Del inmigrante y otros desarraigos
julio 20, 2018 5:40 am

Una de las primeras constataciones que se evidencia en la historia del hombre es su compulsiva tendencia a explorar, a desplazarse, a buscar más allá de lo que conoce. El ser humano es, indubitablemente, un viajero, un inmigrante.

 

 

Hoy en día, sin embargo, el orden público internacional tropieza con un complejo de situaciones derivadas de la referida situación con movilizaciones humanas que por doquier soliviantan los cánones de las divisiones político-jurídicas y azuzan los espíritus que, mayoritarios, por cierto, asumen su territorio de implantación como auténticos santuarios. El orbe está segmentado por fronteras que a menudo recogen el exitoso fenómeno del Estado nación y, además, por culturas que trastocan identidades y definiciones. Es un pulso que se hace cotidiano y pone a prueba más que un modelo de civilización.

 

 

 

El contraste emerge grosero y denuncia, al exhibirse, un cierto cinismo entre aquellos que pugnan por la enmienda constitucional para eliminar el vocablo raza y, por otro lado, selectivos se tornan para evadir el deber que concierne a la humanidad de asistir a aquellos que huyen de los depredadores de este tiempo, léase, la guerra, la intolerancia, la persecución étnica o religiosa, las endemias, sin olvidar la pobreza, que desafía incluso el miedo de exponerse a todos los peligros. Hay que ver, además, el coraje que hay que tener para tratar de llegar a Europa desde África o para desafiar la antipatía y el desprecio xenófobo y atreverse a venir a Hungría o a los Balcanes.

 

 

 

La memoria no resuelve siempre y, al contrario, se olvidan los europeos de hoy la recepción que América Latina les brindo después de la guerra y la calidez de las relaciones entre esos inmigrantes y los que ahora les toca venir a España, Italia, Portugal y padecer la displicencia con que se les trata.

 

 

 

Vivimos un momento de retorsión y una turbulencia de valores, principios y convicciones. ¡Cuidado con lo que pueda derivar de allí! Resulta paradójico, pero el episodio nazi y aquel soviético aparecieron en uno de los períodos de mayor brillo cultural, intelectual y científico que haya conocido la humanidad. El Círculo de Viena y sus alrededores formativos mostraron un genio comparable al de Florencia o incluso al de Atenas en sus estelarísimos roles de pensamiento, abstracción, invención, ciencia, humanismo inclusive. Entretanto, el lado oscuro, por medio de las ideologías, hacía de la discriminación un portento de orgullo y una manifestación de diferenciada condición humana. El crimen del hombre al hombre se quiso justificar con la oferta de un sujeto nuevo o de uno puro, y antes del juicio de Núremberg hubo las vergonzosas cacerías de gitanos, negros y turcos en Alemania. Pocos dijeron o casi nadie.

 

 

 

La Segunda Guerra Mundial explotó a los hombres con las bombas de ambos bandos. Expuso especialmente el drama de las intolerancias e incomprensiones basadas en ambiciones o manipulaciones que, en lo fundamental, pretendían legitimar un afán de dominio. Si la primera guerra, la del 14, pareció nacionalista en sus recónditas motivaciones, la segunda lució imperialista y felizmente acabó con todos ellos. Georges Goriely, un profesor nacido en Polonia, de la Universidad Libre de Bruselas, concluía pesimista esa glosa y la recordaba en nuestro salón de clases, en 1975, allá en Bruselas.

 

 

 

Pero el hombre también hace, y de qué manera, correcciones en el tránsito de su existencia, y Monnet, Schuman, De Gásperi, Adenauer, Paul Henri Spaak, entre otros, hicieron de aquellas convulsiones suicidas de la Europa de la primera mitad del siglo XX un alumbramiento extraordinario que convocó a los otrora enemigos hereditarios a una unidad constructiva y fecunda. De allí surgió la CECA, Euratom, CEE, UE para enunciar las realizaciones de un credo para acercar, agrupar, reunir y edificar como iguales en sus diferencias y, así, alejar a los siempre presentes gnomos de la soberbia, la pretensión, la marginación o la incomprensión que llevan a los conflictos que son naturales, no obstante, a manejos cuyo desenlace es el absurdo de la guerra.

 

 

 

La globalización siguió y recorrió el mundo, y se instaló en la búsqueda de la concertación y el intercambio que crea las bases de la coexistencia y el aprovechamiento de las ventajas comparativas. Luego de los acuerdos de Bretton Wood, y especialmente a la caída del Muro de Berlín, se regó la especie de la unificación de grupos nacionales para, con criterios de eficiencia, procurar una gestión más productiva y equitativa. Asia, inteligente, advirtió una oportunidad y se lanzó apasionada sobre ella. El proceso no fue perfecto, pero mejoró mucho las cosas en latitudes lejanas y antes víctimas de intensas tensiones. Incluso la pobreza se redujo, y la morbilidad y mortalidad infantil con ella. Un nuevo polo emergió y no solo geopolíticamente sino económicamente.

 

 

 

Pero el islam anacrónico y deshumanizado, totalizante, determinista juega también sus cartas. En el Medio Oriente, obstaculizando todo o contaminándolo de sus siempre deletéreos efectos. Para muchos de sus dirigentes, la división es el antagonismo y la no aceptación del otro. Ello incluye a los fieles que no serán los mismos si son sunitas o chiitas, drusos y otras distinciones. La presencia y el activismo de ISIS combina con movimientos terroristas como Al Qaeda e infinidad de grupúsculos que traen inestabilidad y violencia a sus propios países.

 

 

 

Uno de los elementos concernidos por los cambios y por los argumentos que los promueven es la democracia, que, luego de 20 siglos de silencio, reapareció en el siglo XVIII y se postuló después en el siglo XX, tras la guerra específicamente, para convencer a propios y extraños de su pertinencia, y se constituyó en un valor fundamental cuya experiencia es parte del índice de desarrollo humano de Naciones Unidas. La democracia es no solo una forma de elegir gobernantes, es una cosmovisión del mundo. La globalización la lleva en sus alforjas, aunque no es fácil su introducción en Asia o en el mundo árabe, y especialmente allá donde rige el islam.

 

 

 

El globo conoce corrientes migratorias intensas y la diáspora del hombre que migra por desesperación o por resignación presiona y pone a prueba, dijimos, la más elemental solidaridad humana, al tiempo que exige a los dirigentes en sus bases éticas y en sus convicciones morales.

 

 

 

Dejar la patria, la casa, la familia, los amigos solo puede explicarse por el afán de sobrevivir, y, por ello, arrancárselo todo de raíz es mutilarse, deformarse, desfigurarse. Ya eso es bastante y, sin embargo, hemos visto cosas hórridas en el trato inferido a los mexicanos mediante el cual se ha llegado a separar y maltratar a los niños hijos de ilegales e inmigrantes.

 

 

 

El abrazo, el beso del que se va recuerdan a ese poeta genial Miguel Hernández. Llega tan hondo que acaricia a los muertos.

 

 

 

Hannah Arendt, además de brillar con auténtica luz propia, fue un testigo singular de su tiempo, y su obra de fe de ello. Viene a mi memoria, no obstante, por sus afirmaciones sobre la ciudadanía como el derecho de tener derechos; pero también aparece Luiggi Ferrajoli con su demanda del reconocimiento de una ciudadanía universal. La cuestión es si somos capaces de comprendernos y asistirnos, en lugar de complacer nuestros egoísmos. Cabe una interrogante en el ínterin, ¿podemos mirar en el rostro que no por ajeno deja de ser también el nuestro?

 

 

 

 

Nelson Chitty La Roche

nchittylaroche@hotmail.com



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