No los voy a complacer…
julio 5, 2016 7:13 am

Acumulo casi tres décadas como columnista. Me reinicié en El Universal (1995), recién me mudaba de casa editorial donde hice escuela (Momento, 2001, Bohemia/Bloque De Armas/1987-1995). Como lo expresó el escritor zaragozano Félix Romeo, «escribo para ser feliz, escribo por fascinación, escribo para saber lo que pienso, para saber que existo, para seducir, para ser visible”. Es como viajar… Viajo para recordar, para recordarme, para vivir historias que de otro modo, no podría contar. Y viajo por mi trabajo, porque de eso vivo. El tema es que un pariente presentó queja de lo exhibido. Pues nada. Tiene su punto. Y lo deseo escribir, debatir…

 

 

 

 

Me comenta Luis: «Orlando, no veo apropiado que mientras Venezuela atraviesa momentos tan difíciles, vayáis por el mundo echando en cara lo bien que lo pasáis…». Confieso que eliminé el comentario. Pero quedé enganchado en la pertinencia o no de la sugerencia. ¿Por qué no puedo «fotografiar mi felicidad»? ¿Publicar «una postal» me hace ajeno e insensible a la maledicencia de mi país? ¿Resta mérito a mis denuncias? ¿Un close up en el Lago Bled, me inculpa, me responsabiliza, me banaliza, me condena?  ¿De cara a las calamidades que sufre Venezuela, debemos vestir (y actuar) en permanente luto?  Al rompe me vino a la cabeza la muletilla: no los voy a complacer. ¿A quién? ¿Por qué? ¿De qué? Al morbo y perversión de un modelo político, que busca anular nuestra cotidianidad, nuestra humanidad, nuestra autoestima,  forzándonos a vivir en un eterno duelo -culpables, además- de  un muerto que ni ha fallecido (Venezuela), y que en todo caso languidece por la ineptitud y maldad de otros.

 

 

 

Precisamente contra la opresión y la habituación: resiliencia. Voluntad de reponerse a las adversidades. Reprochar a quienes comparten sus vivencias en Twitter, Facebook o Instagram, es caer en el absurdo del apocalipsis refractario y solidario. Es lo que llamó Freud, el subconsciente destructivo colectivo. No los voy a complacer. Reclamar a quien escapa de Caracas a disfrutar otros aires, otros horizontes, otras vivencias -normales y agradables- o hablar mal de quien estando en Venezuela, se arriesga y va a cenar, a un juego de pelota o a Los Roques, Mérida o Margarita, retratando un Snapchat de su aniversario, de una victoria de los Leones o un atardecer en Porlamar, no sería más que colaborar con la histeria colectiva, levantando oda al encarcelamiento material y espiritual al que nos han sometido. No los vamos a complacer… Que un terrorista ponga una bomba en un aeropuerto y que la gente suspenda su viaje, es haber logrado [el terrorista] su cometido. Las barricadas intelectuales y las tiranías, se vencen con más aptitud libertaria y victoriosa. Si el Papa -máxima autoridad de la fe cristiana- se ataviase de negro por cada muerte de los justos, la palabra de Dios quedaría en el sepulcro. Si anulara sus periplos por los hambrientos de Etiopía, Zimbabwe o Venezuela, la miseria hubiese triunfado sobre la bondad. En la oscuridad, cada quien tiene que brillar más viviendo más, encendiendo más sus ideas, sus ilusiones, su espíritu triunfal y soñador. Y qué mejor forma de visualizarlo que retratar el amor que sentimos por los nuestros, retratando amor (valoración) por nosotros mismos. Así logramos una mejor representación del mundo que queremos (Durkheim/Representation of the will), seduciendo la felicidad, cambiando mi ambiente e invocando un futuro mejor, una sociedad más orgánica, no mecanizada, que no vive sino sobrevive. Por eso escribo historias y las acompaño de mil fotografías. Para hacer visible lo que ellos (un gabinete de resentidos), quieren invisibilizar: la pertinencia de que otra vida existe y que Venezuela merece ser otra. Y no lo voy ocultar, no los voy a complacer.

 

 

 

El hambre, la violencia y la miseria son males que nos inmovilizan. Es lo que desean, Luis, quienes nos desgobiernan. Sembrar la frustración como hábito. Aniquilar el amor como antídoto y plenar nuestro espíritu de carencias, odios y derrotismos. No los voy a complacer, porque quienes exhiben dignamente una vida sana y buena, distante a la que ellos nos ofrecen en Venezuela; rinden tributo al mérito por lo que han luchado consciente, sacrificada y honestamente. Y todo esfuerzo legítimo intitula el legítimo derecho a sentirse mejor, presentarse satisfecho, olvidar lo peor, superar el letargo y transmitir que mi fe mueve montañas.

 

 

 

Es cierto, Luis. No es «la mejor imagen» exhibirse con barriga llena y corazón contento, cuando cada 18 minutos muere un venezolano impunemente o un niño en manos de la anomia. Pero sumergirse en la nada, en el guayabo pesimista, en la turba melancólica del desamor país, nos dejará abrazando «la botella en el botiquín o el formol en la morgue. No los voy a complacer. Pido disculpas a quienes mis selfies les causan escozor. Pero seguro estoy que compartir con mis hijos, amigos, parientes y lectores, un instante de paz y alegría, es una expresión de amor que les elevará el espíritu.

 

 

 

Otra historia está a punto de escribirse. Los tiempos no se equivocan.  Y  contarla   -esa otra historia de resurgimiento de Venezuela- será un placer escribirla y retratarla. Lo haremos juntos.

 

 

 

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