¿De la tragedia como realidad o como eternidad?
junio 13, 2020 9:23 am

 

 

Toda guerra entre hombres es una guerra entre hermanos, la única distinción que puede hacerse es la de la guerra justa y la guerra injusta” Víctor Hugo

 

 

Una duda existencial nos aborda. Lucen dilemáticos estos tiempos, pero en el fondo está claro que se trata de ser o no ser, lo que decimos que somos o lo que también decimos que queremos ser.

 

La venezolanidad es un vínculo espiritual que además trasciende la relación formal con el Estado venezolano, como connacional y desde luego como conciudadano. Es cultura; es una mundología y una cosmovisión. Es sentimiento igualmente.

 

 

Es entonces la venezolanidad un producto que nos distingue de otros. Es una suerte de marca distintiva. Muchos que viajan con otros pasaportes se reclaman de la venezolanidad. Es entonces y a mi juicio una escogencia personal que nos modela y nos define para la vida.

 

 

Ocurre que ser venezolano como venezolanidad nos ubica hoy en un plano inconsistente, líquido diría Bauman, gaseoso quizá. La tierra que nos vio nacer y en la que crecimos, como cuando el árbol de frutas florea y se desarrolla y presenta su magia, con nuestra familia y entorno, maneras, recuerdos, lengua, religión, historia, etnia, valores, se nos ha movido y tal vez definitivamente. Se nos escurre el fenómeno de la venezolanidad.

 

 

Un lote de los nuestros comenzó a andar. Sin saber muchos hacia dónde caminar, pero conscientes de que no podían permanecer acá. El desarraigo, la separación, una especie de ablación entonces los arrancó, mutiló. Viene a mi memoria la escultura de Bruno Catalano, El viajero, que reproduzco, con vuestra venia aquí.

 

 

En ese maletín no cupo todo ni mucho menos y por el contrario, incompletos, vagan siempre aunque luego se dispongan y lo logren, enclavarse aquí o allá.

 

 

No es la diáspora únicamente, la que carga su nostalgia, su perplejidad, la sensación de que tiene, pero que no tiene, ese miembro, esa parte de sí que, a veces siente al tocar su muñón.

 

 

Le pasa igual a los que se quedaron y diariamente ven desaparecer a su país, a su tierra, a los paisajes, a las instituciones, a los constructos sociales, educativos, económicos y miran aterrados o humillados instalarse demonios, fantasmas, frustraciones, negaciones, carencias, tentaciones de resignación o el hundimiento mismo de la capacidad de sentir y creer que aún son o ya devienen en los zombies que el poder demanda, aspira, fragua.

 

 

La venezolanidad de la que escribo no es solo tristeza o nostalgia de alegrías sino ciudadanía, membresía de un cuerpo político, de un contingente humano que con armas y sin ellas es garante de la seguridad y la defensa de esa nación que somos todos.

 

 

El ciudadano que mora encadenado a su bajo psiquismo se desciudadaniza, se desvenezolaniza, se deshumaniza. Queda apenas con su amargura, su envidia, su cuenta regresiva o se mimetiza con los miserables que se desprendieron de la auténtica venezolanidad a cambio de acopiar, reunir, sumar y lamer las botas del opresor.

 

 

El genuino ciudadano que se debe a la venezolanidad como honradez e integridad debe responder también de sus congéneres más modestos, sencillos, discretos. De los más pobres y venidos a menos. Debe sufrir su enajenación o su inconsciencia, debe disponerse a comprenderlos para poder reencontrar con cada uno de los mismos, el portal de la dignificación. Debe asistir al sufrimiento no para medir o comparar las penas, sino para obsequiar su respetuosa compañía.

 

 

El odio es para muchos y en distintas circunstancias una exaltación poderosa. Un rencor fortalece al que cree que su paz se aloja en la represalia. Ese reconcomio, sin embargo, no se encuentra en el arsenal de las emociones ciudadanas.

 

 

El compromiso ciudadano de esta hora es la unidad en un ejercicio de apostolado. En una rebelión entre humildes y no vanidosos y soberbios, no obstante, detentar y exhibir mucho carácter, temple, devoción ante la injusticia. La gesta ciudadana es un desempeño que apunta a la redención.

 

 

Debe esperar caer o ver caer a los demás y levantarse y ayudar a los que desfallecen o son derrumbados. Es un reto en el que no tolerará ser sometido. Sabe que a la postre es la idea la que vence y el ciudadano es solo su encarnación. Es un eslabón de la razón y de la virtud. Es la fe y el amor, la justicia y la equidad la que tiene que cuajar. La ciudadanía se empapa de la substancia del cristianismo.

 

 

Cada día entonces, ante nuevas dificultades, otras regresiones, más desilusiones, pero con un renovado coraje ciudadano hemos de encararlas. Hemos de vivir y mantenernos en nuestro deber que se sustenta en que la tragedia de nuestra realidad no es perpetua y, si bien la historia registra las posturas irreconciliables como drama, no se detiene y agrega a menudo otros desencadenantes, incitaciones, circunstancias para desanudar o cortar fatalidades.

 

 

Otras eternidades pasaron y esta también pasará si cumplimos con nuestra ciudadanía. Equivocados a ratos, insatisfechos de nosotros mismos eventualmente, pero sin poner en duda nuestra obligación con nuestra identidad y venezolanidad. ¡Gloria al bravo pueblo que a veces se extravió, se confundió, yerró, pero que abatido incluso no se degradó, nunca se rindió. ¡Ese bravo pueblo sabe que siempre venció!

 

 

 

 Nelson Chitty La Roche

nchittylaroche@hotmail.com

@nchittylaroche