Seguimos patinando en el criticismo inútil
agosto 18, 2015 4:47 am

Hace días sostuve un interesante debate, con dos respetados y buenos profesores: Gilberto Carrasquero y José Vircente Carrasquero. La tertulia se centró en las perspectivas políticas de Venezuela. Pero os confieso, nos quedamos cortos o si acaso anclados, en un criticismo, que no da con ; l’état de la question…

 

 

La realidad política, social, económica y ética que atravesamos, redunda analizarla, escribirla, taladrarla más. Repetir que el socialismo es un modelo peligroso, promotor de la cultura del «dámelo todo, del resuélvemelo tú, porque yo me lo merezco», es una tautología dañina por el simple hecho de fijar la agenda. Centrar la atención en las distorsiones sistémicas que ha producido esta versión tropical de «revolución», despreciativa de la condición creativa e inteligente del ser humano, lo que hace es publicitar nuestra tragedia grupal, que no es otra que una utopía pro-colectivista, gendarme y aborigen, que nos divide y nos violenta. El origen: El abandono de unos y la codicia de otros. El desenlace: por ahora, un continuismo de división y lucha de clases.

 

 

El desastre que sufrimos viene de desprecios y frustraciones acumuladas de quienes no han tenido oportunidades. De una vulnerabilidad grupal, inducida por un Estado rentista y castrador. De la anomia devenida de la borrachera petrolera. Y todos naufragamos en ese bacanal, en ese clientelismo redentor. Un perverso acomodo donde lo ciudadano, fue absorbido un alguacilato.

 

 

Insistir que andamos mal, que el paralelo anda desatado, la inflación indetenible; la inseguridad incontrolable, la corrupción va por libre o el default es inminente, es baladí. Son análisis a flor de labios, cuya sinfonía fatalista y terminal, no aliviará la patología de reflujos sistemáticos. El bolívar no se revaluará por repetir que el control de cambios es obsoleto.

 

 

Tampoco eliminándolo. La cosa es más a fondo, más humana, más originaria. La inseguridad seguirá cobrando vidas, si seguimos delegando en los políticos, nuestro deber de «devolver al mestizo y al negro marginado de su historia, la importancia de su papel en la génesis y en el desarrollo del país» (Dixit Herrera Luque). Decir que Maduro es malo o María Corina es buena, no resuelve la convivencia. El país y su laberinto, son mucho más complejos que la suma de sus actores políticos. Echarle el hueso a los militares, a Dios que nos olvidó, o a nuestras desviaciones sicopáticas (Ob.Cit), no es otra cosa que apostar que otro resuelva este berenjenal, mientras yo me quedo analizando, contemplando y sobreviviendo, !hasta que aparezca el nuevo hombre a caballo!.

 

 

El problema no se resuelve desdiciendo de nosotros mismos sin revisarnos. Un pueblo de adversidades, devenido en zamarro y desconfiado, que vive del mito del dorado. Es hora de reconocer nuestros conflictos no resueltos, para entender el presente y encarar el futuro. Mínimamente conflictos que se resuelven, aliviando la carga displicente y violenta del discurso. ¿Cómo? La madre María Teresa de Calcuta dijo: «Las manos que ayudan son más sagradas que los labios que rezan». Qué diremos de los labios que nos satanizan como sociedad. Cambiar de actitud, es hablar bien de nosotros. Es salir del mar de fondo braseando la ola, no nadando en su contra. Y negar nuestros desplazamientos y exclusiones sociales, sin recoger las velas del perdón, es nadar contra la corriente.

 

 

La ruta equivocada y palaciega fue convertir el petróleo en el epicentro de una dependencia inhabilitante, que transformó al venezolano, en accesorio y pedigüeño. En un apéndice electoral. Pasamos de montoneras rurales a disputas entre AD y Copei, al recién MUD vs. PSUV, donde-antes-mediaba la tierra, y ahora, el petrolero, debajo de la misma tierra… Pasamos del peón, esclavo y relegado, al numerario electoral, sumiso y subyugado, a una pretendida social-democracia. Las masas se ajustaron al diseño de gobierno. Su decisión de vivir del Estado, jamás fue consciente y reflexiva. El «pacto social», (más de elites y de partidos), obligó a «aceptar» la oferta política de turno. Y teniendo el Estado los recursos para hacernos la vida fácil y gratuita, decidimos concitar con esa golilla. Y todos fuimos enejenados. Porque lo ha sido tanto el que recibe, como el que nada da. Ahora el modelo se agotó. Sin comida, sin garantía de vida, ni esperanza. Donde las masas se rebelan-intuitivamente-para sobrevivir. En medio de ese desbordamiento de necesidades y carencias, la peor estrategia, es la crítica, el desafecto, el retiro y la desunión.

 

 

Acercarse a las masas, es reconocer los errores. Nuestras banalidades, nuestros egoísmos. Es extender «las manos que ayudan» y que los labios digan: ¡te quiero, te respeto, me importas y aquí estoy! ¡Hemos aprendido la lección! Tengo el sinsabor que seguimos patinando en la diatriba crítica, esto es, en un presenteísmo inoficioso e inútil. Nos falta ser más asertivos y precisar dónde está el enclave histórico que nos ha arrastrado más de 500 años. Esa fascinación hacia «macho alfa», hacia el hombre de poder, que se alza frente al súbdito sobre un buey, que aun nos acompleja y nos debilita, desenfadadamente…

 

 

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