Una ruta de esperanzas
febrero 13, 2018 5:54 am

De nuevo estamos de vuelta hacia el comienzo de la carretera, tras tiempo perdido y esfuerzos consumidos, avergonzados por los errores cometidos y por la ceguera que padecemos cada vez que se nos coloca en la antesala de unas elecciones, no importa si son presidenciales, regionales o de simples concejales y desconocidos alcaldes del interior del país. Llegamos intoxicados a la vieja encrucijada que tantos sinsabores nos ha causado en tiempos no tan lejanos.

 

 

Hemos perdido el rumbo, las ganas de triunfar, la ambición de arrollar al adversario, de celebrar en las calles nuestra superioridad en los votos y, por ende, de reiniciar el rescate de una democracia que se ha ido consumiendo entre las trampas y las cartas marcadas del oficialismo. No podemos apelar a nuestra ingenuidad ni a la bribonería superior y experimentada de Maduro y su camarilla de civiles y militares que, si vamos a ver, no es que sean la “craneoteca de los genios”.

 

 

Si a estos adversarios no se les puede derrotar y mucho menos arrinconar para que cedan a nuestras modestas exigencias, pues es hora de pensar en enterrar tantos insultos, tanta rabia y sobrado odio, que a nadie le presta satisfacción como no sea a quienes habiendo sido figuras escaladoras burocráticas quieran volver a degustar aquellos momentos que ya no quedan ni en el recuerdo.

 

 

 

Los venezolanos han aprendido mucho en estos últimos tiempos, pero todavía existen personajes histéricos que confunden su desgracia y su mala sombra con la necesidad de construir una oposición que, al menos en lo práctico, pueda anunciar una unidad tan deseada como obstaculizada.

 

 

 

Nos olvidamos que en el seno de la oposición conviven, a veces y en ciertas circunstancias, lo mejor de nuestra generación formada en una carrera de obstáculos infinitos, objeto de las más grandes canalladas y de las más asquerosas jugadas del oficialismo. Basta con mencionar que, con mentalidad militar, se ha diseñado y llevado a la práctica una estrategia que tiene como objetivo central la neutralización de quienes pueden agregar no solo fortaleza en la resistencia, sino en la reconstrucción del liderazgo que tanto costó levantar en medio de grandes dificultades y que, no se puede negar, nos llevaron a triunfos reconocidos, aceptados y acompañados por muchos sectores sociales.

 

 

 

No se puede insistir en la mediática y errática descalificación de quienes dentro de la oposición pueden objetar otros caminos, como si la simple presentación de unas palabras adversas pueda alcanzar la categoría de un insulto. El escenario para la discusión no debe ser un ámbito de violencia y descalificación, sino lugar para un debate ejemplar que nos ayude no a promover una candidatura ni un personaje en especial sino la victoria y la conquista del poder.

 

 

 

Dicho esto, es bueno, necesario e indispensable recordar a los venezolanos de buena voluntad que, por primera vez en mucho tiempo, contamos con líderes que, con sus imperfecciones, son infinitamente superiores al oficialismo bandolero. ¿Por qué cierta gente de la oposición se entrega a la tarea vulgar de rebajarlos a la categoría de politiqueros? ¿Por qué no aceptamos que sus esfuerzos nutren nuestras esperanzas?

 

 

Editorial de El Nacional



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