la clase de propietarios y de capitalistas y comerciantes… tenían que optar entre una ruina cierta o la relajación de sus principios para salvarse”. Tanto como “la juventud se formaba sin escuela política, sin ejemplos morales y sin senda honrosa para adelantar en la carrera de la vida”. Se salva esta, sí, pero sólo “por su indignación contra la crueldad y la tiranía”. Otra será la de 1928.

 

 

Dos signos son característicos de este tiempo de oscurana. El pueblo brioso que fuésemos, reconocido por todas las naciones hispanoamericanas, “inclinó la cerviz y cruzó los brazos” bajo la dictadura de José Tadeo Monagas. Su poder destructivo –remito a la imagen mitológica, la de la tortuga o la del jaguar de dos cabezas de los mayas– se hizo letal. Más allá de la cabeza que este representa, la del ingreso al inframundo, toma el centro del animal como si fuese Pakal, el gobernante maya que a distancia de las cabezas se muestra como el sol encarnado en el hombre. Cree Monagas encontrarse en su cénit. Mas todo fue ilusión. Lo usan y traicionan, entre otros, Antonio Leocadio Guzmán, apologeta de la dictadura bolivariana. De allí mi otra mirada, hacia afuera, haciendo paralelos.

 

 

Su “fuerza disolvente y destructiva” –me refiero ahora a nuestro “monagato” contemporáneo, usando el verbo de Toro– debilitó al extremo “el sistema compacto de principios morales, preceptos religiosos y sentimientos de honor que componen el tribunal supremo de opinión a que se apela en última instancia del abuso de poder y de la injusticia o corrupción de los mandatarios”. Creó un vacío de poder real que ha facilitado la ocupación sin resistencia alguna de nuestra tierra, primero por los adelantados del crimen transnacional y, disuelta la transición, por la «globalcracia» emergente.

 

 

Hoy se reúne en Davos la asamblea aristocrática del capitalismo (WEF), en yunta con quienes manejan los hilos de la gobernanza digital: los que aplanaran a Donald Trump. La ONU, taimada por débil, se le asocia. Dado el «quiebre epocal», el Estado y los Estados son y se han vuelto, al igual que los partidos políticos y sus gobernantes, meras franquicias. Son cascarones vacíos, leviatanes sin alma, sin nación ni sociedad. En Occidente, esta y aquella han sido deconstruidas, a partir de 1989. El covid-19 cierra esa etapa. Abre otra a raíz de la guerra de Rusia contra Ucrania, la de la Era Nueva (2019-2049), que habla de negocios sin democracia. Su eje no es Washington sino Shanghái, el núcleo financiero del planeta.

 

 

Tontos útiles han sido, en suma, el Foro de Sao Paulo y su grupo poblano, todos neomarxistas. Biden, Lula, Boric, López Obrador, han endosado la agenda del globalismo. Y de la expresión bicéfala Ex Oriente Lux, ex Occidente Lex nada queda, es antigualla como la maya. Sobrevivirán, sí, como perseguidos, los iluminados por la conciencia, dentro de cuevas platónicas, hasta el ocaso de lo actual.

 

 

 

 Asdrúbal Aguiar

correoaustral@gmail.com

Esperando a los causahabientes

Posted on: enero 15th, 2023 by Super Confirmado No Comments

 

Los estudiantes de la generación de 1921 en Venezuela, cuyos huesos y a la intemperie terminan en la cárcel de La Rotunda – los “hijos de papá y mamá” llamaba Hugo Chávez a los de su época, a los de la generación de 2007 – han de ser tenidos como una “inmensa reserva de generosidad” pues son “las fuerzas sanas y vivas del país”, escribe José Rafael Pocaterra. Jóvenes entre los 14 a los 20 años, refiere Pompeyo Márquez en su ensayo sobre “El siglo XX y los movimientos estudiantiles” (2009), acusados de apoyar un paro de tranvías durante la larga dictadura gomecista.

 

 

Pero les sucederán, más tarde, los de la generación de 1928. Emerge con un signo distinto y distintivo. Se coloca en los anales de nuestra república civil y democrática, transcurridos 30 años hasta 1958. Dominan, así, la escena del país desde la caída de Juan Vicente Gómez. ¿Qué les dio ese talante a estos muchachos que se estrenan con mítines en el Circo Metropolitano, encabezados por la mítica figura de Jóvito Villalba?

 

 

Allí están Rómulo Betancourt, Carlos Irazábal, Pío Tamayo, Rodolfo Quintero, Juan Bautista Fuenmayor, Ernesto Silva Tellería, Francisco Olivo, Augusto Malavé Villalba, Mercedes Fermín, Miguel Acosta Saignes, Hernani Portocarrero, Inocente Palacios, entre otros tantos. Villalba es reconocido como “uno de los hombres auténticos de que puede ufanarse la Venezuela joven”, se dice.

 

 

La cuestión la responde a cabalidad, sin ambages, Manuel Caballero: “Los estudiantes de la Universidad Central de Venezuela comienzan a plantear una nueva oposición, civil, y más doctrinaria”. Eran hombres de ideas, no solo unos idealistas, menos traficantes de la política.

 

 

El ecosistema político que avanza en Iberoamérica y España, al que no escapa Venezuela, tras la dramática experiencia del Covid-19 y la generalizada restricción del Estado de Derecho que ella provoca, tras 30 años de tensiones y deconstrucciones se abre a otra etapa, que a buen seguro cubrirá otros 30 años hasta 2049. Las mayorías ahora piden estabilidad y normalización en la vida social. Buscan proyectos de vida, pero para sí. Acaso se encuentran escaldadas o esquilmadas por las olas de violencia que ellas mismas atizaran y que amainan. Coincide esto con la guerra de Rusia contra Ucrania.

 

 

Los líderes de estas potencias, antes del aldabonazo en las puertas que separan al Oriente de Occidente, han sido contestes en la inauguración de una Era Nueva global y para las relaciones internacionales. Pero global en lo económico y científico-tecnológico, mientras que sería doméstica o localista en sus apreciaciones sobre la libertad.

 

En suma, apuestan las gentes, así, por la serenidad de lo cotidiano, más hedonismo y menos la zozobra que impone la brega colectiva por la democracia.

 

 

Chile es un buen ejemplo. Tras las escenas de barbarie popular que catapultan a Gabriel Boric al gobierno, su propuesta constitucional, propiciadora de la fragmentación social e institucional termina siendo rechazada por quienes en el día anterior le apoyaban. Otro tanto podría ocurrir en Colombia, tras las revueltas incendiarias que llevan al poder a Gustavo Petro. Pero la óptica que atrae puede mirarse en El Salvador y su «dictador digital», Nayib Bukele. Mediando encubiertas ententes con las mafias del crimen o “maras”, ofrece acabar con dureza los homicidios de estas, incluso apelando a una violencia sin frenos legales para darle a la gente paz; que es lo quiere. Paz, así sea la de las espadas o la de los sepulcros.

 

 

La lucha opositora para una vuelta al orden constitucional y democrático que concluye en Venezuela con el archivo de la manida “transición”, es indicativa de las preferencias que buscan dominar. Se desmonta el Estatuto que la rige, pues importa más el acceso a los dineros de la república en el extranjero, para aliviar – se arguye – las penurias de quienes no se han beneficiado con la economía de bodegones, al estilo cubano, impuesta por el régimen de Nicolás Maduro. Las elecciones libres son vistas como una banalidad.

 

 

Todo esto ocurre en el marco de ese cierre de esa etapa que se cierra inaugurando otra. La caída del Muro de Berlín, la apertura de la Puerta de Brandemburgo, y la emergencia de las revoluciones digital y de la inteligencia artificial marcaron el tono. Habrá lugar, ahora, a la apertura de otra, sino distinta, sí más clara en sus cometidos desestructuradores, cuando menos en Occidente; no de lo social o institucional que conspire contra la seguridad que reclama el «vivir tranquilos», sino de los valores éticos o universales representados en el imperio de la ley como garantía de los derechos de todos y para todas las personas. Se relativiza aquello que, tras la Segunda Gran Guerra del siglo XX se juzgaba de existencial: el respeto de la dignidad humana mediando órdenes constitucionales y democráticos que conjugasen en favor de la libertad.

 

 

El fallecido Papa Benedicto, en discurso ante sus compatriotas alemanes, les hacía presente el resultado de haber desafiado las ideas del Derecho y de la Justicia, provocando el Holocausto y forjando, antes que un Estado una “cueva de bandidos”. Tras el período de entreguerras, incluso se consolidan un gran número de dictaduras militares y patriarcales en el lado americano nuestro. No fue óbice, es lo que cabe recordar, para que las generaciones estudiantiles tremolasen las banderas de la razón y los ideales que trascienden. Enfrentan al dominio bruto de la fuerza y el historicismo.

 

 

Ante el declive que sufre la generación estudiantil de 2007 en Venezuela, de la que hace parte el exencargado presidencial Juan Guaidó, ahogada por las miserias un liderazgo viejo y nuevo, pero de vieja factura y que es rezago de los años agónicos del siglo XX, ¿emergerá otra, como causahabiente? O dicho en las palabras del Betancourt del Pacto de Barranquilla, miembro de la generación de 1928, ¿tendrá la altivez, “en un país en el que la genuflexión cobarde es la única actitud grata a los ojos de los gobernantes”?

 

Asdrúbal Aguiar

Enseñanzas para el porvenir de Venezuela

Posted on: enero 7th, 2023 by Super Confirmado No Comments

La Constitución es el pacto político de la nación y síntesis de sus valores fundamentales. No es un contrato entre leguleyos y ha de leerse e interpretarse en el lenguaje de la nación que la ha generado. Son las reglas de juego para el juego entre los políticos, los que creen en la Constitución y en la democracia verdadera, no la de utilería, así discrepen de algunos de sus postulados.

 

 

Es ella el orden constituido y estatuido que concilia lo dogmático-histórico y cultural de un país con lo orgánico-formal, por tratarse de normas para la diversidad social y ciudadana, dentro de espacios amplios que dejan espacios para la práctica y la experiencia de lo cotidiano, según los tiempos. Distinto es que los políticos que se dicen comprometidos con el restablecimiento de la constitucionalidad a partir del mismo texto que rige, como ocurre en Venezuela, aspiren a jugar sin reglas, incluso entre ellos mismos.

 

 

La cuestión es que el parlamento de 2015, desapoderado y medrando sólo al cuidado de curules que habrá de llenar la soberanía popular al haber elecciones legítimas, se da la licencia para acometer un oxímoron constitucional. Ya en Acuerdo de 15 de enero de 2019 anunciaba que pasarían bajo su cuidado las competencias del Poder Ejecutivo; obligando a su presidente – ya jefe a cargo del gobierno de la república desde el 10 de enero anterior – para que sólo haga aquello que ella decida para restituir “el orden democrático y el Estado de Derecho”.

 

 

Y al dictar el Estatuto para la Transición el 5 de febrero siguiente, predica lo que entonces como ahora violenta y otra vez olvida al concluir el año 2022: “Volver a la Constitución desde la propia Constitución para ofrecer un cauce ordenado y racional al inédito e inminente proceso de cambio político que ha comenzado en el país”. En suma y al término, tanto como Nicolás Maduro se hizo gobernante-legislador en 2016, el parlamento de 2015 esta vez, abiertamente, muta en legislador-gobernante.

 

 

Pues bien, quienes desde la política o desde el Estado desafían al Estado de Derecho cabe hacerles presente la experiencia de la Alemania nazi durante el nacionalsocialismo, o la de Italia bajo Mussolini, a cuyo propósito escribe Piero Calamandrei (1889-1956), ex miembro de la asamblea constituyente, su ensayo sobre ‘El régimen de la mentira’ (Il regime de la menzogna, Laterza, 2014). Y no es que se haya atentado contra el dogma de la separación de los poderes ahora, sino que la política sin reglas, insisto, no es un territorio para el diálogo político, sino una caimanera incivilizada al asalto de sus presas.

 

 

Los hechos están consumados, como lo refiere con certidumbre Ramón Escovar León, en lúcido artículo sobre las enseñanzas del Cardenal Richelieu. Empero, la obra del golpe parlamentario e inconstitucional de finales de año, que sitúa a la nación venezolana en la plenitud de un régimen de facto, no lo aliviará ni morigerará lo declarado por el Departamento de Estado norteamericano: “Estados Unidos sigue reconociendo a la Asamblea Nacional electa democráticamente en 2015 como la última institución democrática que queda en Venezuela”. Esta, en efecto, cuenta con legitimidad de origen, pero la ha tirado por la borda al perder su legitimidad de desempeño.

 

Quedan, pues, para lo especulativo y para el debate teórico o de la cátedra, dos gruesos y relevantes problemas o cuestiones, que habrán de asumirse en sus conclusiones como enseñanzas para el porvenir. Una es, que siendo un mandato constitucional inderogable y heterónomo la función del Encargado del Poder Ejecutivo en Venezuela, que corresponde al presidente del cuerpo legislativo y no al cuerpo de los diputados, ¿podrá obviarlo o darlo por inexistente quien continué presidiendo a esa suerte de «congresillo de Cariaco» prorrogado en el que se ha vuelto la Asamblea electa en 2015, sin que se reclame al primero su responsabilidad individual y política por la omisión constitucional?

 

 

Otra es la relacionada con la validez de los actos adoptados por un parlamento que permanece más allá de su período constitucional, como el dictar un novísimo Estatuto que rompe con el que le ata y le justifica, nacido este bajo la regularidad constitucional y a fin de administrar con aquél y en la última hora los activos patrimoniales de la república en el exterior. Sin mengua de los principios que fundamentan lo que se conoce como “gobierno en funciones”, a saber, los de responsabilidad institucional y de continuidad del Estado evitándose así los vacíos de poder ¿le estaba permitido adoptar o ejercer tareas legislativas de tanta envergadura a la Asamblea de 2015? ¿Son vinculantes las actuaciones ajenas al mandato en vigor que le obliga – el estatutario de 2019 – y dictadas dentro de un período parlamentario excedido?

 

 

Las transiciones y el sostenimiento de la gobernanza en momentos de crisis o de espera electoral, nadie lo duda, tienen relevancia constitucional, pero también límites. No los abordamos por las mismas limitaciones de este post scriptum. Bástenos tener en cuenta los referentes que aporta la doctrina más autorizada y que, a buen seguro, mal consideraron quienes, desde el atalaya de la miopía política y del narcisismo digital, asumen o creen estar por encima de las leyes temporales.

 

 

“El gobierno [léase también, el parlamento] ha de permanecer en su cargo hasta que tome posesión el que le sustituye, pues el país no puede quedar sin gobierno, lo que implicaría parálisis administrativa con daño del ciudadano”, indican las enseñanzas italianas más experimentadas, antes de proseguir: “Pero tiene autolimitación fruto de la corrección institucional, al asegurar la continuidad administrativa y solo dictando actos de urgencia dentro del marco de leyes ya adoptadas, bajo la exigencia de que se trate, en efecto, de actos corrientes. No pueden examinarse nuevos diseños de leyes, sólo dictarse la prórroga de términos por vencerse, no dictarse nuevos reglamentos ministeriales, no realizarse nuevas designaciones o nombramientos” (Vid. Diritto.it, passim). Es, exactamente, todo lo que se olvidó.

 

 

Asdrúbal Aguiar

La autonomía de Juan Guaidó

Posted on: enero 2nd, 2023 by Super Confirmado No Comments

 

 

El debate acerca de la prórroga del mandato de la Asamblea Nacional electa en 2015, debido a la falta de elecciones presidenciales y parlamentarias reconocidas y sobre la propuesta de eliminación de la figura del Encargado de la Presidencia de la República de Venezuela, desnuda la tragedia secular de la nación; representada aquélla, hoy, en los diputados de mayoría que hasta ayer tremolaban, lanza en ristre, su desprecio hacia el régimen de facto por destructor del orden constitucional y democrático.

 

 

Los partidos del llamado G-3 (Acción Democrática, Primero Justicia y Un Nuevo Tiempo), tributarios el primero y el último, como el líder fundamental del segundo, de una suerte de credo socialista nominal, afirman ser los parteros generosos del Interinato de Juan Guaidó. Sostienen, así, su autoridad para ponerle fin, por ineficaz y dada la necesidad, arguyen, de hacer congruente la función de gobierno – que se reservarán – con los cometidos de orden económico-financiero prevalecientes, léase, el cuidado de los activos patrimoniales en el exterior.

 

Si mediase una racionalidad práctica y no utilitaria como lo es, podría decirse que el G-3 regresa en sus pasos para coincidir “ideológicamente” con Nicolás Maduro: Vivimos “un contexto de crisis económica en el que parece que el poder económico tiene la capacidad para vaciar el margen de actuación de lo político”, argumentaría Pablo Simón desde la crítica marxista. Pero la cuestión es más procaz.

 

 

Allan R. Brewer Carías precisa que se trata de un disparate. Parte de una premisa falsificada, como decir que el presidente «encargado» de la República es la obra de un Estatuto dictado por la Asamblea Nacional el 5 de febrero de 2019, de suyo eliminable mediante su reforma, y borrando la memoria de sus orígenes.

 

 

Lo veraz es que esa función confiada al presidente del órgano legislativo – jamás a su plenario – es un mandato que tiene su fuente en el artículo 233 constitucional. Es inexcusable: “Cuando se produzca la falta absoluta del presidente electo o presidenta electa antes de tomar posesión [como así ocurrió el 10 de enero de 2019] … se encargará de la presidencia de la república el presidente o presidenta de la Asamblea Nacional”.

 

 

Que luego se dictara el Estatuto, fundado en la Constitución, para regular las actuaciones de los poderes hasta alcanzar el mencionado cometido: “una nueva elección universal, directa y secreta”, y el regreso a la constitucionalidad desde la misma Constitución, en modo alguno cambia la verdad autónoma del Encargado de la Presidencia.

 

 

Sostener lo contrario sitúa a la mayoría parlamentaria en el mismo plano de usurpación de poder que se le atribuye a Maduro. Sus decisiones serían inválidas: “Toda autoridad usurpada es ineficaz y sus actos son nulos”, reza el artículo 138 de la Constitución. Y mediaría una usurpación en doble vía.

 

 

Una es la emanación de un acto para el que carece de competencia la Asamblea, como abrogar mediante una reforma estatutaria la norma del artículo 233 constitucional que establece la figura del encargado presidencial, y sobreponerse al poder constituyente. Otra, el trasladar hacia su seno competencias propias del Poder Ejecutivo, con lo que otra vez vulnera al poder constituyente y atenta contra dogma democrático de la división de poderes, a contravía del artículo 136 de la Constitución y de la Carta Democrática Interamericana.

 

 

El entuerto actual, cabe decirlo, es la consecuencia de una desviación constitucional originaria.

 

 

Se gestó en 2019, una vez como advierten los diputados que, por obra del azar, uno de ellos, el mismo Guaidó, sería eso por lo que todos a uno confrontan a muerte y se han traicionado en reciprocidad, para sólo reunirse – que no unirse – durante cada elección o repartición de cuotas de poder virtual bajo una dictadura que todo lo concentra. Les resultaba inaceptable que la Jefatura del Estado quedase en manos de un militante de base.

 

 

De allí la forja de ese modelo inexistente – creado por vía del Estatuto para la Transición hacia la Democracia – como ajeno a nuestra tradición constitucional, la de un gobierno parlamentario ahora interesado en hacerse del poder gubernamental, no para controlarlo sino para acceder sin cortapisas a los dineros que administra. Y para ello, en repetición de lo que han sido nuestras «patadas» constitucionales, tanto como ayer se busca tumbar al gobernante en ejercicio e incómodo alegando supuestas razones de legalidad, para así confeccionar otro traje a la medida, otra constitución para quien le sustituya seguidamente.

 

 

El acuerdo adoptado por la Asamblea el 15 de enero de 2019, cinco días después de haber cristalizado el mandato excepcional de Guaidó como encargado del Gobierno y por encontrarse ejerciendo la presidencia del órgano legislativo, y a veinte días de aprobarse el Estatuto para la Transición, revela el despropósito que siempre animara a los diputados que entonces conformaban al G-4, junto a Voluntad Popular.  Violaron la Constitución y decidieron, como se lee en  el señalado acuerdo, “aprobar el marco legislativo para la transición política y económica, fijando las condiciones jurídicas que permita iniciar un proceso progresivo y temporal de transferencia de las competencias del Poder Ejecutivo al Poder Legislativo”. Maduro lo hizo a la reversa. Se quedó con los poderes de legislación y gobierna por decreto.

 

 

El golpe progresivo a la Constitución se está consumando. Llega a su final.

 

 

Los «opositores» han callado durante 4 años, pues todos a uno se engolosinaron con la posibilidad de gobernar, así fuese de modo imaginario. Olvidaron el sentido propio de la transición fijado por el artículo 233: realizar unas elecciones presidenciales para resolver sobre la falta absoluta del presidente de la República. Nada más.

 

 

Razón tenía don Andrés Bello cuando al escribir la historia nuestra, en 1810, observaba que “en la gobernación de Venezuela era el hallazgo de El Dorado el móvil de todas las empresas, la causa de todos los males”. Como razón tuvo luego Mario Briceño Iragorry, al publicar su texto La traición de los mejores (1953).

 

 

Asdrúbal Aguiar

correoaustral@gmail.com

¿Quién controla a la asamblea en Venezuela?

Posted on: diciembre 23rd, 2022 by Super Confirmado No Comments

 

 

Circula mi análisis sobre lo que llamo “Golpe parlamentario a la constitución de Venezuela y desmantelamiento de la transición hacia la democracia”. A él me remito, dados los límites que me impone esta columna.

 

 

El Estatuto para la Transición hacia la Democracia adoptado en 2019, de sostenerse la propuesta de reforma que suscriben la mayoría de los diputados y sus partidos AD, UNT y PJ, habrá llegado a su final; así se le sostenga formalmente, pues lo que busca ser distinto y responde a otra finalidad, mal puede nacer de una reforma.

 

 

Se elimina la figura del encargado de la presidencia de la república – que impuso el artículo 233 de la Constitución, desmaterializada por el régimen de facto y que fuese el origen del Estatuto – para trasladar a la Asamblea electa en 2015, y a colegiados suyos, como la Comisión Delegada y su Consejo de Administración de Activos, las funciones de gobierno ejercidas por Juan Guaidó. Eso sí, le dan preeminencia envolvente a las funciones de orden económico y financiero, eso que llaman la protección de activos de la república en el extranjero.

 

 

Quedan colgados de la brocha, así, todos los acuerdos de la misma Asamblea previos al dictado del Estatuto, como aquél del 15 de enero de 2019, en el que los diputados prorrogados declaran “la usurpación de la presidencia de la república por Nicolás Maduro Moros” y acuerdan, en aplicación del señalado artículo 233, asumir como su compromiso “restablecer las condiciones de integridad electoral” y “proceder a la convocatoria y celebración de elecciones libres” por la falta de un presidente electo.

 

 

Nada más. Y resta para la crónica del teatro de lo absurdo lo decidido por el Consejo Permanente de la OEA el 10 de enero anterior, mediante su Resolución 117: “No reconocer la legitimidad del período del régimen de Nicolás Maduro a partir del 10 de enero de 2019”.

 

 

El parto del cumplimiento de la Constitución – de volver a ella, restablecerla, a partir de su mismo texto como lo señala el Estatuto entonces aprobado – parece ser inútil y prescindible. No haberse logrado tal objetivo, como lo indican los proponentes de la reforma en consideración, les lleva al punto, no de poner de lado lo que es explicable, a saber, la imposibilidad de que los plazos para la restitución de la democracia previstos constitucionalmente no hayan podido cumplirse, como este de los 30 días de duración del ejercicio del Poder Ejecutivo por quien encabeza el parlamento. Antes bien, los gestores del esfuerzo democratizador dado el quiebre constitucional ocurrido, autores y ejecutores del Estatuto para la Transición, a propósito de este y de sus fementidas reformas se cargan los “principios constitucionales” invariables, los dogmas de la Constitución y de nuestra tradición histórica como república.

 

 

La cuestión viene de atrás, cabe decirlo sin ambages, pues antes de que se aprobase el Estatuto en 2019, la Asamblea de 2015 no digería que uno de sus miembros, de partido VP, fuese, de la noche a la mañana y por obra del azar, presidente de la República, así fuese por 8 días y en calidad de encargado. Sus mismos copartidarios tampoco lo aceptaban.

 

 

Por lo mismo, dejaron colar en el acuerdo que he citado algo que es abiertamente inconstitucional: “Iniciar un proceso progresivo y temporal de transferencia de las competencias del Poder Ejecutivo al Poder Legislativo”.

Hugo Chávez y Maduro han hecho lo mismo, a la reversa, asumir como suyos los poderes de sus parlamentos.
De modo que, lo que la Constitución fija como una excepción nominal y extraordinaria, el permitir que el presidente del parlamento, en su condición de tal y en lo personal, asuma la jefatura del Poder Ejecutivo temporalmente – que ese es el núcleo del artículo 233 constitucional – lo hizo mutar la Asamblea con fraude a la Constitución. Ha considerado que la Encargaduría es colegiada, y olvidado que un diputado no puede ejercer funciones públicas sin perder su investidura, salvo en la excepción señalada.

 

 

Media, al efecto, una razón de escuelita, el parlamento es el contralor del poder. Y si es él, el que gobierna, ¿quién controla al contralor?

 

 

Controlar pudo y no lo hizo la Asamblea, ¿a quién?, a Guaidó, como Encargado del gobierno. Lo pudo censurar y hasta destituir separándolo de la presidencia de la Asamblea, si hubiese faltado a sus deberes. Pero no podían hacerlo. Los diputados decidieron ejercer competencias que no les otorga la Constitución. Hoy golpean la mesa para quedarse con todo y cambiar de estrategia, a costa del Estado constitucional y democrático de Derecho.

 

 

Que se elimine al Encargado del Poder Ejecutivo y, de suyo, quede inejecutable el mandato del artículo 233 de la Constitución que diera lugar a todo este entuerto y al Estatuto para la Transición, sin responsables visibles, afecta además al principio de la separación de poderes. Sitúa al parlamento en un disparadero. Se sumaría, como actor, a la deconstrucción constitucional que inició Hugo Chávez en 1999 y aceleró Maduro, luego de una sucesión presidencial palmariamente inconstitucional en 2013.

 

 

No huelga, pues, a manera de lápida dejar el epitafio que calza. Lo escribe Piero Calamandrei (1889-1956) al narrar su experiencia bajo el gobierno de Mussolini y definirlo como el «régimen de la mentira» (Il fascismo come regime della menzogna, 2014):

 

 

“En un régimen como este, las instituciones no son aquellas que están escritas en las leyes, sino las que sacan de entre sus líneas: las palabras no tienen más el significado registrado en el vocabulario, sino distinto y a menudo opuesto al común, sólo entendible para los iniciados [de la dictadura]… A esta duplicidad de ordenamiento corresponde una doble estratificación de órganos: la burocracia del Estado y la burocracia de partido, pagadas ambas por los contribuyentes… Entre la burocracia de la ilegalidad y aquella de la legalidad simulada no hay antítesis, más bien existe una secreta alianza, una especie de reciprocidad vicaria”.

¿Quién controla a la asamblea en Venezuela? Por: Asdrúbal Aguiar

 

Asdrúbal Aguiar.

correoaustral@gmail.com

Ciudad-nación y globalización

Posted on: diciembre 19th, 2022 by Super Confirmado No Comments

Sin contrapartida ni contrapeso en las raíces de una Ítaca posmoderna, la globalización busca cerrar su círculo con personas-datos, sujetos-usuarios, no-cosas, disponibles por los algoritmos y la inteligencia artificial, que son la negación del sentido de lugar y del trascurso de tiempo.

 

 

No hay constancia, por lo demás, del advenimiento de alguna hegemonía cultural sucesora como la que predican los gramscianos del progresismo globalista, salvo sus fuegos artificiales que abruman sin que afecten el claro dominio expansivo de la gobernanza digital y su necesario sostenimiento dentro de un mundo de usuarios al servicio de unas élites globales sin rostro; difícilmente reducibles al denunciado poder del capitalismo o del crimen organizado transnacional, pues, así como declinó en 1989 la planificación centralizada moderna los mercados competitivos son, esta vez, una antigualla.Desaparecen tras las emergentes tecnologías de eliminación (TdE), dentro de un novedoso capitalismo de vigilancia como el que nos describe Shoshana Zuboff, catedrática de Harvard.

 

 

Al plantear, por consiguiente, la idea de reconstituir nuestras raíces como ciudades-naciones en Occidente, de modo especial en las Américas y en Venezuela, o con vistas a que se tenga conciencia de esta y su carácter esencial para la civilización judeocristiana que nos amalgama, no lo hago como una forma de negación de las tendencias hacia la globalización que dominan desde hace 30 años.

 

 

Recrear a la nación –así lo entiendo desde cuando leo el opúsculo que recibo de manos del arzobispo de Buenos Aires, Jorge Mario Bergoglio, su autor, en 2005: La nación por construir: Utopía, pensamiento y compromiso– lo veo como el desafío agonal de la convivencia civil, para evitar, como lo predicara Juan Pablo II, “el riesgo de la alianza entre democracia y relativismo ético”. No por azar, tras la apertura de las puertas de Brandemburgo, el signo de la unidad totalizadora de la globalización se ha vuelto un oxímoron.

 

Como lo expresa el mismo Bergoglio, “en su forma actual fomenta el desarraigo, la pérdida de certezas, uniforma al pensamiento –que es el no pensar, para que los sentidos se desplieguen al máximo bajo los efectos de la gobernanza digital en cierne, agregaría yo– y elimina la diversidad constitutiva de toda sociedad humana”. Todo ello, a pesar de que la propia globalización, para sostener la incertidumbre que facilite la acción de sus redes tecnológicas y ahora cuánticas, no solo haga de la persona un mero código o número dentro de sus grandes plataformas: “consumidores de mercancías”, como les califica el cardenal Bergoglio. Vuelve rompecabezas a su identidad natural y social dentro de la ciudad hasta disolverla en identidades artificiales varias, subjetivas y al detal, que excluyen a los no semejantes; de suyo corren en línea contraria al derecho a la paz por fomentar el antagonismo, una renacida lucha social entre “clases” que son obra de la arbitrariedad, y apagan a la democracia por ser un derecho integrador de todos los derechos fundamentales.

 

 

De modo que, al hacerse referencia, como en una vuelta hacia las raíces y a fin de superar lo que predomina: la discontinuidad con la memoria y con la historia, presentándosela como algo que avergüenza, el desarraigo espacial o el abandono del lugar, del terruño, de la ciudad-nación que antes ofrece identidad entre los diversos, en lo sucesivo se diluye tras la preeminencia de la “segmentación de los grupos humanos” y su atadura a proyectos huérfanos de trascendencia por discontinuos, “sin referencias espaciales ni continuidades temporales”.

 

 

En fin, “la caída de las certezas” por obra de la fragmentación señalada, termina rindiendo culto al relativismo, cuestionando el sentido de la razón humana e incidiendo en una “cultura de la calle” dominada por el pensamiento débil, por lo que la tarea pendiente es la de volver a pensar.

De allí, entonces, la importancia que atribuyo a la definición que de la nación o la patria nos lega el patricio Miguel J. Sanz: acaso conscientes de que, por naturaleza, todos a uno acusamos, sí, límites ínsitos o inherentes, invariables, y que por ser nosotros, en tanto que personas sujetos perfectibles –unos, únicos, llamados a ser personas en nuestra relación con los otros– hemos de bregar y dominar, antes bien, las limitaciones, que no son otra cosa que la más acabada expresión de la libertad; pero tal como lo apunta, citando a Epicteto, la pluma aguda de Rafael Tomás Caldera (“Defensa del límite”, La Gran Aldea, octubre 7, 2022): “Hay, en lo que existe, cosas que dependen de nosotros, otras no”.

 

 

Así que, cuando la Conferencia Episcopal Venezolana nos plantea reconstruir nuestras raíces, como Bergoglio se lo ha planteado a los argentinos: “volvamos al núcleo histórico de nuestros comienzos, no para ejercitar nostalgias formales, sino buscando la huella de la esperanza”, ya que “ser pueblo [o nación, o patria] supone, ante todo, una actitud ética que brota de la libertad”, mi respuesta es la de ser llegada la hora de asumir este reto.

 

 

Acerca del mismo escribo de manera amplia y defino sus contornos histórico-temporales y argumentales en mi estudio preparado para la Academia de Mérida (La conciencia de nación: Reconstrucción de las raíces venezolanas, Miami, 2022), que luego resumo en mi discurso ante la misma con motivo de mi incorporación como miembro de honor.

 

 

Ante el Deus ex machina de los griegos, resucitado para darle punto final al sentido del tiempo y ante la «deificación» del cosmos, ambos reflejos de paganismo, el camino, como lo sugiere Agustín (José Luis Villacañas, Teología política imperial y comunidad de salvación cristiana; Una genealogía de la división de poderes, Trotta, Madrid, 2016) y lo considera innovador para Occidente y su cultura, es el identificar “la irracionalidad humana, el mal humano” para forjar una nueva y contemporánea teoría de la racionalización subjetiva; la de la vida personal y social de un sujeto objetivo y militante que es capaz del “regreso del alma al origen, a la patria” de la que partimos, como lo precisa este Santo que es Padre de la Iglesia.

 

 

 Asdrúbal Aguiar
correoaustral@gmail.com

Castillo, la otra cara de Fujimori

Posted on: diciembre 11th, 2022 by Super Confirmado No Comments

 

 

La ruptura o alteración constitucional, que bien pudo ser una u otra la hipótesis del llamado golpe de Estado ejecutado en doble vía, según las posturas interesadas, por el ahora expresidente José Pedro Castillo Terrones o por el Congreso de mayoría opositora, empeñado en declarar la vacancia de este por razones morales, es un capítulo más. ¿Acaso será el último dentro del proceso de deconstrucción social y política muy profunda que vive el Perú? Es extraño que su economía siga funcionando en ese contexto.

 

El secretario de la OEA, Luis Almagro, habla de la ocurrencia de una alteración, tal como la señalan los artículos 19 y 20 de la Carta Democrática Interamericana. Pero mal ya podrá ser movilizada para la aplicación de sus consecuencias, dado el breve término de 2 horas y 30 minutos que han tomado los sucesos en la otrora nación de los incas. La felonía abre, se consuma y tiene un feliz desenlace. Recomponer el hilo constitucional casi que fue la obra de la instantaneidad digital.

 

 

Hubo ruptura en el momento mismo en que el presidente Castillo disuelve al parlamento, afectando el principio de la separación e independencia de poderes. ¿Pero podría probarse que en su caso no provocó tal ruptura ni alteración, pues usó de la facultad constitucional que le permite, a tenor del artículo 134, disolverlo y convocar nuevas elecciones cuando el Congreso le ha quitado su confianza o censurado por dos veces al Consejo de ministros? No hubo tiempo para ello.

 

 

¿Hubo o no alteración de la Carta Democrática ante el intento sostenido por el Congreso de vacar a dicho gobernante por “permanente incapacidad moral”, como lo sugiriese la misma OEA al enviar una misión a Perú y entendiendo, probablemente, lo difuso y arbitrario de una acusación de tipo “moral” que ha derrumbado a varios presidentes?

 

 

La fuente de la desestabilización institucional que padece la otrora nación de los incas no cabe duda –a la par de la corriente deconstructiva política que anega a toda la región– que encuentra su fuente en la actual Constitución. En el curso de apenas seis años ha conocido a seis (6) jefes de Estado, si agregamos a la vicepresidenta que asume luego de vacado Castillo en un pugilato que se lo gana un Congreso hecho hilachas y en medio de una crisis interpartidaria que no lograron resolver las últimas elecciones generales.

 

 

¡Y es que el Perú, su pueblo, responsable como todo pueblo de sus propios trastornos y falencias ante los que mal puede declararse ajeno, durante su última hornada comicial se debatió entre dos liderazgos que ahora tienen en su haber la clausura de sus congresos! Alberto Fujimori lo hace en 1992, dando lugar y motivo a la adopción de la Carta Democrática de 2001. Mientras su hija, Keiko, se divide de por mitad la torta electoral con Castillo, sin lograr su objetivo.

 

 

No se olvide, por lo demás que, en ese caldo de cultivo los condimentos corrosivos de la moral política y democrática peruana proceden del morbo de una corrupción metastásica forjada durante los gobiernos de Hugo Chávez Frías en Venezuela (1999-2012) e Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil (2003-2010), expandida hacia toda la región por estos. He allí el traumático suicidio del expresidente Alan García, la persecución criminal internacional de Alejandro Toledo, la caída del gobierno de Pedro Pablo Kuczynski, tras la cuestión de la Odebrecht.

 

 

En esa sucesión de desdorosos hechos es que Castillo toma su decisión igualmente suicida, si bien en el plano de lo político y ganándose un humillante arresto, a pocas horas de haber recibido el espaldarazo del Grupo de Alto Nivel de la Organización de Estados Americanos (OEA). Este era el encargado de analizar la afectación del desarrollo del proceso político institucional democrático peruano y exhortaba al diálogo entre los distintos actores políticos, de suyo poniendo la mirada acusadora sobre las iguales responsabilidades del Congreso al respecto.

 

 

En suma, puede decirse que la reacción inmediata de las Fuerzas Armadas y del Cuerpo Nacional de Policía, señalando no estar dispuestas a acompañar la “alteración” constitucional generada por su “Jefe Supremo”, dentro de un modelo normativo en el que este, al paso, está “obligado” a poner bajo disposición del presidente del Congreso los efectivos militares que le solicite, fue el aldabonazo que hizo reaccionar al conjunto de las élites políticas peruanas –incluidos ministros del presidente Castillo y otros poderes del Estado– para que la situación no se fuese al despeñadero.

 

 

Que se afirme, entonces y formalmente, que operó con regularidad la sucesión constitucional y han de sentirse orgullosos todos por las fortalezas de una democracia que solo es imaginaria, le vale bien el dicho criollo: es una ilusión de tísicos. Los antecedentes abonan en otra vía, muy empedrada, que tampoco cuenta para su despeje con un sistema interamericano que pueda decirse eficaz y celoso guardián de las democracias bajo la égida de una Carta Democrática que siempre han vapuleado los corrillos de la diplomacia; solo la salvan como patrimonio intelectual las enseñanzas constantes de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, a la manera de un convento medieval.

 

 

La cuestión peruana, así, podría volverse un eje crítico dentro del necesario proceso de reinvención de la democracia que reclama América Latina, a fin de que puedan contenerse su acelerada deconstrucción cultural y las expresiones de violencia conocidas e hijas de la incertidumbre en boga, como las que tuvieron lugar en USA, Colombia, Ecuador, Chile.

 

 

No es desestimar que los signos del acomodo de las placas tectónicas que han movido el piso en América Latina durante los últimos 30 años, fracturando sus estructuras sociales y de poder, puedan ser leídos con esperanza tras las inmediatas reacciones de rechazo a la iniciativa de Castillo por gobiernos muy próximos a su corriente, como el argentino y el que se inaugura en Brasil. No obstante, median narrativas melifluas en La Habana, Bogotá, Caracas y Ciudad de México.

 

 

Asdrúbal Aguiar

@asdrubalaguiar

correoaustral@gmail.com

Algo más sobre el «Quiebre Epocal»

Posted on: diciembre 6th, 2022 by Super Confirmado No Comments

 

Al escribir en 2008 mi libro El derecho a la democracia,desarrollo del discurso con el que me incorporo a la Academia de Derecho y Ciencias Sociales de Buenos Aires, dejo atrás la visión procedimental o instrumental de la misma democracia como mecanismo para la organización del poder. Las luces de mi amarga experiencia con el referéndum revocatorio de 2004 en Venezuela y su forzado desenlace«utilitario» de manos del Centro Carter,acompañado por los gobiernos extranjeros que tres años antes habían suscrito la Carta Democrática Interamericana, fueron laboratorio propicio y experimental.

 

 

Le doy pivote a la idea seminal del «derecho humano a la democracia», entendiéndola como experiencia de vida personal y ciudadana. Intento aprehenderla dentro de la idea de la nación, que en América esajena a laperversa desviación europea de los nacionalismos.La entiendocomo categoría cultural integradora, que armoniza y despliega la diversidad sin volverla rompecabezas y apenas la totaliza, para lo ciudadano, bajo la premisa de que todos a uno – lo decía Miguel J. Sanz – hemos de ser libres como debe serlo.

 

Miro al Estado, por ende,como un ropaje de circunstancia,casa de citas deélites políticas y económicas que se retroalimentan para servirse a sí, pero cuyo cuerpo reallo constituyen «lugarizaciones»e historiashumanas varias, ciudades distintas que le dan vida a una nación. “Una civilización es ante todo un urbanismo”, recuerda Octavio Paz.

 

 

El expresidente Valentín Paniagua, conductor de la transición en Perú, a propósito de mis reflexiones en el señalado librome observa la afectación grave queya acusanlos estándares históricos de la democracia renovados en la Carta de 2001 y que describo con soportes jurisprudenciales.

 

 

Estimaba él, con lucidez,los efectosdeconstructivos inevitables y coetáneos al reacomodo global que suscitaba no tanto el agotamiento del modelo soviético – que ha sido contracara y espejo-contrapeso – sino el ingreso de la Humanidad a la civilización digital y cuántica.

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De suyo quedaban comprometidas las bases espaciales y temporales del ejercicio del poder y del desempeño tenido por la política a lo largo de la milenaria historia de los hombres y de los pueblos. En Occidente, justamente, más ha dominado el Leviatán como artificio que las esencias de su mestizaje cultural e Inter temporal recogidas en los espacios-ciudades que las agregan. Aquél las diluye y condena.

 

 

Hasta el tema de la paz lo perturba el «quiebre epocal». Provoca divisiones en las voluntades de los Estados, al punto que cabe referir lo que presencio en 1999 como cabezadel Comité de Redacción de la UNESCO sobre el derecho humano a la paz convocado por Federico Mayor Zaragoza. El texto nace de un consenso racional práctico y una ética de mínimos universales. Esla obradel catedrático de Estrasburgo Karel Vasak, el excanciller uruguayo Héctor Gros Espiell, el juez hindú de la Corte Internacional de Justicia Raymond Ranjeva, el director del Instituto Noruego de Derechos Humanos AsbjørnEide, el recién fallecido juez de la Haya Augusto CançadoTrindade, con quienes me encuentro previamente en Oslo.

 

 

Entendemos a la paz, todos a uno, como un derecho a un orden pendiente de implementarse desde 1948, constante en la Declaración Universal: “Toda persona tiene derecho a que se establezca un orden social e internacional en el que los derechos y libertades proclamados en esta Declaración se hagan plenamente efectivos”.

 

 

Apoyado por árabes e israelitas, africanos y latinoamericanos, sin embargo, se frustra el proyecto ante el cínico rechazo de una Europa culturalmente confusa y los países nórdicos que,a la sazón, se muestran como paradigmas en materia de derechos humanos. Priva el negocio de la guerra y la lucha contra los terrorismos locales.

 

 

Pasadas más de dos décadas sobran, sin que se los atiendan con fines terapéuticos, los que fueran síntomas y en la hora que corre claras demostraciones del terremoto histórico que todo y a todos nos envuelve. Y he de repetir que, sin su adecuada comprensión mal se le podrá reconducir por fuerzas distintas a las destructivas de los sólidos culturales que lo caracterizan entre nosotros y desde un anclaje antropológico renovado.

 

 

En mi libro Calidad de la democracia y expansión de los derechos humanos (Miami, 2018), advierto sobre la paradoja del incremento de elecciones en el siglo XXI, que a la par vacían de modo proporcional los contenidos de la democracia. Agrego, además, a la inflación cuantitativa y cualitativa que ocurre en el conjunto de los derechos humanos conocidos al punto de vérselos como derechos al detal ya la diferencia, desnaturalizados – no son más todos para todos – mientras decrecen sus tutelas efectivas. Las violaciones de derechos se hacen sistemáticas, se las somete al debate y escrutinio de la conveniencia diplomática con mengua de la actuación de la Justicia.

 

 

Así también, mientras avanza el «quiebre epocal» y después de haberse sostenido la invalidez de las leyes de punto final que aseguraran el castigo de los criminales de lesa humanidad en Chile, Argentina y Uruguay, se ha pasado la página. Se habla ahora de «justicia transicional». Al crimen organizado y globalizado se le matiza y atenúa. Se arguye, por los sectores que se suman a la deconstrucción de ciudadanías culturales y la expansión ilimitada de neo identidades, que este es la consecuencia de deudas sociales

 

 

insatisfechas.Cabe privilegiarlas en toda negociación, afirman y Venezuela vuelve a ser el ejemplo.

 

 

En suma, la inadecuada ubicuidad dentro del contexto señalado o la incapacidad para su comprensión impide que asimilemos lo que con aguda presciencia observa, antes de la caída del comunismo,un maestro argentino del Derecho y las relaciones internacionales, Juan Carlos Puig:“Hay quienes dicen – y con razón – que la crisis que vive la Humanidad no es simplemente el anuncio de una nueva época histórica. Toda una era en la evolución geo-bio-morfológica terráquea está llegando a su final: la del laboreo de los metales comenzada hace más o menos veinte mil años en el cuaternario”.

 

 

 Asdrúbal Aguiar

correoaustral@gmail.com