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Sobre economía y justicia en la Venezuela actual (II)

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Sobre economía y justicia en la Venezuela actual (II)

 

“Hay efectivamente una forma de representarse la sociedad que conduce naturalmente a la idea de que el utilitarismo es la concepción más racional de la justicia”

(Rawls, [1971], 1987 p. 49)

 

 

Escribir sobre Venezuela es hoy en día un poco más difícil, complejo, delicado. Muchos están fatigados de la recurrente descripción que hacemos sobre la situación actual en todos los campos imaginables que nos permitimos y ello a pesar de que algunos logran siempre encontrar una cumbre donde otear los horizontes, no obstante conocidos y lucir, si no novedosos, interesantes; pero, yo diría que quedan solo dos temas en los que vale la pena insistir y atreverse a opinar e incluso a formular planteamientos para la necesaria y democrática deliberación.

 

 

La recuperación de la soberanía nacional, conculcada por este engendro deletéreo populachero, militaroide e ideologizado que en minuto aciago nos sojuzga, es el primero y, de lejos, el más importante, gravoso, pesado y trascendente. Pero, por su naturaleza, corremos riesgos  por el enfoque que hagamos, somos blancos de los francotiradores de ambos lados de la contienda y encaramos también las tensiones propias de la fatiga del cuerpo político todo, sobre el porqué no se ha hecho lo necesario y por qué no se ha logrado nada todavía.

 

 

Todos tienen opinión, pero la gente la trasluce en la sistemática crítica a lo que los demás proponen. Además, nada que reconocer a las épicas ajenas nunca, aunque se jueguen y pierdan incluso su vida. Vivimos en el miedo, por el miedo, desde el miedo. Solo la mezquindad y el egoísmo parecen satisfacer. La ciudadanía se volvió hosca, medrosa, taciturna, resentida, sañuda  y vengativa.

 

 

El otro aspecto que cuestionan es que pensemos lo que habría que hacer cuando pasemos esta página en el libro de la historia y enfrentemos la durísima realidad del país destruido y envilecido su pueblo en todos los órdenes, por demás. Muchos piensan y peor aún, exigirán a los nuevos gobernantes una vara mágica para hacer milagros y ejecutorias fáciles y meritorias cada segundo. Han esperado y sufrido mucho y no les queda paciencia en las alforjas del espíritu.

 

 

Sentencian con amargura otros, los que temerarios postulan tesis y programas para el tiempo de reconstrucción, que distraen el verdadero objetivo que no puede ser otro que poner fin a la usurpación. Lo cierto es que habremos de vivir un período de ansiedad y de obligada entereza  precisamente en un instante de emoción y enfrentar la tragedia de nuestra verdadera realidad.

 

 

Echaré unas ideas modestísimas al tapete, para contribuir a una meditación que no puede tampoco debutar el día después. Ya Guaidó y su equipo avanzaron un programa que en forma y contenido conoce el país, pero observo que hay dos tiempos que se tienen que focalizar: lo inmediato y lo mediato en términos sencillos, y acotaré una perspectiva a lo que hay y a lo que viene y asumiré el trance de mi osadía.

 

 

El común venezolano de clase media no quiere ver detalles sino que le bastan las protuberancias, dirían algunos, porque el socialismo o cualesquiera de sus versiones ya está colgado en el cadalso de los victimarios de nuestro país y en constante bamboleo, además. El asunto es que muchos, incluyo a compatriotas de buena fe y otros de elevado nivel intelectual y profesional, se han radicalizado y dejan de ver la cuestión social pendiente, que lejos de estar ausente, por el contrario, se hace cada vez más importante y apremiante.

 

 

Me lo decía mi amigo y correligionario Luis Planas hace muy poco al referirse a un artículo que publiqué recientemente. Decía Luis lo que es una verdad monumental, pero que pareciera banalizarse en el teatro de nuestra tragedia, y es la vergonzosa pobreza que cubre, penetra, posee a la mayoría de nuestros congéneres venezolanos y que en algunos casos, numerosísimos no obstante, alcanza niveles extremos rayanos en la generalizada indigencia.

 

 

Cabe, pues, destacar que la descomposición social, la anomia, la marginación y la desconfianza entre los distintos segmentos, opera una división que va más allá del esquema de clases sociales clásico. En Venezuela, el Estado chavista configuró una suerte de discriminación en positivo que restringe a muchos y privilegia a otros, sobre la base del origen social e incluso del color de la piel, pero sobre todo por la militancia política o partidista.

 

 

Un elemento inmoral se desnuda y consiste en un inoculado, como un virus, sentimiento de rencor y odio para segregar a los que tuvieron más estudios, más éxito profesional, más y mejor figuración. Un pueblo lumpen se erige en la representación que en la construcción del ideario nacional ha postulado el chavismomadurismo y signa desde adentro las políticas públicas y el discurso que traduce la comunicación societaria. El Estado chavista deviene en una organización oclocrática y mafiosa que se comporta artera, vil, maligna, mórbida, sesgada, enajenada y poseída, demoníaca también.

 

 

Claro que, aquellos que denuncian las evidencias de estas afirmaciones, son acusados precisamente de odios criminales y perseguidos, porque se mezclaron sus obscuras tendencias con el despojo de los derechos ciudadanos. Así, pues, tenemos que la ciudadanía como ejercicio se ha criminalizado y judicializado. Además de la pobreza exultante e insultante que vivimos y no podemos negar, para completar el pandemónium hay que advertir la injusticia entendida como el desequilibrio vindicativo que nos deforma y adultera en todos los sentidos y especialmente en aquel que concierne a la valoración de la persona humana.

 

 

Lo inmediato y lo mediato que referimos como pivotes a seguir en el proceso de la recuperación del país pasan por la consideración y ponderación de esos tres elementos, lo económico que nos arruinó, la injusticia que nos desfiguró como sociedad y una construcción política que atienda un proceso de sustentación del cambio y el ennoblecimiento como principal objetivo. El objetivo es, en resumen, la redención de nuestra nación

 

 

Una nota de prensa como esta ni remotamente permitirá la glosa y el análisis, mucho menos discurrir sobre el asunto en extensión exhaustiva, pero, como dijimos antes, estamparemos notas sobre ese que es, a mi juicio, el asunto fundamental, el expediente a abordar como un prisma de impajaritable consideración y de impretermitible decisión.

 

 

En efecto, la primera de las interrogantes formulables es qué tipo de orientación tendría el modelo económico que se debe seguir, lo cual supone, tanto para lo más próximo como para lo estratégico, una premisa básica. Como nos insistía hace poco César Pérez Vivas, en un artículo acá en El Nacional, nos inclinamos por la Economía Social de Mercado, advirtiendo sin embargo que no hay líneas rígidas sino acordes con las circunstancias propias de la coyuntura.

 

 

Garantizar los derechos humanos y ciudadanos envuelve los derechos económicos, incluida la propiedad y la libre iniciativa y competencia, pero jugando el Estado y la sociedad un rol subsidiario, solidario y distributivo. Nuestra economía y ahora cuanto más maltrecha y primitiva se reconoce, exige conciencia, sapiencia y pragmatismo dentro de la perspectiva de un Estado social democrático que asuma el compromiso muchas veces repetido y no por ello desgastado o impertinente de coadyuvar al logro del propósito de la dignificación de la persona humana.

 

 

Ya recogíamos en Rawls y como acápite de nuestro artículo de hoy, la representación como ensayo del utilitarismo pretendido actor de la justicia, pero Rawls dedicó su esfuerzo y vocación creativa en procura de la genuina justicia, en la cimentación en contraste de una contrateoría, digámoslo así, en la dinámica economía y sociedad, realzando y es esencial resaltarlo, lo que desde los primeros escritos del excelso autor de Teoría de la Justicia se repetirá transversalmente en el tiempo de sus dilatadas y siempre sesudas reflexiones, desde el comienzo de sus trabajos, por allá en 1950, “la justicia como equidad”.

 

 

Entonces, deberemos disponer de un plan de emergencia social y económica que atienda la procura de recursos frescos para animar la producción fortaleciendo la demanda, al tiempo que se invita, atiende y asocia a las mayorías depauperadas a colaborar en el cambio del paradigma fracasado del socialismo del siglo XXI.

 

 

La política económica deberá apuntar en dos direcciones: de un lado despertar y apurar el emprendimiento, pero también la asistencia a la gente que más necesita y del otro, convencer que la solución a largo plazo consiste en producir más y mejor, con sentido de trascendencia y no de súbito enriquecimiento, como lo vimos y padecimos frecuentemente,  antes que tender la mano para recibir y confundirse y ver a la potencia pública como un mecenas munificente.

 

 

El petróleo debe ser realmente y antes de que acabe perdiendo en tres o cuatro décadas su significación, ya en curso en el mundo de la generación de energía, el punto de apoyo del movimiento de reconstrucción y diversificación económica. Abrir ese mercado a propios y otros interesados es la tarea que hay que realizar. Facilitando, desregulando, ofreciendo una seguridad que hoy no se tiene y disuade cualquier intención de participar, asociarse o invertir en nuestro país, que sin embargo exhibiría grandes ventajas comparativas, es como debe hacerse desde el primer día y con garantías creíbles políticas y jurídicas.

 

 

Acometer sin complejos la privatización de las empresas del Estado que son hoy chatarra y no generan sino pérdidas y gastos fijos insostenibles. Que sobrevivan aquellas que son competitivas y las otras que no lo son, no supongan más erogaciones públicas.

 

 

El tema dolarización debe por fin debatirse y llegar también con ideas claras al the day after. Los economistas se mueven cautelosos en un medio lleno de espejismos que deben tomar en cuenta, el plan estratégico de una economía que puede crecer rápidamente y que lo necesita, aunque también transitar el regreso a la disciplina fiscal y presupuestaria. Varios dilemas se reivindican legítimos y deberán abordarse, racionalizarse y despejarse, lo cual demandará talento y virtud republicana.

 

 

Asumir que la educación y la salud merecen no solo nuestro empeño, dedicación, inversión sino respeto por el conocimiento para iniciar desde atrás pero con ganas la carrera de la innovación y la competividad en el orbe.

 

 

Nuestro país, nuestra gente, nuestra clase política, nuestra academia, nuestra dirigencia social deberán ofrecer constancia de método y cohesión nacional. O somos uno y avanzamos como un todo o nos quedamos partidos, fragmentados, carentes e impotentes. El discurso del liderazgo tiene y debe contar con nuestra fuerza interior porque tardará en resolver ecuaciones sociales, políticas y económicas que nos exigirán al máximo.

 

 

Nunca fuimos muy productivos y luego de la aparición del petróleo creímos que éramos un país rico y recientemente se volvió a debatir en las redes el asunto. David Landes lo aclaró en su ya célebre texto sobre la riqueza y pobreza de las naciones. Pues bien, los asiáticos sin grandes recursos naturales elevaron sus exportaciones y redujeron su pobreza con el argumento del esfuerzo de uno y de todos haciendo del trabajo la palanca de su emancipación de la pobreza. Trabajar 2.000 horas al año es una opción que implica una escogencia existencial. Hay que hacer un puente del trabajo para cruzar sobre el río de la crisis que vivimos y no al revés, hacer posible puentes para no trabajar y frivolizar.

 

 

Debemos trabajar muchísimo más y defender el trabajo de nuestras propias falencias. La inamovilidad no puede seguir siendo una falacia de protección al trabajador que falla ni los derechos sociales y laborales otra excusa o atajo para no concurrir y servir, de acuerdo con nuestras auténticas posibilidades.

 

 

El comerciante debe entender que su tarea esta, como todas aquellas de la economía en la sociedad venezolana actual, impregnada de un encargo moral. Debe cesar y desestimarse, por equivocada y nociva, la concepción de que el comerciante dueño de un bien puede por ello hacer únicamente lo que le convenga y, peor aún, en detrimento de la comunidad que está llamado a proveer. Debe rechazar la especulación, el acaparamiento, la usura porque no solo no son pruebas del mentado fair play, fair competition sino que lo convierten en un depredador.

 

 

El insumo para la revolución que nos eleve de nuestras miserias está untado de un compromiso moral. La nación debe, todos, personas naturales y jurídicas, públicas y privadas, seguir el camino del desarrollo sustentable y la biopolítica. El modo de producción, como aquel de consumir que hemos venido cumpliendo, devastó nuestro hogar planetario y la responsabilidad definida, con la vida consciente y la existencia ligada con la ética y el amor al prójimo, es nuestra respuesta,  racional y moral si queremos sobrevivir y no por nosotros solamente sino por las generaciones que vienen, por la creación de Dios, la flora, la fauna, el mar, los vientos, los ríos, los tepuyes, las sabanas, los morichales, las montañas y la naturaleza en suma.

 

 

Pudiera entrar en detalles, pero no es tampoco el día después porque aún obramos en el tártaro en que nos llevaron y mantienen los perversos de la ideologización chavista, madurista, militarista, castrocomunista, pero que se agreguen estas modestísimas y sencillas  cavilaciones a los exorcismos que intentamos a diario con nuestras oraciones y con la batalla que dan en varios frentes los venezolanos que no se resignan y menos aún se rinden.

 

 

Como escribió mi amigo y profesor Asdrúbal Baptista: “El futuro es el origen de la historia.”

 

 

 Nelson Chitty La Roche

@nchittylaroche

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