Venezuela en Harvard
febrero 24, 2017 7:18 am

 

De pronto, como un golpe de aire fresco en un día exageradamente caluroso y asfixiante, los muchachos de la UCAB, la USB y la UCV se convierten en una excelente noticia. Y todos nos hacemos eco de la buena nueva como si cada uno de los estudiantes que la protagoniza nos corriera por las venas. En segundos, los hacemos nuestro orgullo, nuestro comentario obligado; uno que, por cierto, nos aleja del rosario de quejas que, inevitablemente, nos absorbe a diario. Esta vez, los muchachos de la UCAB, la USB y la UCV ocupan los titulares y le agradecemos a Dios que, en esta oportunidad, sea un reconocimiento internacional a su esfuerzo, dedicación y preparación lo que los transforma en el centro de nuestra atención. Hoy, gracias a Dios, no son noticia por ser las víctimas de las represiones que, con bastante frecuencia, lanza contra ellos el régimen. Hoy, no son noticia porque se hayan visto en la necesidad de salir a las calles a reclamar el dinero que el Estado se niega a entregar a sus casas de estudio. Hoy, nuestros muchachos no están encabezando una protesta exigiendo sus derechos cercenados. Nuestros estudiantes de la UCAB, la USB y la UCV están en Harvard, la prestigiosa universidad americana, recibiendo un reconocimiento que, en estos tiempos difíciles y oscuros para nosotros los venezolanos, además de orgullo, nos llena de esperanza.

 

 

Y es obligatorio, por unos instantes, apartar las denuncias y dejar de seguir los escándalos de corrupción. Porque a pesar de las difíciles condiciones que enfrentamos los venezolanos, un grupo de estudiantes logró superar cada una de las barreras que hoy significa intentar, al menos, asistir a competencias académicas internacionales. El costo del pasaje aéreo, el monto que se debe destinar para el hospedaje, los gastos de comida, la vestimenta adecuada y un extra para imprevistos. No, estos muchachos, en la Venezuela actual, no la tienen fácil. Sin embargo, no se dieron por vencidos. Desconozco cuántas rifas o recolectas tuvieron que hacer para poder llegar a Boston. Hoy es costoso, incluso, planificar un viaje a mi amada isla de Margarita. Se necesita mucho dinero –de esa divisa que algunos personeros del régimen han sabido desviar hacia sus cuentas con fines de mucho lucro- para emprender un viaje de esta naturaleza. Pero, a pesar de todo, nuestros muchachos tienen sobradas razones para sentirse muy orgullosos: su misión, su extraordinaria y destacada misión, fue cumplida. Y no de cualquier forma. No por salir del paso. De una manera ejemplar que parece extraída de una Venezuela que hoy escasamente existe; pero a la que todos aspiramos. Porque, al final, en eso se convierten nuestros estudiantes: en la representación de lo que somos capaces los venezolanos cuando, a pesar de las circunstancias, se logra imponer la excelencia, la dedicación y el trabajo.

 

 

Entonces, me doy cuenta de que, para llenarnos a menudo de buenas noticias, quizá tengamos que escudriñar más en nuestras universidades. En todas sin excepción. En las privadas y en las públicas; sobre todo en éstas últimas donde a pesar del recorte presupuestario y el éxodo de profesores, siguen siendo una cantera de talentos que podrían poner de nuevo el nombre de Venezuela en alto. Y descubrir a esos estudiantes, por ahora anónimos, que necesitan nuestro apoyo para representar al país en las competencias internacionales a las que son invitados porque sus proyectos, esos con los que se postulan, prometen avance y futuro, y no tienen nada que envidiarle a los que desarrollan en universidades que no padecen las carencias con las que el régimen pretende asfixiar a las nuestras.

 

 

Porque, resulta que, en nuestras casas de estudio, hay muchachos muy talentosos desarrollando robots con inteligencia artificial, o prótesis de bajo costo que podrían devolver la movilidad a los amputados, o jóvenes programando aplicaciones para facilitar la vida, o diseñando piezas importantes para hacer andar un motor. Y todo hecho aquí: en Venezuela. En los salones de la Simón Bolívar o la Central, y eso por tan sólo citar dos de las que me consta hay estudiantes que le están poniendo empeño, ilusión y corazón para terminar sus proyectos y lograr los recursos que les permitan participar en esas competencias en las que ya se ganaron el puesto pero que, para asistir, necesitan el pasaporte y el ticket del avión.

Nuestros estudiantes venezolanos fueron reconocidos en Harvard. Y es una noticia buena que me llena de esperanza. Venezuela, a pesar de los que se empeñan en destruirla, tiene la materia prima para salir adelante: y son esos muchachos, y todos los que, como ellos, se están formando y saben que con esfuerzo, dedicación, preparación, disciplina y constancia obtienen resultados que conducen a la excelencia. Muchachos resilientes que no se dejan arropar por la mediocridad. Solo aspiro que pronto podamos ofrecerles aquí, en nuestro suelo, las oportunidades que merecen. Para que sea aquí, y no a miles de kilómetros de sus hogares, donde derrochen todo ese talento.

 

José Domingo Blanco

@mingo_1



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