Mal, política y responsabilidad en el siglo XXI (I)
mayo 22, 2020 6:28 am

 

 

“Y si, según la Biblia, la verdadera sabiduría comienza con el temor de Dios, podemos agregar, con la tragedia griega, que también pasa por el miedo al hombre. Solo aquellos que saben de lo que el hombre es capaz en lo peor, pueden esperar en él, sin ilusión y en verdad” Paul Valadier

 

 

¿Cómo pudo engañársele, violársele, corrompérsele, envilecérsele, destruírsele a Venezuela, como todos sabemos se le ha hecho, e incluyo a los autores y actores de esta suprema felonía, porque tienen ojos, oídos y discernimiento para percatarse de ello?

 

 

Ensayaré unas notas al respecto, sin pretender otra cosa que destacar mi modesta conclusión, que resumo e imputo a la nación toda y lo afirmo y repito sin exclusiones. Fuimos y somos vergonzosamente responsables de haber malogrado a Venezuela.

 

 

También la democracia como sistema lo es, lo fue y puede volver a ser responsable. Ocurre que los destinatarios del poder pueden aliarse a los detentadores para torcer, extraviar, perderse en una frívola experiencia dionisíaca de demagogia y levedad ciudadana. Me temo que en el homo verus obra como una opción, una ecuación y la despeja no como debe, sino como deduce le conviene. “Dejar hacer lo que sea, a cambio de que mi petición o mi ilusión concedan”, me parece escuchar su pensamiento.

 

 

Cabe una cita inserta en una de sus cavilaciones escritas, del sacerdote jesuita Paul Valadier y la que leí con estremecimiento: “Hacer daño sin pensarlo o pensar que no es malo, ya que lo desea una voluntad jerárquica superior, o se basa en el sentido ineludible de la historia o de la naturaleza, esta es la forma bastante característica del mal político moderno. Porque, por banal o trivializado que sea, el mal sigue siendo malo, y sin duda, incluso, es peor cuando pasa para bien, o como inevitablemente vinculado al advenimiento del bien, de un bien que obviamente sería exclusivo de todo mal; o la aparición de un hombre libre de maldad, incluso si tuviera que hacer algo violento a sí mismo o a los demás para así entrar en la era del bien”. (Valadier Paul, Le mal politique moderne, S.E.R. Etudes, 2001/2 Tome 394 |pages 197 à 207, https://www.cairn.info/revue-etudes-2001-2-page-197.htm)

 

 

En ocasiones dejamos de ver lo que esta ante nosotros. Preferimos las formas al fondo. Miramos encima pero no adentro y prescindimos de las lógicas derivaciones a que nos conducen las auténticas y racionales conductas propias y ajenas para hacer fatuas concesiones a principios e instituciones que, como diría Loewenstein, tienen apenas un valor semántico.

 

 

Venezuela volvió a ser desgraciadamente y como siempre lo fue antes, un país en el que los dignatarios públicos, con la sola y relativa excepción del período de la república civil, vale decir del puntofijismo, no responden de sus actos y por el contrario, presumen de no necesitar hacerlo. Allí detectamos una de las raíces de nuestros pobres desempeños o peor aún, de los fracasos que no originan respuestas ni suponen otras consecuencias que las que concitan esas ejecutorias, pero rara vez alcanzan a los magistrados públicos.

 

 

Si la política básicamente apunta al establecimiento de una mecánica de gestión común de los asuntos comunitarios y de los conflictos que inevitablemente se originan, orientando, oficiando y decidiendo los intercambios positivamente, tolerante y respetuosa; la responsabilidad es la asunción de los actos que los hombres generan y a los hombres afectan, ponderándolos y metabolizándolos conforme a los propósitos de la política.

 

 

De allí que el poder político es naturalmente responsable de sus acciones, y debe serlo de lo que hace y de lo que no hace y de lo que hace bien o mal. La responsabilidad de esa institucionalidad es, además, primeramente política, siendo que el ejercicio del mando y la comisión corporativa irradia en mayor o menor medida a todos, por cuanto dispone de los recursos y del capital público y también de los deberes que resultan de su rol conductor.

 

 

Responsabilidad habilita, invoca, convida o viceversa a la justicia, entendida como la procura del equilibrio entre iguales, no solo por derechos sino por valores de humanidad. Dar a cada cual lo suyo o aportar a la colectividad el quehacer de cada uno, en la medida de sus verdaderas capacidades, es propio de la dinámica que atiende a los seres humanos individuales o grupales.

 

 

Premiar o demandar a los demás, a cada uno y al conjunto, es un corolario de la responsabilidad política y eventualmente de otros tipos  de naturaleza civil, administrativa, penal, patrimonial, personal, compartida, privada o pública, por solo mencionar o mejor enunciar algunas y no todas.

 

 

Es responsabilizar a quién corresponde hacer, siendo que le fue atribuida la potestad o más precisamente la competencia y haciéndolo, a la persona moral, a la persona pública y al mismísimo que la encarna eventualmente por sus servicios o por sus descalabros. Ello es entonces, administrar justicia coetáneamente.

 

 

En un sistema y la sociedad y el Estado Constitucional lo son; cada agente cumple un papel y si falla, coadyuva a la disfunción general. El orden es la regularidad que se obtiene del comportamiento simétrico e incorpora de parte del compuesto, las acciones de balanceo y compensaciones para mantener los flujos y sostener el procedimiento enhiesto.

 

 

Cada uno de nosotros, nos guste o no, seamos conscientes o no, somos responsables de nosotros y de los demás y, no basta hacer lo propio simplemente, si no actuamos ante las falencias y carencias del prójimo. Por eso la cuestión social no es de los pobres porque son las victimas y para muchos arrogantes y displicentes, los victimarios también, sino que por razones de elemental humanidad nos conciernen, a cada uno y a los demás. Incluso en una perspectiva utilitarista interesa mantener la paz y la concordia para asegurar y disfrutar los parabienes del sistema.

 

 

El asunto, dijimos, es político pero también es evidentemente moral y asimismo jurídico. Normar la acción de los destinatarios para atribuirles derechos y facultades, pero correlativamente deberes, cargas que les corresponden asumir y gerenciar es la descripción de la instrumentación de un orden y por allí mismo, de la justicia como nos enseñó Rawls.

 

 

Cabe una interrogante y evoco a Dostoievski, en este estado y grado de la reflexión. ¿Cuándo y cómo la política es o no justicia? ¿Para ser responsables debemos ser culpables? ¿Qué es la culpa? ¿Es la responsabilidad causa o efecto de la ética?

 

 

Dejaremos para la semana próxima la respuesta, pero antes estamparemos una nota que asumimos como pertinente. Es un resumen de un trabajo sobre las implicancias que en materia educativa tiene la perspectiva de Lévinas y la responsabilidad como elemento seminal. El ensayo es del profesor Eduardo Romero Sánchez de la Universidad de Murcia: “Este trabajo se centra en la pedagogía de la alteridad como un modelo de educación moral inspirado en la ética levinasiana. La responsabilidad (del latín ‘respondere’, responder, respuesta) en Lévinas es compromiso, hacerse cargo del otro. Implica que frente a cualquier otro he adquirido una obligación, una dependencia ética de la que no me puedo desprender. La educación es también respuesta ética a la demanda del otro. Solo cuando el educador se hace responsable del otro, responde a este en su situación, se preocupa y ocupa de él desde la responsabilidad, entonces y solo entonces, se está en condiciones de educar. Por ello, cuando postulamos otro modelo de educación, estamos demandando otros presupuestos éticos y antropológicos como punto de partida de la acción educativa, aquellos presupuestos que explican al hombre con un rostro más humano”.

 

 

Nelson Chitty La Roche

@nchittylaroche