Ese corrupto es “mío”
agosto 19, 2013 7:19 am

En un país normal, la petición de la ley habilitante que hizo Nicolás Maduro a la Asamblea Nacional para «luchar contra la corrupción», hubiera sido acogida con regocijo. Pero en un país donde «las cucarachas vuelan» -como dice Oscar Yanes- un anuncio de esos hay que tomarlo con pinzas, precaución e inmensa aprensión.

 

Ojalá sea para buscar y castigar a los corruptos. Me gustaría mucho que les quitaran el dinero mal habido y que cuando salieran de la cárcel trabajaran para ganarse la vida, como hace la mayoría de la gente. Que el dinero recuperado se invierta en educación, salud y seguridad, que buena falta nos hace. Pero lo que ha sucedido hasta ahora aparenta ser más bien una razzia en contra de figuras de la oposición, que una voluntad de ponerle coto a la exención con la que se roba en Venezuela.

 

No voy a defender a nadie, porque no creo en solidaridades automáticas. Hay que investigar y sancionar a quienes hayan incurrido en delito, por supuesto. ¿Es acaso tan raro que las leyes se apliquen por igual? Pero existen suficientes evidencias de riqueza fácil del lado del Gobierno que nadie investiga, mucho menos sanciona.

 

Cuando se alega esto, sacan como bandera los casos del exgerente de la Aduana de La Guaira, del expresidente de Ferrominera Orinoco y del exalcalde de Guanarito, que supuestamente enfrentan a la justicia venezolana por irregularidades cometidas durante su gestión. Tres «chinos de Recadi», bobos peces flacos que pagan mientras los peces gordos siguen nadando en el mar de la impunidad. Tiene que haber sanciones ejemplarizantes si se quiere un cambio radical.

 

Caiga quien caiga, del lado político que se encuentre, tenga el puesto que tenga, sea quien sea dentro de la colectividad. Tiene que ponerse en marcha un movimiento de sanción social. En Venezuela el corrupto no es corrupto si es pana. No es lo mismo «mi corrupto» con quien me voy a cenar a París, me invita a rocambolescas fiestas y viajes miliunnochescos, que «tu corrupto» o «un corrupto». Y si el pana no es culpable, menos lo es quien le acepta las invitaciones. ¿Qué clase de sociedad somos? Aquí no habrá un cambio real hasta tanto -no me cansaré de decirlo- el dinero deje de ser el vehículo de ascenso social.

¿Llegarán la educación y el trabajo a ser los valores que motoricen nuestro país?… Amanecerá y veremos…

 

Por Carolina Jaimes Branger



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