453 años de Caracas: un recorrido que contrasta modernidad con deterioro
julio 27, 2020 12:42 pm

¿Cómo podríamos caracterizar a Caracas? ¿Seguirá siendo aquella ciudad de los techos rojos que se menciona en las alboradas del siglo XX o, quizás, la ciudad de la modernización veloz de las décadas siguientes? ¿Será el puerto de miles de extranjeros que encontraron, luego de los clamores de la guerra, una residencia en las faldas del Ávila? ¿Será la ciudad del declive y el olvido; de las torres abandonadas y los hitos convertidos en mazmorras?

 

 

 

Caracas es un cúmulo de historias, vivencias, recuerdos y nostalgias que se aglomeran en la pequeñez de la ciudad que tuvo que crecer –sin mucha planificación– hacia las montañas. Muchos se han ido porque el contexto, plagado de dificultades, los ha obligado; otros se mantienen, por querencia u obligación, esperando el día que la prosperidad toque nuevamente la puerta para renombrar a la ciudad que era conocida como “la sucursal del cielo”.

 

 

 

El equipo de El Diario recorrió los lugares más representativos de Caracas: Desde las escaleras de mármol blanco de El Calvario –manchadas con la mirada de la verborrea discursiva– hasta las varillas anaranjadas, autónomas y, al mismo tiempo, unidas de la Esfera de Soto. Cada uno de estos espacios se revitaliza con el caminar de los transeúntes, con los recuerdos que alguna vez se contaron y, sobre todo, con la memoria de todos los ciudadanos que reconocen a la distancia su ciudad. De resto, cuando están solitarios –como en este momento por la pandemia por covid-19– parecieran muertos y endebles.

 

 

 


Es el corazón del país y las arañas de cemento, que unen todos los puntos cardinales de la ciudad, se interconectan como venas y palpitan como muestras de vida. Su fundación se remonta al año 1567, luego de las batallas por el territorio entre Diego de Losada (fundador) y Francisco Fajardo.

 

 

 

Losada salió ganador y sentenció sobre la mirada intempestiva de la montaña el nombre del valle: Santiago de León de Caracas. El encuentro de la conquista reside en el apelativo que se mantiene hasta nuestros días. El nombre la ciudad es, ante todo, un ejemplo del mestizaje: Santiago de León por el apóstol Santiago y Caracas, nombre de la tribu indígena que habitaba antes de la llegada de los conquistadores.

 

 

 

Para Héctor Torres, escritor que ha labrado una obra minuciosa sobre puntos representativos de la ciudad, la caracterización de Caracas es, si no imposible, muy difícil de lograr con la rapidez de una entrevista. Lo primero que se nota es la bienaventuranza del clima que el valle permite: no es muy fría ni muy caliente y la brisa, aun cuando el sol decide volverse un poco implacable, recorre los caminos de extenso verdor.

 

 

 

 

Un día le oí decir a Federico Vegas que ‘Caracas es una ciudad atacada por sus habitantes y defendida por su topografía’ y algo de eso veo cuando pienso cómo la arruinamos en la mala planificación de su desarrollo”, agrega en entrevista para El Diario.

 

 

 



Para Hannia Gómez, presidenta de la Fundación de la Memoria Urbana, Caracas tiene un asidero irrebatible en su propia naturaleza donde todo converge: la costa que se esconde tras el Ávila y las cúspides montañosas, donde la neblina enceguece a los visitantes. Realidades dicotómicas –para algunos– que se encuentran en perfecta armonía en el día a día de todos los habitantes de la ciudad. Personas que provienen, en su mayoría, de distintos destinos y encontraron un puerto seguro en Caracas o que enceguecidos por las chispas de la bengala petrolera dejaron sus terruños para encontrar, quizás, el sueño citadino. Cada uno construye, desde su historia personal, la memoria de la ciudad y esto, para Torres, es un factor característico en la idiosincrasia caraqueña: una mano, aun en las dificultades, ayuda a la otra.

 

 

 


En ese sentido, si algunos códigos podrían identificar al caraqueño, es que a pesar de todo es amable (hasta lo informal) y hospitalario. Aunque la paranoia y el miedo haya recluido al caraqueño hacia el interior de su fortaleza personal, difícilmente alguien se pierde en Caracas sin que un transeúnte se apreste a ayudarlo o lo guíe en la dirección correcta”, comenta.

 

 



Recitaba Piero –reconocido cantautor argentino– en la década de los setenta su camino por Caracas, donde la gente lo saludaba al son de “mi pana” y la ciudad, hospitalaria, lo abrazaba. El tiempo ha transcurrido y las relaciones interpersonales entre los ciudadanos se complicaron por el miedo, la zozobra y la violencia; sin embargo, la perspectiva humorística y amigable de la ciudad hace que ningún caminante se quede a la deriva.

 

 

 

La lucha contemporánea de los caraqueños no es ante los peligros de la naturaleza, tampoco ante los cambios voraces de la modernidad, sino ante la deshumanización provocada por la barbarie. Así lo narra Héctor Torres, quien alguna vez relató las mordidas que la ciudad afinca en la piel y el alma de su residente (Caracas Muerde, 2012): el caraqueño está con todo en contra. Con la marea alta y la tempestad en el rostro. Con la bota totalitaria marcada en las costillas del cuerpo enflaquecido. Con todo esto, el individuo se mantiene.

 

 

 

“A pesar de las miradas más pesimistas, sospecho que una cuantiosa reserva tiene que haber en gente que ha sido sometida a todas las vejaciones posibles y, sin embargo, en su mayoría, resiste y ayuda al prójimo y trata de mantenerse cuerda y de vivir en atención a sus valores”, dice.

 

 

 


Entonces, la idiosincrasia del ciudadano está marcada por los referentes naturales, comenta Hannia Gómez. Es un temperamento abierto y cerrado al mismo tiempo, característico de una ciudad que se encuentra entre el mar y la montaña. “Su devoción por el paisaje y la naturaleza, en este caso a la cordillera (El Ávila) y el mar y la pasión por lo moderno”. Así es el caraqueño en palabras de Gómez. Un individuo marcado por la dualidad, por la algarabía de la costa y el recato de la montaña, que alaba, hasta el último momento, su deseo de modernidad.

 

 

 

Lugares representativos de Caracas


El espacio público ha cambiado en los últimos años. Solo se reconoce en las Historias de la Calle Lincoln (obra de Carlos Noguera, publicada en 1971), donde las tertulias eran eternas y las noches terminaban en alguna playa del litoral. Los abuelos y padres comentan, en su mayoría, las aventuras de una ciudad viva las 24 horas. Ahora, quizás, solo se encuentren signos de mortandad. La violencia llegó a lugares inesperados y los habitantes, buscando refugio, cerraron las puertas y enrejaron las ventanas.

 

 

 

La plaza Bolívar de Caracas, ubicada en la parroquia Catedral del municipio Libertador, en el centro histórico, es uno de los sitios más representativos de la capital. Tiempo después de la fundación de la ciudad se construyó lo que, en ese momento, se llamaba Plaza Mayor. Fue el escenario de algunos hechos de vital importancia para la independencia del país, como la rebelión popular ante la corona española en 1810, entre otros.

 

 

 



Luego de la consagración de la justa independentista, la Plaza Mayor cambió su nombre un par de veces a Plaza de Armas y Plaza del Mercado, hasta 1874 cuando se nombró por primera vez bajo la figura del Libertador. En 1872, Antonio Guzmán Blanco, anonadado por la belleza de París, Francia, decide transformar los sitios característicos de la ciudad capital con los estatutos y cánones del neoclasicismo francés.

 

 

 

La plaza Bolívar fue uno de esos lugares y la estatua del Libertador cabalgando en la memoria de los caraqueños se engalanó con rejas enarboladas por la belleza y el trabajo escultórico de la época. Además, la naturaleza que ha caracterizado a Caracas está presente en la plaza con extensas jardineras y árboles que extienden sus ramas sobre los transeúntes.

 

 

 

Otro de los lugares que representa una conexión con cada época y cambio que ha vivido la ciudad en el casco histórico de Caracas, donde se encuentra el Palacio de las Academias, que durante algún tiempo fue sede de la Cámara de Diputados del Congreso Nacional (1840-1845), antes de la inauguración del Palacio Federal Legislativo y fue una de las estructuras más representativas del primer gobierno de Antonio Guzmán Blanco. También fue recinto de la Universidad Central de Venezuela (1852-1953), antes de la creación de la Ciudad Universitaria durante el régimen de Marcos Pérez Jiménez.

 

 

 

Los caminos empedrados del casco histórico se entremezclan con el asfalto y el cemento de la ciudad moderna. El pasado, el presente y el futuro se compaginan en un par de cuadras para dar muestra de la historia de Caracas. La Casa de Simón Bolívar, con los enrejados coloniales y luces navideñas –extrañas en estas épocas– es, quizás, uno de los ejemplos de la sinergia que tiene la ciudad.

 

 

 


El tiempo y las dificultades no han pasado en vano. En este momento, los ciudadanos caminan enmascarados por el temor al contagio o a ser, con la militarización de la enfermedad, recluidos en un lugar inhóspito como leprosos. Igual necesitan salir. El hambre toca la puerta y no hay virus que la detenga y, así, extraño pero vivo, se mantiene el centro de Caracas.

 

 

 

En las inmediaciones de la Catedral de Santa Ana no se escuchan los rezos de la feligresía. Por ahora, solo hay silencio y unas cuantas ardillas que se encaraman en los árboles cercanos.

 

 

 


Por otro lado, El Teatro Principal mantiene las marquesinas apagadas por la pandemia pero, igualmente, desde hace mucho que no tiene los eventos de su pomposa historia. Fue fundado en 1931 –obra del arquitecto venezolano Gustavo Wallis Legórburu– por el régimen de Juan Vicente Gómez.

 

 

 

En 1935 ocurre uno de los conciertos más significativos de la ciudad. Carlos Gardel, la voz del tango y la milonga, la impoluta presencia del caballero latinoamericano que al no reconocerse ni en Argentina ni en Uruguay, ni en Francia, se transformó en un ciudadano continental, cantó en Caracas y, como dramatiza José Ignacio Cabrujas en El día que me quieras, la ciudad se detuvo.

 

 

 


La urbanización El Silencio es para Hannia Gómez uno de los instantes más importantes en la historia de Caracas. Llamada El Tartagal desde la época colonial, se caracterizaba por el paso de la pobreza y la miseria.

 

 

 



Parque Central es la imagen de un país revolucionado por la modernidad y las opciones del arte y la arquitectura que, bajo un concepto brutalista, transformaron a Caracas en un centro a la par de las capitales del mundo. Las calles resonaban con el fulgor de la democracia y la gran apuesta fue un complejo habitacional, comercial, cultural, recreacional y financiero en los terrenos de la parroquia San Agustín. “Caracas es una de las tres grandes capitales modernas latinoamericanas (las otras dos Rio de Janeiro y Ciudad de México). Su modernidad riquísima y singular”, comenta Hannia Gómez.

 

 

 

Su construcción comenzó en 1969, bajo la presidencia de Rafael Caldera, y culminó en 1973. Fue considerado el complejo arquitectónico más importante de América Latina. Era el tope para el resto de los países. Un lugar donde el individuo era el centro de una serie de propuestas a su alrededor. Una urbe que tenía consciencia sobre el maridaje de arte y ciudad, sobre el cemento y la forma de manejarlo. Muchos años después, ha sufridos los embates de la crisis y se ha empobrecido, incluso, ante la mirada de los ciudadanos. Sin embargo, las torres de Parque Central se yerguen sobre el colorido cielo caraqueño para recordar que en ellas se guardó, en algún momento, los signos de un futuro prometedor.

 

 

 



Cerca del complejo de Parque Central se ubica un edificio neoclásico que guarda, en sus entrañas, las obras más importantes del arte nacional. En la llamada plaza de los museos colindan La Galería de Arte Nacional y El Museo de Ciencias. Las grandes columnas dóricas se yerguen en la plaza, ante la mirada del Parque Los Caobos y la vegetación que se interrumpe, por momentos, ante la mirada de un elefante dorado y el chapoteo de hombres y mujeres de concreto, robustos y serios, en la fuente de agua.

 

 

 



Luego, un par de kilómetros más allá, está Plaza Venezuela. El corazón del progreso de la ciudad. Donde todos se conectan en algún momento del día para continuar su camino. Al caminar unas cuantas cuadras comienza el Bulevar de Sabana Grande, aquella antigua Calle Lincoln donde Carlos Noguera –escritor venezolano– descubrió las historias de una época.

 

 

 

Una caminería de ladrillos de cemento que ha sido testigo de los momentos más rudos y amenos de la ciudad: un carnaval de agua y vitoreos de día; un silencio asesino y violento de noche. La dualidad en un solo lugar que fue construido con la llegada del Metro de Caracas. La calle Lincoln, la de las historias de los sesenta y cincuenta, se sepultó ante la mirada de un extenso bulevar que esperaba en el zaguán la inauguración del sistema ferroviario.

 

 

 


La Ciudad Universitaria, ubicada en la urbanización Valle Abajo de la parroquia San Pedro, comienza su construcción en 1942 bajo la tutela de Carlos Raúl Villanueva. El proyecto de la universidad modificó para siempre la ciudad de Caracas, ya que las urbanizaciones cercanas, reconocidas como grandes hatos y haciendas, comenzaron a edificarse por la aparición de la gran ciudad estudiantil. En 1954 se inauguró parcialmente y en la década de los setenta se concluye, en su mayoría, la obra. Villanueva es uno de los nombres que resuena en la historia de Caracas porque su vida y obra se dedicaron, especialmente, a modificar el pasado agrario de la capital para abrir la puerta a la sinergia entre arte, arquitectura, ciudadanía y educación.

 

 

 



En la actualidad el rostro de la Universidad Central de Venezuela es diferente: se ve cansado, golpeado y, sobre todo, olvidado por el Estado. Sus techos comienzan a fallar por la falta de mantenimiento y sus estudiantes ven, con impaciencia y dolor, el acabose de un hito estructural para Venezuela. Pero se mantienen y, aunque parezca imposible, la Ciudad Universidad parece que podrá vencer esta gran sombra.

 

 

 

Después de subir por la Urbanización de La Florida, se encuentra la Avenida Boyacá, conocida como la Cota Mil. Conecta desde la avenida Baralt hasta el distribuidor Metropolitano, en el municipio Sucre, Miranda. Una gran vía en el último punto antes de escalar los escarpados caminos de El Ávila.

 

 

 


Luego, al bajar, se pueden encontrar en las orillas de la autopista Francisco Fajardo –aquella que conecta todos los puntos de la ciudad a través de sus distribuidores– la Esfera de Caracas, conocida como la Esfera de Soto por su escultor, Jesús Soto. Sus 1.800 varillas anaranjadas, separadas a la cercanía, pero juntas a la distancia, representan una autonomía que se vuelve una gran figura al unirse con otros. Un signo muy claro de Caracas: signos dispares que se unen para construir la ciudad.

 

 

 


En la parroquia San Pedro está El Helicoide. Una construcción en la inmensidad de la Roca Tarpeya que comenzó en 1956, bajo la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, y se concluyó en 1961. Su historia es un símbolo de la búsqueda de la ciudad por la modernidad. Era la estructura vanguardista de la historia nacional, un Centro Comercial donde las tiendas estaban a la cercanía de los carros, con la transformación de una montaña en un edificio sin precedentes.

 

 

 

Pero, luego de su inauguración, el proyecto cambia su objetivo y desde 1961 hasta el 2020 no ha encontrado su verdadero destino: ha sido museo, residencia policial y, en los últimos años, signo de maltratos y torturas por el régimen de Nicolás Maduro.

 

 

 


El Paseo Los Próceres, en el conjunto militar Fuerte Tiuna, fue inaugurado en 1956. Un gran pasaje que conecta, bajo la mirada introspectiva de los próceres de la patria, el camino de lo militar con lo civil. Su construcción remite a los cánones neoclásicos de figuras angelicales en las fuentes y símbolos de la patria para rememorar los sentimientos de la libertad.

 

 

 



“Caracas, ¿dónde estuvo?/ Perdí mi sombra y el tacto de sus piedras, / ya no se ve nada de mi infancia”, escribe el poeta Eugenio Montejo. La ciudad ha cambiado tanto que la infancia, hace poco reconocida en las esquinas y los bulevares, ya no se ve. Caracas cambia, se modifica y se adapta, pero su población guarda, sobre todo, un sentido de fraternidad en la jocosidad del humor. Los hombres que han pisado la ciudad, dice Héctor Torres, se han encargado de estampar su paso por la tierra con los relatos de la vida en las calles, un día de modernidad, otro de pesar.

 

 

 

 

La mayoría de las personas quiere, básicamente, vivir sus modestas vidas en paz, teniendo aquello que puede querer alguien en cualquier parte del mundo: una mesa donde comer, una cama donde dormir, y ganarse el pan para llevarlo a casa. Esas modestas actividades han sostenido a la humanidad durante siglos. A eso aspiran volver las grandes mayorías de ciudadanos de Caracas. Y a eso volveremos en algún momento”, agrega.

 

 



La ciudad en silencio, en este momento, por la pandemia del covid-19; golpeada por los desmanes de un régimen autoritario, con ciudadanos despojados de sus servicios básicos, mantiene, quizás, la esperanza de un futuro prometedor. Caracas es, como dice Hannia Gómez, “nuestra casa”.

 

 

 

 

Fuente: El Diario

Por: María Laura Espinoza

En Twitter: @i_am_LauEz14