Babel venezolana
noviembre 9, 2016 8:03 am

 

 

El diálogo supone una base común en sus participantes aunque tengan perspectivas diferentes. Sin embargo, la tramoya dialogal en Venezuela permite que los opositores que allí participan, así como Maduro y sus compinches, y también los foráneos hablen en dialectos distintos.

 

 

 

Los tres partidos que asistieron a la mesa presidida por Maduro –con la disonancia sistemática de Henri Falcón que no estaba invitado a la reunión– y el secretario de la MUD, sostienen que los encuentros se proponen la “revisión de la situación de personas privadas de libertad”. Además señalan que la conversa debe atender el “caso de los diputados de Amazonas”; “cronograma e institucionalidad electoral y respeto a los procesos electorales previstos en la Constitución”; “funcionamiento y autonomía de los poderes públicos y respeto de sus respectivas competencias constitucionales”; y “compromiso conjunto para mejorar las condiciones de abastecimiento de alimentos y medicinas”. También plantearon elecciones generales tempranas. A pesar del lenguaje desvaído, carente de la contundencia que se había observado en esos mismos partidos días antes, cuando hablaban de “rebelión”, “juicio político”, “destitución de Maduro”, y que el único diálogo posible era el referéndum 2016, los opositores dialogantes tienen unas demandas que el régimen considera imposibles de considerar.

 

 

 

Los voceros rojos dicen que nada de elecciones, salvo las previstas en la Constitución. En 2017 las regionales/locales y en 2018 las presidenciales, sin adelanto alguno. “Las personas privadas de libertad” (grave concesión al lenguaje de la dictadura) son usadas por el poder como moneda de cambio. A las demás cuestiones, les dan largas. Se han apropiado ilícitamente de la palabra “diálogo” y cuando se les menciona la transición hacia la democracia, se agarran sus repolludas barrigas mientras se desternillan con histérica carcajada.

 

 

 

Los de afuera, ahora con el Vaticano, lo que dicen querer es la paz. Su insistencia en esta desplaza la aspiración venezolana por la libertad. Dicen, falsamente, que la alternativa a ese “diálogo” es la violencia sangrienta; cuando la realidad es que la alternativa a ese diálogo falso es uno serio, con representatividad y mediadores confiables.

 

 

 

Los opositores plantean conquistas democráticas; mientras, el régimen se desentiende de estas y marea la perdiz en la noria del podrido “diálogo” que se dialoga a sí mismo. Los mediadores pregonan la paz, mientras parecen conformarse con cualquier cosa siempre que la oposición se paralice.

 

 

Ese diálogo es, simplemente, farsa.



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