Del legado chavista o la historia como crisis
junio 15, 2018 7:42 am

 

 

“Quien abra el diario hoy se encuentra con el término crisis. El concepto indica inseguridad, desgracia y prueba, y refiere a un futuro incierto, cuyas condiciones no pueden ser lo suficientemente elucidadas”.

 

Reinhart Koselleck

 

 

 

Hierven en mi angustiado espíritu ciudadano, entre inevitables emociones y cavilaciones, algunas constataciones dentro de un plano de temores e incertidumbres. ¿Qué es esto que vivimos y hacia dónde derivará?

 

 

Tratar de responder supone evaluar con sentido orgánico el intento de una revolución que el chavismo pregona haber realizado. Revolución para llamar así a un proceso de cambios de un orden complejo societario por otro como repite su discurso. Un proceso se ha venido cumpliendo, dicen, y pretenden edificar una estructura social, política, económica, institucional, axiológica diferente a la precedente.

 

 

 

Más allá de los subjetivismos propios de una ponderación de suyo subjetiva, está a la vista una relación fáctica que sostiene o compromete las afirmaciones que se postulan en el hilado racional de la comunicación. ¿Logró el chavismo su cometido? ¿Hay un cambio, una transformación que apreciar, una revolución que cuajó? ¿Estas dos décadas y su recuento crítico permiten una consideración histórica?

 

 

 

Histor, el que sabe para los griegos, se complementa con historia como investigación, recuento y conocimiento adquirido por la búsqueda y examen de los hechos. Creo francamente que aún es pronto para concluir la historia de estos 20 años recientes, sin embargo, es diacrónicamente conveniente fijar parámetros, referencias metodológicamente útiles para que se cumpla el trámite de la observación histórica. Esto que nos acontece merece una muy seria y acuciosa calificación.

 

 

 

Diré, no obstante, que encarar las interrogantes que se acumulan exige necesariamente un esfuerzo en la línea de comprender y, con ello, ensayo advertir el fenómeno ínsito al giro, al paréntesis que se ha constituido en este tiempo histórico y comenzaré apuntando que no hay revolución, que no se construyó otro orden, se desordenó sí pero no se fraguó una entidad normativa, institucional, social, económica, valorativa que funcionalmente tomara el lugar de la República civil contra la cual se actuó. Chávez y sus epígonos desordenaron, pero no armaron y en ello consiste el evidente fiasco con el que nos topamos caracterizado por un enorme desconcierto, desasosiego, frustración, obsolescencia, mediocridad, ruindad y parálisis.

 

 

 

Sin ideas, sin claridad ni sistematicidad en el proyecto, la clase política emergente asumió la gestión del poder, alumbrándose con las luces del personalismo y las bujías de Ceresole para luego completar el Frankenstein del modelo, ideologizándolo con pócimas marxistas y castrocubanas. La disfunción del pensamiento engendró la monstruosidad que nos turba y a ratos espanta.

 

 

 

La opacidad estratégica los llevó al pragmatismo y a la anomia que acompañan a una crisis inmanente y omnipresente que como un virus contagioso se extendió a todo y a todas las expresiones del fenómeno social nacional. Más que de una historia de Venezuela y relativa al período 1998-2018, podemos ya referirnos a un historial de la crisis en el sentido que otras veces evocamos citando al dramaturgo Brecht o al estudioso Reinhart Koselleck. Lo grave, y por eso es legítimo hablar de crisis, es que no saben, no pueden, no entienden y no quieren hacer algo distinto.

 

 

 

 

En efecto, De Saint-Simon alguna vez afirmó que solo se destruye lo que se sustituye, y traigo a colación lo que ello significa y se evidencia como un ostensible fracaso en el plan de una revolución chavistamadurista castrocomunista. No han sido capaces de ensamblar, unir partes, articular un orden que implique un modelo, una organización pública con sustentabilidad. Lo único que tienen es una suerte de garrote vil sobre el cuello de la democracia venezolana, y asfixian a la nación y desvencijan a la República y a su ideario, nada más. Son competentes para destruir, pero no lo son para lo opuesto. Pudieron y tuvieron todo para hacer esa revolución de la que hablaron, pero solo hicieron jirones del país y millones para sus bolsillos. El costo de oportunidad que hemos pagado nos dejó exhaustos y anémicos como pueblo.

 

 

 

La historia de los conceptos puede ayudarnos a comprender más. El vocablo crisis se origina en la expresión de la medicina que observa y hace clínica. Hace inflexión en torno al dilema existencial por excelencia y al que conducen la patología y el conocimiento médico con su terapéutica, si vive o muere el paciente en el punto crucial. La misma dinámica se advierte con la crítica que también para los griegos, reconoce, ausculta, diagnostica y avanza un juicio.

 

 

 

Galeno se refiere a un texto rico y de sugerente lectura para médicos y aun para los que no lo son, Corpus hippocratium, en el que se muestran las patologías como crisis disfuncionales que aquejan y mediatizan el cuerpo y su desenvolvimiento, enervándolo y menguándolo en alguno o algunos de sus cuatro humores.

 

 

 

Tomará el relevo en la evolución de la lingüística Tucídides, nos recuerda la doctrina citando a Koselleck, quien utiliza y abunda en la polisemia del vocablo crisis ya usado para describir ese trance en la guerra en que los pueblos viven o mueren. Luego Aristóteles, siempre atento a la significación de los equilibrios y a los procesos decisorios y a la irrupción de crisis como una situación que resulta de la mora o la ausencia simplemente de la función debida, pertinente, conveniente para la ciudad, la poli.

 

 

 

Leyendo los escritos y discursos de Chávez, queriendo comprender, me detengo en aquel de febrero de 1999 ante el Congreso de la República en el que se expresó así: “Venezuela pareciera que fue escogida por algún investigador especial para estudiar y aplicar un caso que es estudiado en la teoría política y social con aquel nombre de la teoría de las catástrofes. Aquí en Venezuela se ha cumplido cabalmente la teoría de las catástrofes. Esta teoría la conocemos, voy solamente a refrescarla un poco, de aquellos días de los estudios de ciencia política y de ciencia militar que en el fondo es lo mismo, decía Clausewitz, uno de los grandes estudiosos de la ciencia militar: La teoría de las catástrofes ocurre de manera progresiva. Cuando sucede alguna pequeña perturbación en un entorno, en un sistema determinado y no hay capacidad para regular esa pequeña perturbación; una pequeña perturbación que pudiera regularse a través de una pequeña acción. Pero cuando no hay capacidad o no hay voluntad para regular una pequeña perturbación, más adelante viene otra pequeña perturbación que tampoco fue regulada, y se van acumulando pequeñas perturbaciones, una sobre la otra y una sobre la otra; y el sistema y el contorno van perdiendo la capacidad para regularlas, hasta que llega la catástrofe, la catástrofe es así la sumatoria de un conjunto de crisis o de perturbaciones”.

 

 

 

Venezuela vive la acumulación de todas las perturbaciones hasta lograr un cuerpo social y político perturbado entonces, metido en una crisis que banaliza inclusive que su historia se reduzca en realidad a la testimonial de una crisis exponencial, existencial, espiritual, material, moral, brutal y terminal.

 

 

 

Vivimos, sobre todo, la catástrofe que significa que quienes nos ahondaron en esa crisis sigan allí reptando insolentes dentro de ella. Una secuencia sin responsabilidad ni consciencia obra en la etiología como historia de la crisis. Por allí deambula el legado del difunto y sus ominosos epígonos.

 

 

 

Nelson Chitty La Roche

nchittylaroche@hotmail.com



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