Sin un tiro…
abril 5, 2019 6:32 am

 

 

 

“No somos seres humanos que vivimos una experiencia espiritual, sino seres espirituales que vivimos una experiencia humana”. P. Teilhard de Chardin

 

 

 

Vengo de presenciar varias protestas por las fallas de los servicios públicos en San Antonio de los Altos y luego, al final de la avenida Fuerzas Armadas, allá en San José. Me agarró el zafarrancho cuando me desplazaba atendiendo asuntos domésticos, de esos comunes a todos. Me detuve y estacioné, siendo que el paso y la circulación estaban suspendidos por la gente que sale iracunda a manifestar en la calle e impedir el tránsito de vehículos, lo cual es lo menos que puede hacer para drenar su amargura, frustración, malestar e indignación.

 

 

 

El régimen de facto no atina a frenar su desplome en el sentimiento popular que, por cierto, hasta hace poco le brindó su empatía y paciencia, pero que constata y evidencia que ya no solo es insostenible apoyarle sino que es más bien insoportable y debe entregar la conducción de los asuntos públicos a su némesis opositor.

 

 

 

Esta será recordada como la revolución de todos los fracasos y la que arruinó una nación que traía un siglo de progreso y mejoramiento de la calidad de vida de sus conciudadanos, sin mayores interrupciones, pero la demagogia, el populismo, el militarismo, la ideologización, la ignorancia y la mediocridad del liderazgo emergente acabó lisiándola.

 

 

 

Del país hospitalario y generoso, afortunado, progresista, solidario que llegamos a construir, queda muy poco. Hoy por hoy padecemos todos los males posibles, hasta una guerra civil de baja, pero recurrente intensidad que nos libra; un sector minúsculo, pero apuntalado por los militares más irresponsables y entreguistas de la historia de América Latina. Tristemente defienden al peor gobierno del mundo, si nos atenemos a los índices que miden y vigilan la gestión económica, monetaria, social, sanitaria, educativa y de seguridad que llevan los organismos especializados y sus agencias. Inexplicablemente los uniformados venezolanos son comandados por cubanos y la alta clase política más aún, para solo generar un pandemonio que se traduce en hambre, sed, miseria, privación, desolación, tristeza, desarraigo y desesperanza.

 

 

 

Los científicos y economistas más reputados, venezolanos y extranjeros, anuncian el colapso en todos los órdenes y especialmente en el plano petrolero, en el macroeconómico y en la situación de las mayorías depauperadas que se exhiben en entera precariedad. La Cruz Roja anuncia que acometerá acciones de asistencia humanitaria ante la indubitable crisis de ingentes segmentos poblacionales privados de lo más elemental. Alimentos y medicinas para comenzar, pero esta desgracia, ya rutinaria, tiende a empeorar. El oficialismo ya no logra impedir ese ingreso de ayuda humanitaria que se comienza a ver por todos lados.

 

 

En efecto, la ineptitud, el cinismo, la desidia, la torpeza advierte una implosión “impajaritable”. No hay hipérbole. El Estado chavista es inmunodeficiente. Ya no es un Estado como construcción político jurídico, sino un elenco de organizaciones criminales que no constituyen un poder sino un aparato de dominación y sojuzgamiento. El virus que lo alcanza lo inoculó el difunto en varios momentos, pero especialmente lo recalcó en tres de ellos. Comenzó con el desconocimiento y el atentado de 1992 contra el presidente Carlos Andrés Pérez, que despertó los demonios, siempre presentes, pero escondidos, latentes del militarismo. Abrió ese portal que los medios de comunicación creyeron poder aprovechar para surfear, entre las olas de la antipolítica, e intentar prevalecer. Recuerdo la campaña que derrota el proyecto de reforma constitucional que impulsó la comisión bicameral que dirigió el senador vitalicio Rafael Caldera. Radio, prensa y televisión como una orquesta tocaron la misma melodía que defenestraba a la clase política puntofijista que, es también necesario admitirlo, no supo o no pudo reaccionar acomplejada y vacilante.

 

 

El segundo trance de varios, pero determinante fue el correspondiente al 11 de abril de 2001. Una masacre preparada al detalle no solo aturdió a la institucionalidad, sino que mostró que para los uniformados, el proyecto Ceressole que el comandante presidente glosaba y proponía como secuencia natural, a propios y extraños, había calado hondo en oficiales ingenuos y en los trepadores también. El paladar político traía sabores nuevos que luego del Plan Bolívar 2000, lucían prometedores. Los hombres de armas siempre fueron y volvieron a sus afanes concupiscentes y crematísticos. No obstante, lo que descubrieron con la dinámica que se cumplió entre el 11 de abril y los meses posteriores, es uno de los más bajos, pero fascinantes rasgos del dominio del hombre sobre otros hombres, la impunidad. Ese hallazgo que les permitió cambiar la historia y colocar a los asesinos de puente Llaguno como víctimas y a los manifestantes y policías metropolitanos como victimarios, sentó doctrina sobre como acciona abusivamente el mal. De allí se convirtió en versión oficial lo que interesaba al comandante y a sus secuaces y la verdad queda de victimada. El derecho es al socialismo, lo que la conformidad es al objetivo.

 

 

Entretanto, se desconstitucionalizaba, se ilegalizaba, se anomizaba el país. Se edificó un orden administrativo paralelo y se pervirtieron las finanzas públicas. El millardito aquel culminó en el Fonden y en el quebrantamiento de todos los controles al poder. Se asoció a militares y yuppies con el manejo de divisas, dándole cabida al festival baltasariano de la corrupción, el desfalco, el robo, el hurto, el forjamiento, el latrocinio. Le sacaban la sangre a la mentada patria de Bolívar, con la ceguera cómplice e insensibilidad del contralor, de la fiscal, del TSJ, del CNE y del entorno que, ahíto de prebendas, canonjías e impunidad, se dieron a la tarea de banalizar el gobierno del crimen.

 

 

Así se impuso la farsa que imputaba en cada protesta al ciudadano que protestaba y lo encarcelaban, lo asesinaban o lo hacían asilarse. Siempre repetían que los agresores eran los estudiantes o los ciudadanos, y los agredidos, los colectivos paramilitares y la guardia nacional y la policía. La justicia quedó empapada de la coloración política de un régimen que patológicamente desviado, creyó y cree que lo puede todo, sin que fracasar sea óbice y sin que la soberanía popular lo distraiga. Es triste reconocer que la institucionalidad haya sido contaminada hasta ese nivel, pero el chavismo devino en la desmoralización y amoralizacion total. Allí sucumbió el propósito ético y espiritual del llamado proceso.

 

 

Pero Chávez tenía que hacer algo más que entregarse y a Venezuela, en los brazos de Castro y de su verdadera pasión patriota, Cuba. Llamó a referéndum colocando todo su peso en la consulta de 2007 para reformar la Constitución Bolivariana y convertirla en Constitución Castro cubana. Se dio el lujo de perder esos comicios y de encajar un descalabro mayor al negársele la propuesta y quedar ante los mentores comunistas, revolcado por unos muchachos que libraron otra memorable gesta similar a la de febrero de 1814. Y se dio el tercero de los momentos que, considero yo, nos agobiaron y desnudaron definitivamente el talante antidemocrático y pútrido del ente chavista; se subrogó Chávez en el soberano y tomó directamente el control del Estado cual Luis XIV. Desde Miraflores impartía órdenes a los magistrados, la Fiscalía se hacía de la vista gorda frente a la disidencia, forjaban expedientes como a Leopoldo López, la asamblea nacional de Cilia y Diosdado impidieron y obstaculizaron cualquier investigación o control, y la deidad de sabaneta recorrió el mundo regalando lo que no le pertenecía y persuadiendo a su sostén militar, dejándolos hacer y permitiéndoles prosperar a placer y en genuina impunidad. El peor despojo de Chávez fue el de la soberanía popular y la alienación de la familia militar a sus designios.

 

 

 

El chavismomadurismo aniquila al Estado y lo usurpa desde el gobierno. Rechaza toda intromisión a nombre de la soberanía que conculcó a los ciudadanos y a la institucionalidad que vació de su valor y significación. Se inventó una asamblea nacional constituyente que lo único que constituye es un fraude, confeso por el mismísimo aparato llamado a contar los votos. Una sala constitucional que apesta de parcialidad, ignaros y sórdidos sus integrantes, ahora maniobra para irradiar de su radiactiva condición a la joven promesa Juan Guaidó.

 

 

Todo lo harán para permanecer arriba en la azotea de un edificio nacional al que le crujen las bases y fundamentos. A cualquier costo, piensan, reinarán. Para el chavismo no existe remisión ni redención. Solo el predominio y la exacción los inspira. Ellos son la eternidad.

 

 

En noviembre de 1989 cayó el Muro de Berlín, como también en Polonia un hombre santo inspiró a todo un pueblo y sus modestos dirigentes desde un astillero descubrieron y se expusieron enarbolando la doctrina de Cristo que, a diferencia de cualquier otra, perdona a todos y en especial a sus enemigos.

 

 

 

La superpotencia soviética y sus aliados con miles de aviones, tanques, soldados emplazados en Europa central vieron sus banderas arriarse y la unión de repúblicas desmembrarse experimentando una capitulación para muchos inesperada, para otros anticipada. Sin un disparo se vino abajo la construcción más poderosa que la humanidad había conocido, con sus bombas atómicas y sus misiles intercontinentales.

 

 

 

Razones para el evento pueden enumerarse y contarse, como arroz partido, dicen en el llano venezolano. No obstante, evocaré dos de ellas que me vienen al espíritu. La primera económica y financiera que mostró un sistema incapaz de ofrecer otra oportunidad que la gestión de la pobreza repartida para que alcanzara a casi todos. Un grupito, la nomenclatura, vivía mejor y disfrutaba de beneficios y prerrogativas. Los enchufados del gobierno y del partido constituían con la alta oficialidad, una clase social distinta, pero el resto no tuvo derecho a una primavera. Siempre estuvo en la oscuridad, en la lluvia, en el invierno de todas las carencias. Restricciones de todo género son necesarias para el sacrificio socialista y para acallar. El socialismo es eso y no da para más. Económicamente condenado a la limitación, no lleva a los hogares sino la modesta supervivencia adornada con una racionalidad que postula un heroísmo cínico del que escapan los elegidos.

 

 

El socialismo, y luego China lo demostró exuberantemente, no es productivo. No asume como sistema el fracaso de sus políticas y, en particular, aquella que confirma la historia y es que solo en la libertad florece el ser humano. No entendió el socialismo jamás que el ser humano es también fantasía, utopía, ilusión.

 

 

 

La segunda gran causa del derrumbe de la estructura socialista es el irrespeto sistemático a la espiritualidad del hombre. A su originalidad, a sus retos, desafíos, sueños. A esa apuesta libre que se formula cada cual, sobre cómo se hará más feliz y más conforme consigo mismo. El socialismo dibuja un patrón en el que quisiera calcar a todos o, como antes dijimos, casi todos. Aquel que se pretende diferente es aleccionado y eventualmente anulado. El modelo del hombre socialista conforme y acrítico se impone a como dé lugar. Y aquellos que por buenos y destacados sobresalgan son rodeados del vigilante orgullo que los acompaña, por si acaso pretendieran alguna veleidad liberal.

 

 

 

Pero el hombre no es eso que venimos de describir. Ciertamente batalla consigo mismo y a menudo se desvía, pero tiene en su centro un imperativo espiritual que le reclama su condición. No siempre es verdad, pero la virtud es a la mayoría lo que el bienestar a todos. Un indicativo poderoso de acuerdo con el cual en la calidad del esfuerzo obra la disposición del espíritu.

 

 

El socialismo se hundió en su asqueroso materialismo espiritual. Esa es la lucha del hombre de todas las épocas. Entre el instinto, el bajo psiquismo y la hegemonía de un lado, y los valores, principios y sentimientos de coexistencia, tolerancia y amor por los demás.

 

 

 

El bienestar general es el fruto a cosechar, pero despojado del respeto a la dignidad humana y a la libertad lo persigue el socialismo y no lo ha podido lograr en ninguna parte, en ningún ensayo, en ningún modelo experimentado hasta ahora. Esa es la verdad de la cual que ni ellos mismos pueden ocultar.

 

 

Regreso sin haberme ido de nuestra afligida Venezuela. Al más estruendoso fracaso, revisadas las notas históricas y dignas de la más exquisita y rebuscada antología del mal gobierno, se reveló por fin un balance fatal, letal, mortal para muchos, pero en especial para el mismísimo liderazgo de Chávez y sus epígonos. Sin luz, sin agua, sin gas y sin olvidar la penuria de alimentos y medicinas se refugian en los militares y los traen de afuera, incluso, para tratar de permanecer arriba en la terraza porque solo así únicamente tiene sentido gritar que Chávez vive, pero ni la mentira que achaca a otros ni el discurso de vena clasista persuade ya. La dinámica los señaló como responsables de todos los desastres y el mismo pueblo, sencillo y modesto, ignorante, cándido y manipulado frecuentemente, también lo sabe ya.

 

 

Ofrecen una resistencia feroz amparados en sus armas y en su gusto por la impunidad de sus actos criminales, pero esperemos que el horror de la calamidad que implica su influencia, convenza más que la simulación, la tergiversación, la operación de medios y redes, y podamos salir de ellos también sin un disparo, sin más pérdidas de vidas humanas, sin más odio y violencia. ¡Ojalá, digo, pero que Dios nos libre de ellos como a bien lo tenga el Señor!

 

 

Nelson Chitty La Roche

@nchittylaroche  



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