¿Horizonte de libertad? 2030
enero 4, 2020 4:28 am

 

 

El pasado 21 de diciembre, Francisco, ante la Curia Romana, no por azar acepta que «en las grandes ciudades necesitamos otros «mapas», otros paradigmas que nos ayuden a reposicionar nuestros modos de pensar y nuestras actitudes»

 

 

Han transcurrido tres décadas desde la caída del Muro de Berlín. En 2030 se cumplirán las primeras tres décadas del siglo XXI y el inicio de la experiencia que hace de Iberoamérica un laboratorio de privilegio para el posmarxismo. Sobre ese puente, desde entonces, la Humanidad también ingresa, de manera franca, a la Era de la Inteligencia Artificial.

 

En lúcida columna reciente – léase el mensaje, sin matar al mensajero – el canciller de Brasil, Ernesto Araújo, nos recuerda las palabras de quien fuese hasta hace poco vicepresidente de Bolivia, bajo el gobierno de Evo Morales, Álvaro García Linera: “El horizonte general de nuestra Era es el comunismo”.

 

 

Dicho así, ello puede causar hilaridad, pues resulta un sinsentido aparente la coexistencia de un parque jurásico con ese otro mundo en el que ya imperan “las leyes del diseño inteligente”.

 

 

Los marxistas, viudos del predicado final del comunismo, empero, no viajan a Marte en 1989. Una vez como superan el luto de su fracaso soviético y europeo oriental, a partir de 1991 y con el Foro de Sao Paulo, mascarón de proa, dejan atrás al comunismo como punto de llegada; lo resucitan como utopía a la que cabe aproximarse desde los más variados caminos, incluso travestida de capitalista y demócrata.

 

 

La mal llamada “sociedad” de la información, que relaja los espacios y aproxima realidades sin consideración de tiempo real, fronteras o voluntades humanas, y que rompe con el tejido societario individualizando los comportamientos dentro de la plaza pública de los internautas, paradójicamente le ofrece a los marxistas un Hábitat de conveniencia: los nichos o cavernas producto de la invertebración social en boga, divorciados de la “cárcel” del Estado, defensores del derecho a la diferencia, cultivadores del relativismo ético.

 

 

El “posmarxismo” descubre así que, en la exacerbación de la diferenciación humana y los egoísmos, al amparo del ecosistema digital, es decir, en la ruptura del molde de la unidad entre los diferentes como género que comparte una misma naturaleza, está la clave de su éxito. Al fomentar los egoísmos, al término los neutraliza, les hace irrelevantes sobre las redes: “Un control sin sujeto, sólo objetos imbéciles… bajo un comunismo que no es abolición del capitalismo sino del mismo hombre”, reza el artículo de Araújo.

 

 

Lo cierto es que coincide este proceso de reinvención marxista con la ensoberbecida y supuesta victoria de la narrativa liberal y democrática, que deja de ser estado de cotidianidad y quehacer constante para asumirse como dogma realizado; por ende, ajeno al debate de las ideas, distraído sobre la superficie, mientras que en el sótano se le cocina un volcán. ¡Y es que han muerto las ideologías, alegan con estupidez hasta los capitostes de los mayores partidos políticos de Occidente, que aún sobreviven o agonizan!

 

 

“Estos años asistimos al gigantesco espectáculo de innumerables vidas humanas que marchan perdidas en el laberinto de sí mismas por no tener a qué entregarse. Todos los imperativos, todas las órdenes, han quedado en suspenso. Parece que la situación debía ser ideal, pues cada vida queda en absoluta franquía para hacer lo que le venga en gana, para vacar a sí misma. Lo mismo cada pueblo”, fue la profecía de José Ortega y Gasset.

 

 

Pero he aquí, a la sazón, lo que más sorprende.

 

 

Habiendo encontrado esa especie de poscomunismo el instrumento propicio para el manejo de sus verdades a medias o de mentiras al detal (Fake News), en el marco de la posverdad (¿progresismo, relativismo, amoralismo, corrección política, desafección con la patria de bandera?) forja desde la ONU, con apoyo de la diplomacia acomodaticia de siempre, el catecismo de su credo innovador, obviando mencionar la globalización tecnológica de la que se vale.

 

 

La Agenda 2030 se basta con recordar el desafío de la pobreza; favorecer la inclusión social; acabar con las desigualdades; promover la igualdad de género; mejorar el clima. En ningún renglón, siquiera incidentalmente, se ocupa de defender los valores éticos de la democracia, menos señalar a la “revolución cognitiva” que condiciona todo el porvenir.

 

 

El pasado 21 de diciembre, Francisco, ante la Curia Romana, no por azar acepta que “en las grandes ciudades necesitamos otros “mapas”, otros paradigmas que nos ayuden a reposicionar nuestros modos de pensar y nuestras actitudes”. Y disparando al corazón de la cultura de Occidente, más allá de lo confesional, señala que “no estamos más en la cristiandad. Hoy no somos los únicos que producen cultura, ni los primeros, ni los más escuchados”. “La percepción de que el cambio de época pone serios interrogantes a la identidad de nuestra fe no ha llegado, por cierto, improvisamente”, concluye.

 

 

En suma, mientras se quebrantan las leyes de la selección natural y humana, sostenidas durante 4.000 millones de años; mientras nos diluimos sobre las autopistas digitales y poco a poco desplazamos nuestra libertad y albedrío a manos de los componentes electrónicos “inteligentes”, fenece la estabilidad y continuidad de lo conocido. Entre tanto, pensando las mayorías con el estómago y las élites de sostener sus propias parcelas de poder, los posmarxistas, en silencio, junto a las mafias de casino se ocupan del “juego de la vida” – uso el giro del escritor israelí Yuval Noah Harari – y de su dominio sobre el cosmos.

 

 

 

Asdrúbal Aguiar

correoaustral@gmail.com



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