De la marcha y otras vidas más
abril 28, 2017 5:57 am

 

Oh alma mía, no aspires a la vida inmortal, pero agota el campo de lo posible. Píndaro

 

 

 

Regreso de la marcha como quien retorna desde su vida a la vida. Converso con mi hijo, quien también viene de ella. No entiende cómo los policías de la PNB cayeron a bombazos incluso a la ambulancia de Salud Baruta. Descubre que de ellos se puede esperar todo, incluso dispararle al materno infantil en El Valle o a la policlínica Las Mercedes. No lo digiere todavía.

 

 

 

El venezolano deambula turbado en medio de este trance histórico. Los pobres dudan de ellos mismos por cuanto, hasta hace poco, el chavismo los tenía en su agenda y a ellos les pertenecía, pero, ya no es así, hay una distancia, una brecha abierta, saben que las cosas van mal y van a empeorar. Se saben vulnerables, hambrientos, desvalidos. La bolsa no alcanza y los humillan a menudo para podérselas dar. Los CDI funcionan precariamente, no hay trabajo y ni siquiera el bachaqueo resuelve. La seguridad no existe, abunda el malandraje que incluye al tombo que amenaza tanto como el choro. Algunos ya decidieron marchar. En su mente bullen quejas, lamentos, frustraciones y así empiezan a rimar.

 

 

 

La clase media ya no lo es. El tobogán de la crisis los acecha. El bajón de vida es muy bravo. No hay maneras de proveer lo necesario y entre las carencias y la escasez, la dieta de Maduro. Ni carro, ni apartamento, ni viaje, ni curso de inglés. El seguro médico no alcanza y el del carro no lo pueden pagar. Muchos se han ido y otros se quieren ir. Por eso van a la marcha. Por eso van a gritar. Yo no he coreado en la vida, pero algo se me ocurrirá.

 

 

 

Cada marcha es una vida, nos vemos todos allá, el vecino, la familia, el compañero, la muchacha que te gusta. Otros también marchan obligados, para su trabajo no perder. Se mimetizan y escapan allá en la esquina. Se sienten mal pero hay que sobrevivir. Los jefes aprovechan y persiguen al que no les cae bien.

 

 

 

Los esbirros colectivos que otrora enfrentaban en el barrio al hampa, ahora ocupan su lugar. Delinquen para el gobierno y así pagan su impunidad. A veces se oponen a estudiantes con sus piedras y acaso, una molotov pero no es difícil accionar el arma, sentir su poder devastador, brutal, letal. Otras tantas se disfrazan y al saqueo van a dar. Les queda una vaina que en casa se puede aprovechar.

 

 

 

El policía sabe que su puesto depende de cumplir órdenes y aunque a veces les repugne, no pueden ya vacilar. La primera vez tenían miedo, pero luego aprenden y simplemente se dejan llevar. Es mejor estar con los que mandan, aunque de regreso al barrio se tienen que transformar en ciudadanos comunes como los que deben arrasar, esos de las marchas, pendejotes.

 

 

 

La GNB está clara en que el honor no se divisa. Hay que resolverse a como dé lugar y si bien los superiores viven bien y no cesan de medrar, tal vez si me acostumbro, a mí me puede tocar. Vestirse para el choque es un sencillo ritual que siempre se corresponde con la bomba que hay que lanzar y si hay algo que yo no puedo olvidar es que yo no discuto lo que me acaban de mandar.

 

 

 

Por fin los diputados van al frente de la marcha, muchos son unos muchachos que debutan en el mar de sudor, lágrimas, asfixia, gritos, ahogos y entretanto, debo dormirme no más porque mañana temprano, otra marcha que es mi vida de seguro va a empezar.

 

 

 

¿Hasta cuándo puede la marcha durar? Escucho al pueblo confuso rezongando en cada marcha, pero no por ello, ni por lo que les puede pasar dejan de venirse a pie a las 11:00 a más tardar. Me siento mejor si sufro en la marcha que acá en la casa si vivo, irresoluto, incapaz, inútil, cuidando una vida que no puedo soportar. Y recuerdo a los muchachos caraqueños que, ante el llamado de Bolívar, caminaron a La Victoria teniéndose que inmolar, pero cantando reían mientras iban a marchar y: “Entre Boves y Morales la diferencia no es más que el uno es Tomas José y el otro José Tomás”.

 

 

 

Nelson Chitty La Roche

 



0 comments