Entre el Che y Abimael Guzmán
Octubre 7, 2017 3:02 am

 

Mañana en Bolivia el presidente Evo y sus defensores de la hoja de coca recordarán a uno de sus héroes. No se trata de un valeroso patriota del país, porque si Bolivia existe es gracias a un venezolano, joven militar valiente y digno, pero atrevido a la hora de inventar elogios históricos y geográficos a su jefe máximo.

 

 

 

Pero el jefe Evo ha decidido, dentro de su cubano dependencia, recordar al Che Guevara y su gesta de sangre y muerte en las selvas de Bolivia, donde llegó huyéndole a la única sombra que le oscurecía su camino en el lugar privilegiado del panteón de los héroes revolucionarios, es decir Fidel Castro, que no compartía por nada del mundo su puesto de máximo y solitario jefe.

 

 

 

 

Que el Che Guevara fuera capturado por un grupo de soldados bolivianos, sin entrenamiento de tropa de élite, nos indica el estado de derrota en que se encontraba en sus últimos momentos. Aislado del resto de la guerrilla, sin comunicaciones con sus aliados, sin alimentos y escaso de municiones, el Che buscaba una milagrosa salida final que lo sacara con vida del inmenso error que significaba esta última aventura.

 

 

 

Porque en verdad esta aventura nadie se la instaló en su mente porque era de una soberbia inmensa y aterradora que no admitía otra otro enfoque que se desviara de su idea central, el heroísmo a ultranza. Cuando hace el inventario de sus cosas personales al acercarse el momento de fusilarlo apenas destacan, entre otras menudencias, dos relojes Rolex, los regalos preferidos de los jeques sauditas, pero a la vez indispensables en todo aquel que en medio de la guerrilla necesita tener información exacta e insuperable para su sobrevivencia en cualquier lugar del mundo. En todo caso, el Che no era amante de los lujos, al punto de morir en el último estado de suciedad y abandono, con su ropa hecha jirones y su pelo enmarañado y apestoso. No supo combatir tan siquiera su propia pobreza.

 

 

 

Pero el mes de octubre nos tiene muchas sorpresas. Por ejemplo, de acuerdo con la agencia AFP, “un 7 de octubre, pero de 1992, hace veinticinco años, el fundador y líder del grupo maoísta Sendero Luminoso, Abimael Guzmán, es condenado a cadena perpetua por un tribunal militar peruano conformado por los llamados “jueces sin rostro”.

 

 

 

Abimael resultó ser, por momentos, el fenómeno más resaltante de la locura marxista, desfigurada en la libre interpretación del “pensamiento Mao”. Este trasplante desde China a los páramos y selvas andinas dio lugar a una de las caricaturas del maoísmo latinoamericano más sangrienta y fanática. Así como el Che fracasó estruendosamente en Bolivia, los seguidores del compañero Abimael lograron  un éxito inesperado, pues reclutaron a centenares de seguidores fanáticos que adoptaron un código de castigo y de muerte que se correspondía con identidad inesperada con siglos anteriores a nuestra memoria inmediata.

 

 

 

 

Pero en esta fecha hiriente se abren otras puertas igualmente tenebrosas: la proclamación de la República Democrática Alemana y el nacimiento del Muro de Berlín y de Vladimir Putin, presidente de Rusia. La maldad y la crueldad establecen coincidencias mágicas y crueles. La periodista rusa Anna Politkóvskaya es asesinada en Moscú por sus reportajes en Chechenia. Putin fue mencionado como el principal sospechoso.

 

 

Editorial de El Nacional



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